[ English ] [ Italiano] [ Español ] [ Français ] [ Deutsch ]
 

89° Capitulum Generale Ordinis Carmelitarum Discalceatorum
Avila 28 abril - 18 mayo 2003

Documentos

 En Camino… Volver a lo Esencial

José Cristo Rey García Paredes, cmf

 

 

 

Mis queridos hermanos Carmelitas:

Me estremece participar en este Capítulo General, momento importante y simbólico en la historia del Carmelo. En Ustedes percibo el aroma de la gran y santa tradición espiritual de Juan de la Cruz, Teresa de Jesús. Aunque me siento indigno, agradezco la confianza que han puesto en mi persona. Y pido a Dios Padre, nuestro Abbá, que mis palabras sean vehículo para Ustedes de su voluntad y de su Espíritu.

Introducción

“En camino … Volver a lo esencial” es el lema y el tema de este Capítulo. El lema contiene un interesante simbolismo desplegado en tres imágenes que contienen una enorme fuerza evocadora: el “camino”, la “vuelta” o el retorno, y “lo esencial” o “la esencia”. Sobre este simbolismo versa este Capítulo General de vuestra Orden. ¡Sería un excelente tema para un capítulo general de cualquier Orden o Congregación en el tiempo presente!

El símbolo del “Camino” nos evoca el éxodo, el seguimiento, el proceso espiritual o la aventura en el Espíritu. Nos habla de nuestra condición de peregrinos, de nuestra vocación a la Alianza.

El símbolo de la “vuelta” o “volver” nos indica la dirección de nuestro caminar. Y nos evoca el retorno, la vuelta a casa, la repatriación.

La expresión “lo esencial” podría entenderse en clave simbólica: “la esencia” nos evoca el perfume y el aroma en suma concentración, nos refiere a lo “nuclear”, a la fuente del ser. Es “lo único necesario”, “la perla preciosa”, “el tesoro”.

La combinación de estos tres símbolos (camino, vuelta y esencia) expresa el dinamismo triple de la vida: hacia delante, hacia arriba y hacia el centro.

Quiero invitarles a contemplar este conjunto simbólico y a dejarse afectar por sus interesantes evocaciones y estímulos.

I. En Camino…  ¡La Vida hacia delante!

El mundo es, en cierto sentido, un lugar de destierro. Nunca nos encontramos totalmente en casa. La vida está penetrada por la insatisfacción (Mark Epstein). No tenemos aquí ciudadanía permanente. Somos extranjeros y peregrinos (1 Ped 2,11). Ni siquiera somos “nómadas” que –en última instancia- se saben pertenecientes a este mundo. Nosotros buscamos otra ciudad (Heb 11, 9,10); 13,14). Aquí estamos en par-oikía (Hech 13,17; 1 Ped 1,17); Heb 11,9). Ésta no es nuestra morada permanente, nuestra casa. Este lugar, esta situación en la que estamos, no es la nueva Jerusalén, sino la vieja Jerusalén; no es la tierra prometida, sino el viejo Egipto, no es la patria, sino el destierro de Babilonia.

Nuestro Señor resucitado nos invita a abandonar Jerusalén y a volver a Galilea -donde todo comenzó-, pues allí le veremos (Mc 16,7; Mt 28,7.10.16; 26,32; Hech 10,37). Nos invita a seguirlo y a entrar poco a poco en el Reino, en la comunidad de la Alianza.

Por eso, nos sentimos llamados a “salir” y ponernos en camino. Y cuando lo hacemos nos convertimos en comunidad de “viatores”, en grupo de desinstalados. Somos los sin-casa o los par-oikoi, que viven en una casa provisoria, en tierra extraña. Buscamos una ciudad futura. Mientras tanto, le pedimos al Abbá que nos entregue o anticipe hoy el pan del mañana (Lc 11,3).

No es fácil responder a esta llamada. Las instituciones tienden a hacerse poderosas y estables. Nosotros mismos, llegados a un cierto punto de nuestra vida queremos estabilidad y rehuimos todo tipo de aventura: tendemos a instalarnos en nuestras ideas, en nuestros sentimientos de siempre, en nuestras tradiciones, en nuestros trabajos y destinos. No aceptamos fácilmente la meta-noia, el cambio de mentalidad.

Las tentaciones que intentan desviarnos del camino o frenar nuestra marcha, son muy fuertes. ¡El pueblo de Israel lo padeció! También Jesús estuvo sometido a constantes tentaciones, que provenían tanto de sus enemigos, como de sus amigos[1]. Juan Bautista le preparó el camino (Mc 1,2-3); la mujer anónima de Betania lo ungió para la última parte del Camino (Mc  14,3.8-9). Jesús venció todas las tentaciones; siguió imperturbable hasta el final; e invitó a sus discípulos a seguirlo y a no detenerse.

Esa llamada nos interpela hoy. Ustedes la han captado y por eso, el lema que se proponen es: ¡En camino! ¡siguiendo a Jesús, puestos los ojos en Él, con el espíritu de Juan de la Cruz y Teresa de Jesús!

Para Ustedes el Camino interior se expresa en varios símbolos, “la subida al Monte Carmelo”, el camino hacia “la séptima morada”. Son ustedes muy afortunados, porque tienen una bellísima propuesta de camino espiritual. Desde el concilio Vaticano II hasta hoy Ustedes han intentado retraducir esa espiritualidad del Camino en el contexto antropológico, político, cultural, de nuestros pueblos. Han descubierto la mística de la encarnación, de la inserción entre los más pobres, de la compasión, de la búsqueda de sentido… Han comprendido, paradójicamente, que se sube bajando, que se entra saliendo, que se es espiritual, encarnándose. Esta perspectiva paradójica trae inquietudes, desasosiegos. Requiere un cambio de mentalidad. Cuando el seguimiento se basaba en prácticas espirituales –sin más- el Jesús a quien seguíamos estaba controlado. Cuando el seguimiento se basa en la interpretación permanente de lo que ocurre, el Jesús a quien seguimos se torna totalmente imprevisible.

