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89° Capitulum Generale Ordinis Carmelitarum Discalceatorum
Avila 28 abril - 18 mayo 2003

Documentos

“FIRMES EN LA ESPERANZA”
(1 Tes 1,4)

Mensaje Capitular

 

 

 

Queridos hermanos y hermanas: 

1. Al finalizar nuestro 89 Capítulo General Ordinario, celebrado en Ávila del 28 de abril al 18 de mayo del 2003, unidos en el gozo de nuestra común vocación al Carmelo Teresiano y movidos por la profunda intuición de la Santa Madre que “crece la caridad con ser comunicada” (V 7,22), deseamos compartir con vosotros una palabra de esperanza. 

2. A lo largo de estos días nos hemos sentido profundamente en comunión con todas las comunidades de la Orden y con cada uno de vosotros, hermanos y hermanas muy queridos, “dando gracias a Dios por todos, recordándoos sin cesar en nuestras oraciones” (1 Tes 1,2). Por otra parte, el contexto litúrgico pascual en que se ha celebrado el Capítulo, nos ha estimulado a “poner los ojos en Cristo” (cf. 2 S 22,4-5), Señor de la vida y de la historia, en cuya resurrección vislumbramos una esperanza absoluta de vida que nos desborda como realidad y promesa y desde la cual brota y crece continuamente nuestra fe y nuestra misión en la historia. 

3. Como sabéis, el tema del Capítulo ha sido: “En camino con santa Teresa de Jesús y san Juan de la Cruz. Volver a lo esencial. Por eso estos días han sido una ocasión propicia ante todo para agradecer al Señor el don de nuestra vocación teresiano-sanjuanista en la Iglesia y para renovar gozosamente nuestra convicción acerca de la peculiaridad y actualidad del carisma y la misión de nuestra familia religiosa en el mundo actual. El tema del Capítulo, en efecto, “subraya la firme voluntad de la Orden de permanecer fiel al carisma que, suscitado por el Espíritu en un determinado contexto histórico y eclesial, se ha desarrollado a lo largo de los siglos y está destinado a producir también hoy frutos de santidad en la Iglesia ‘para provecho común’ (1 Cor 12,7), respondiendo a los retos del tercer milenio” (Carta de S.S. Juan Pablo II al P. Camilo Maccise, en ocasión del 89 Capítulo General, n. 1). 

“Se dirá de Sión: Todos han nacido en ella...” (Sal 87,5) 

4. El lugar elegido para la realización del Capítulo, la ciudad de Ávila, ha sido un signo evocador de nuestras raíces históricas y carismáticas y del deseo de “volver a lo esencial” de nuestra vocación. Con el mismo deleite del salmista que contemplaba las murallas de su ciudad amada, Jerusalén, cimentada y habitada por Dios como madre universal de todos los pueblos (Sal 87,5), también nosotros hemos vivido con profunda emoción nuestra permanencia en Ávila, la ciudad natal de nuestra santa madre Teresa de Jesús, y en donde, como en un fecundo “castillo interior”, concibió y dio inicio a su proyecto fundacional. La belleza de la ciudad y sus innumerables reminiscencias teresiano-sanjuanistas han sido un marco adecuado y estimulante para nuestra convivencia y nuestras reflexiones capitulares. 

5. En los primeros días del Capítulo pudimos también peregrinar a otros lugares no menos significativos para nuestra identidad carismática. Visitamos Alba de Tormes, ciudad en donde murió la Santa Madre y en donde está su sepulcro; Duruelo, en donde en un “portalito de Belén” (F 14,6), nuestro padre san Juan de la Cruz inició la experiencia del Carmelo Descalzo; Fontiveros, su ciudad natal y, finalmente, Segovia, ciudad en donde vivió y en la cual se encuentra su sepulcro. La visita a los lugares teresiano-sanjuanistas ha sido una peregrinación de fe y de esperanza. Nos hemos acercado con gratitud y alegría a auténticos espacios sacramentales que recuerdan tiempos y lugares de un pasado fecundado por el Espíritu a través de la experiencia carismática de nuestros Santos Padres. De esta experiencia nos sentimos herederos en el momento en que deseamos responder evangélicamente a los grandes desafíos de nuestra época, a la vez que confesamos gozosamente nuestro deseo de fidelidad a un carisma que continuamente se recrea en la historia a través de nuestra vida y misión en las diversas partes del mundo, ya que tenemos “no solamente una historia gloriosa para recordar y contar, sino una gran historia que construir” (VC, 110). 

