Queridísimos hermanos y hermanas en el
Carmelo,
1.
Mientras celebramos en comunión con toda
la Iglesia el “gran Adviento” del tercer
milenio de la nueva era[1],
puestos los ojos en Cristo Jesús, «autor
y consumador de la fe» (Eb 12,2), se le
concede a la Familia del Carmelo la
oportunidad de celebrar en 1997 los 750
años de la aprobación definitiva de la
Regla del Carmelo por parte de
Inocencio IV (1 octubre 1247-1 octubre
1997).
2.
Alberto, patriarca de Jerusalén entre
1206 y 1214, entregó a los
eremitas-hermanos de la naciente
comunidad “carmelitana” presente en el
monte Carmelo, la Regla, como
formula de vida en consonancia con
su proyecto de vida (propositum),
que ya vivían por inspiración del
Espíritu Santo. Con un discernimiento
espiritual autorizado, conforme a su
cuidado pastoral de obispo y lo mismo
que a su experiencia de religioso de los
Canónigos Regulares de Mortara (Pavia),
el patriarca Alberto reunió a los
eremitas-hermanos en la primera
comunidad del Carmelo.
3.
A continuación, la fórmula de vida
de Alberto tuvo varias aprobaciones
pontificias con Honorio III (1226),
Gregorio IX (1229) e Inocencio IV (1245;
1246). Pero la intervención más
autorizada se dio con la bula pontificia
de Inocencio IV, Quae honorem
Conditoris, fechada el 1 de octubre
de 1247. Con su intervención, Inocencio
IV confirma las correcciones, las
clarificaciones y las adaptaciones
aportadas al texto “albertino” por razón
de la situación de los Carmelitas
presentes ya en Europa, aprueba como
Regla el texto “albertino” corregido
y adaptado, y confirma la transformación
de los Carmelitas en verdaderos “religiosos”,
insertos ahora en el albo de la
fraternidad evangélico-apostólica de los
“Mendicantes” para poder «servir, con la
ayuda de Dios, a la salvación
propia y del prójimo»[2].
1.
«SUPEREROGACION»
4.
La efemérides de los 750 años
de la aprobación inocenciana la
consideramos, entonces, como un año
particular de gracia para toda la
Familia Carmelitana, un kairós,
un tiempo propicio no sólo para recordar
nuestro pasado sino, mucho más, para
mirar con sabiduría, discernimiento y
valentía nuestro futuro, en el umbral
del nuevo milenio que se avecina.
A este respecto, sentimos nuestra la
llamada que el Papa dirige a todas las
personas consagradas: «¡Vosotros no
solamente tenéis una historia gloriosa
para recordar y contar, sino una gran
historia que construir!. Poned los
ojos en el futuro, hacia el que el
Espíritu os impulsa para seguir haciendo
con vosotros grandes cosas. Haced
de vuestra vida una ferviente espera de
Cristo, yendo a su encuentro como las
vírgenes prudentes van el encuentro del
Esposo. Estad siempre preparados, sed
siempre fieles a Cristo, a la Iglesia, a
vuestro Instituto y al hombre de nuestro
tiempo»[3].
Las palabras de Teresa de Jesús nos
estimulan a mejorar nuestro presente con
fidelidad creativa: "No se diga por
ellos lo que de algunas Ordenes, que
loan sus principios. Ahora comenzamos y
procuren ir comenzando siempre de
bien en mejor".[4]
a) En el dinamismo de la fidelidad
creativa
5.
Recogiendo la llamada del Papa, deseamos
resaltar aquella apertura a la
fidelidad creativa — como la
llamaríamos hoy — que nuestra Regla,
casi como un testamento, nos consigna en
el epílogo: «Si alguno rebasare el
estricto cumplimiento de sus
prescripciones, el Señor, a su vuelta,
se lo retribuirá. Procédase, sin
embargo, con discreción, ya que ella
regula la práctica de la virtud»[5].
Es éste un criterio de gran
discreción espiritual y de auténtica
perspectiva, salido de las manos de
Alberto y típico de la mejor tradición
monástica. Es un criterio que considera
toda Regla no un texto “sacro e
intocable”, sino un texto que tiene los
caracteres de la esencialidad y
que por esto no pretende englobar
toda la experiencia carismática del
autor y de la comunidad a la que está
dirigida, ni pretende sustituir al
primado de la Palabra, a la mediación de
Jesucristo y al don pascual del Espíritu
Santo. Aquí está, en el fondo, la
grandeza y, al mismo tiempo, la
limitación de toda Regla.
