Roma · 19 - X - 1997
Queridos hermanos y
hermanas en el Carmelo:
1. Hace poco más de un
año nos dirigíamos a vosotros/as para
reflexionar sobre el mensaje de nuestra
hermana Teresa del Niño Jesús y de la
Santa Faz, con ocasión del Centenario de
su muerte.
No pensábamos entonces
que volveríamos pronto a escribiros una
carta circular sobre ella. Esta vez para
meditar juntos sobre el sentido y las
consecuencias del título de Doctora de
la Iglesia que el Papa Juan Pablo II,
como acaba de anunciar en París, en la
Jornada Internacional de la Juventud,
le otorgará en Roma, el próximo 19
de octubre de 1997, Domingo mundial de
las misiones.
2. La mañana del 24 de
agosto, cuando clausuraba en París la
Jornada mundial de la juventud, el Papa
describió la persona y la doctrina de
nuestra hermana y los motivos para
declararla doctora, después de un
“atento estudio” y de muchas peticiones
de la Iglesia universal. Llamó a Teresa
de Lisieux joven carmelita que vivió
enteramente llena del amor de Dios;
ofreciéndose radicalmente a su amor y
sabiendo practicar, en la simplicidad de
la vida cotidiana, el amor fraternal.
Ella imitó a Jesús
sentándose a la mesa de los pecadores,
sus hermanos, para que ellos fueran
purificados por el amor, porque estaba
animada del ardiente deseo de ver todos
los hombres iluminados por la luz de la
fe. Ella, dijo también el Papa,
descubrió que su vocación era ser en el
corazón de la Iglesia el amor, y trazó
la “pequeña vía” de los niños que se
acogen con confianza audaz a Dios.
Centro de su mensaje es su actitud
filial, propuesta a todos los fieles.
“Sus enseñanzas, verdadera ciencia del
amor”, son la expresión luminosa de su
conocimiento del misterio de Cristo y de
su experiencia personal de la gracia.
Ella ayuda a los hombres y mujeres
de hoy y ayudará a los de mañana a
percibir mejor los dones de Dios y a
difundir la Buena Noticia del amor
infinito.
3. El Papa la llamó
“carmelita y apóstol, maestra de
sabiduría espiritual para numerosas
personas consagradas y laicas, patrona
de las misiones”. Puso de relieve que
“ocupa un puesto de primer orden en la
Iglesia y que su eminente doctrina
merece ser recordada entre las más
fecundas”. Concluyó afirmando que había
querido dar el anuncio del Doctorado de
Teresa de Lisieux ante los jóvenes
porque ella, joven santa, tan presente
en nuestro tiempo, tiene un mensaje
particularmente apto para la juventud.
En la escuela del evangelio ella abre a
los jóvenes el camino para la madurez
cristiana, los “llama a una infinita
generosidad y los invita a ser en el
corazón de la Iglesia los
apóstoles y testigos ardientes del amor
de Cristo”.
Invocó, con los jóvenes, a Teresa de
Lisieux para que ella conduzca a los
hombres y mujeres de este tiempo por el
camino de la Verdad y de la Vida.
Y terminó su discurso con
estas palabras: “con Teresa del Niño
Jesús dirijámonos a la Virgen María a
quien ella alabó e invocó con filial
confianza durante su vida”.
I.
UN LARGO CAMINO HACIA EL
DOCTORADO
Los primeros pasos "Los
primeros pasos"
Ya desde el tiempo de su
canonización, no faltaron obispos,
predicadores, teólogos y fieles de
diversos países que pedían que nuestra
hermana Teresa de Lisieux fuera
declarada doctora de la Iglesia. Esta
corriente eclesial en favor del
doctorado teresiano-lexoviense se
oficializó en 1932, con ocasión de la
inauguración de la cripta de la Basílica
de Lisieux, que fue acompañada por un
Congreso en el que participaron cinco
cardenales, cincuenta obispos y una gran
multitud de fieles. El 30 de junio, el
P. Gustave Desbuquois, S.J., con una
argumentación teológica clara y precisa,
hablaba de Teresa de Lisieux como
Doctora de la Iglesia. A la sorpresa de
su propuesta siguió la adhesión de
muchos de los participantes, obispos y
teólogos. Esta repercusión positiva de
la sugerencia del P. Desbuquois tuvo
alcances universales. Mons. Clouthier,
obispo de Trois Rivières (Canadá)
escribió a todos los obispos del mundo
para preparar una petición a la Santa
Sede.
En 1933 él había recibido
ya 342 respuestas positivas de obispos
que apoyaban el proyecto del Doctorado
de Teresa de Lisieux.
El impedimento de ser
mujer
La relación del P.
Desbuquois fue presentada al Papa Pío XI.
Le acompañaba un carta de la M. Inés de
Jesús, hermana de nuestra Santa y Priora
del Carmelo de Lisieux en la que le
contaba al Papa el gran éxito que había
tenido el Congreso teresiano. El 31 de
agosto de 1932, el Card. Pacelli,
Secretario de Estado, respondía a la M.
Inés, en nombre del Papa. Se alegraba de
los frutos positivos del Congreso, pero
añadía que era mejor no hablar del
Doctorado de Teresa de Lisieux, aun
cuando “su doctrina no deja por ello
de ser una luz segura para las almas que
buscan conocer el espíritu del Evangelio”.
