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ABIERTOS AL FUTURO DE DIOS

 

Carta circular de los Superiores Generales
Fr. Camilo Maccise o.c.d. y  Fr.
Joseph Chalmers o. carm.
con motivo de los 750 años de la aprobación definitiva de la Regla del Carmelo
por Inocencio IV (1 octubre 1247-1 octubre 1997)
 

 

 

 

 

 

  

Queridísimos hermanos y hermanas en el Carmelo,

 

 

1. Mientras celebramos en comunión con toda la Iglesia el “gran Adviento” del tercer milenio de la nueva era[1], puestos los ojos en Cristo Jesús, «autor y consumador de la fe» (Eb 12,2), se le concede a la Familia del Carmelo la oportunidad de celebrar en 1997 los 750 años de la aprobación definitiva de la Regla del Carmelo por parte de Inocencio IV (1 octubre 1247-1 octubre 1997).

 

2. Alberto, patriarca de Jerusalén entre 1206 y 1214, entregó a los eremitas-hermanos de la naciente comunidad “carmelitana” presente en el monte Carmelo, la Regla, como  formula de vida en consonancia con su proyecto de vida (propositum), que ya vivían por inspiración del Espíritu Santo. Con un discernimiento espiritual autorizado, conforme a su cuidado pastoral de obispo y lo mismo que a su experiencia de religioso de los Canónigos Regulares de Mortara (Pavia), el patriarca Alberto reunió a los eremitas-hermanos en la primera comunidad del Carmelo.

 

3. A continuación, la fórmula de vida de Alberto tuvo varias aprobaciones pontificias con Honorio III (1226), Gregorio IX (1229) e Inocencio IV (1245; 1246). Pero la intervención más autorizada se dio con la bula pontificia de Inocencio IV, Quae honorem Conditoris, fechada el 1 de octubre de 1247. Con su intervención, Inocencio IV confirma las correcciones, las clarificaciones y las adaptaciones aportadas al texto “albertino” por razón de la situación de los Carmelitas presentes ya en Europa, aprueba como Regla el texto “albertino” corregido y adaptado, y confirma la transformación de los Carmelitas en verdaderos “religiosos”, insertos ahora en el albo de la fraternidad evangélico-apostólica de los “Mendicantes” para poder «servir, con la ayuda de Dios, a  la salvación  propia y del prójimo»[2].  

 

1. «SUPEREROGACION»

 

4. La efemérides de los 750 años de la aprobación inocenciana la consideramos, entonces, como un  año particular de gracia para toda la Familia Carmelitana, un kairós, un tiempo propicio no sólo para recordar nuestro pasado sino, mucho más, para mirar con sabiduría, discernimiento y valentía nuestro futuro, en el umbral del nuevo milenio que se avecina.

        A este respecto, sentimos nuestra la llamada que el Papa dirige a todas las personas consagradas: «¡Vosotros no solamente tenéis una historia gloriosa para recordar y contar, sino una gran historia que construir!. Poned los ojos en el futuro, hacia el que el Espíritu os impulsa para seguir haciendo con vosotros  grandes cosas. Haced de vuestra vida una ferviente espera de Cristo, yendo a su encuentro como las vírgenes prudentes van el encuentro del Esposo. Estad siempre preparados, sed siempre fieles a Cristo, a la Iglesia, a vuestro Instituto y al hombre de nuestro tiempo»[3].

  Las palabras de Teresa de Jesús nos estimulan a mejorar nuestro presente con fidelidad creativa: "No se diga por ellos lo que de algunas Ordenes, que loan sus principios. Ahora comenzamos y procuren ir  comenzando siempre de bien en mejor".[4] 

 

a) En el dinamismo de la fidelidad creativa

 

5. Recogiendo la llamada del Papa, deseamos resaltar aquella apertura a la fidelidad creativa  — como la llamaríamos hoy — que nuestra Regla, casi como un testamento, nos consigna en el epílogo: «Si alguno rebasare el estricto cumplimiento de sus prescripciones, el Señor, a su vuelta, se lo retribuirá. Procédase, sin embargo, con discreción, ya que ella regula la práctica de la virtud»[5].

          Es éste un criterio de gran discreción espiritual y de auténtica perspectiva, salido de las manos de Alberto y típico de la mejor tradición monástica. Es un criterio que considera toda Regla no un texto “sacro e intocable”, sino un texto que tiene los caracteres de la esencialidad y que por esto no pretende englobar toda la experiencia carismática del autor y de la comunidad a la que está dirigida, ni pretende sustituir al primado de la Palabra, a la mediación de Jesucristo y al don pascual del Espíritu Santo. Aquí está, en el fondo, la grandeza y, al mismo tiempo, la limitación de toda Regla.