Nuestra Regla y nuestros santos, que son
palabra viva, han acrecentado nuestro
patrimonio espiritual. El carisma que
nos une es más grande, no obstante, que
lo que nuestros predecesores nos han
consignado por escrito y con sus propias
vidas. Ellos nos invitan a avanzar en la
fidelidad a nuestra gracia vocacional y
en los modos creativos personales de
encarnarla hoy. Para nosotros,
discípulos del Señor, como dice S. Juan
de la Cruz, "todavía hay mucho que
ahondar en Cristo".[6]
El patriarca Alberto sigue este
criterio, cuando nos orienta a acoger el
«breve escrito» de la Regla como un
itinerario pedagógico de seguimiento
de Cristo
[7],
no cerrado, sino abierto a los
requerimientos del futuro y colocado
bajo el primado absoluto de la Palabra
que, palpitando en el corazón de los
creyentes (cf. Lc 24,22), nos impele
siempre a «rebasar» (supererogaverit)
en el don de sí (cf. Lc 10,35), a “ir
más allá” con discernimiento para
ulteriores aportes creativos según las
mociones del Espíritu.
b) Los “efectos” en la historia del
Carmelo
6.
Sí, toda la historia del Carmelo la
podemos leer en la perspectiva de los
“efectos” de esta discretio
spiritualis. Esa ha empujado las
distintas generaciones de frailes y
monjas carmelitas a saber «dar de más»,
permaneciendo sustancialmente fieles a
los valores carismáticos de la Regla y
creativos, incluso en la confrontación
dialéctica, frente a los nuevos desafíos
y a la posibilidad de “refundar” el
proyecto de vida del Carmelo.
Pensemos en el cambio que se verificó de
la forma de vida eremítico-cenobítica a
la de evangélico-apostólica de los
“Mendicantes” y a las figuras de santos
pastores — como por ejemplo san Alberto
de Trápani y san Andrés Corsino — y de
doctos teólogos. Pensemos también en la
relectura de los modelos bíblicos de
María y Elías y en la evangelización
popular mediante la devoción del
Escapulario, en el nacimiento de los
movimientos de reforma, en las diversas
fundaciones, y en la maduración de
itinerarios espirituales de vida mística
que en algunos casos han señalado una
época para la historia de la
espiritualidad, como por ejemplo, la
experiencia y la doctrina de los santos,
Teresa de Jesús,[8]
Juan de la Cruz, y Teresa del Niño Jesús.
Con un profundo sentido del movimiento
de la historia, Teresa de Jesús dijo, "Pongan
siempre los ojos en la casta de donde
venimos, de aquellos santos Profetas.
¡Qué de santos tenemos en el cielo que
trajeron este hábito! Tomemos una santa
presunción, con el favor de Dios, de ser
nosotros como ellos".[9]
7.
Y mirando a nuestro tiempo, a estos años
del postconcilio, nuestro pensamiento va
a todas aquellas propuestas de
renovación de las comunidades, algunas
de las cuales han intentado caminos
hasta ahora inexplorados. Como también
va nuestro pensamiento al
reflorecimiento en la producción de
estudios y trabajos de reflexión sobre
los textos de nuestros santos,
especialmente, Teresa de Jesús, Juan de
la Cruz y Teresa del Niño Jesús, cuyo
magisterio está ampliamente reconocido y
valorado en la Iglesia universal y en el
mundo entero. Además nos han ofrecido
nuevos estudios sobre el texto de la
Regla, en los que hemos podido descubrir
una riqueza de contenido y
actualidad.
Este retorno a nuestras fuentes ha sido
muy importante y saludable para la vida
de toda la Familia Carmelitana. Como el
escriba del evangelio, se han sacado de
las páginas de este breve escrito
medieval significados nuevos y
significados antiguos (cf. Mt 13,52);
donde lo antiguo se ha convertido en
nuevo, y lo nuevo, precisamente por
fidelidad a lo antiguo, lo ha
reexpresado re-actualizándolo según las
exigencias vitales de nuestro tiempo.
8.