Los
tiempos no estaban aún maduros para
declarar Doctora de la Iglesia a una
mujer. De hecho, el Papa Pío XI había
respondido negativamente a la petición
que los Carmelitas habían presentado
para que Santa Teresa de Jesús, “Madre
de los espirituales”, fuera declarada
Doctora. Se rechazaba la propuesta por
ser mujer. “Obstat sexus” (“lo impide el
sexo”), dijo el Papa; y añadió que
dejaba la decisión a su sucesor. Ante la
negativa del Vaticano y, por orden del
mismo, se interrumpió la recogida de
firmas en favor del Doctorado de Teresa
de Lisieux.
Cambian las circunstancia
6. Con la declaración de
Teresa de Jesús y Catalina de Siena como
Doctoras de la Iglesia, en 1970, se
derrumbó definitivamente el obstáculo
que impedía nombrar Doctora a una mujer.
Ante este hecho se volvió a proponer la
posibilidad de que Teresa de Lisieux,
nuestra hermana, pudiera ser declarada
Doctora de la Iglesia.
En
1973, año del Centenario de su
nacimiento, Mons. Garrone planteó
nuevamente la cuestión: “¿Puede Santa
Teresa de Lisieux ser un día Doctora de
la Iglesia? Yo respondo sí, sin
titubeos, animado por lo que sucedió con
la grande Santa Teresa y con Santa
Catalina de Siena”.
En ocasiones sucesivas los Carmelitas
propusieron el tema del Doctorado. En
1981, el Card.
Roger Etchegaray, a petición del Carmelo
Teresiano, y después de consultar al
Consejo Permanente del Episcopado
francés, envió una carta oficial al Papa
Juan Pablo II para pedir la declaración
de Teresa de Lisieux como Doctora de la
Iglesia.
En diversas ocasiones, la postulación
general de la Orden y el obispo de
Lisieux, Mons.
Pierre Pican escribieron cartas
oficiales en ese sentido. El capítulo
general del Carmelo Teresiano, en 1991,
y el Carmelo de la Antigua Observancia,
en l995, hicieron otro tanto.
En la misma línea se
pronunciaron más de 30 conferencias
episcopales y millares de cristianos:
sacerdotes, religiosos, laicos de 107
países.
La “Positio”
examinada y aprobada
En los primeros meses de
este año 1997, se pidió oficialmente al
Carmelo Teresiano la elaboración
de la “Positio”, es decir, la
presentación de las pruebas que se
requieren para demostrar que una
persona reúne las condiciones exigidas
por la Iglesia para ser declarada Doctor
de la Iglesia. Las limitaciones de
tiempo llevaron a un trabajo de
colaboración. A principios de mayo ya se
contaba con un volumen impreso de 965
páginas en el que a través de cuatro
partes y trece capítulos se presentan
los datos, la doctrina y la eminencia,
el influjo y la actualidad del mensaje
teresiano-lexoviense.
Se hace una breve historia de la causa
de beatificación y canonización (c.1) y
del proceso del doctorado (c.2). Siguen
una pequeña y densa biografía de Teresa
de Lisieux (c.3), un análisis de su
personalidad (c.4), una cronología (c.5)
y una presentación de los escritos (c.6).
Desde el punto de vista doctrinal se
ofrece una visión general de la doctrina
teresiano-lexoviense (c.7), una síntesis
de su teología (c.8) y un examen de las
fuentes de sus enseñanzas (c.9). La
irradiación y actualidad de Teresa de
Lisieux se examinan desde tres
perspectivas: acogida y presentación
de la doctrina por parte del Magisterio
de la Iglesia (c.10), irradiación e
influjo (c.11) y, finalmente, actualidad
de su doctrina para la Iglesia y el
mundo de hoy (c. 12). Concluye la
Positio poniendo de relieve la
“eminencia” de la doctrina de S. Teresa
del Niño Jesús y de la Santa Faz (c.
13).
Se cierra la Positio
con la transcripción de las Cartas
postulatorias del Doctorado hechas por
las Conferencias episcopales y por
personalidades eclesiásticas y laicales.
También se añaden una bibliografía
selecta (130 páginas), los votos de
cinco teólogos designados por la
Congregación para la Doctrina de la Fe y
dos por la Congregación para las Causas
de los Santos, y un Apéndice
iconográfico donde Teresa aparece
representada como Maestra y Doctora.
Después de estudiar la Positio,
las Congregaciones para la Doctrina de
la Fe y para las Causas de los Santos,
al igual que el Consistorio de los
Cardenales dieron su aprobación para que
nuestra hermana pudiera ser declarada
Doctora de la Iglesia.
El Santo Padre, Juan
Pablo II, como dijimos, tomó la decisión
de hacerlo, y lo comunicó a la Iglesia
universal al finalizar de la Jornada
mundial de la juventud, celebrada en
París.
II.TERESA DE LISIEUX,
DOCTORA PARA EL TERCER MILENIO
Hablar del Tercer Milenio
es hablar de tiempo y de acción de Dios,
en primer lugar. El se manifiesta y obra
en la historia. Ya nos dijo Teresa de
Jesús que “todo tiempo es bueno para
hacer Dios grandes mercedes”(F 4,5).