  Nuestra Regla y nuestros santos, que son palabra viva, han acrecentado nuestro patrimonio espiritual. El carisma que nos une es más grande, no obstante, que lo que nuestros predecesores nos han consignado por escrito y con sus propias vidas. Ellos nos invitan a avanzar en la fidelidad a nuestra gracia vocacional y en los modos creativos personales de encarnarla hoy. Para nosotros, discípulos del Señor, como dice S. Juan de la Cruz, "todavía hay mucho que ahondar en Cristo".[6]

          El patriarca Alberto sigue este criterio, cuando nos orienta a acoger el «breve escrito» de la Regla como un itinerario pedagógico de seguimiento de Cristo [7], no cerrado, sino abierto a los requerimientos del futuro y colocado bajo el primado absoluto de la Palabra que, palpitando en el corazón de los creyentes (cf. Lc 24,22), nos impele siempre a «rebasar» (supererogaverit) en el don de sí (cf. Lc 10,35), a “ir más allá” con discernimiento para ulteriores aportes creativos según las mociones del Espíritu.

 

b) Los “efectos” en la historia del Carmelo

 

6. Sí, toda la historia del Carmelo la podemos leer en la perspectiva de los “efectos” de esta discretio spiritualis. Esa ha empujado las distintas generaciones de frailes y monjas carmelitas a saber «dar de más», permaneciendo sustancialmente fieles a los valores carismáticos de la Regla y creativos, incluso en la confrontación dialéctica, frente a los nuevos desafíos y a la posibilidad de “refundar” el proyecto de vida del Carmelo.

        Pensemos en el cambio que se verificó de la forma de vida eremítico-cenobítica a la de evangélico-apostólica de los “Mendicantes” y a las figuras de santos pastores — como por ejemplo san Alberto de Trápani y san Andrés Corsino — y de doctos teólogos. Pensemos también en la relectura de los modelos bíblicos de María y Elías y en la evangelización popular mediante la devoción del Escapulario, en el nacimiento de los movimientos de reforma, en las diversas fundaciones, y en la maduración de itinerarios espirituales de vida mística que en algunos casos han señalado una época para la historia de la espiritualidad, como por ejemplo, la experiencia y la doctrina de los santos, Teresa de Jesús,[8] Juan de la Cruz, y Teresa del Niño Jesús. Con un profundo sentido del movimiento de la historia, Teresa de Jesús dijo, "Pongan siempre los ojos en la casta de donde venimos, de aquellos santos Profetas. ¡Qué de santos tenemos en el cielo que trajeron este hábito! Tomemos una santa presunción, con el favor de Dios, de ser nosotros como ellos".[9]

 

7. Y mirando a nuestro tiempo, a estos años del postconcilio, nuestro pensamiento va a todas aquellas propuestas de renovación de las comunidades, algunas de las cuales han intentado caminos hasta ahora inexplorados. Como también va nuestro pensamiento al reflorecimiento en la producción de estudios y trabajos de reflexión sobre los textos de nuestros santos, especialmente, Teresa de Jesús, Juan de la Cruz y Teresa del Niño Jesús, cuyo magisterio está ampliamente reconocido y valorado en la Iglesia universal y en el mundo entero. Además nos han ofrecido nuevos estudios sobre el texto de la Regla, en los que hemos podido descubrir una  riqueza de contenido y actualidad.

        Este retorno a nuestras fuentes ha sido muy importante y saludable para la vida de toda la Familia Carmelitana. Como el escriba del evangelio, se han sacado de las páginas de este breve escrito medieval significados nuevos y significados antiguos (cf. Mt 13,52); donde lo antiguo se ha convertido en nuevo, y lo nuevo, precisamente por fidelidad a lo antiguo, lo ha reexpresado re-actualizándolo según las exigencias vitales de nuestro tiempo.

 

8. Y también aquí los “efectos” de este retorno a las fuentes no se han hecho esperar. Pensemos en la relectura de la dimensión eliano-mariana del Carmelo; en la revalorización histórica de la figura de Alberto, patriarca de Jerusalén; en el interés en nuestras comunidades por la práctica de la lectio divina y por la espiritualidad; en el trabajo de animación espiritual y pastoral de la Familia Carmelitana, expresado en tantas formas de servicio con investigaciones y enseñanza en centros de estudios, en casas de retiros y de oración, en la pastoral en general, y de cada día señalado cada vez más por nuestra espiritualidad; en la colaboración entre los Carmelitas O.Carm. y O.C.D.

         Nos alegramos de todo ello y damos gracias al Señor por las maravillas que  continúa  operando entre nosotros. 

 

2. LOS DESAFIOS DE LA HORA PRESENTE

 

9. No queremos solamente detenernos en engrandecer lo existente. Deseamos exhortar a proseguir en la profundización de la Regla del Carmelo sea desde el punto de vista de la reflexión crítica como también a nivel comunitario-existencial.