Y también aquí los “efectos” de este
retorno a las fuentes no se han hecho
esperar. Pensemos en la relectura de la
dimensión eliano-mariana del Carmelo; en
la revalorización histórica de la figura
de Alberto, patriarca de Jerusalén; en
el interés en nuestras comunidades por
la práctica de la lectio divina y
por la espiritualidad; en el trabajo de
animación espiritual y pastoral de la
Familia Carmelitana, expresado en tantas
formas de servicio con investigaciones y
enseñanza en centros de estudios, en
casas de retiros y de oración, en la
pastoral en general, y de cada día
señalado cada vez más por nuestra
espiritualidad; en la colaboración entre
los Carmelitas O.Carm. y O.C.D.
Nos alegramos de todo ello y damos
gracias al Señor por las maravillas que
continúa operando entre nosotros.
2. LOS DESAFIOS DE LA HORA PRESENTE
9.
No queremos solamente detenernos en
engrandecer lo existente. Deseamos
exhortar a proseguir en la
profundización de la Regla del Carmelo
sea desde el punto de vista de la
reflexión crítica como también a nivel
comunitario-existencial.
Hacemos nuestras las palabras del Papa
que pide a los consagrados saber
ofrecer su «insustituible aportación a
la transfiguración del mundo»[10],
y a los jóvenes consagrados les hace
presente que «el tercer milenio espera
la aportación de la fe y de la
iniciativa de numerosos jóvenes
consagrados, para que el mundo sea más
sereno y más capaz de acoger a
Dios y, en El, a todos sus hijos e hijas»[11].
En los tiempos que vivimos y que
indudablemente caracterizarán los años
del tercer milenio, estamos llamados a
“dar todavía más”, a “revitalizar”
nuestra “forma de vida” con sabiduría y
discernimiento para convertirla en un
signo elocuente para el hombre y la
mujer de hoy, a hacer “fermentar” con
fidelidad creativa los valores de la
Regla para mejorar en el Carmelo la
cualidad de su vida epiritual y su
presencia en la Iglesia y en la sociedad
de nuestro tiempo.
10.
Algunos eventos socio-culturales
acaecidos en estos años constituyen
verdaderos desafíos para nuestro tiempo.
Somos conscientes que de los
pliegues de estos desafíos, si se leen
con discernimiento, nos llega «lo que el
Espíritu dice a las Iglesias» (Ap 2,7) y
se revela el sentido de nuestra misión
hoy. Por tanto, queremos centrar la
atención sobre algunos desafíos que nos
parecen importantes para el
Carmelo de hoy.
a) La búsqueda del sentido de Dios
11.
Sabemos cuán compleja y ambivalente es
hoy la demanda de religión o de
espiritualidad que surge de nuestros
contemporáneos, especialmente en estos
tiempos de transición. Todavía está por
descifrar el llamado “retorno de Dios”,
sea en ámbito eclesial como en el
acercamiento a las religiones. Parece
que nos pueda conducir a dos exigencias:
por una parte, a la necesidad de
seguridad y de puntos de referencia más
confiables, por otra, a la necesidad de
búsqueda de sentido y de transcendencia
presentes en todo hombre y mujer. Hay
que discernir no obstante si ese anhelo
de religión busca una religión
consoladora e intimística, si revela una
necesidad de “sensaciones” emotivas
fuertes, si mira hacia un sincretismo
acomodaticio que mezcla elementos
tomados de religiones diversas, o más
bien si es una verdadera búsqueda de
Sentido, de un fin transcendente que
confiere una dirección a la propia vida.
No es difícil ver en este nuevo clima el
anhelo de poder encontrar hombres y
mujeres que sepan hablar de Dios por
experiencia y doctrina, dejando
transparentar el perfume de una
Presencia; la exigencia de una mayor
participación activa y responsable en la
vida eclesial; la necesidad de
desarrollar, como parte integrante de la
acción misionera, un proceso adecuado de
inculturación del evangelio en los
diversos contextos culturales[12];
la importancia de praticar, también como
parte integrante de la misión, la vía
del diálogo con los hermanos de las
otras religiones, reconociendo en ellas
las “semillas de la Palabra”, los
“destellos de aquella verdad que
iluminan a todos los hombres”,
modalidades diferentes de
testimonio de la presencia de Dios en el
mundo[13].
b) El otro, como don y valor
12.
Otro fenómeno cultural emergente al que
queremos prestar particular atención se
refiere a la concepción del hombre. Es
evidente que en el mundo existen varias
concepciones del hombre. Donde, por
ideologías o por intereses particulares,
falta un sentido pleno de la dignidad
humana y de las relaciones
interpersonales, la incidencia del
individualismo, por una parte, y del
totalitarismo comunitario por otra,
aumenta considerablemente.