Están por concluirse dos mil años de
historia cristiana. Al celebrar este
momento histórico “no se quiere inducir
un nuevo milenarismo, como se hizo por
parte de algunos al final del primer
milenio; sino que se pretende suscitar
una particular sensibilidad a todo lo
que el Espíritu dice a la Iglesia y a
las Iglesias (cf. Ap 2,7ss.), así como a
los individuos por medio de los carismas
al servicio de toda la comunidad ...
La humanidad, a pesar de
las apariencias, sigue esperando la
revelación de los hijos de Dios y vive
de esta esperanza...”.
Dios nos interpela hoy, como ayer y
siempre, para construir nuestra
existencia, personal y comunitaria, con
una respuesta libre y responsable.
En la perspectiva
de la celebración del Gran Jubileo del
Año 2000, Dios ha suscitado en la
Iglesia la conciencia de la necesidad de
una nueva evangelización para
responder a este tiempo especial de
gracia y renovar la fe, la esperanza y
el amor centrándolos en Jesús, único
Salvador y centro de la historia.
El nos revela el
verdadero rostro de Dios y nos descubre
la presencia y la acción del Espíritu en
las personas y en el mundo.
La
historia es lugar de la presencia
operante, salvífica de Dios y de la
responsabilidad de las personas. “La
Iglesia destaca la importancia de la
historia como lugar en el que Dios se
manifiesta ... Pero es preciso decir
también que la Iglesia entiende que el
tiempo, la libertad y la historia son el
lugar en el que el hombre construye la
existencia humana. Ambas presencias, no
en un paralelo incomunicable, sino en
un diálogo que, por parte de Dios, es
gratuito e inicial y, por parte del
hombre, es abierto en sentido
trascendental”.
La
hora de una nueva evangelización
es también la hora de los grandes retos
y desafíos del mundo. No se pueden
separar estas dos cosas.
Hay desafíos por
contraste y por armonía con el Evangelio
de Jesús, confiado a la Iglesia para su
anuncio-realización en la historia.
Estos desafíos nos piden suma atención a
la luz del Evangelio. Dejamos constancia
de ello y dirigimos nuestra palabra
únicamente a las exigencias que se nos
presentan directamente desde el campo de
la evangelización misma.
A)
Las exigencias de la nueva
evangelización
Hacer
resonar el anuncio del Evangelio pide
entrar en algunas vías señaladas por la
Encíclica Redemptoris Missio: el
testimonio, el anuncio, la comunión y el
servicio.
Conviene tenerlas presentes para
comprender lo fundamental y actual del
mensaje de Teresa de Lisieux, Doctora de
la Iglesia.
El testimonio
ADVANCE \D 5.60l1.
Evangelizar no es transmitir una
doctrina sino una experiencia
transformada en vida. Esta experiencia
es precisamente la que se comunica: “lo
que hemos oído, lo que hemos visto con
nuestros ojos, lo que contemplamos ...
os lo anunciamos, para que también
vosotros estéis en comunión con nosotros”
(1 Jn 1,1-3). En el umbral del Tercer
Milenio el mundo ante el que hay que dar
testimonio es un mundo de increencia y
de injusticia. Los cristianos estamos
llamados a “dar respuesta a todo aquel
que nos pida razón de nuestra esperanza”
(1 Pe 3,15). La pregunta es cómo hacer
existencialmente inteligible esta
esperanza y este testimonio. Esto lleva
al creyente a revisar su vida personal y
eclesial, porque “el hombre
contemporáneo cree más a los testigos
que a los maestros, más a la experiencia
que a la doctrina, más a la vida y a los
hechos que a las teorías”.
Y hoy el testimonio evangélico, al que
el mundo es más sensible, es el de “la
atención a las personas y la caridad
hacia los pobres y pequeños, hacia los
que sufren”,
y también el empeño por la paz, la
justicia, los derechos humanos.
El anuncio
Junto con el testimonio,
el cristiano cumple su misión
evangelizadora a través de la
proclamación de la Buena Noticia de
salvación: Cristo ha muerto y resucitado
y nos ha transformado en hijos e hijas
de Dios; nos ha liberado de la
esclavitud del mal, del pecado y de la
muerte. Lo que hay que anunciar es el
amor de Dios, Padre nuestro, que nos
llama a la comunión con El.
Destinatarios de este anuncio son todos
los seres humanos. En nuestro tiempo
existen campos que están pidiendo una
atención especial: las grandes ciudades
que favorecen el individualismo y el
anonimato, la desagregación cultural, el
pluralismo, la indiferencia. De manera
especial los jóvenes necesitan ser
evangelizados. Ellos son el futuro del
mundo. Igualmente hay urgencia de hacer
resonar el anuncio del evangelio a las
masas de los no practicantes. Y sigue
siendo actual y exigente el primer
anuncio a los que no lo han escuchado, a
los que no conocen a Jesucristo.
La comunión
“Fue voluntad de Dios el
santificar y salvar a los hombres, no
aisladamente, sin conexión alguna de
unos con otros, sino constituyendo un
pueblo, que le confesara en verdad y le
sirviera santamente”.
Con estas palabras el Vaticano II
señalaba con toda claridad que la fe se
vive en comunidad, que el fruto de la
evangelización y de la acción del
Espíritu es la creación de comunidades
fraternas que forman la nueva familia de
Dios. Es en la comunión donde se
manifiesta el advenimiento de Cristo.