        Hacemos nuestras las palabras del Papa que pide a los consagrados  saber ofrecer su «insustituible aportación a la transfiguración del mundo»[10], y a los jóvenes consagrados les hace presente que «el tercer milenio espera la aportación de la fe y de la iniciativa de numerosos jóvenes consagrados, para que el mundo sea más sereno y más capaz de acoger  a Dios y, en El, a todos sus hijos e hijas»[11].

          En los tiempos que vivimos y que indudablemente caracterizarán los años del tercer milenio, estamos llamados a “dar todavía más”, a “revitalizar” nuestra “forma de vida” con sabiduría y discernimiento para convertirla en un signo elocuente para el hombre y la mujer de hoy, a hacer “fermentar” con fidelidad creativa los valores de la Regla para mejorar en el Carmelo la cualidad de su vida epiritual y su presencia en la Iglesia y en la sociedad de nuestro tiempo.

 

10. Algunos eventos socio-culturales acaecidos en estos años constituyen verdaderos desafíos para nuestro tiempo. Somos conscientes que de los  pliegues de estos desafíos, si se leen con discernimiento, nos llega «lo que el Espíritu dice a las Iglesias» (Ap 2,7) y se revela el sentido de nuestra misión hoy. Por tanto, queremos centrar la atención sobre algunos desafíos que nos parecen importantes para  el Carmelo de hoy. 

 

a) La búsqueda del  sentido de Dios

 

11.  Sabemos cuán compleja y ambivalente es hoy la demanda de religión o de espiritualidad que surge de nuestros contemporáneos, especialmente en estos tiempos de transición. Todavía está por descifrar el llamado “retorno de Dios”, sea en ámbito eclesial como en el acercamiento a las religiones. Parece que nos pueda conducir a dos exigencias: por una parte, a la necesidad de seguridad y de puntos de referencia más confiables, por otra, a la necesidad de búsqueda de sentido y de transcendencia presentes en todo hombre y mujer. Hay que discernir no obstante si ese anhelo de religión busca una religión consoladora e intimística, si revela una necesidad de “sensaciones” emotivas fuertes, si mira hacia un sincretismo acomodaticio que mezcla elementos tomados de religiones diversas, o más bien si es una verdadera búsqueda de Sentido, de un fin transcendente que confiere una dirección a la propia vida.

        No es difícil ver en este nuevo clima el anhelo de poder encontrar hombres y mujeres que sepan hablar de Dios por experiencia y doctrina, dejando transparentar el perfume de una Presencia; la exigencia de una mayor participación activa y responsable en la vida eclesial; la necesidad de desarrollar, como parte integrante de la acción misionera, un proceso adecuado de inculturación del evangelio en los diversos contextos culturales[12]; la importancia de praticar, también como parte integrante de la misión, la vía del diálogo con los hermanos de las otras religiones, reconociendo en ellas las “semillas de la Palabra”, los “destellos de aquella verdad que iluminan a todos los hombres”, modalidades  diferentes de testimonio de la presencia de Dios en el mundo[13]

 

b) El otro, como don y valor

 

12. Otro fenómeno cultural emergente al que queremos prestar particular atención se refiere a la concepción del hombre. Es evidente que en el mundo existen varias concepciones del hombre. Donde, por ideologías o por intereses particulares, falta un sentido pleno de la dignidad humana y de las relaciones interpersonales, la incidencia del individualismo, por una parte, y del totalitarismo comunitario por otra, aumenta considerablemente. Frecuentemente, casi como autodefensa, la persona se ve abocada a varias formas de violencia: la guerra, la manipulación, los abusos de todo género, las venganzas, etc. En este contexto, frecuentemente se le ve al otro más como amenaza que como don, más como contrincante que como hermano, más como problema que como persona para  amar.

  Por otra parte en cambio, la cultura emergente de la alteridad, en antítesis al individualismo y al totalitarismo “comunitario”, para afirmar al otro como don y valor irreductible que reclama mi solidaridad y responsabilidad, es otro desafío positivo que nos toca de cerca. Nos abre a fecundas intuiciones para vivir y testimoniar la fraternidad. 

 

c) La justicia social en peligro

 

13.  Mientras en algunas partes del mundo se vive un fuerte individualismo, todo parece convertirse en cercano e interdependiente. El proceso de mundialización, favorecido por el gran desarrollo de los medios de comunicación, ha permitido achicar las distancias a medida de “pueblo”.

        En este contexto, un rol fuerte y dominante lo está asumiendo la economía. De hecho, se habla hoy tanto de “globalización de la economía de mercado”. Esta, a través de la utilización de los recursos, el aumento de la productividad y de la cualidad de la oferta, debería tender positivamente hacia el bien común, es decir, a hacer crecer el nivel de vida de todos.

