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89° Capitulum Generale Ordinis Carmelitarum Discalceatorum
Avila 28 abril - 18 mayo 2003

Documentos

HOMILÍA DEL OBISPO DE AVILA
S.E. Mons. JESUS GARCIA BURILLO
al Capítulo General
( 15.mayo.2003)

 

 

 

Reverendísimo Padre Prepósito General, queridos hermanos y hermanas capitulares: 

Saludo muy cordialmente al nuevo Padre General, que acaba de ser elegido para el servicio a la Orden. Le felicito y pido al Señor, por la mediación de . Sra. del Carmen y los Santos Padres Teresa de Jesús y Juan de la Cruz, que le conceda las gracias necesarias para dirigir, con sabiduría divina, a la numerosa familia del Carmelo Teresiano. Los tiempos recios que nos ha tocado vivir requieren de los pastores un suplemento de gracia, que imploramos confiadamente al Señor para el nuevo Prepósito General. 

Quisiera tomar la estrofa del salmo 88 para iluminar esta celebración: cantaré eternamente tus misericordias, Señor. El canto de alabanza es el que mejor  expresa mis sentimientos en este importante momento que vive vuestra Congregación: deseo dar gracias a Dios por los dones que ha concedido al Carmelo Teresiano a lo largo de su historia y particularmente en este Capítulo General. Os invito a todos a bendecir al Señor por las maravillas que ha obrado en favor de la Iglesia por la mediación de la Orden del Carmelo. 

Agradezco también afectuosamente la invitación que el P. Camilo Maccise me hizo, junto con su cariñosa felicitación por mi nombramiento como Obispo de Ávila. Desde aquel momento he sentido muy cerca la oración de la Familia carmelitana. Siento como una inmensa gracia, del todo inmerecida por mi parte, que el Señor me haya traído a una Diócesis donde nacieron y florecieron Sta. Teresa de Jesús y S. Juan de la Cruz. Lo dije en mi primer saludo a la Diócesis de Ávila, lo repetí en mi toma de posesión y lo renuevo cada día con nuevas experiencias.  

Considero una gracia singular haber sido establecido como pastor de la Iglesia donde comenzó la reforma y el carisma del Carmelo ha arraigado tan profundamente en personas e instituciones, donde existen tantos y tan importantes monasterios carmelitas de vida contemplativa, y diversas            congregaciones relacionadas con el carisma de la Santa.  

Mis primeras visitas en Ávila estuvieron dedicadas al Monasterio de S. José y de la Encarnación, después he visitado el resto de los carmelos de monjas descalzas (Duruelo y Arenas de S. Pedro) y los de la Antigua Observancia (Fontiveros y Piedrahita), así como la comunidad de frailes carmelitas de la Santa y el Centro Internacional de Estudios Carmelitas. Os confieso que he sentido verdadera emoción, afectiva y espiritual, al entrar en contacto físico con los lugares  que frecuentaron, en los que vivieron y se santificaron  Santa Teresa de Jesús y S. Juan de la Cruz. 

Ahora también el Señor me ha permitido participar en vuestro Capítulo General, que ostenta la autoridad suprema de la Orden, al representar a todo el Instituto: Provincias, Semiprovincias, Delegaciones generales, Vicariatos regionales, Delegaciones provinciales masculinas y femeninas. Doy muchas gracias al Señor y a vosotros, queridos Padres, por vuestra invitación. 

Un Capítulo que, en la búsqueda de lo esencial, ha pretendido, unido a Jesucristo, hacer únicamente la voluntad del Padre o, como S. Juan de la Cruz resume la vida entera de Jesús: en esta vida no tuvo otro gusto, ni le quiso, que hacer la voluntad de su Padre (1 S 13,4). Los múltiples encuentros, diálogos, relaciones, y especialmente los tiempos de oración y contemplación, los vuestros y los de los frailes y monjas que no han asistido pero os han acompañado con su oración, no han pretendido otra  finalidad –estoy seguro- sino encontrar y llevar a cabo la voluntad de Dios sobre la vida de la Congregación en el presente y en el futuro.  Vosotros no sólo tenéis una historia gloriosa para recordar y contar-apunta la Vita cosecrata- sino una gran historia que construir. Poned los ojos en el futuro, hacia el que el Espíritu os impulsa para seguir haciendo con vosotros grandes cosas (110).  