Frecuentemente, casi como autodefensa,
la persona se ve abocada a varias formas
de violencia: la guerra, la manipulación,
los abusos de todo género, las venganzas,
etc. En este contexto, frecuentemente se
le ve al otro más como amenaza que como
don, más como contrincante que como
hermano, más como problema que como
persona para amar.
Por otra parte en cambio, la cultura
emergente de la alteridad, en
antítesis al individualismo y al
totalitarismo “comunitario”, para
afirmar al otro como don y valor
irreductible que reclama mi solidaridad
y responsabilidad, es otro desafío
positivo que nos toca de cerca. Nos abre
a fecundas intuiciones para vivir y
testimoniar la fraternidad.
c) La justicia social en peligro
13.
Mientras en algunas partes del mundo se
vive un fuerte individualismo, todo
parece convertirse en cercano e
interdependiente. El proceso de
mundialización, favorecido por el gran
desarrollo de los medios de comunicación,
ha permitido achicar las distancias a
medida de “pueblo”.
En este contexto, un rol fuerte y
dominante lo está asumiendo la economía.
De hecho, se habla hoy tanto de
“globalización de la economía de mercado”.
Esta, a través de la utilización de los
recursos, el aumento de la productividad
y de la cualidad de la oferta, debería
tender positivamente hacia el bien común,
es decir, a hacer crecer el nivel de
vida de todos.
En realidad vemos que la pobreza crece
cada vez más y oprime los dos tercios de
la población mundial, mientras la
riqueza está concentrada en las manos de
pocos. El llamado “mercado”, de
instrumento regulador de la economía se
ha transformado, en las manos de algunas
grandes financieras multinacionales, en
instrumento de presión ideológica sin
control por parte de los gobiernos
nacionales; así sucede que las
decisiones tomadas en un determinado
lugar de la tierra están destinadas a
golpear a los pueblos en otro lugar, sin
tener en cuenta su soberanidad nacional
y los derechos fundamentales de los
ciudadanos.
El propósito-guía de esta ideología,
llamada “neoliberalismo”, es altamente
pragmático: es el enriquecimiento
financiero como fin en sí mismo, el
provecho por el provecho en beneficio de
pocos y de los más fuertes. En la base
di tal ideología hay una visión
individualística del hombre que
absolutiza su capacidad productiva de
interés monetario, exalta la
competitividad en todos los campos y
alimenta su avidez de posesión en
perjuicio de los otros y del ambiente.
Es necesario, por tanto, involucrándonos
sobre todo nosotros mismos y a la luz de
los valores evangélicos que informan
nuestra vocación, ofrecer una «aportación
para la humanización del mundo»[14],
«un nuevo y decidido testimonio
evangélico de abnegación y de sobriedad,
un estilo de vida fraterna inspirado en
criterios de sencillez y de hospitalidad»[15].
d) La vida consagrada como signo
14. Queriendo, finalmente, considerar el
mundo de la vida consagrada, no podemos
menos que dirigir la mirada al
acontecimiento del reciente Sínodo sobre
la vida consagrada y a la subsiguiente
exhortación post-sinodal del Papa.
Aquí solamente pretendemos subrayar el
desafío que trae la carta post-sinodal:
el desafío de la visibilidad[16].
Repetidamente el Papa, en sintonía con
Lumen Gentium, habla de la vida
consagrada como signo, icono, imagen,
testimonio, «espejo de la belleza
divina», etc. El Papa pide que en la
triple dimensión de consagración,
comunión y misâÑn, la vida consagrada dé
testimonio de ser una memoria viva
del estilo de vida de Cristo Jesús, sea
signo, en la humanidad débil y frágil de
sus llamados, de una existencia
transfigurada por la luz del
Resucitado, de un camino místico que
haga visible la sobreabundancia de la
gratuidad de Dios.
Para vivir en esta proyección, el Papa
nos exhorta a abandonar una concepción
utilitarista y funcional de vida
consagrada[17],
y a realizar nuestro éxodo hacia
una concepción más teologal y profética,
donde la calidad de vida de
un instituto religioso es prioritaria.