        En realidad vemos que la pobreza crece cada vez más y oprime los dos tercios de la población mundial, mientras la riqueza está concentrada en las manos de pocos. El llamado “mercado”, de instrumento regulador de la economía se ha transformado, en las manos de algunas grandes financieras multinacionales, en instrumento de presión ideológica sin control por parte de los gobiernos nacionales; así sucede que las decisiones tomadas en un determinado lugar de la tierra están destinadas a golpear a los pueblos en otro lugar, sin tener en cuenta su soberanidad nacional y los derechos fundamentales de los ciudadanos.

        El propósito-guía de esta ideología, llamada “neoliberalismo”, es altamente pragmático: es el enriquecimiento financiero como fin en sí mismo, el provecho por el provecho en beneficio de pocos y de los más fuertes. En la base di tal ideología hay una visión individualística del hombre que absolutiza su capacidad productiva de interés monetario, exalta la competitividad en todos los campos y alimenta su avidez de posesión en perjuicio de los otros y del ambiente.

        Es necesario, por tanto, involucrándonos sobre todo nosotros mismos y a la luz de los valores evangélicos que informan nuestra vocación, ofrecer una «aportación para la humanización del mundo»[14], «un nuevo y decidido testimonio evangélico de abnegación y de sobriedad, un estilo de vida fraterna inspirado en criterios de sencillez y de hospitalidad»[15].

 

d) La vida consagrada como signo

 

14. Queriendo, finalmente, considerar el mundo de la vida consagrada, no podemos menos que dirigir la mirada  al acontecimiento del reciente Sínodo sobre la vida consagrada y a la subsiguiente exhortación post-sinodal del Papa.

          Aquí solamente pretendemos subrayar el desafío que trae la carta post-sinodal: el desafío de la visibilidad[16]. Repetidamente el Papa, en sintonía con Lumen Gentium, habla de la vida consagrada como signo, icono, imagen, testimonio, «espejo de la belleza divina», etc. El Papa pide que en la triple dimensión de consagración, comunión y misâÑn, la vida consagrada dé testimonio de ser una memoria viva del estilo de vida de Cristo Jesús, sea signo, en la humanidad débil y frágil de sus llamados, de una existencia transfigurada por la luz del Resucitado, de un camino místico que haga visible la sobreabundancia de la gratuidad de Dios.

          Para vivir en esta proyección, el Papa nos exhorta a abandonar una concepción utilitarista y funcional de vida consagrada[17], y a realizar nuestro éxodo hacia una concepción más teologal y profética, donde  la calidad de vida de un instituto religioso es prioritaria. No acaso, de hecho, se insiste sobre la exigencia de mejorar la calidad espiritual de las Familias de vida consagrada, entendiendo por espiritualidad un itinerario dinámico de vida en Cristo, de vida según el Espíritu, que se concretiza en «un proyecto concreto de relación con Dios y con el ambiente, caracterizado por particulares acentos espirituales y opciones operativas[18], que evidencian y representan bien sea uno u otro aspecto del único misterio de Cristo»[19].

          La vida consagrada recabará de su cualidad mística y espiritual, y no del número de las personas y de sus obras[20], aquellos recursos adecuados para ser «un fuerte testimonio profético»[21] y una «terapia espiritual para la humanidad»[22]. 

 

3. CAPACIDAD DE FUTURO

 

15. Si éstos son los desafíos reales de nuestro tiempo que nos abren, incluso en la complejidad de los sucesos, al horizonte del futuro de Dios, y si entre tantas fuentes de inspiración existentes hoy en la Iglesia, tenemos nosotros la Regla como texto inspirador de la espiritualidad y de la misión del Carmelo, nos preguntamos: ¿cómo releer esta Regla antigua, de modo que sea todavía un texto vivo y actual para toda la Familia Carmelitana, que se encuentra en camino hacia el tercer milenio?

 

a) Dimensión contemplativa y crecimiento en Cristo

 

16. La búsqueda de una auténtica experiencia de Dios que interpela a nuestros contemporáneos, nos fascina mucho, en parte también  porque se cruza muchas veces en el diálogo con nuestros santos. La búsqueda de Dios,"nombre nuevo de la contemplación", nace "de la meditación de la Palabra, de la oración personal y comunitaria, del descubrimiento de la presencia y de la acción divina en la vida, compartiendo al mismo tiempo esta experiencia con todo el pueblo de Dios"[23]. Esta perspectiva la sentimos muy cercana al Carmelo.

          Nuestra Regla, de hecho, aunque no usa este léxico, en realidad traza un itinerario de experiencia contemplativa fuertemente enraizado en el horizonte teologal de la centralidad de Cristo, y firmemente anclado a algunos momentos espirituales esenciales para la vida personal y comunitaria. Este Cristocentrismo se ha desarrollado en toda nuestra tradición como lo atestigua de modo particular la experiencia y la doctrina de los santos Teresa de Jesús[24] y Juan de  la Cruz.[25]

         

17. El horizonte teologal del Cristocentrismo envuelve  toda la Regla. Esta, de hecho, en sus líneas esenciales, nos propone vivir un camino de transformación y de crecimiento en Cristo.