Ustedes se preguntarán estos días, si sus comunidades e instituciones están realmente subiendo al monte Carmelo; si entre ustedes se percibe la luz y el aroma de la séptima morada. Cuando cedemos a las tentaciones, nos paramos y obtenemos la carta de ciudadanía en este mundo. La tarea que ahora les compete es poner a toda la Orden en camino al comenzar este nuevo siglo. Esto debe traducirse en actitudes vitales e institucionales. No está en camino quien tiene una mente cerrada, fundamentalista, egocéntrica, no disponible. Renuncia al camino quien todo lo sabe, quien no es capaz de cambiar de mentalidad, quien no se aventura.

Ponerse en camino implica trabajo, esfuerzo, disponibilidad. En una Orden en camino todos marchan, todos están abiertos a lo nuevo. La itinerancia interior y exterior hace a un grupo vulnerable a los cambios y abierto a lo sorprendente.

Algunos creen que los religiosos hoy estamos desencaminados. Tales personas saben el camino. Proponen la ley, como elemento de seguridad. Pero, ¿estamos verdaderamente desencaminados? ¿No es propio del camino pasar por zonas turbulentas? Aunque camine por cañadas oscuras nada temo, porque tú vas conmigo. Tu vara y tu cayado me sosiegan” (Sal 22).

¿Necesitamos una nueva orientación? ¿Vamos por el camino adecuado? No acabamos de encontrar nuestro lugar en la Iglesia. No tenemos la fuerza espiritual suficiente como para atraer al pueblo de Dios. ¿Hacia dónde ir? ¿Hemos de volver?

II. Volver: ¡La vida hacia la Trascendencia!

El camino que ahora – en este Capítulo General- os proponéis, es camino de vuelta, de retorno al fuego de los orígenes, a la Galilea simbólica de los inicios: “En Camino… Volver a lo esencial”.

Volver al esplendor

Un Capítulo General tiene una dimensión penitencial. En él se reconoce, con humildad, que a veces nos hemos visto privados de la Gloria de Dios.

Cuando las cosas pierden el esplendor, su destrucción es inminente. Gente destinada a la destrucción queda privada, ante todo, de su honor. Su apariencia exterior se vuelve patética, fea. Todo lo contrario es el rostro luminoso de un niño, que irradia promesas cada día.

Registramos el declive del esplendor en nuestro mundo de hoy. Nos alarmamos ante  el declive de cosas importantes. Por eso, nos preguntamos si sobreviviremos. Este temor es muy vivo en diversos países del mundo. Hay signos de destrucción; también en la Iglesia, en la vida religiosa. Y es que, como decía Romano Guardini “el cristianismo hace el bien mejor y el mal peor”.

Tener esplendor es nuestra vocación.

La convicción bíblica de que Jesús realizó la alianza en su sangre para ayudarnos a superar nuestra autodestrucción. Esta idea es bastante extraña a nuestra cultura, en la que pensamos que depende de nosotros la salvación y liberación de nuestros males. ¿Cómo puede ser la cruz de Cristo Jesús, aquel lugar triste de debilidad y muerte, significar salvación y vida para toda la humanidad?

En la cruz pende alguien que confió en que Dios ayudaba a la criaturas que sufren. Él creía ciegamente en la fidelidad de Dios a la alianza establecida con su pueblo, con los más débiles. Por eso, era comprensible que la gente le preguntara, ¿dónde está tu Dios?

A pesar de todo él permaneció fiel a la Alianza y esperó contra toda esperanza.
El aspecto más interesante del pecado es que puede ser privado de su poder.

Volver: la estrella, la sal, la luz

No se trata de una vuelta atrás, ni de restaurar el pasado, ni de condenar el camino últimamente recorrido. Cuando se tiene la mentalidad escatológica y apocalíptica, propia de nuestra fe, el Alpha está unida al Omega (Apc 1,8; 21,6; 22,13), “como era en el principio, ahora y siempre”. Volver a lo esencial es volver al principio y al fin, es esperar el Adventus de Dios. Jesús es el erchómenos-, el que viene.(Mt 3,11: 11,3;  16,28; 21,9; 24,30; 26,64; Mc 13,26; 14.62; Lc 7,19-20). Ahora viene de la Gloria, de la derecha del Padre, del futuro.

Volver, no es por lo tanto, renunciar al camino recorrido, sino más bien mirar a la estrella que nos conducirá hacia nuestro lugar (Mt 2,9-10); es procurar que la sal no se desvirtúe (Mt 5,13); que la luz ilumine a todos los de la casa (Mt 5,15-16). Dejenme glosar este tema del “volver” con las imágenes de la estrella, la sal y la luz.

Ustedes creen que, en este punto del camino, hay que contemplar una vez más la estrella, para no perderse; que hay que restituir a la sal su verdadero sabor; que hay que poner de nuevo la luz de tal modo que ilumine a todos. En su documento de trabajo todo esto tiene un nombre: “refundación”.
Y ¿porqué hay que “volver” en este momento? Me atrevo a aventurar algunas respuestas:

·        Porque, al ser conscientes de la complejidad del mundo y de nuestra propia realidad, al querer responder a tantos desafíos como este tiempo nos plantea, nos hemos complicado demasiado la vida. Nuestro sistema de vida religiosa se está haciendo cada vez más obeso. Baudrillard habla con razón de la “obesidad de los sistemas” en nuestro tiempo[2]. Todo parece poco. Somos los pacientes de una especie de gula institucional que nos complica la vida y no nos permite saborearla, vivirla, comunicarla. Nos perdemos en sistemas de ideas muy complicados, en organizaciones donde la persona no realiza sus sueños sino responde solo a programas… Cuando el sistema se torna obeso, su caminar es cansino y poco a poco se paraliza. De ahí, la necesidad de volver a mirar la estrella.

·        Porque la revolución tecnológica y cibernética le está dando tal esplendor a los medios que nos fascinan y entretienen; pierden su condición instrumental y se convierten en ídolos. Nos preocupamos, por eso, de muchas cosas. Seguimos las noticias del día a día. Entretenemos nuestra vida con novedades. El deporte, los programas de entretenimiento, la variedad, la innovación ejercen sobre nosotros un poder de fascinación extraordinario. Mientras tanto, arrebatan el espacio que necesitamos para nuestra morada interior; nos hacen perder el instinto de la utopía y nos detienen en el camino. Así vamos perdiendo poco a poco interioridad, intimidad, capacidad de recogimiento y soledad, capacidad de búsqueda. De ahí, la necesidad de volver a  la estrella y abandonar este Herodes que nos quiere detener. .