 “¡Qué bueno y hermoso es que los hermanos vivan unidos!” (Sal 133,1) 

6. Cuando los creyentes israelitas peregrinaban hacia el Templo de Jerusalén, cantaban con gozo agradecido la bondad y la hermosura de la vida en comunidad tanto en el ámbito familiar como nacional: “¡Qué bueno y hermoso es que los hermanos vivan unidos!” (Sal 133,1). Reunidos en Capítulo General hemos podido hacer una experiencia similar. Estos días han sido, en efecto, una rica experiencia de la fraternidad de la Orden como familia reunida en el nombre del Señor. A través de la oración en común, la convivencia y la reflexión, hemos podido experimentar entre nosotros, como un don del Espíritu, un fuerte dinamismo de comunión en lo esencial de nuestra vocación, y de aceptación y de convivencia en la necesaria diversidad que imponen las diferentes situaciones históricas y culturales.  

7. Una peculiaridad significativa de este Capítulo General ha sido la participación, por primera vez en nuestra historia, de un grupo significativo de hermanos de la Orden, y la presencia de diez presidentas de asociaciones o federaciones de nuestras hermanas las carmelitas descalzas y algunos miembros del Carmelo Seglar. Hemos querido así poner de manifiesto que todos formamos la única familia carmelitano teresiana. Convencidos de que uno de los caminos para revitalizar y hacer más efectivo el servicio que nuestro carisma puede prestar al mundo de hoy es el del diálogo y la colaboración entre los diversos componentes de nuestra familia, nos hemos escuchado unos a otros, enriqueciéndonos mutuamente, en el respeto a la singularidad de la propia vocación pero con un deseo profundo de colaboración y comunión fraterna. Como expresión de fidelidad a nuestro carisma, todos estamos llamados a continuar en esta dinámica de diálogo, apertura y colaboración recíproca. 

8. No debemos olvidar la ineludible tarea de construir y renovar continuamente nuestra vida comunitaria a la luz del ideal teresiano de ser comunidades verdaderamente fraternas, “dedicadas en modo particular al quehacer de la oración” (Const. OCD, 53), cercanas a la realidad y comprometidas en el anuncio de la buena nueva del reino en un mundo lacerado por la injusticia, la violencia y la muerte. Seamos dóciles al Espíritu y esforcémonos de corazón para que nuestras comunidades sean “lugares de esperanza y de descubrimiento de las Bienaventuranzas; lugares en que el amor, nutrido de la oración y principio de comunión, está llamado a convertirse en lógica de vida y fuente de alegría” (VC, 51). 

 “Una cosa pido al Señor. Esto es lo único que busco...” (Sal 27,4) 

9. El pueblo de la Biblia supo descubrir lo esencial, aquello que era imprescindible para su existencia como pueblo de Dios: su relación cercana y amorosa con el Dios de la vida. Es lo que los salmistas proclaman una y otra vez en sus oraciones como alimento imperecedero y núcleo fundamental de su vida de creyentes: “Tu amor vale más que la vida” (Sal 63,4); “sólo en Dios encuentro descanso, de él viene mi salvación” (Sal 62,1). También Jesús nos ha invitado a buscar continuamente lo esencial cuando nos dice: “Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás os vendrá por añadidura” (Mt 6,33). 

10. En las reflexiones y decisiones capitulares también a nosotros nos ha guiado el deseo de “volver a lo esencial” del evangelio, de la vida religiosa y de nuestro carisma carmelitano. Hemos buscado con gozo aquello que se encuentra a la raíz y que da sentido a nuestro ser y misión, no para anclarnos en el pasado o condenar el camino recorrido, sino para reorientar y revitalizar nuestro presente y nuestro futuro. Nos hemos percatado que muchas veces hemos vivido como Marta, “afanados y preocupados por muchas cosas”, cuando en realidad “una sola es necesaria” (Lc 10,41-42). 

11. Ser fieles a lo esencial del evangelio nos exige acoger continuamente el don del reino y seguir a Jesús en el hoy de nuestra historia, personal y comunitariamente, anunciando con nuestra vida y nuestra palabra “los cielos nuevos y la tierra nueva” (Ap 21,1), sembrando la esperanza y la alegría de la pascua del Señor en un mundo crucificado. Ser fieles a lo esencial de nuestra vocación de religiosos nos impone vivir con generosidad y radicalidad nuestra entrega total a Dios, que expresamos, según el modelo de la existencia histórica de Jesús, en una vida de pobreza, castidad y obediencia, viviendo en comunidad, sirviendo a los demás y testimoniando con esperanza los grandes valores del evangelio del reino. Ser fieles a lo esencial de nuestra vocación teresiano-sanjuanista implica ante todo una renovada toma de conciencia, fiel y creativa, de la peculiaridad del carisma que el Espíritu del Señor ha depositado en la Orden y en cada uno de sus miembros para el servicio del pueblo de Dios, y que resplandece en forma eminente en la vida y doctrina de Teresa de Jesús y Juan de la Cruz. 