No acaso, de hecho, se insiste sobre la
exigencia de mejorar la calidad
espiritual de las Familias de vida
consagrada, entendiendo por
espiritualidad un itinerario dinámico de
vida en Cristo, de vida según el
Espíritu, que se concretiza en «un
proyecto concreto de relación con Dios y
con el ambiente, caracterizado por
particulares acentos espirituales y
opciones operativas[18],
que evidencian y representan bien sea
uno u otro aspecto del único misterio de
Cristo»[19].
La vida consagrada recabará de su
cualidad mística y espiritual, y no del
número de las personas y de sus obras[20],
aquellos recursos adecuados para ser «un
fuerte testimonio profético»[21]
y una «terapia espiritual para la
humanidad»[22].
3. CAPACIDAD DE FUTURO
15.
Si éstos son los desafíos reales de
nuestro tiempo que nos abren, incluso en
la complejidad de los sucesos, al
horizonte del futuro de Dios, y si entre
tantas fuentes de inspiración existentes
hoy en la Iglesia, tenemos nosotros la
Regla como texto inspirador de la
espiritualidad y de la misión del
Carmelo, nos preguntamos: ¿cómo releer
esta Regla antigua, de modo que sea
todavía un texto vivo y actual para toda
la Familia Carmelitana, que se encuentra
en camino hacia el tercer milenio?
a) Dimensión contemplativa y crecimiento
en Cristo
16.
La búsqueda de una auténtica experiencia
de Dios que interpela a nuestros
contemporáneos, nos fascina mucho, en
parte también porque se cruza
muchas veces en el diálogo con nuestros
santos. La búsqueda de Dios,"nombre
nuevo de la contemplación", nace "de
la meditación de la Palabra, de la
oración personal y comunitaria, del
descubrimiento de la presencia y de la
acción divina en la vida, compartiendo
al mismo tiempo esta experiencia con
todo el pueblo de Dios"[23].
Esta perspectiva la sentimos muy
cercana al Carmelo.
Nuestra Regla, de hecho, aunque no usa
este léxico, en realidad traza un
itinerario de experiencia contemplativa
fuertemente enraizado en el
horizonte teologal de la centralidad
de Cristo, y firmemente anclado a
algunos momentos espirituales
esenciales para la vida personal
y comunitaria. Este Cristocentrismo se
ha desarrollado en toda nuestra
tradición como lo atestigua de modo
particular la experiencia y la doctrina
de los santos Teresa de Jesús[24]
y Juan de la Cruz.[25]
17.
El horizonte teologal del
Cristocentrismo envuelve toda
la Regla. Esta, de hecho, en sus líneas
esenciales, nos propone vivir un camino
de transformación y de crecimiento en
Cristo.
Tal camino se mueve en la óptica del
“obsequium Jesu Christi”. Es la
afirmación — podemos decir hoy con el
Vaticano II — del primado de la
sequela Christi, considerada como la
«norma fundamental», la «regla suprema»
de la vida cristiana en cuanto tal, y
por ende de la vida consagrada[26];
norma que orienta y da sentido a todo el
proyecto de vida delineado por la Regla.
Al inicio de la Regla, de hecho, se
encuentran expresiones muy densas en
cuanto a la sequela, expresiones
de clara inspiración paulina: «vivir en
obsequio de Jesucristo», indica el
seguimiento como obediencia de la fe (cf.
2Cor 10,5) y como culto existencial, don
de sí a Dios y a los hermanos (cf. Fil
2,17.30; Rom 12,1)[27];
«servirle fielmente con corazón puro y
buena conciencia», indican las actitudes
espirituales que favorecen un auténtico
seguimiento de Cristo, es decir: entrega
personal incondicional al que es el
Señor de la historia (cf. Col 3,24),
integridad de vida y una conciencia
capaz de opciones coherentes según el
Evangelio (cf. 1Tim 1,5.19).
Esto quiere decir que la experiencia
contemplativa está toda ella orientada a
hacer crecer la vida de los hermanos en
la obediencia de la fe y en el
don de sí en la medida de Cristo
Jesús, de Aquél que recrea el hombre
nuevo en nosotros con el don de su
Espíritu.
18.
Pero ¿cómo crecer en la obediencia de la
fe y en el don de sí? Nuestra Regla aquí
es muy concreta. Abiertamente evoca los
tres pilares fundamentales de la vida
cristiana: Palabra, Liturgia, Caridad.