·        Porque la sociedad del movimiento nos somete a unos ritmos de vida excesivamente acelerados. No toleramos los procesos a largo plazo. Queremos la satisfacción inmediata o casi inmediata de aquello que se nos hace deseable. Quisiéramos ser místicos y santos evitando los largos recorridos. Nos seduce la formación con resultados inmediatos. Los procesos lentos, sopesados, prudentes nos resultan intolerables; queremos llegar cuanto antes y acortar el camino. Por eso, nos cuesta tanto estar siempre en camino. Aunque deseamos la contemplación, pero la acción se vuelve tan imperante que no le deja espacio. Aunque deseamos la interioridad y la intimidad, las preocupaciones externas acaparan toda nuestra agenda. Estamos muy acelerados y nos disfrutamos del camino; las tensiones y los agobios nos producen insatisfacción y frustración. Necesitamos entrar en la mística del camino, que sólo la Estrella reaviva en nosotros: “volver a lo esencial”. 

·        Porque cuando los productos originales se comercializan y se multiplica su cantidad, pierden calidad, se desvirtúan. Estamos en el tiempo de los sucedáneos: se desvirtúa la sal, y el azúcar, la leche y el vino, el tabaco y el café. También se desvirtúan los carismas, cuando se comercializan, cuando cualquiera puede compartirlos. El producto original es sustituído por el “sucedáneo”. El carisma de cada instituto de vida consagrada, que en sus orígenes tenía un aroma y un sabor y un brillo peculiar, va poco a poco mezclándose con otros aromas, con otros sabores, con otras luces; la cantidad des-esencializa; y se va elaborando con elementos cada vez menos auténticos. De ahí la necesidad de recuperar las esencias.

·        Porque estamos como ovejas sin pastor, como discípulos sin maestro, como atletas sin entrenador. Falta orientación espiritual. Dejamos todo nuestro camino a la inspiración del momento. Son tantos los reclamos que no vivimos sistemáticamente, orgánicamente, sino respondiendo como francotiradores, al desafío del momento. Veo en la vida religiosa un afán excesivo por seguir la última novedad, mientras la interioridad queda desatendida. Por eso, es necesario volver a lo esencial.

·        Nuestras comunidades están, en cierta medida, enloquecidas. Le ocurre lo mismo a las comunidades familiares modernas. Les falta el contexto necesario para crear una mística colectiva, una comunicación desde la intimidad. A veces son no-lugares (Marc Augé), sitios de paso sin intimidad, sin comunicación verdadera, lugares de trabajo. El ideal de comunidad de los Hechos de los Apóstoles que los monjes quisieron vivir y que ahora nos propone la Iglesia –entre otros- en el documento “La vida fraterna en comunidad” (2 febrero 1994), encuentra muchas resistencias. Las distintas generaciones, culturas hacen difícil el diálogo de vida; nuestros demonios interiores generan relaciones de poder y de lucha. El resultado es que la vida en comunidad, tal como se está llevando, no es ayuda, estímulo. Han crecido en ella las malas hierbas y la ecología comunitaria se hace cada vez más insostenible. Hemos querido poner remedio desde la programación cada vez más compleja; pero no sabemos cómo poner remedio desde un dinamismo nuclear. Por eso, necesitamos volver a lo esencial.

·        Hemos puesto mucho énfasis en la misión. Hemos tomado conciencia de su configuración actual como “nueva evangelización”. Los esfuerzos por responder a los desafíos de la pobreza, de la injusticia, de la ecología, del neoliberalismo y globalismo nos han convertido en uno de los grupos más concienciados, críticos y comprometidos. También descubrimos los exiguos resultados de nuestros esfuerzos. Entramos en la “noche oscura” de la misión. Por eso, necesitamos ver de nuevo la estrella.

Volver a lo esencial se nos hace urgente. Es como pararse en el camino para analizar el mapa, la orientación, para hacernos conscientes de por dónde vamos. Pero la meta no es volver atrás, es seguir hacia lo esencial.

III. La Esencia…. “lo esencial”

¿Qué es “lo esencial” para la vida religiosa de nuestro tiempo? Dejemos de lado el aspecto filosófico de la cuestión: no nos interesa ahora, en este Capítulo, debatir la cuestión teórica de los elementos esenciales y los elementos accidentales de la vida religiosa. Respondamos a esta pregunta de un modo existencial, vitalista, y si queremos, teórico-práctico.

En este sentido, me parece interesante plantear el tema de “lo esencial” en clave simbólica, estética. En clave simbólica “lo esencial” podría plasmarse en el símbolo del “corazón”, del “núcleo”, del “alimento imperecedero”. En clave estética podríamos hablar de la “esencia aromática”, del “perfume originario”.

Jesús nos orientó en diversas ocasiones hacia el corazón de todo, hacia lo nuclear, lo decisivo, hacia la esencia aromática. Recordemos algunos de sus logia:

“Buscad el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura” (Mt 6,33)…

 “Marta, Marta… una sola cosa es necesaria ()” (Lc 10,41-42).

«El primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que éstos» (Mc 12, 29-31).

“Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre, porque a éste es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello” (Jn 6, 27)

Jesús nos orienta hacia “lo único necesario”, hacia el mandamiento mayor o principal, hacia el alimento imperecedero, auténtico, sellado por Dios Padre.. Ahí está el núcleo, el corazón, el elemento que todo lo unifica y aglutina.

¡La Alianza! corazón, núcleo, y esencia aromática

Decía, hace ya bastantes, el gran exegeta Walter Eichrodt que “la unión de alianza entre Yahweh e Israel es un elemento original en todas las fuentes, a pesar de estar en ellas de forma fragmentaria”[3]. Lo que, desde un principio unió a los israelitas –que era una coalición de tribus- fue el contemplarse mutuamente como grupos elegidos por Dios y que pertenecían a Dios por medio de una alianza. El elemento fundamental, unificador, proyectivo, es la Alianza[4].