        Tal camino se mueve en la óptica del “obsequium Jesu Christi”. Es la afirmación — podemos decir hoy con el Vaticano II — del primado de la sequela Christi, considerada como la «norma fundamental», la «regla suprema» de la vida cristiana en cuanto tal, y por ende de la vida consagrada[26]; norma que orienta y da sentido a todo el proyecto de vida delineado por la Regla.

          Al inicio de la Regla, de hecho, se encuentran expresiones muy densas en cuanto a la sequela, expresiones de clara inspiración paulina: «vivir en obsequio de Jesucristo», indica el seguimiento como obediencia de la fe (cf. 2Cor 10,5) y como culto existencial, don de sí a Dios y a los hermanos (cf. Fil 2,17.30; Rom 12,1)[27]; «servirle fielmente con corazón puro y buena conciencia», indican las actitudes espirituales que favorecen un auténtico seguimiento de Cristo, es decir: entrega personal incondicional al que es el Señor de la historia (cf. Col 3,24), integridad de vida y una conciencia capaz de opciones coherentes según el Evangelio (cf. 1Tim 1,5.19).

          Esto quiere decir que la experiencia contemplativa está toda ella orientada a hacer crecer la vida de los hermanos en la obediencia de la fe y en el don de sí en la medida de Cristo Jesús, de Aquél que recrea el hombre nuevo en nosotros con el don de su Espíritu.

 

18. Pero ¿cómo crecer en la obediencia de la fe y en el don de sí? Nuestra Regla aquí es muy concreta. Abiertamente evoca los tres pilares fundamentales de la vida cristiana: Palabra, Liturgia, Caridad. Una auténtica búsqueda de Dios en sentido cristiano, nace, crece y madura más siempre, si es asidua en la escucha orante de la Palabra[28], si hace suya la oración de Cristo al Padre con la oración de los salmos celebrada en la Liturgia de las Horas[29], si vive la Eucaristía como convocación de hermanos en torno a Cristo Señor para ser regenerados por El en el misterio pascual y plasmados en una vida nueva[30], si está animada en las relaciones interpersonales por el espíritu de Caridad[31].

          Estamos bien lejos de la tentación de convertir la búsqueda  de Dios  en una búsqueda sólo de nosotros mismos o de caer en un espiritualismo vacío y abstracto. Aquí se nos conduce de nuevo al centro y a la fuente de la experiencia contemplativa: estamos delante de una Presencia viva y vivificadora, ante el Rostro del Dios de Jesucristo que nos interpela y nos transforma en El.

 

19.   Los signos visibles de esta acción transformante de Dios en nosotros, nos los indica la Regla de un modo concreto y esencial. Detengámonos por un momento a reflexionar sobre las exhortaciones acerca del compartir los bienes[32], sobre la sobriedad de vida [33], sobre el ponernos las armas espirituales, es decir la asimilación-interiorización de la lógica en el actuar de Dios para saber afrontar los conflictos de la vida cotidiana[34], sobre la exhortación al trabajo como don de sí a los hermanos, según la enseñanza y el ejemplo del Apóstol Pablo[35], sobre la exhortación al silencio como pedagogía sabia para una auténtica comunicación entre los hermanos[36] y sobre la exhortación al prior y a los hermanos a vivir con madurez el amor fraterno, obedeciendo ambos a la palabra de Cristo que llama al servicio recíproco[37]. Detengámonos también a reflexionar sobre aquellos pasajes de la Regla que exhortan a la espera del Señor en la oración vigilante[38], en la acogida operante de  Su salvación[39], en la creatividad generosa de “supererogación” por la vida de los hermanos[40]. En todos estos incisos encontraremos indicaciones suficientes para verificar si realmente estamos aprendiendo a ser hombres y mujeres contemplativos, es decir, si sabemos mirar la realidad con los ojos de Dios y discernir los signos de los tiempos, si la Palabra de Dios habita abundantemente en nuestra boca y en nuestro corazón, y si solamente ella guía y orienta nuestro actuar.

 

 

b) En el horizonte teologal de la fraternidad

 

20.   La vida consagrada tiene el mérito de «tener viva en la Iglesia  la exigencia de la fraternidad como confesión de la Trinidad», testimoniando que “la participación en la comunión trinitaria puede transformar las relaciones humanas, creando un nuevo tipo de solidaridad».[41]  En la perspectiva de la vida fraterna en comunidad, la Regla exhorta a la escucha de la Palabra, personal, en la lectio divina,[42] y comunitaria, en la mesa común[43], parar permanecer enraizados en Cristo y en profunda comunión con El. Exhorta a la oración comunitaria[44] que, a través de la alabanza en los salmos de las maravillas de la salvación, confiesa nuestro ser de hijos y hermanos ante Dios Padre. Exhorta también a vivir el eje central de la Eucaristía[45] como sacramentum fraternitatis, como convocación de los hermanos en torno al Señor de la comunidad, con el fin de reavivar en El, en el dinamismo del misterio pascual, el don de la unidad en la diversidad de las personas.