“Por ella sabemos que hemos pasado de la
muerte a la vida (cf. 1 Jn 3,14) ... y
de (comunión) ella emana una gran fuerza
apostólica”.
La comunión se da por medio de la fe y
de los sacramentos de la fe que conducen
a la “koinonía” que se abre a todos, en
especial a todos los que creen en Cristo,
a través de un ecumenismo activo y
solidario.
La comunión exige el
diálogo sincero y fraternal.
El servicio
La fe necesita expresarse
en obras porque en Cristo Jesús sólo
tiene valor “la fe que actúa por la
caridad” (Gal 5,6). El servicio a Dios y
a los demás es la mejor prueba del amor.
La diakonía cristiana no es otra cosa
que un seguimiento de Jesús que “vino no
a ser servido sino a servir” (Mt 20,28)
y que estuvo entre nosotros “como el que
sirve” (Lc 22,27).
Desde los principios del
cristianismo hubo unos destinatarios
privilegiados del servicio de los
creyentes: los pobres, los marginados,
los que sufren. Por ello, en la
perspectiva del Gran Jubileo del año
2000, Juan Pablo II, en su Carta
Apostólica Tertio Millennio Adveniente,
no dudó en afirmar: “se debe decir ante
todo que el compromiso por la justicia y
por la paz en un mundo como el nuestro,
marcado por tantos conflictos y por
intolerables desigualdades sociales y
económicas, es un aspecto sobresaliente
de la preparación y de la celebración
del Jubileo”.
B)
Teresa del Niño Jesús, doctora para el
tercer milenio
Tenemos que empezar
anteponiendo una palabra de entronque
con la tradición o patrimonio espiritual
que alimenta la experiencia-doctrina de
Teresa de Lisieux. El Carmelo -”desierto”
al que quería irse con su hermana
Paulina- es la tierra en la que
hunde sus raíces desde niña. Con la
precocidad que define toda su “carrera
de gigante” hay que decir que “vive” la
espiritualidad carmelitana mucho antes,
de leerla formulada por Teresa y, sobre
todo, por Juan de la Cruz. La profunda
sintonía vocacional que advertimos en
ella no se explica solamente con la
lectura de sus escritos. Es más bien
fruto del Espíritu que, con la vocación
al Carmelo, la hace hija de ellos y la
ayuda a vivir una experiencia espiritual
semejante y claramente definida, que
encontrará su confirmación y
enriquecimiento en el contacto con la
experiencia-doctrina
teresiano-sanjuanista.
Examinando la experiencia
de Teresa de Lisieux y profundizando
en sus enseñanzas que poseen actualidad
y universalidad podemos comprender cuál
es el aspecto de su experiencia-doctrina
que la hace maestra y doctora en la
Iglesia en la perspectiva evangelizadora
del Tercer Milenio y que resume todos
los demás:
El AMOR PATERNO-MATERNO
DE DIOS.
Ella, guiada por el
Espíritu, fue llevada a comprender la
revelación del amor misericordioso de
Dios que resume en sí todo el evangelio.
Dios es amor que se
revela a los pobres y sencillos.
Dios-amor nos invita a vivir en comunión
con El y con los demás y a servir a
nuestros hermanos como Jesús lo hizo
para testimoniar y proclamar esta Buena
Noticia.
Doctora de la experiencia
de un Dios cercano y misericordioso
El redescubrimiento
del rostro paterno-materno de Dios fue
el punto de arranque del camino nuevo
hacia la santidad, que nuestra hermana
vivió sobre todo a partir de 1894, en la
experiencia de su debilidad. Jesús le
mostró, como ella dice, que el camino es
el del abandono y la confianza de un
niño, que se duerme en los brazos de su
Padre sin temor:
“'El
que sea pequeñito, que venga a mí', dijo
el Espíritu Santo por boca de Salomón. Y
ese mismo Espíritu de amor dijo también
que 'a los pequeños se les compadece y
perdona'.
Y, en su nombre, el profeta Isaías nos
revela que en el último día ...
'como una madre acaricia a su hijo, así
os consolaré yo, os llevaré en brazos y
sobre las rodillas os acariciaré' ...
Jesús no pide grandes
hazañas, sino únicamente abandono y
gratitud”
.
Esta experiencia de Teresa de Lisieux es
la experiencia de un Dios Padre-Madre
que ama a los injustos y malos (cf. Lc
6,35); que conoce lo que necesitamos
antes de que se lo pidamos; que nos
perdona y pide que perdonemos; que nos
protege y cuida de nosotros (cf. Mt 6,
8-9.14-15.26).
Aquí se encuentra el paso
del temor a la confianza. Estamos ante
Dios como hijos e hijas ante un padre y
una madre. Dios hace colaborar todo para
nuestro bien, aun nuestras deficiencias
y fallos. Reconocer a Dios Padre-Madre
requiere un corazòn de niño que opta por
permanecer pequeño:
“Lo
que le agrada (a Jesús) es verme amar mi
pequeñez y mi pobreza, es la esperanza
ciega que tengo en su misericordia ...
La confianza, y nada más que la
confianza, puede conducirnos al amor”
.