12. Estamos llamados a vivir nuestro carisma con fidelidad dinámica a la inspiración originaria y a los grandes retos del mundo actual. Por eso no podremos ser fieles a lo esencial de nuestra vida y misión sin solidaridad con los hombres y mujeres de nuestro tiempo, si no nos colocamos en el corazón del mundo en diálogo con otras religiones y culturas y si no hacemos nuestros los anhelos y sufrimientos de la humanidad. Creemos firmemente que en cada ser humano y en cada grupo social hay una “séptima morada” muchas veces ignorada o despreciada. A la luz de nuestro patrimonio espiritual nos sentimos llamados a acompañar a los hombres y mujeres de hoy en la búsqueda de Dios y en la experiencia de su amor, tanto en los signos de esperanza y en los momentos de plenitud, como en las situaciones de oscuridad y ausencia, en los que Dios habla en el silencio y nos llama a luchar por la vida en medio de la muerte. 

13. En un mundo en donde las posibilidades de la ciencia y de la técnica no necesariamente favorecen la solidaridad y el respeto de los derechos de las personas y de las culturas, como carmelitas nos sentimos llamados a testimoniar el valor de la oración y de la contemplación, como diálogo de amistad con un Dios que nos ama y que “quiere que todos los hombres se salven” (1 Tim 2,4), como dinamismo que engendra vida y fraternidad y como camino de liberación. Debemos convertirnos en testigos y constructores de un mundo más humano, más justo y más fraterno, con la convicción teresiana de que “si no es naciendo de raíz del amor de Dios, que no llegaremos a tener con perfección el del prójimo” (5M 3,9) y que “mientras más en éste os viereis aprovechados, más lo estáis en el amor de Dios” (5M 3,8). 

 “Encomienda al Señor tu camino, confía en él, que él actuará” (Sal 37,5) 

14. El inicio de un nuevo sexenio nos exige renovar gozosamente el deseo de fidelidad al Señor viviendo con radicalidad nuestra propia vocación. Cada comunidad y cada uno de los miembros de la Orden deberá, según el lema del Capítulo, ponerse “en camino con Teresa de Jesús y Juan de la Cruz”. La fidelidad del Señor y las exigencias del mundo de hoy nos piden ponernos en camino, es decir, no contentarnos con lo que hemos conseguido, creer que podemos alcanzar nuevas metas, no tener miedo de reestructurar nuestras presencias y abrir nuevos caminos. Hagamos nuestras las palabras del profeta Habacuc: “El Señor es nuestra fuerza. Él da a nuestros pies la agilidad de la cierva y nos hace caminar por las alturas” (Hab 3,19); a través del contacto asiduo con la Palabra de Dios revivamos en nosotros la experiencia de los discípulos de Emaús, quienes sentían que ardía su corazón y renacía su esperanza mientras escuchaban la palabra de Jesús por el camino; no nos detengamos ante la debilidad humana o la fuerza del mal, sino que “procuremos ir comenzando siempre de bien en mejor” (F 29, 32), con fe inquebrantable en el Señor, como peregrinos de esperanza que sueñan y anticipan “una ciudad de sólidos cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios” (Hb 11,10). 

15. Que María, nuestra Madre y Hermana, ayude y acompañe a toda la Orden al inicio de este nuevo sexenio. Que Ella, que “nunca tuvo en su alma impresa forma de alguna criatura, ni por ella se movió, sino siempre su moción fue por el Espíritu Santo” (3S 2,10), nos alcance del Señor la gracia de mantener vivo y fecundo el carisma teresiano-sanjuanista en la Iglesia. Como la Santa Madre, que en Ávila al morir su madre, se encomendó a María, “suplicándole que fuese su madre” (V 1,7), también nosotros confiamos a su amor maternal la vida y la misión de la Orden, con el deseo de llegar a ser, al inicio del tercer milenio, auténticos profetas del Dios vivo al servicio de la humanidad.

Ávila, 18 de mayo 2003

 

    

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