La alianza con Abraham, el padre de muchas naciones, es una alianza sin condiciones[5]. En cambio la alianza con Moisés es dependiente de la obediencia de Israel. Como la alianza del Edén, también Israel tiene que resistir a la tentación y vivir según la ley. Dios se comprometió a ser fiel a su Alianza. En la Alianza del Sinaí, Dios le dió a su pueblo la ley de la vida (Ex 19,8). En la alianza con Noé, Dios habló a Israel, pero a favor de toda la humanidad[6].

La nueva Alianza es presentada por Jeremías como renovación de la alianza con Abraham, no como la alianza de Moisés[7]. La alianza con Abraham es llevada a plenitud porque Jesús es la semilla en que todas las naciones son bendecidas. Jesús es el hijo prometido a Abraham[8].

El Dios de la Alianza se da a conocer a través de lo que dice, no a través de la visión. La Palabra es esencial en la Alianza. Abraham no responde al Dios de la Alianza diciendo: “yo veo”-, sino diciendo “¡Aquí estoy!” (Gen 22,1.11). El “aquí estoy” me saca de mis tinieblas donde yo podría eludir mi responsabilidad. Dios me saca del anonimato y me pide responsabilidad.

La Alianza es la cultura del pueblo de Dios y ella es celebrada en el culto La historia es un drama en el que la alianza establece unidad entre todas las generaciones. Nuestro objetivo es mostrar o demostrar cómo la alianza de Dios con su pueblo a través de la historia de Israel y de la Iglesia es la etapa en la cual se representa el drama divino. En la Alianza no se juega con objetos, sino con sujetos. Fuera de este cuadro Dios y los seres humanos somos entes, realidades desconexas, realidades abstractas. Dado que el Creador es una persona, todo lo que crea lo realiza desde la relación. Por eso, el drama divino es, por una parte, lo que Dios ve respecto a la realidad a la que se dirige y con la que se alía. Su comunicación analógica tiene como objetivo la alianza.

El Nuevo Testamento es comprendido como una ratificación de la Alianza y la inauguración de una nueva administración de la alianza, con los apóstoles como ministros de la nueva Alianza (2 Cor 3,6). Como los libros históricos, los Evangelios exponen los acontecimientos fundantes que establecerán un nuevo Israel, diseñado en torno al templo celestial que ha llegado a la tierra y que es el mismo Jesús. Así los apóstoles son enviado como legalmente autorizados testigos y representantes de la corte divina.

La nueva Alianza en Jesús continúa las acciones de Dios, de tal manera que la tierra no es condenada a la destrucción sino llevada a la abundancia y a la bendición. La carta a los Hebreos habla de esta nueva Alianza diciendo que ahora se ha realizado en el Hijo, esplendor de la gloria del Padre, impronta de su ser y que sostiene todas las cosas con su palabra poderosa. Después de realizar la purificación de los pecados, se sentó a la derecha de la Majestad en los cielos” (Heb 1, 1ss.).

Cuando la Alianza es rechazada o violada, los profetas se convierten en abogados de Dios. Jesús mismo se apropió esta tarea: proclamó las amenazas o maldiciones de la alianza[9] y también sus bendiciones o bienaventuranzas[10].

Nuestro Dios es, pues, un Dios de Alianza, por eso, Dios es amor: Alianza intratrinitaria, perichóresis permanente y creciente de amor y Alianza extra-trinitaria, alianza creadora, providente, culminadota. La Alianza de nuestro Dios con nosotros, los seres humanos asume forma de señorío, paternidad-maternidad, esponsalidad. Y la cláusula que la constituye es doble: por una parte, el prólogo histórico en el que se expresa hasta dónde llega el compromiso de Dios a favor nuestro[11] y, por otra parte, el mandamiento principal en el que se expresa cuál ha de ser nuestra respuesta al pacto: el amor con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas nos constituye como personas de Alianza.

Jesús llevó la Alianza de Dios con nosotros a su punto culminante: a través de él, de su copa y sangre derramada, aconteció la Alianza nueva, definitiva y sin arrepentimiento, eterna (Mt 26,27—28). En Jesús la Alianza nos implica en una respuesta de amor con todo el corazón, con toda al alma y con todas las fuerzas, en la que Dios y el ser humano están correlacionados. Sabemos que el amor de la Alianza constituye también una comunidad que tiene un “solo corazón”, una “sola alma” y “todo en común” (Hech 4,32).

En síntesis: vemos que la conciencia de la Alianza nos vuelve de nuevo peregrinos, nos pone en camino; nos dice que a Dios no se le conoce metafísicamente, sino en el decurso de la historia, en el drama de la Alianza con la humanidad y con el cosmos. Cabe aquí decir aquello de “Theologia viatorum, teología nostra”. La comprensión del Misterio en clave de alianza nos hace ver la Iglesia y el mundo y la historia como el contexto de la Alianza; al discurso teológico sobre Dios como el discurso sobre el Hacedor de la Alianza; el discurso sobre el ser humano, como el del partner y compañero de Alianza; el discurso sobre Jesús y el Espíritu como el Mediador y la Mediación de la Alianza. La protología y la escatología como la fundación y culminación de la Alianza.

Ahora la cuestión es: cómo este principio se aplica a la vida religiosa en nuestro tiempo.

Recuperar la esencia: conciencia de la Alianza entre Dios y su Pueblo

No se ha planteado –ordinariamente- la teología de la vida religiosa o consagrada desde este foco unitario de la Alianza. Ello implicaría una reflexión teológica global desde esa perspectiva para deducir la riqueza implícita en el planteamiento. El mismo Magisterio de la Iglesia en estos últimos años ha sido parco en las referencias a la Alianza, cuando ha hablado de la vida religiosa. Con todo hay algunas referencias que son interesantes y deben desarrollarse en el futuro como la afirmación de que la vida religiosa o consagrada se constituye a través de un acto de Alianza[12] y que la llamada, la respuesta, las cláusulas a las que nos comprometemos, nos hablan de una estructura de Alianza.

Los religiosos o consagrados intentamos ser en la Iglesia el memorial viviente y colectivo de la Alianza y de su mandamiento principal. La aspiración a la “Caridad perfecta” por medio de los consejos evangélicos, caracteriza nuestra forma de vida, según el Concilio Vaticano II (PC, 1) define nuestra vida. Queremos vivir en el amor, por el amor, desde el amor. Lo esencial en nuestra forma de vida es un amor de Alianza, que Ustedes, desde el Carmelo, entienden sobre todo como amor esponsal, y que adquiere en los últimos tramos de la subida al monte Carmelo o en las últimas moradas una intensidad pasmosa.