En la raíz de toda
vocación cristiana está la iniciativa
del Señor. Las personas llamadas,
respondiendo a la invitación de Dios, se
confían a su amor y realizan la entrega
incondicional de su vida, consagrando
todo, presente y futuro, a Dios,
abandonándolo confiadamente todo en sus
manos. En la espiritualidad cristiana
para el Tercer Milenio todo esto es de
capital importancia.
Doctora de la experiencia
del amor de Dios que se transforma en
comunión y servicio
La experimentación es la
nota clave de un mundo técnico
científico. Todas las cosas deben ser
experimentadas, vistas de alguna manera.
La espiritualidad cristiana no es una
excepción a esta tendencia. La
experiencia y el testimonio son
centrales en la vida cristiana. Hoy esto
reviste particular importanci2a.
Asistimos a una reacción contra un
exagerado intelectualismo en materia de
fe y de religión. Si bien esta búsqueda
de la experiencia tiene el peligro de la
subjetividad y de un cierto infantilismo
espiritual, no puede ser rechazada sin
más.
Las experiencias
espirituales son fuente de conocimiento
y de profundización en la revelación de
Dios.
Teresa de Lisieux es
maestra de una auténtica experiencia de
Dios que compromete en el seguimiento de
Jesús. Ella nos enseña la experiencia
del contacto con la Palabra de Dios; el
sentido de fraternidad que Cristo nos
comunica y la exigencia de respuestas
concretas guiadas por el amor.
19.
La tendencia eclesial de la
espiritualidad de hoy nos habla de la
comunión de todos en Cristo y en el
Espíritu. Hay que colocar todos los
dones que tenemos al servicio de la
comunidad de los creyentes. Las huellas
de la experiencia y doctrina de Teresa
de Lisieux se encuentran claramente
presentes en esta dimensión de la
espiritualidad de la evangelización hoy.
Ella vive para la Iglesia, Cuerpo de
Cristo. En ella deseaba vivir todas las
vocaciones para testimoniar y anunciar
el evangelio en los más apartados
lugares de la tierra, hasta que,
meditando los capítulos 12 y 13 de la
primera carta a los Corintios, descubre
su vocación y misión en la Iglesia:
“¡Jesús, amor mío..., al fin he
encontrado mi vocación!
¡Mi vocación es el amor!
Sí, he encontrado mi puesto en la
Iglesia, y ese puesto, Dios mío, eres tú
quien me lo ha dado ... En el corazón de
la Iglesia, mi Madre, yo seré el amor.
Así lo seré todo ... ¡¡¡Así mi sueño se
verá hecho realidad!!!”.
20.
Teresa de Lisieux, que vivió fuertemente
centrada en Dios como el único absoluto,
dialogó con El en la oración asumiendo
las necesidades de sus hermanos y
hermanas.
A partir de este diálogo,
se entregó a los demás y vivió su
vocación por la salvación del mundo. En
el Manuscrito C Teresita da una
orientación preciosa para una auténtica
espiritualidad en el compromiso de la
nueva evangelización:
“Como un torrente que se
lanza impetuosamente hacia el océano
arrastrando tras de sí todo lo que
encuentra a su paso, así, Jesús mío, el
alma que se hunde en el océano sin
riberas de tu amor atrae tras de sí
todos los tesoros que posee... Señor, tú
sabes que yo no tengo más tesoros que
las almas que tú has querido unir a la
mía”.
Esta convicción de Teresa
de Lisieux, de que la autenticidad de
nuestro amor a Dios se manifiesta en la
calidad de amor a los demás, ha influido
ciertamente en la espiritualidad de
nuestro siglo, particularmente en la
espiritualidad del compromiso
evangelizador. Su experiencia y su
doctrina han enseñado a los cristianos
que, como en círculos concéntricos, la
dimensión del amor fraterno se va
abriendo a horizontes cada vez más
amplios, todos ellos como una expansión
que parte del amor a Dios.
El primer círculo es el
de los más cercanos, el más amplio es el
de la humanidad entera. La confianza y
el abandono en Dios Padre-Madre son en
Teresa de Lisieux la fuente de la
caridad fraterna y del apostolado,
expresión de amor a todos al querer
comunicarles la buena noticia de la
salvación.
Teresa
de Lisieux traduce en vida la exigencia
evangélica del servicio a los más
pequeños y pobres, en los que se
descubre el rostro de Cristo (cf. Mt
25,31-45). A ellos se revela Dios de
manera especial (cf. Mt 11,25-27). En
este servicio hay que estar dispuestos a
dar la vida por los demás, como Cristo,
que pide al Padre que, si es posible
aparte de El el cáliz del sufrimiento y
la pasión, pero vive abierto y
disponible a cumplir su voluntad.
Doctora del camino
evangélico de la santidad
En la conclusión de la
Encíclica Redemptoris missio,
dedicada a explicar la permanente
validez del mandato misionero de Cristo,
Juan Pablo II afirma: “El llamado a la
misión se deriva de la vocación a la
santidad ... La vocación universal a la
santidad está estrechamente unida a la
vocación a la misión: todos los fieles
son llamados a la santidad y a la misión
... La espiritualidad misionera de la
Iglesia es un camino hacia la santidad”.