En este sentido, habéis procurado andar tras la búsqueda de lo esencial de vuestro carisma y espiritualidad carmelitanos: lo esencial del Evangelio y de la vida consagrada, lo nuclear de la Regla de S. Alberto, de los Santos Padres Teresa y Juan de la Cruz. Qué riqueza de espiritualidad, qué  hontanares de vida para la Orden, para la Iglesia y para la cultura universal. 

En mi homilía de Entrada en la Diócesis yo mismo me hacía eco de este tesoro universal,  aludiendo a las palabras del Santo Padre en su visita a esta tierra el año 1982: vengo a Ávila a adorar la sabiduría de Dios. Al finalizar el IV centenario de la muerte de Santa Teresa de Jesús, que fue hija singularmente amada de la sabiduría divina, quiero adorar la sabiduría de Dios junto con el Pastor de esta Diócesis. Enviado por el Romano Pontífice –continuaba yo en mi homilía- , llego a una tierra donde la sabiduría divina ha dejado su huella desde el comienzo mismo de su historia. La época más señalada, la más universalmente conocida y admirada corresponde al tiempo vivido en esta tierra por Santa Teresa y S. Juan de la Cruz. Una de las cotas más altas de la espiritualidad universal, y también de la literatura, brota en esta tierra, empapa la vida y la acción eclesial de este pueblo y la proyecta en servicio humilde y poderoso, a la vez, para ser objeto de contemplación, estudio y práctica de vida cristiana. Reitero ahora con gozo, como una confesión ante los hijos más queridos de Teresa y Juan de la Cruz, las palabras que pronuncié en la Catedral no hace todavía tres meses. 

Esta sabiduría de Dios se ha dado abundantemente desde los orígenes en vuestra Orden y se os invita a continuar en la actualidad, reproduciendo con valor la audacia, la creatividad y la santidad  de sus fundadores y fundadoras, como respuesta a los signos de los tiempos que surgen en el mundo de hoy. Esta invitación es sobre todo una llamada a perseverar en el camino de santidad a través de las dificultades materiales y espirituales que marcan la vida cotidiana –en palabras de la exhortación apostólica Vita Conscrata, 37- 

“En el Carmelo Teresiano-Sanjuanista –recuerda vuestro Instrumentum Laboris (56)- este dinamismo histórico del carisma se ha encarnado y enriquecido con la santidad de tantos hermanos y hermanas nuestros que, en diversas ocasiones y lugares fueron testimonio viviente de ese don comunicado a nuestra Orden en la Iglesia y se convirtieron en fundamento silencioso y elocuente de una auténtica fidelidad creativa. Entre otros destacan Teresa de Lisieux, Isabel de la Trinidad, Edith Stein, Rafael Kalinowski, Teresa de los Andes y otros muchos.”  

Con gran gozo e impresionante participación de fieles el Santo Padre acaba de canonizar en nuestra propia patria, junto con otros cuatro santos españoles, a una carmelita que buscó la fidelidad a sus fundadores: Santa Maravillas de Jesús –proclamaba el Santo Padre- vivió animada por una fe heroica, plasmada por una vocación austera, poniendo a Dios como centro de su existencia. Superadas las tristes circunstancias de la Guerra Civil española, realizó nuevas fundaciones de la Orden del Carmelo presididas por el espíritu característico de la reforma teresiana. Su vida contemplativa y la clausura del monasterio no le impidieron   atender a las necesidades de las personas que trataba y a promover obras sociales y caritativas a su alrededor.(Re Refiriéndose a los nuevos santos decía el Papa: Sus obras, que admiramos y por las que damos gracias a Dios, no se deben a sus fuerzas o a la sabiduría humana sino a la acción misteriosa de Dios que ha suscitado una adhesión inquebrantable  a Cristo crucificado y resucitado  y el propósito de imitarlo. 

Este deseo de santidad fue expresado en la exhortación apostólica Vita Consecrata: Hoy más que nunca es necesario un renovado compromiso de santidad por parte de las personas consagradas para favorecer y sostener el esfuerzo de todo cristiano por la perfección. Es necesario suscitar en cada fiel un verdadero anhelo de santidad (39). Y ha sido propuesto también como uno de los fundamentales objetivos para el modelo de vida cristiana en los comienzos del siglo XXI: No dudo en decir que la perspectiva en que debe situarse el camino pastoral es el de la santidad. Es un don y un compromiso que se dirige a todos los cristianos: Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación (1 Ts 4,3). Todos los cristianos de cualquier clase o condición, y en especial los religiosos, están llamados  a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor (cf NMI 30). 