La vida consagrada se constituye en la Iglesia como forma estable de vida en alianza. Hay un prólogo histórico en el que se incluye la historia de la propia vocación, que sirve de punto de partida al perfil que esta forma de vida asume.

Lo fundante de nuestra forma de vida religiosa es por tanto su visibilidad como forma de vida en Alianza. Somos para la Iglesia la expresión de su vocación más honda, de su deseo más profundo de comunión-respuesta al amor divino. Nuestra Alianza se expresa en la profesión del mandamiento principal. Nuestro voto fundante es voto de caridad perfecta, vivido desde la acción del Espíritu –que nos instruye internamente- y de la pedagogía del Evangelio, que nos enseña el camino.

Nosotros no somos, sin embargo, los que disfrutamos de una particular Alianza con Dios, superior a la Alianza de los demás miembros del Pueblo. Vivimos nuestra Alianza en red, en Cuerpo. Así como los profetas recordaban a Israel su Alianza con Yahweh y la reinterpretaban en tiempos de especiales dificultades y dudas, así también la vida consagrada, sus personas e instituciones, tiene la misión de ser un memorial permanente de la Alianza y de reinterprelarla en tiempos nuevos. Por eso, no nos sentimos fieles a la Alianza cuando quienes forman nuestro Cuerpo no lo son.

Nuestra misión brota de esa conciencia y experiencia de Alianza. Por eso, nos sentimos llamados a denunciar cualquier tipo de idolatría –en nosotros, en la iglesia o en la sociedad- pues es –en última instancia- adulterio, infidelidad. Intentamos atraer a nuestros hermanos y hermanas para que disfruten de la relación amorosa con nuestro Dios Abbá en Jesús y en el Espíritu. Deseamos que Dios sea amado, servido, correspondido. Proclamamos cómo en las circunstancias más dolorosas, nuestro Dios no nos abandona y aparece ante nosotros como el Dios crucificado en su Hijo Jesús, portador de la promesa de la Vida y la Victoria.

La Alianza no solamente es vivida por nosotros en la comunión íntima con Dios, en el Cuerpo de la Iglesia, en la red de la humanidad. También forma parte de la Alianza con relación liberadora con toda la creación, con la naturaleza. La Alianza es un dinamismo de comunión global, de responsabilidad global, de esponsalidad global.

Recuperar la esencia: despertar la dimensión mística

Se ha hecho famosa la frase de Kart Rahner respecto al cristiano del siglo XXI: o será un místico o no será nada. Esto tiene que ver mucho con la espiritualidad de la Alianza.

“El hombre espiritual del futuro o será un «místico», es decir una persona que ha «experimentado» algo, o no  lo será más. Porque la espiritualidad del futuro no será transmitida  ya más a través de una convicción unánime, evidente y pública, o a través de un ambiente religioso generalizado, si esto no presupone una experiencia y un compromiso personal”[13]. .

Estamos en un tiempo en que añoramos con una especial intensidad la espiritualidad. Lo peor es que no encontramos forma, modo, camino, acompañantes, maestros.

¿Hay mística en la vida religiosa? ¿Ha devenido la vida religiosa más contemplativa? Lo que no cabe duda es que la vida consagrada posconciliar ha tomado conciencia, como nunca tal vez, de su misión, de su diálogo con la cultura y las culturas, de su lugar en medio de un mundo injusto y violento. Pero ¿no ha implicado ello una pérdida de sentido estrictamene religioso y contemplativo? Nuestras mismas comunidades se han implicado seriamente en configurarse como equipos de trabajo y de vida. Hemos potenciado el aprendizaje de las formas de relación intergeneracional, intercultural. Cuando alguien quiere hacer la experiencia del Misterio, de lo Divino, ¿acude a nuestras personas, a nuestras comunidades?

Una vida religiosa sin mística resulta indiferente a nuestros contemporáneos. La mística no es el resultado de nuestros esfuerzos, de nuestro voluntarismo; la mística es regalo, don, gracia. Es el fruto de la vivencia apasionada de la Alianza. En la Alianza es necesaria la acción bilateral y de esa bilateralidad brota la gracia de la Alianza que es compartida. Por eso, bien podemos decir que la mística es un don que nos está siendo dado, que tenemos al alcance de la mano, que podemos y debemos desarrollar, desplegar.

La vuelta o el retorno a lo esencial ha de acontecer en nuestro mundo real, en nuestro tiempo. El despertar de nuestras esencia ha de acontecer aquí, ahora, y no en una remota soledad.

La visión monástica tradicional -¡estar en el mundo sin ser del mundo!- puede hoy retraducrise así: ¡implicado en nuestro mundo, pero libre ante  sus seducciones (codicia, lujuria, confusión y ruido, mezquindad, desasosiego, irreverencia…)

Se ha dicho y con razón que todo ser humano lleva dentro un monje, una monja, un ser monástico que debe ser despertado y educado. Propio de ese ser monástico es su pasión divina, su búsqueda incesante de Dios, su camino hacia la belleza. “Si lo primero en lo que piensas cuando te despiertas es en Dios, entonces eres un monje”.

La vida consagrada en todas sus formas existe para alimentar el desarrollo, el disfrute, y los dones del monje interior o místico que todos llevados dentro. El monacato exterior tiene una función ejemplar, paradigmática, respecto al monje interior que a todos nos habita. Todos nosotros tenemos dentro una conciencia mística escondida que desea nacer, crecer, entregarse libremente.

Ese ser contemplativo busca la intimidad con el Espíritu, con la conciencia infinita con Dios, el misterio divino oculto. La palabra “mística” se refiere a este deseo de intimidad con los divino, con el Espíritu a favor de los demás y de uno mismo.