Una auténtica búsqueda de Dios en
sentido cristiano, nace, crece y madura
más siempre, si es asidua en la escucha
orante de la Palabra[28],
si hace suya la oración de Cristo al
Padre con la oración de los salmos
celebrada en la Liturgia de las Horas[29],
si vive la Eucaristía como convocación
de hermanos en torno a Cristo Señor para
ser regenerados por El en el misterio
pascual y plasmados en una vida nueva[30],
si está animada en las relaciones
interpersonales por el espíritu de
Caridad[31].
Estamos bien lejos de la tentación de
convertir la búsqueda de Dios
en una búsqueda sólo de nosotros mismos
o de caer en un espiritualismo vacío y
abstracto. Aquí se nos conduce de nuevo
al centro y a la fuente de
la experiencia contemplativa: estamos
delante de una Presencia viva y
vivificadora, ante el Rostro del Dios de
Jesucristo que nos interpela y nos
transforma en El.
19. Los signos visibles de
esta acción transformante de Dios en
nosotros, nos los indica la Regla de un
modo concreto y esencial. Detengámonos
por un momento a reflexionar sobre las
exhortaciones acerca del compartir los
bienes[32],
sobre la sobriedad de vida
[33],
sobre el ponernos las armas
espirituales, es decir la
asimilación-interiorización de la lógica
en el actuar de Dios para saber afrontar
los conflictos de la vida cotidiana[34],
sobre la exhortación al trabajo como don
de sí a los hermanos, según la enseñanza
y el ejemplo del Apóstol Pablo[35],
sobre la exhortación al silencio como
pedagogía sabia para una auténtica
comunicación entre los hermanos[36]
y sobre la exhortación al prior y a los
hermanos a vivir con madurez el amor
fraterno, obedeciendo ambos a la palabra
de Cristo que llama al servicio
recíproco[37].
Detengámonos también a reflexionar sobre
aquellos pasajes de la Regla que
exhortan a la espera del Señor en la
oración vigilante[38],
en la acogida operante de Su
salvación[39],
en la creatividad generosa de
“supererogación” por la vida de los
hermanos[40].
En todos estos incisos encontraremos
indicaciones suficientes para verificar
si realmente estamos aprendiendo a ser
hombres y mujeres contemplativos, es
decir, si sabemos mirar la realidad con
los ojos de Dios y discernir los signos
de los tiempos, si la Palabra de Dios
habita abundantemente en nuestra boca y
en nuestro corazón, y si solamente ella
guía y orienta nuestro actuar.
b) En el horizonte teologal de la
fraternidad
20.
La vida consagrada tiene el mérito de
«tener viva en la Iglesia la
exigencia de la fraternidad como
confesión de la Trinidad», testimoniando
que “la participación en la comunión
trinitaria puede transformar las
relaciones humanas, creando un nuevo
tipo de solidaridad».[41]
En la perspectiva de la vida fraterna en
comunidad, la Regla exhorta a la escucha
de la Palabra, personal, en la lectio
divina,[42]
y comunitaria, en la mesa común[43],
parar permanecer enraizados en Cristo y
en profunda comunión con El. Exhorta a
la oración comunitaria[44]
que, a través de la alabanza en los
salmos de las maravillas de la salvación,
confiesa nuestro ser de hijos y hermanos
ante Dios Padre. Exhorta también a vivir
el eje central de la Eucaristía[45]
como sacramentum fraternitatis,
como convocación de los hermanos en
torno al Señor de la comunidad, con el
fin de reavivar en El, en el dinamismo
del misterio pascual, el don de la
unidad en la diversidad de las personas.
21. Este don de la unidad en la
diversidad encuentra después su máxima
concreción vital en el dinamismo
teologal del Agàpe, de la caridad
divina. Por eso la Regla nos exhorta, en
las reuniones de comunidad, a consolidar
el camino unitario de la fraternidad,
haciéndonos “guardianes” los unos de los
otros y atentos al bien espiritual de
las personas, y recuperando con caridad
transparente al hermano que yerra[46].
22. En el dinamismo teologal de la
caridad se considera también el
acento sobre la solidaridad hacia el
otro. La Regla de hecho no intenta
enfatizar la comunidad en perjuicio de
la persona. Al contrario, nos exhorta,
con sabio equilibrio, a dar dignidad a
la persona y a valorarla ofreciéndole un
espacio personal para guardar fielmente[47],
a ser trabajador con objeto de no ser
carga para nadie[48]
y comedido en el hablar[49],
a estar atentos a sus necesidades de
carácter cultural[50]
o inherentes a su salud física[51],
y también a ser solícitos y respetuosos
bien hacia los que llegan de fuera, sean
amigos, huéspedes u otros[52],
bien hacia los que nos hospedan[53].