Teresa de Lisieux transformó esa
doctrina en experiencia vivida. Por ello
fue proclamada patrona universal de las
misiones junto con el gran apóstol san
Francisco Javier. En esto su
doctrina-experiencia es de gran
actualidad para la nueva evangelización.
Ella entra en el Carmelo para alcanzar,
a través de su vida contemplativa, la
santidad: Dios “me hizo también
comprender que mi gloria no brillaría
ante los ojos de los mortales, sino que
consistiría en ¡¡¡llegar a ser una gran
santa ... !!!”.
Desde un principio tuvo la convicción de
que entraba al Carmelo no para huir del
mundo sino para entrar en él con mayor
profundidad. Su experiencia espiritual
no es búsqueda de un refugio frente a un
mundo hostil sino ofrecimiento
consciente al martirio.
22.
“Hoy más que nunca es necesario un
renovado compromiso de santidad ... es
necesario suscitar en cada fiel un
verdadero anhelo de santidad, un fuerte
deseo de conversión y de renovación
personal en un clima de oración siempre
más intensa y de solidaria acogida del
prójimo, especialmente del más
necesitado”.
Teresa de Lisieux une admirablemente la
santidad y misión, la auténtica
contemplación que compromete, desde la
propia identidad vocacional, en la
evangelización.
Propone así, sin
dicotomías, un camino evangélico para
testimoniar y anunciar la Buena Noticia
frente a los desafíos del momento actual.
Concentrando la santidad en el amor,
Teresita ayuda a superar la
separación entre contemplación y acción,
porque el amor es lo que une ambas
dimensiones. Ella entró en la vida
contemplativa para lograr una mayor
eficacia apostólica. Revolucionó, de
este modo, la relación entre ascética y
mística. Puso el acento en ésta, porque
exige la abnegación evangélica vivida
cada día.
Por eso, por encima de
las mortificaciones corporales puso la
mortificación originada por el servicio
a los demás: la capacidad de acogida, de
comprensión, de perdón, de ayuda y
solidaridad. Todas estas son grandes
enseñanzas para vivir la espiritualidad
de la nueva evangelización.
PRIVATE Doctora del
camino para la integración de la persona
Teresa de Lisieux, como
todo ser humano, estuvo sujeta a los
condicionamientos propios de toda vida
humana. Vivió la experiencia de un
proceso liberador desde el punto de
vista psicológico que la condujo
a la aceptación de sí misma y, por
tanto, le dio la capacidad de acoger en
una madurez integral todas las
limitaciones de su historia personal.
En el mundo actual se
acentúan fuertemente las tensiones
internas, las heridas espirituales, los
condicionamientos de todo tipo que
impiden tantas veces la realización de
las personas. Teresa de Lisieux aprendió
a asumir su propia vida limitada,
imperfecta, condicionada por el ambiente
familiar, religioso y social,
liberándose así de su dominio para
convertirse con la gracia de Dios en una
persona libre que descubre el Dios de
Jesucristo, fiel y misericordioso. Así
nos enseña a aprovecharnos de todo para
crecer y madurar, humana y
cristianamente.
Teresa del Niño Jesús y
de la Santa Faz tuvo que luchar para
superar todo aquello que le impedía ser
ella misma. En su camino de maduración
humana experimenta el trauma de la
muerte de su madre que la golpea
fuertemente.
El amor de Dios y la amistad con El
despiertan en ella el dinamismo
liberador capaz de orientar todos los
condicionamientos hacia la integración
humana.
Ella
vivirá, de los cuatro a los catorce años,
un período doloroso. Debe enfrentar el
ambiente escolar que, en cierto modo,
experimenta agresivo; la entrada en el
Carmelo de su hermana Paulina, su
segunda madre. Como consecuencia de esa
separación enferma seriamente. Se trata
de una enfermedad psicosomática. Más
adelante la atormentan los escrúpulos.
Todos
estos sufrimientos se concentraban en su
hipersensibilidad: “cuando comenzaba a
consolarme de lo sucedido, lloraba por
haber llorado”.
Vivía encerrada en un círculo vicioso
sin saber cómo salir de él.
Es
entonces cuando comienza a recorrer el
camino del amor y de la entrega a Jesús
que hace posible la completa curación de
su hipersensibilidad en la noche de
Navidad de 1886.
A partir de ese momento se libera de las
ataduras inconscientes que la llevaban a
encerrarse en sí misma.
Puede abrirse ampliamente
a la vida: estudios, contactos,
naturaleza, viajes...
25.
Para el hombre y la mujer de hoy,
atormentados por tantas experiencias
negativas en el ambiente familiar y
social, y que los llevan a la angustia y
a la inseguridad frente al futuro,
Teresa de Lisieux muestra que el miedo
ante la incertidumbre de cada día se
resuelve abriéndose al amor de Dios y
del prójimo. Es así como se va
adquiriendo la paz y la alegría de saber
que hay un Dios padre misericordioso que
acompaña con su amor y providencia a
todos sus hijos e hijas. La Santa
presenta al mundo enfermo de miedo y de
angustia la terapia del amor y la
confianza en Dios y del servicio y la
entrega a los demás. La Santa ha
descubierto y nos ha transmitido la
verdad profunda de un Dios de
misericordia que quiere comunicarse
plenamente a todos los que se abren a El.