El proceso que lleva a esta intimidad, nos prepara para ella, es la contemplación. Todos hemos sido agraciados con ese don y esa capacidad, porque somos “capaces de Alianza”. Cada persona tiene este don o al menos la capacidad de acceder a él, por el mero hecho de haber nacido. Nuestro nacimiento conlleva una invitación a recibir ese don, es una llamada a sumergirnos en el Absoluto, con la posibilidad de transformarnos a través del contacto con lo divino. Todo nacimiento es una llamada a sumergirnos en las aguas del bautismo símbolo eficaz de la muerte y resurrección de Jesús y a nacer del Espíritu.  “El monacato del corazón es el corazón del monacato”, decía el hermano David Steindl-Rast. Nosotros podríamos glosar esta frase diciendo con toda verdad que “el Carmelo del corazón es el corazón del Carmelo”.

Un carmelita auténtico es idealmente aquel que se toma en serio el carmelita interior, el místico que todo ser humano lleva dentro.”El monje que hay en todos nosotros aspira a alcanzar  la meta definitiva y última de la vida; pone en ello todo su ser y renuncia a todo aquello que no es necesario, es decir, se concentra en esa única y exclusiva meta”[14]. Debemos afirmar que el monje interior, el carmelita interior, es una dimensión de toda persona, no solamente cristiana. Pero, ¿cómo activar el monje interior que todos llevamos dentro? Cuando ha despertado  en nosotros el monje interior, cuando el místico interior comienza a ver, se enciende en nosotros una libertad interior que resta importancia a las estructuras exteriores. La esencia de la vida monástica no son las estructuras, sino la práctica interior y el corazón de esa práctica interior es la oración contemplativa.

El proceso místico

La vida espiritual es un proceso místico. Se inicia cuando aceptamos la invitación a vivir en Alianza, desde las profundas fuentes de la sabiduría, desde la conciencia transformadora.

La contemplación es la meta última hacia la que tiende la vida de vuestras comunidades;  responde al deseo más profundo del ser humano. La práctica espiritual, la meditación o la contemplación mística nos ayuda a tomar conciencia de esa realidad interior. Tenéis vocación de pioneros, de pedagogos de la humanidad; sois los parteros de tantos místicos interiores como hay en el mundo.

El Espíritu nos ha llamado al mundo para vivir la espiritualidad del compromiso con todos los que sufren. Esta llamada incluye un parentesco con las demás especies y con la naturaleza como un todo en medio de este cosmos, que es nuestra auténtica comunidad. Estar en el seno de Dios en el corazón del mundo.

Hay algo mágico en la naturaleza: es la presencia divina. Es una presencia que la alimenta, que la sostiene, que –a veces- la disloca. Sin la naturaleza no podríamos vivir. Para el ser humano la naturaleza ha sido siempre un amigo, una presencia misteriosa, una fuete constante de inspiración, perspicacia y alegría. EL mundo natural emana, expresa el misterio del uno, más allá de la multiplicidad de formas. Se puede percibir al uno, moviéndose en todo. La naturaleza celebra de las formas más variadas la presencia que constantemente da vida a todo

Decía san Francisco que “si tu corazón fuera puro, entonces todo lo que hay en la naturaleza sería para ti un gran libro de sabiduría santa, de sagrada doctrina”.El mundo naturaleza contemplado de verdad suscita en nosotros la responsabilidad por restaurarlo y preservarlo. Por hacer que la naturaleza esté sometida a un futuro sostenible, en el que la comunidad humana viva en armonía con la naturaleza. Se nos ha confiado el cuidado y la defensa del sistema de la bioesfera, la belleza de la naturaleza, y los derechos de todos los seres sentientes que viven con nosotros.  Nosotros debemos establecer la paz con todos ellos.  La salvaguarda de la tierra es una de nuestras prioridades morales más altas y nada puede ser previo a esto.

El mundo como comunidad: nuestros antecesores más antiguos vivieron en tribus. La tribu era su comunidad. Cuando pasamos de la tribu a las familias extendidas y después a las familias nucleares, ganamos en libertad y movilidad, pero perdimos la seguridad basada en la experiencia de la mutua pertenencia. Por eso, seguimos buscando la recuperación de la comunidad en nuestras vidas.

La comunidad puede asumir muchas formas. Depende de las situaciones de las situaciones. Pero cualquier forma que asuma, la comunidad requiere ciertas negociaciones económicas obligaciones claramente definidas y distribuidas en el conjunto comunitario. Como estamos en un mundo con una creciente cultura común, el auténtico test de la comunidad se haya en la tolerancia hacia las más profundas diferencias y el amor hacia los más desfavorecidos entre nosotros.

Espiritualidad de intimidad con lo divino

La actitud contemplativa  es una disposición hacia la vida en su profundidad mística. Esta actitud se expresa en las prácticas espirituales como la meditación y otras formas de exploración interior, como oración, silencio, soledad y misticismo.

El místico es la persona que experimenta directamente la realidad última, divina o tiene una vasta conciencia. Aunque vive en medio del mundo está anclado en una paz indescriptible, en una alegría que no puede ser aprehendida por la mentalidad secular. Es bellísimo encontrar la dimensión contemplativa de la vida.

Esta dimensión se caracteriza como camino para relacionarse con todas las cosas: el cosmos, el mundo natural, la sociedad, los otros, Dios y uno mismo en lo divino. Lo que anima la dimensión contemplativa es el amor, el amor divino que inspira, guía, alimenta y mantiene la contemplación. La actitud contemplativa es la realidad activa de la vida mística que actúa en nosotros y su presencia en la misma realidad divina.

En la Iglesia de la nueva Alianza: Madre y Matrix

La Alianza acontece hoy en un mundo dividido y dominado por unas pocas naciones, unos pocos enriquecidos. La Alianza acontece hoy en un mundo en el que la violencia, llámese guerra, llámese terrorismo, llámese odio, está muy activa. Los fundamentalismos religiosos avivan la violencia y destruyen el entramado de la Alianza.

Sólo vencerá la Alianza cuando emerja entre nosotros la nueva Jerusalén, el reino de Dios. Pero hemos de prepararnos para acogerla. Por ser la ciudad de la nueva Alianza, cuenta con nuestra libertad, con nuestra respuesta. Si el Reino no llega es porque no lo deseamos suficientemente. La Nueva Jerusalén es el lugar de encuentro de todos los pueblos de la tierra.