23. El ser solícitos hacia los que
llegan de fuera o mostrar benevolencia
hacia los que nos ofrecen hospitalidad,
compromete la fraternidad a no cerrarse
en sí misma, en una fácil complacencia,
sino a saberse abrir a un intercambio de
dones. Se trata de saber dar y saber
también recibir con gratitud cuanto de
bueno, iluminador y profético
provenga de los otros[54].
24. El construirse como
comunidad de hermanos abierta al otro,
quienquiera que sea — a imagen de la
Jerusalén celeste, cuyas «puertas no se
cerrarán jamás de día» (Ap 21,25) — hace
que ésta, a través de su estilo de vida,
haga resplandecer el valor profético de
la fraternidad. Reconocer en todo hombre
y mujer una persona como compañeros de
viaje hacia la construcción del Reino,
consentirá a toda fraternidad
carmelitana poder afrontar con
perspectiva y paciencia los nudos
de la historia, y saber estar con
parresìa, con valentía profética
sobre todo en aquellos lugares donde el
rostro del hermano es negado o
desfigurado.
c) Compartir, sobriedad y silencio
25.
Estrechamente vinculada a la perspectiva
de la alteridad, consideramos el desafío
de la justicia social hoy. Se encuentra
en grave riesgo por ¿un materialismo
ávido de poseer, desinteresado de
las exigencias y los sufrimientos de los
más débiles y carente de cualquier
consideración por el mismo equilibrio de
los recursos de la naturaleza»[55].
26.
La Regla del Carmelo, delinea un
proyecto de vida preocupándose de las
necesidades del otro y de sus legítimas
necesidades. Pone esta atención dentro
de los valores evangélicos de la
pobreza- y el compartir[56],
del ayuno-abstinencia[57],
y del silencio[58].
El valor evangélico de la
pobreza-compartir ayuda a desprendernos
de toda forma de división y de
antagonismo, que indudablamente genera
la avidez del poseer, para saber
valorar adecuadamente las cosas y
compartir con generosidad los bienes
materiales y espirituales en beneficio
de la utilidad común y en particular de
los más pobres. El valor del
ayuno-abstinencia, vivido como camino
pascual de liberación de todos los
falsos ídolos para acoger al Señor como
única riqueza del corazón humano, nos
educa a la autolimitación de las
necesidades y a una vida sobria y
esencial. El silencio, que no hay que
confundirlo con el mutismo, invita a la
persona a sopesar las palabras antes de
hablar; y a escuchar al otro con
atención para captar el verdadero
significado de sus palabras.
El compartir que garantiza el que nadie
sufra necesidad, el silencio que crea
las condiciones para el uso justo y
liberador de la palabra, y la práctica
del ayuno y de la abstinencia que
enseñan el justo valor de la gratuidad
de Dios, se distinguen de los mecanismos
que crean desigualdades, injusticias y
empobrecimientos; y nos permiten
detectar la presencia y los efectos de
tales males.
27.
La comunidad de los hermanos y de las
hermanas no podrá permanecer insensible
a la causa de los desafortunados, cada
vez más pobres por las razones del
mercado y del peso de la deuda externa.
Ella, redescubriendo la vía de la
sobriedad y de la esencialidad en
compañía de cuantos están comprometidos
en la justicia, en la paz y en la
salvaguardia de la creación,
ayudará a concientizarse de que no hay
un futuro para la tierra si no se
redescubre el sentido de límite de todo
pretendido desarrollo y la urgencia de
una autolimitación de las necesidades.
Sólo a partir de esta toma de conciencia
se podrá hacer justicia a cuantos han
sido aparcados fuera del banquete de la
vida.
En base a este razonamiento, un camino
práctico para el Carmelo será el de
verificar y discernir, personal y
comunitariamente, el tenor de vida, el
nivel y la cualidad del consumo, el uso
del dinero; y al mismo tiempo el
adherirse a todas aquellas iniciativas
que propongan formas justas alternativas
de economía.
d) Espiritualidad como sabiduría de vida
28.