Doctora de la fe para el
mundo de la incredulidad
Uno de los ámbitos en los
que aparece en forma diáfana la
actualidad de la doctrina de Teresa de
Lisieux es el del ateísmo y la
incredulidad. Ya el Concilio Vaticano II,
analizando el fenómeno del ateísmo
contemporáneo, indicaba que esa palabra
designa realidades muy diversas: “Unos
niegan a Dios expresamente. Otros
afirman que nada puede decirse acerca de
Dios. Los hay que someten la cuestión
teológica a un análisis metodológico
tal, que reputan como inútil el propio
planteamiento de la cuestión ... Hay
quienes imaginan un Dios por ellos
rechazado, que nada tiene que ver con el
Dios del Evangelio ... Además, el
ateísmo nace a veces como violenta
protesta contra la existencia del mal en
el mundo”.
Dios
quiso que la experiencia espiritual de
Teresa de Lisieux la convirtiera en
interlocutora existencial con el mundo
de la incredulidad. Ella conoció la
prueba de la fe en medio de un mundo que,
en nombre de la ciencia y del
racionalismo, negaba la existencia de
Dios y orientaba al ateísmo.
27.
En la actualidad los no creyentes se
diferencian de los del tiempo de la
Santa. Son los agnósticos o indiferentes
que buscan motivos para dar sentido a la
vida después de haber experimentado la
frustración del fracaso de la modernidad
y de sistemas ateos y materialistas.
Ellos experimentan confusamente una
llamada al absoluto que llene su vacío
existencial y colme sus aspiraciones.
Teresa
de Lisieux enfrenta el problema de la
angustia frente a la muerte que está en
el fondo también del ateísmo, que se
pregunta sobre la existencia de Dios y
de otra vida. La Santa se vio de repente
sumergida en el abismo de estas
angustias y experimentó, en la prueba de
la fe, la angustia de la nada. Vivió la
privación de lo que ella llamaba “el
gozo de la fe” o “gozar de ese hermoso
cielo sobre la tierra”.
Ella entra en un mundo denso de
tinieblas que la rodean y la aplastan.
Le parece escuchar que le dicen: “Crees
que un día saldrás de las tinieblas que
te rodean.
¡Adelante, adelante!
Alégrate de la muerte, que te dará, no
lo que tú esperas, sino una noche más
profunda todavía, la noche de la nada”.
28.
En medio de esta situación Teresa de
Lisieux conserva la fe y el amor. De
este modo, su experiencia de la noche
oscura de la purificación se transforma
en solidaridad dinámica y fecunda con
aquellos que viven sumergidos en la
incredulidad. Antes de la prueba de fe
ella afirma que no podía aceptar que
hubiera personas que no creyeran: “No me
cabía en la cabeza que hubiese
incrédulos que no tuviesen fe.
Me parecía que hablaban
por hablar cuando negaban la existencia
del cielo”. Después de su experiencia
dolorosa se convence de lo contrario:
“Durante los días tan gozosos del tiempo
pascual, Jesús me hizo conocer por
experiencia que realmente hay almas que
no tienen fe”.
Sumergida en la más profunda oscuridad
la Santa no deja de amar a Aquel en
quien confía. Su drama brota del hecho
de vivir al mismo tiempo la luz de la fe
y las tinieblas de los incrédulos.
Es entonces cuando
comprende que Dios quiere con ello que
ella ofrezca por los incrédulos los
sufrimientos que vive en el amor,
sentándose a la mesa con los pecadores y
comiendo con ellos el pan de la prueba.
Existen testimonios elocuentes de
conversiones a la fe a partir de la
lectura de los escritos de Teresa de
Lisieux. No pocos han encontrado en
ellos el verdadero rostro de Dios y, al
mismo tiempo, la iluminación para el
drama de su búsqueda en medio de las
tinieblas y de la tentación de la
incredulidad.
Esto da actualidad a su
mensaje para los alejados, los
incrédulos, indiferentes.
Teresa de Lisieux mujer,
Doctora de la Iglesia
La experiencia y la
doctrina de Teresa de Lisieux cobra
especial valor en nuestra época en la
que se van abriendo nuevas perspectivas
de presencia y acción para la mujer en
la sociedad y en la Iglesia. La mujer
está llamada a ser “una señal de la
ternura de Dios con el género humano”,
y a enriquecer la humanidad con su
“genio femenino”. La joven carmelita de
Lisieux realizó ambas cosas en su vida.
Claras y abundantes
huellas ha dejado en sus escritos.
Teresa
del Niño Jesús transmite su experiencia
espiritual con su estilo femenino
concreto, directo, cercano. Aunque
condicionada por la época en que vivió,
no deja de manifestar su convicción
evangélica de la igualdad entre el
hombre y la mujer, y de la importancia
de una colaboración mutua como
discípulos de Jesús. Esto aparece, sobre
todo, en su correspondencia epistolar
con sus hermanos misioneros: comparte
con ellos sus experiencias humanas y
espirituales y no duda en expresarles su
modo de pensar en temas teológicos y de
experiencia cristiana: su idea de la
justicia de Dios, el camino de infancia
espiritual, la confianza en la
misericordia divina.
30.
Su feminismo, al igual que el de Teresa
de Jesús, desemboca en un compromiso
mayor con el Evangelio, por encima de
los prejuicios que marginaban a la mujer
de su época.