Me encanta la imagen de la Iglesia como una anciana, presentada por el Pastor Hermas. Presenta una iglesia inocente, eterna, con una misión transhistórica. Recuperar la inocencia es una parte esencial de la renovación y reforma de una iglesia que recupera su futuro.

La Iglesia es madre, pero tiene la vocación de ser “matriz” o “matrix”. La nueva Jerusalén es la “matrix” de la Nueva Alianza:

“Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva - porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar no existe ya. Y vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo. Y oí una fuerte voz que decía desde el trono: «Esta es la morada de Dios con los hombres. Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y él Dios - con - ellos, será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado». Entonces dijo el que está sentado en el trono: «Mira que hago un mundo nuevo». Y añadió: «Escribe: Estas son palabras ciertas y verdaderas» (Apc 21,1-5)

Hemos afirmado con frecuencia la maternidad de la Iglesia. Pero no hemos de olvidar que las religiones también son senos fecundos. Las religiones mundiales han sido –durante milenios- culturas separadas. Entran ahora en conversación, tras siglos de incomunicación. Están encontrando las religiones un suelo común para el encuentro: la lucha por la paz, el compromiso con los derechos humanos, la denuncia de la explotación económica. Pero emerge un suelo común todavía más fecundo: la espiritualidad, la mística.

La experiencia de comunidad entre las diversas tradiciones religiosas lleva a una apertura entusiasta hacia la espiritualidad presente en cada una de ellas. Se habla ya hoy de “Inter.-espiritualidad”[15]. En este escenario se encuentra la Iglesia del comienzos del siglo XXI.

¿Podría la Iglesia ser “matrix”? Y con esto quiero decir: espacio de bienvenida a todas las religiones; la apasionada por el todo, la católica que va más allá de sí misma y de sus miembros; como matrix es la madre que ofrece su vientre para que se configure y desarrolle esta nueva forma de vida cultural y espiritual  Así contribuiría a la generación de la civilización del amor (Pablo  VI). Sería el container en el que toda la humanidad depositaría sus esperanzas. No contemplaría a los miembros de otras religiones o tradiciones religiosas como personas fuera de ella misma

Una Iglesia “matrix” sería la fuente de una nueva catolicidad, la apasionada por el todo: dialogaría con la cabeza, con el corazón y con las manos: diálogo académico-teológico, diálogo de la oración, la meditación, la liturgia y el diálogo del compromiso con la justicia, la paz y la ecología.

La Iglesia matrix sería la Iglesia del Logos que constituye a Jesús que es infinito, inagotable en todas sus manifestaciones, pero al mismo tiempo manifiesta en Jesús su opción por lo pobre, lo desahuciado, lo despreciado.

La Iglesia matrix es inclusiva. Resulta menos judicial

El desafío de la Inter.-espiritualidad

Dejénme concluir mi exposición refiriéndome a un desafío que estamos afrontando cada vez más y en el que Ustedes, como Orden,  están teniendo un papel protagonista. Se trata de la Inter.-espiritualidad. O de comprender la espiritualidad cristiana, como un elemento de la red, de la web de la espiritualidad mundial. Fíjense que no hablo de la espiritualidad superior, en su grado más alto, sino de la espiritualidad en red. Lo cual significa que es más vulnerable a los influjos de otras espiritualidades, pero al mismo tiempo, tiene más posibilidades de afectar benéficamente a todas las espiritualidades. La perspectiva de la Alianza y del cuidado universal de Dios sobre lo humano, nos hace sentir una confianza básica ante la red, que nunca va a ser dejada de la mano de Dios. El nuevo paradigma antropológico y ecológico nos transmite una fe loca en la Providencia, como la que expresa Pablo en el capítulo octavo de la carta a los Romanos..

Todas las espiritualidades son parte de la profundidad humana, de la sabiduría que habita en la familia humana.. Tras esta comunidad de comunidades está el Espíritu, el único Espíritu.

No hace justicia a Jesús, el considerar este movimiento como anti-cristiano, cuando él ofreció la copa de la Alianza a todos. La Inter.-espiritualidad no se basa en un intento sincretistas que fuerza la síntesis allí donde ella no es posible. Lo decía antes de ayer Juan Pablo II a los jóvenes en Madrid: las ideas se proponen, ¡no se imponen! Y cuando el fuego del amor lo caldea todo, entonces prevalece el amor al otro sobre el miedo, la confianza sobre la sospecha, la integración sobre la división,  la afirmación de lo divino sobre la afirmación del ego, la apertura sobre la cerrazón del corazón.

La mística nos reúne a todos ante el Misterio Santo, inefable. Une más allá de las palabras, las doctrinas, las creencias, las virtudes. Hindúes, judíios, cristianos, budistas, musulmanes, unitarios, siks, jainitas, cuáqueros, taoistas… todos ellos se encuentran en la experiencia mística común. La meditación se ha convertido en una parte permanente del misticismo del siglo XXI.

La espiritualidad se nos va de las manos. Emergen por doquier visionarios Inter.-espirituales que nos reúnen. La interespritualidad es un agente de misticismo universal y de espiritualidad integral. El misticismo universal pide inclusividad de pensamiento y visión. La espiritualidad integral une cuerpo – espíritu – mente,  consciente - inconsciente – superconsciente. La interespiritualidad une los elementos que proceden de las tradiciones religiosas del mundo, que son siete:
·       
Capacidad moral
·       
Solidaridad con todos los seres sentientes
·       
Profunda opción por la no-violencia.
·       
Práctica espiritual
·       
Autoconomiento maduro
·       
Humildad
·       
Estilo de vida sencillo y simple
·       
Servicio desinteresado y acción compasiva
·       
Voz y acción profética.



[1] Cf. Susan R. Garrett, The Temptations of Jesus in Mark’s Gospel, William B. Eerdmans Publishing Company, Grand Rapids, Michigan / Cambridge, 1998. ¡Excelente trabajo sobre el evangelio de Marcos en la perspectives de la tentaciones, como desviación del camino!
[2] Cf. J. Baudrillard, Las estrategias fatales, Anagrama, Barcelona 1985. “No es, pues, la obesidad de unos cuantos individuos lo que se discute, es la de todo un sistema, es la obesidad de toda una cultura. Sólo cuando el cuerpo pierde su regla y su escena alcanza esta forma obscena de la obesidad” (p. 28)
[3] Cf. W. Eichrodt, Theology of the Old Testament, Westminster Press, Philadelphia, 1951, 1:36
[4] Cf. Michael S. Horton, Covenant and Eschatology. The divine Drama, Westminstern John Knox Press, Louisville – London 2002.
[5] Gen 15 y así es interpretada en el NT: Rom 9,6-8; Gal 3,1-29.