Entre los caminos que conducen la pedagogía de la santidad se nos propone en primer lugar la oración: es necesario que el cristianismo se distinga ante todo por el arte de la oración… En la plegaria se desarrolla ese diálogo con Cristo que nos convierte en sus íntimos (NMI 30). El Instrumentum Laboris recogía fielmente la propuesta universal del Papa: nuestras comunidades  cristianas tienen que llegar a ser auténticas escuelas de oración, asumiendo que nuestras comunidades centradas   en el absoluto de Dios, deberán ser escuelas de oración, que vayan transformando a sus miembros en verdaderos contemplativos, capaces de descubrir a Dios presente y cercano en los acontecimientos, en las personas, en lo positivo y en lo negativo de la historia (64).       

Entre las preocupaciones que han ocupado vuestra atención en la preparación del Capítulo quisiera destacar también la eclesialidad de la Orden: Debemos estar atentos a colaborar con la Iglesia en el campo de la Evangelización, sobre todo ofreciendo nuestro servicio particular de la espiritualidad (IL 69). Vita Consecrata dedica un amplio capítulo a la Vida consagrada como signo de comunión en la Iglesia: En realidad la Iglesia es esencialmente misterio de comunión, “muchedumbre reunida por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”(41). Fue Jesús quien llamó a los que quiso para vivir junto a Él, inaugurando de este modo una nueva familia, de la que formarían parte todos aquellos que estuvieran dispuestos a cumplir la voluntad de Dios (cf 41). 

Las personas consagradas tienen también  un papel significativo dentro de las Iglesias particulares. Se reconoce a cada uno de los Institutos una justa autonomía, gracias a la cual pueden tener su propia disciplina y conservar íntegro el patrimonio espiritual y apostólico. Cometido del Ordinario del lugar es conservar  y tutelar esta autonomía. Se pide por tanto a los Obispos que acojan y estimen los carismas de la vida consagrada, reservándoles un espacio en los proyectos de la pastoral diocesana. En su caridad pastoral (el Obispo) debe acoger, por tanto, el carisma de la vida consagrada como una gracia que no concierne sólo a un Instituto  sino que incumbe y beneficia a toda la Iglesia (48 y 49).  

Desearía yo  que éste fuera mi proceder en la Diócesis con los abundantes carismas que en ella se dan. Conservar y tutelar los diversos carismas; mantener la unidad, respetando la diversidad de cada uno. La sociedad necesita en estos momentos, como pocas veces,  de la interioridad: personas y espacios dedicados a la contemplación, al encuentro permanente con el único que nos puede salvar. Conforme a las promesas del AT –nos asegura el testimonio de Pablo en la sinagoga de Antioquia de Pisidia- Dios sacó de la descendencia de David   un Salvador. Es el anuncio que hemos recibido de la Palabra de Dios en este día de Pascua. Fuera de Él no hay otro que nos pueda salvar. Sólo en Jesús encontramos la salvación (cf  DI 13). 

Los centenares de personas que visitan cada semana la Casa de la Santa y los monasterios del Carmelo van en busca del agua que apague su sed. Como buscaban al Señor las muchedumbres, mientras Él huía al monte solo para hacer oración, encontrarse en el silencio de la noche con el Padre, recogerse en lugares apartados (cf: Jn 4,13-14; 6,15). La gente busca en el silencio de la oración a Aquel que nos puede salvar. 

No quisiera extenderme demasiado con estas palabras mías que quieren ser sobre todo signo de comunión eclesial  con el Capítulo General, de acción de gracias por el nuevo Prepósito y de oración intensa y confiada por el futuro de la Orden. Tanta riqueza espiritual en vuestra historia, tantos dones recibidos del Señor os hacen también responsables de una adecuada respuesta y colaboración. Cristo y la Iglesia os necesitan, la sociedad tiene necesidad de vosotros. 

Os aseguro que el criado no es más que su amo ni el enviado es más que el que lo envía –hemos escuchado al Señor después de lavar los pies a sus discípulos-. Es esta actitud de enviados, fieles a la misión y fieles al Señor de la misión, la que yo pido para vosotros: en la oración de los fieles que a continuación vamos a hacer y en la comunión sacramental con el verdadero Pan de Vida. El nos da la Vida, nos acoge, nos sirve y nos envía. Así sea. 

 

    

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