 

21. Este don de la unidad en la diversidad encuentra después su máxima concreción vital en el dinamismo teologal del Agàpe, de la caridad divina. Por eso la Regla nos exhorta, en las reuniones de comunidad, a consolidar el camino unitario de la fraternidad, haciéndonos “guardianes” los unos de los otros y atentos al bien espiritual de las personas, y recuperando con caridad transparente al hermano que yerra[46].

         

22. En el dinamismo teologal de la caridad se  considera también el acento sobre la solidaridad hacia el otro. La Regla de hecho no intenta enfatizar la comunidad en perjuicio de la persona. Al contrario, nos exhorta, con sabio equilibrio, a dar dignidad a la persona y a valorarla ofreciéndole un espacio personal para guardar fielmente[47], a ser trabajador con objeto de no ser carga para nadie[48] y comedido en el hablar[49], a estar atentos a sus necesidades de carácter cultural[50] o inherentes a su salud física[51], y también a ser solícitos y respetuosos bien hacia los que llegan de fuera, sean amigos, huéspedes u otros[52], bien hacia los que nos hospedan[53].

 

23. El ser solícitos hacia los que llegan de fuera o mostrar benevolencia hacia los que nos ofrecen hospitalidad, compromete la fraternidad a no cerrarse en sí misma, en una fácil complacencia, sino a saberse abrir a un intercambio de dones. Se trata de saber dar y saber también recibir con gratitud cuanto de bueno, iluminador y  profético provenga de los otros[54].

 

24.   El construirse como comunidad de hermanos abierta al otro, quienquiera que sea — a imagen de la Jerusalén celeste, cuyas «puertas no se cerrarán jamás de día» (Ap 21,25) — hace que ésta, a través de su estilo de vida, haga resplandecer el valor profético de la fraternidad. Reconocer en todo hombre y mujer una persona como compañeros de viaje hacia la construcción del Reino, consentirá a toda fraternidad carmelitana poder afrontar con perspectiva y  paciencia los nudos de la historia, y saber estar con parresìa, con valentía profética sobre todo en aquellos lugares donde el rostro del hermano es negado o desfigurado. 

 

c) Compartir, sobriedad y silencio

 

25. Estrechamente vinculada a la perspectiva de la alteridad, consideramos el desafío de la justicia social hoy. Se encuentra en grave riesgo por ¿un materialismo ávido de poseer, desinteresado de las exigencias y los sufrimientos de los más débiles y carente de cualquier consideración por el mismo equilibrio de los recursos de la naturaleza»[55].

 

26. La Regla del Carmelo, delinea un proyecto de vida preocupándose de las necesidades del otro y de sus legítimas necesidades. Pone esta atención dentro de los valores evangélicos de la pobreza- y el compartir[56], del ayuno-abstinencia[57], y del silencio[58]

          El valor evangélico de la pobreza-compartir ayuda a desprendernos de toda forma de división y de antagonismo, que indudablamente genera la avidez del poseer, para saber  valorar adecuadamente las cosas y compartir con generosidad los bienes materiales y espirituales en beneficio de la utilidad común y en particular de los más pobres. El valor del ayuno-abstinencia, vivido como camino pascual de liberación de todos los falsos ídolos para acoger al Señor como única riqueza del corazón humano, nos educa a la autolimitación de las necesidades y a una vida sobria y esencial. El silencio, que no hay que confundirlo con el mutismo, invita a la persona a sopesar las palabras antes de hablar; y a escuchar al otro con atención para captar el verdadero significado de sus palabras.

  El compartir que garantiza el que nadie sufra necesidad, el silencio que crea las condiciones para el uso justo y liberador de la palabra, y la práctica del ayuno y de la abstinencia que enseñan el justo valor de la gratuidad de Dios, se distinguen de los mecanismos que crean desigualdades, injusticias y empobrecimientos; y nos permiten detectar la presencia y los efectos de tales males.

 

27.   La comunidad de los hermanos y de las hermanas no podrá permanecer insensible a la causa de los desafortunados, cada vez más pobres por las  razones del mercado y del peso de la deuda externa. Ella, redescubriendo la vía de la sobriedad y de la esencialidad en compañía de cuantos están comprometidos en la justicia, en la paz y en la salvaguardia de la  creación, ayudará a concientizarse de que no hay un futuro para la tierra si no se redescubre el sentido de límite de todo pretendido desarrollo y la urgencia de una autolimitación de las necesidades. Sólo a partir de esta toma de conciencia se podrá hacer justicia a cuantos han sido aparcados fuera del banquete de la vida.