[6] “Al aspirar Yahveh el calmante aroma, dijo en su corazón: « Nunca más volveré al maldecir el suelo por causa del hombre, porque las trazas del corazón humano son malas desde su niñez, ni volveré a herir a todo ser viviente  como lo he hecho. Mientras dure la tierra, sementera y siega, frío y calor, verano e invierno, día y noche, no cesarán” (Gen 8,21-22).
[7] “He aquí que días vienen - oráculo de Yahveh - en que yo pactaré con la casa de Israel (y con la casa de Judá) una nueva alianza; no como la alianza que pacté con sus padres, cuando les tomé de la mano para sacarles de Egipto; que ellos rompieron mi alianza, y yo hice estrago en ellos - oráculo de Yahveh -. Sino que esta será la alianza que yo pacte con la casa de Israel, después de aquellos días - oráculo de Yahveh -: pondré mi Ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo”( Jer 31, 31-33).
[8] “Hermanos, voy a explicarme al modo humano: aun entre los hombres, nadie anula ni añade nada a un testamento hecho en regla. Pues bien, las promesas fueron dirigidas a Abraham y a su descendencia. No dice: « y a los descendientes », como si fueran muchos, sino a uno solo, a tu descendencia, es decir, a Cristo. Y digo yo: Un testamento ya hecho por Dios en debida forma, no puede ser anulado por la ley, que llega 430 años más tarde, de tal modo que la promesa quede anulada. Pues si la herencia dependiera de la ley, ya no procedería de la promesa, y sin embargo, Dios otorgó a Abraham su favor en forma de promesa. (Gal 3,15-18)..
[9] “Al amanecer, cuando volvía a la ciudad, sintió hambre; y viendo una higuera junto al camino, se acercó a ella, pero no encontró en ella más que hojas. Entonces le dice: « ¡Que nunca jamás brote fruto de ti! » Y al momento se secó la higuera. Al verlo los discípulos se maravillaron y decían: « ¿Cómo al momento quedó seca la higuera? » Jesús les respondió: « Yo os aseguro: si tenéis fe y no vaciláis, no sólo haréis lo de la higuera, sino que si aun decís a este monte: "Quítate y arrójate al mar", así se hará. Y todo cuanto pidáis con fe en la oración, lo recibiréis. »” (Mt 21,18-22)
[10] Cf. Mt 5,1-12; Jn 20,29; Apc 2-3.
[11] Los diversos escritos del Antiguo Testamento son coherentes con este modelo de alianza. El Génesis y el Exodo sirven como prólogo histórico para la alianza. Dios justifica sus derechos de soberano por medio de las obras poderosas en la historia que son proclamadas. La Alianza se actualiza propiamente en la oración confesional (el Salterio) y sus maldiciones son invocadas contra el pueblo que se desvía por medio de los profetas.
[12] “De este modo evocan ellos ante todos los fieles aquel maravilloso connubio –alianza esponsal- fundado por Dios y que ha de revelarse plenamente en el siglo futuro, por el que la Iglesia tiene por esposo único a Cristo” (Perfectae Caritatis, n. 12). “Todos vosotros que en la Iglesia entera vivís la alianza de la profesión de los consejos evangélicos…  En cada persona consagrada es elegido el Israel de la nueva y eterna Alianza. Todo el Pueblo mesiánico, la Iglesia entera es elegida en cada persona que el Señor escoge de entre ese Pueblo; en cada persona que, por todos, se consagrada a Dios como propiedad exclusiva” Juan Pablo II, Redemptionis donum, n. 8. “La interrelación resultante es puro don: es una alianza de mutuo amor y fidelidad, de comunión y misión para gloria de Dios, gozo de la persona consagrada y salvación del mundo” (Instrucción de la CIVCSVA, Elementos esenciales de la doctrina de la Iglesia sobre la Vida Religiosa, aplicados a los Institutos dedicados a las obras de apostolado, n.5). “La perseverancia, que es un don ulterior del Dios de la alianza, es el silencioso pero elocuente testimonio que da el religioso del Dios fiel, cuyo amor no tiene límites” (o.c., n.37). “La forma estable de vida común en un Instituto canónicamente erigido por la autoridad eclesiástica competente, manifiesta en forma visible la alianza y comunicación que la vida religiosa expresa” (o.c., n. 10). Finalmente, la exhortación apostólica Vita Consecrata de Juan Pablo II pone de relieve esta dimensión en el siguiente texto: “La misma tradiciónha puesto también de relieve en la vida consagrada la dimensión de una peculiar alianza con Dios, más aún, de una alianza esponsal con Cristo, de la que Pablo fue maestro con su ejemplo (cf. 1 Cor 7,7) y con su doctrina proclamada bajo la guía del Espíritu (cf 1 Cor 7,40)” Juan Pablo II, Vita Consecrata, n. 93.
[13] Karl Rahner, Schrisften Theology. VII, 22: «der Fromme von morgen wird ein Mystiker sei, einer, der etwas erfahren hat, oder er wird nicht mehr sein, weil die Frömmigkeit von morgen nicht mehr durch die im voraus zu einer personalen Erfahrung und Entscheidung einstimmige, selbstvertändliche öffentliche Überzeugung und religiöse Sitte aller mitegetragen wird». 
[14] Raimon Panikkar, Blessed Simplicity: The Monk as Universal Archetype, New York, Seabury Press, 1982, p. 10
[15] Cf. Wayne Teasdale, The Mystic Heart, New World Library, Novato – Calif, 1999.

 

    

NEWS-NOTICIAS  *  CURIA  *  P. CAMILO MACCISE  *  SITIOS O.C.D  *  DIRECCIONES  *  OCDS
www.ocd.pcn.net
 

Updated 06 mag 2003  - Page maintained by O.C.D. General House