Teresa de Lisieux experimentó esa
situación de la mujer en la sociedad y
en la Iglesia de finales del siglo XIX.
En el manuscrito A cuenta,
con claridad y sentido del humor lo que
vivió durante el viaje a Roma antes de
entrar al Carmelo:
“Aún hoy sigo sin comprender por qué en
Italia se excomulga tan fácilmente a las
mujeres. A cada paso nos decían: '¡No
entréis aquí ... No entréis allá, que
quedaréis excomulgadas ...!' ¡Pobres
mujeres! ¡Qué despreciadas son...!
Sin embargo, ellas aman a
Dios en número mucho mayor que los
hombres, y durante la pasión de Nuestro
Señor las mujeres tuvieron más valor que
los Apóstoles, pues desafiaron los
insultos de los soldados y se atrevieron
a enjugar la Faz adorable de Jesús ... “.
ADVANCE \D 11.25
Su condición de mujer, que expresa con
la frescura y sinceridad de una persona
libre, la lleva a una reflexión
evangélica: esta marginación de la mujer
la hace participar más de cerca del
desprecio del que fue objeto Jesús en su
pasión. Las mujeres tuvieron el valor de
enjugar el rostro de Cristo.
“Seguramente por eso él permite que el
desprecio sea su lote en la tierra, ya
que lo escogió también para sí mismo ...
En el cielo demostrará
claramente que sus pensamientos no son
los de los hombres, pues entonces los
últimos serán los primeros...”.
Jesús las constituyó en los primeros
testigos de su resurrección.
31.
La mujer, que se ha abierto espacios de
mayor participación en la sociedad y en
la Iglesia, encuentra ciertamente en
Teresa de Lisieux un estímulo para vivir,
como afirma Juan Pablo II, “una cultura
de la igualdad entre el hombre y la
mujer”.
Por otro lado, como lo pedía Hans Urs
von Balthasar en las celebraciones del
primer centenario del nacimiento de
Teresa de Lisieux, ella ha abierto, con
su mensaje, el campo teológico a la
reflexión femenina: “La teología de las
mujeres nunca ha sido tomada en serio ni
integrada por la corporación.
Sin embargo, después del
mensaje de Lisieux habría finalmente que
pensar en ello en la reconstrucción
actual de la dogmática”.
ADVANCE \D 5.60
Esto responde a lo que el documento
postsinodal Vita consecrata
presenta como perspectivas nuevas para
la mujer en la Iglesia, cuando dice: “se
espera mucho del genio de la mujer
también en el campo de la reflexión
teológica, cultural y espiritual, no
sólo en lo que se refiere a lo
específico de la vida consagrada
femenina, sino también en la
inteligencia de la fe en todas sus
manifestaciones”.
CONCLUSION
32.
Dios nos sorprende nuevamente con esta
hermana nuestra, en la que se rompen
tantos esquemas de la lógica humana,
para subrayar su iniciativa divina
gratuita que escoge a quien quiere y
cuando quiere para realizar sus obras y
manifestar la grandeza de su poder y de
su acción en quien se abre confiadamente
a su amor misericordioso para cumplir su
voluntad.
Con la proclamación del doctorado de
nuestra hermana Teresa de Lisieux el
Señor nos confirma lo que el A.
Testamento afirmaba y que el N.
Testamento vino a presentar en plenitud:
que Dios se comunica a los sencillos,
les da su sabiduría y les revela los
secretos de su vida y de acción en la
historia. En efecto, el libro de la
Sabiduría afirmaba, en el umbral de
la venida de Jesús: “la ancianidad
venerable no es la de los muchos días ni
se mide por el número de años; la
verdadera canicie para el hombre es la
prudencia, y la edad provecta una vida
inmaculada.
Halló gracia ante Dios y Dios le amó ...
alcanzando en breve la perfección llenó
largos años”
(Sab 4,8-10.13). Y, en el evangelio de
Lucas, Jesús, lleno de gozo en el
Espíritu Santo, proclama la lógica
divina, tan diversa de la nuestra: “Yo
te bendigo, Padre, Señor del cielo y de
la tierra, porque has ocultado estas
cosas a los sabios y prudentes, y se las
has revelado a los pequeños. Sí, Padre,
pues tal ha sido tu beneplácito” (Lc
10, 21-22).
33.
El Señor, Padre de las luces, de quien
viene toda dádiva buena y todo don
perfecto ( Cf. Sant 1,17), ha dado al
Carmelo un regalo más con el Doctorado
de Teresa de Lisieux. Es un don gratuito
que exige una respuesta de amor y de
entrega generosa a nuestra vocación y
misión en la Iglesia y en el mundo. Que
nuestra hermana Teresa de Lisieux nos
alcance del Señor la gracia de ser
colaboradores suyos en el testimonio y
el anuncio de la Buena Noticia para
nuestros hermanos y hermanas en el
Tercer Milenio como auténticos
seguidores de Jesús y en comunión con
María, la primera que recibió la alegre
noticia de salvación y la proclamó con
la alegría de descubrir que Dios se da
gratuitamente a los pobres, humildes y
sencillos.
Roma, 1 de octubre de
1997
Fr. Camilo Maccise, OCD
- Fr. Joseph Chalmers,
O.Carm.
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