  En base a este razonamiento, un camino práctico para el Carmelo será el de verificar y discernir, personal y comunitariamente, el tenor de vida, el nivel y la cualidad del consumo, el uso del dinero; y al mismo tiempo el adherirse a todas aquellas iniciativas que propongan formas justas alternativas de economía. 

 

 

d) Espiritualidad como sabiduría de vida

 

28.   A la luz de la carta post-sinodal vemos una estrecha relación entre la exigencia prioritaria de la espiritualidad y el desafío de la visibilidad para la vida consagrada hoy. El ser signo profético «de una sobreabundancia de gratuidad» depende mucho de la intensidad y de la cualidad del camino espiritual de las personas y de las comunidades. «Lo que a los ojos de los hombres puede aparecer como un despilfarro, para la persona seducida en el secreto de su corazón por la belleza y la bondad del Señor es una respuesta obvia de amor»[59]. Nuestros místicos, maestros de sabiduría, nos invitan al  conocimiento sapiencial, para una vida contemplativa que es amistad y diálogo con Dios.[60]

 

29. En el transfondo de estas afirmaciones, aparece más convincente todavía para el día de hoy el proyecto de vida delineado por la Regla. Esta no se mueve en la perspectiva de la funcionalidad, sino en la del proyectivismo sapiencial que quiere enseñar el “arte del bien vivir” en armonía con Dios, consigo mismos, con los otros y con el ambiente. La Regla, en el fondo, nos educa para una espiritualidad que quiere ser sabiduría de vida, que tiene como elementos fundamentales: la centralidad de Cristo y su palabra, una estructura de relaciones humanas dentro y fuera de la comunidad, y el revestirse de la armadura de Dios que transforma  nuestra vida en   sus diversas dimensiones.

 

30. El texto, además, nos propone otros valores que conforman el mosaico de nuestra vida. Por ejemplo: el modo de vivir el tiempo, donde la prioridad va sin duda dirigida al tiempo dedicado a la oración, el silencio, el trabajo, el tiempo dedicado a los hermanos, sea en el diálogo comunitario[61], sea — como ya hemos visto — en la solicitud por sus  necesidades, sea en la acogida de los que vienen[62], sea en el anuncio de la Palabra[63]. Son también pedagógicas las alusiones a la memoria viva del pasado[64], a la proyectación creativa para el futuro[65], a la fidelidad a la propia vocación vivida en el presente, especialmente en los tiempos difíciles y oscuros[66].

 

31. Otras indicaciones de carácter sapiencial, se refieren a la  relación comunidad-ambiente. Es significativa la exigencia de ósmosis entre la forma de vida consagrada y la elección del lugar donde vivir[67]. Ciertamente no todo lugar es  apto. Hay que discernir para que incluso las estructuras puedan “hablar” por sí solas de nuestra espiritualidad. La disposición, por ejemplo, sobre el Monte Carmelo, de las celdas en torno a la capilla era expresiva de la dinámica de transformación que va desde el individuo a la comunidad y de la comunidad al individuo. Es también significativa y actual  la armonía a plasmar con el ambiente, con espíritu de adaptación a la situación del lugar y a sus posibilidades reales[68], con el fin de construir un habitat en consonancia con el hombre y respetando el bien común. 

 

CONCLUSION

 

32. Los 750 años de la aprobación inocenciana de la Regla del Carmelo, considerados en el contexto del camino de la Iglesia hacia el tercer milenio, abren a la Familia Carmelitana prospectivas humanas y espirituales muy actuales y fecundas.

        En el caso de que sepa el Carmelo reactualizar en modo creativo los valores que llevan en su vocación, permaneciendo fiel al primado de la Palabra de Dios, a las orientaciones del magisterio eclesial, a su experiencia carismática y a las expectativas del hombre de nuestro tiempo, el Señor mismo «lo recompensará a  su vuelta»[69], no faltará de colmar su “regazo” rebosante (cf. Lc 6,38) de una vida transfigurada por la Belleza del Resucitado.

 

          A santa María, a quien fue dedicada la primera capilla del monte Carmelo, dirigimos nuestro agradecimiento, con las palabras de Teresa que decía:  "Y vosotras, hijas mías ... agradeced a Dios que sois hijas de esta Señora verdaderamente. Pues tenéis tan buena Madre, imitadla y considerad qué tal debe ser la grandeza de esta Señora y el bien de tenerla por Patrona"[70]

          A la Virgen que es para nosotros Madre y Hermana en la fe, confiamos toda la Familia del Carmelo para que pueda «vivir en obsequio de Jesucristo  sirviéndole lealmente con corazón puro y buena conciencia»[71].


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[1]Cf. Juan Pablo II, Tertio millennio adveniente, n. 23

 

[2] Inocencio IV, Paganorum incursus, 27 Luglio 1246; ed. A. Staring, Four Bulls of Innocent IV, en Carmelus, 27 (1980) 282.

[3]Juan Pablo II, Vida consagrada, n. 110.

[4]Fundaciones, 29,32.