A la luz de la carta post-sinodal vemos
una estrecha relación entre la exigencia
prioritaria de la espiritualidad y el
desafío de la visibilidad para la vida
consagrada hoy. El ser signo profético «de
una sobreabundancia de gratuidad»
depende mucho de la intensidad y de la
cualidad del camino espiritual de las
personas y de las comunidades. «Lo que a
los ojos de los hombres puede aparecer
como un despilfarro, para la persona
seducida en el secreto de su corazón por
la belleza y la bondad del Señor es una
respuesta obvia de amor»[59].
Nuestros místicos, maestros de sabiduría,
nos invitan al conocimiento
sapiencial, para una vida contemplativa
que es amistad y diálogo con Dios.[60]
29.
En el transfondo de estas afirmaciones,
aparece más convincente todavía para el
día de hoy el proyecto de vida delineado
por la Regla. Esta no se mueve en la
perspectiva de la funcionalidad, sino en
la del proyectivismo sapiencial
que quiere enseñar el “arte del bien
vivir” en armonía con Dios, consigo
mismos, con los otros y con el ambiente.
La Regla, en el fondo, nos educa para
una espiritualidad que quiere ser
sabiduría de vida, que tiene como
elementos fundamentales: la centralidad
de Cristo y su palabra, una estructura
de relaciones humanas dentro y fuera de
la comunidad, y el revestirse de la
armadura de Dios que transforma
nuestra vida en sus diversas
dimensiones.
30.
El texto, además, nos propone otros
valores que conforman el mosaico de
nuestra vida. Por ejemplo: el modo de
vivir el tiempo, donde la prioridad
va sin duda dirigida al tiempo dedicado
a la oración, el silencio, el trabajo,
el tiempo dedicado a los hermanos, sea
en el diálogo comunitario[61],
sea — como ya hemos visto — en la
solicitud por sus necesidades, sea
en la acogida de los que vienen[62],
sea en el anuncio de la Palabra[63].
Son también pedagógicas las alusiones a
la memoria viva del pasado[64],
a la proyectación creativa para el
futuro[65],
a la fidelidad a la propia vocación
vivida en el presente, especialmente en
los tiempos difíciles y oscuros[66].
31.
Otras indicaciones de carácter
sapiencial, se refieren a la
relación comunidad-ambiente. Es
significativa la exigencia de ósmosis
entre la forma de vida consagrada y la
elección del lugar donde vivir[67].
Ciertamente no todo lugar es apto.
Hay que discernir para que incluso las
estructuras puedan “hablar” por sí solas
de nuestra espiritualidad. La
disposición, por ejemplo, sobre el Monte
Carmelo, de las celdas en torno a la
capilla era expresiva de la dinámica de
transformación que va desde el individuo
a la comunidad y de la comunidad al
individuo. Es también significativa y
actual la armonía a plasmar
con el ambiente, con espíritu de
adaptación a la situación del lugar y a
sus posibilidades reales[68],
con el fin de construir un habitat
en consonancia con el hombre y
respetando el bien común.
CONCLUSION
32.
Los 750 años de la aprobación
inocenciana de la Regla del Carmelo,
considerados en el contexto del camino
de la Iglesia hacia el tercer milenio,
abren a la Familia Carmelitana
prospectivas humanas y espirituales muy
actuales y fecundas.
En el caso de que sepa el Carmelo
reactualizar en modo creativo los
valores que llevan en su vocación,
permaneciendo fiel al primado de la
Palabra de Dios, a las orientaciones del
magisterio eclesial, a su experiencia
carismática y a las expectativas del
hombre de nuestro tiempo, el Señor mismo
«lo recompensará a su vuelta»[69],
no faltará de colmar su “regazo”
rebosante (cf. Lc 6,38) de una vida
transfigurada por la Belleza del
Resucitado.
A santa María, a quien fue dedicada la
primera capilla del monte Carmelo,
dirigimos nuestro agradecimiento, con
las palabras de Teresa que decía:
"Y vosotras, hijas mías ... agradeced a
Dios que sois hijas de esta Señora
verdaderamente. Pues tenéis tan buena
Madre, imitadla y considerad qué tal
debe ser la grandeza de esta Señora y el
bien de tenerla por Patrona"[70]
A la Virgen que es para nosotros Madre y
Hermana en la fe, confiamos toda la
Familia del Carmelo para que pueda «vivir
en obsequio de Jesucristo
sirviéndole lealmente con corazón puro y
buena conciencia»[71].