[5]Regla, epílogo.

[6]Cántico, 37,4

[7]«Vivir en obsequio de Jesucristo» (Regla, prólogo), «Si alguno rebasare el estricto cumplimiento de sus prescripciones, el Señor, a su vuelta, se lo retribuirá" (ibid, epílogo).

8  En el libro de formación a  sus hermanas, El Camino de perfección, y en la historia de los "palomarcitos de la Virgen" (Fundaciones 4,5) Teresa de Jesús ha dejado apuntes significativos sobre la  Regla y sus "inicios". En las Fundaciones exhorta:"En su nombre os pido, hermanas e hijas mías, que siempre lo pidáis a nuestro Señor, y que cada una haga cuenta de las que vinieren que en ella torna a comenzar esta primera Regla de la Orden de la Virgen nuestra Señora ...." (27,11)

[9]Fundaciones, 29,33.

[10]Juan Pablo II, Vida consagrada, n. 110.

[11]Ibid, n. 106.

[12]Cf. Juan Pablo II, Redemptoris missio, n. 52-54.

[13]Cf. ibid, nn. 55-56.

[14]L. c.

[15]Ibid, n. 90.

"Las monjas iban ganando crédito en el pueblo...Observaban la Regla y las Constituciones... Entre tanto comenzó el Señor a llamar a algunas jóvenes ..." Fundaciones, 3,18.

Cf. Juan Pablo II, Vida consagrada, n. 104.

"Siendo tales cuales yo las pintaba en mis deseos" Camino de Perfección, 1,2.

Cf. Vida consagrada, n.93

Cf. ibid, n. 63.

Ibid, n. 85.

Ibid, n. 87

Juan Pablo II, Los caminos del Evangelio, n. 25.

Cf. Vida, 22

2 Subida, 22,3-7.

Cf. Con. Ecum. Vat. II, Perfectae Caritatis, n. 2 a).

Se note que en estos textos bíblicos la Vulgata usa la palabra obseqium.

Cf. Regla, cap. 7. (Ed. O.C.D. n. 8).

Cf. ibid, cap. 8; (n. 9).

Cf. ibid, cap. 10; (n. 12).

Cf. ibid, cap. 11; (n. 13).

Cf. ibid, cap. 9; (n. 10).

Cf. ibid, capp. 12-13; (nn. 14-15).

Cf. ibid, cap. 14; (n. 16).

Cf. ibid, cap. 15; (n. 17).

Cf. ibid, cap. 16; (n. 18).

Cf. ibid, cap. 17-18; (19-20).

Cf. ibid, capp. 7 e 8; (nn. 8 e 9).

Cf. ibid, cap. 14; (n. 16).

Cf. ibid, epílogo.

Juan Pablo II, Vida consagrada, n. 41.

Cf. Regla, cap. 7; (n. 8).

Cf. ibid, cap. 4; (n. 6). Hoy, sin abandonar esta antigua y noble tradición, se prefieren otros lugares y otras formas más participativas para la lectio divina comunitaria.

Cf. ibid, cap. 8; (n. 9).

Cf. ibid, cap. 10; (n. 12).

Cf. ibid, cap. 11; (n. 13).

Cf. ibid, capp. 3 e 5 (nn. 4 e 7). Recordemos que en el cap. 7 (n. 8) ese “espacio personal” está sustancialmente dirigido a la meditación asidua de la Palabra del Señor y a la oración.

Cf. ibid, cap. 15; (n. 17).

Cf. ibid, cap. 16; (n. 18).

Cf. ibid, cap. 8; (n. 9).

Cf. ibid, capp. 9, 12, 13; (num. 10, 14, 15).

Cf. ibid, cap. 6; (n. 7).

Cf. ibid, cap. 13; (n. 15).

Cf. Con. Ecum. Vat. II, Gaudium et spes, n. 44.

Juan Pablo II, Vida consagrada, n. 89.

Cf. Regla, cap. 9; (n. 10).

Cf. Regla, capp. 12 e 13; (n. 14 e 15).

Cf. Regla, cap. 16; (n. 18).

Juan Pablo II, Vida consagrada, n. 104.

Cf. Prólogo del Cántico, 2.

Cf. Regla, cap. 11; (n. 13).

Cf. ibid, cap. 6; (n. 7).

Cf. ibid, cap. 13; (n. 16).

Cf. ibid, prólogo y cap. 8 (los santos Padres); (n. 9).

Cf. ibid, capp. 1, 2, 10, (nn. 2, 3, 13), epílogo.

Cf. ibid, cap. 14; (n. 16).

Cf. ibid, cap. 2; (n. 4).

Cf. ibid, capp. 3, 4, 10, 11; (nn. 4, 5, 12, 13).

Regla, epílogo.

3 Moradas 1,3.

Regla, prólogo.

 

     
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Updated 23 mar 2006 by OCD General House
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