1. En este primer encuentro con vosotros, Provinciales,
superiores y delegados de otras circunscripciones de la
Orden, me parece natural que exponga en primer lugar los
objetivos del Sexenio, tal como concibo personalmente y que
compartimos, si bien brevemente, al principio del
mandato en el Definitorio.
En un cierto sentido, esos objetivos se encuentran en el
documento capitular de Ávila: En camino con santa Teresa
de Jesús y san Juan de la Cruz. Volver a lo esencial
(2003). En efecto, ese documento llevado adelante en la
elaboración por el P. General y Definitorio precedentes y en
el que tuvo oportunidad de tomar parte la Orden con
sus aportaciones, fue aprobado por el Capítulo para
que fuera el documento base del nuevo sexenio para todos. Y
ello tanto en la parte doctrinal como en la práctica. En la
parte práctica, hay determinaciones que conciernen
directamente el Definitorio; pero está claro que todo
el documento, a diferentes niveles, es objeto de la
responsabilidad del gobierno general, que debe procurar
actuarlo.
Acerca de aquellas determinaciones especialmente relativas
al Definitorio nos ocuparemos después. Ahora me parece
importante ante todo llamar vuestra atención sobre dos
objetivos generales, que se podrían decir también
espirituales, en cuanto se refieren a la consecución de un
cierto espíritu, modo de ser, de sentir, vivir y actuar.
Esos dos objetivos generales son la Comunión y la
Experiencia de Dios como experiencia de la dignidad de la
persona humana.
I.
Comunión.
Sabemos que la conciencia actual de la Iglesia acerca sí
misma, es decir, su conciencia acerca del mensaje y la
realidad de Jesús, es la de ser comunión y crear comunión.
Conciencia expresada en la conocida frase de Juan Pablo II:
“Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión:
éste es el gran desafío que tenemos ante nosotros en el
milenio que comienza, si queremos ser fieles al designio de
Dios y responder también a las profundas esperanzas del
mundo” (NMI 43). De acuerdo con esta conciencia, la vida
religiosa se concibe en V.C. como signo de comunión en la
Iglesia. (Cap 2). “La vida fraterna quiere reflejar la
hondura y la riqueza de este misterio, configurándose como
espacio humano habitado por la Trinidad” (41). “Se pide a
las personas consagradas que sean verdaderamente expertas en
comunión, y que vivan la respectiva espiritualidad como
“testigos y artífices de aquel ‘proyecto comunión’ que
constituye la cima de la historia del hombre según Dios”
(46). “La Iglesia encomienda a las comunidades de vida
consagrada la particular tarea de fomentar la espiritualidad
de la comunión, ante todo en su interior y, además, en la
comunidad eclesial misma y más allá aún de sus confines,
entablando el diálogo de la caridad , sobre todo allí donde
el mundo de hoy está desgarrado por el odio étnico o las
locuras homicidas” (51).
Ciertamente, esta conciencia de nuestra fe cristiana
permanece en el fondo de nuestras opciones y decisiones.
Pues esta teología no puede quedar inerte sin que motive e
impulse nuestras ideas sobre la vida religiosa y sobre
nuestro quehacer.
Sin embargo, cuando hablo de la comunión como objetivo de
este sexenio, me refiero a algo particular.
La experiencia de estos dos años me ha confirmado en la
necesidad de un trabajo de comunión, que quisiera comunicar
ahora.
Hay dos motivos que justifican para mí esta necesidad. Uno
es motivo histórico, y el otro, actual.
1. Motivo histórico
Pertenece a nuestro común conocimiento general de la
historia de la Orden la gran divergencia que, después de la
muerte de nuestra santa Madre Teresa de Jesús, surgió
en la concepción de lo que entonces se llamaba el “espíritu”,
y hoy el carisma, del Carmelo Teresiano. Esta
divergencia, acerca de la cual caben matices y diversas
interpretaciones, personalmente creo fue una divergencia
finalmente espiritual, para expresar la profundidad de su
impacto humano y evangélico.
Para recordar e ilustrar la realidad y magnitud de la
divergencia, basta señalar el proceso y expulsión, y la
posterior negativa a la readmisión tras la rehabilitación
pontificia, del carmelita que de modo tan contundente la
Santa Madre Teresa consideró “cabal” a sus ojos, es decir,
entero, ideal: Jerónimo Gracián de la Madre de Dios.
Otro hecho decisivo de la diferencia fue la erección de la
Congregación Italiana, que tuvo lugar a continuación
del hecho mencionado anteriormente, en dos momentos 1597 y
1600. Así se constituyeron dos Congregaciones del
Carmelo de Teresa de Ávila, con constituciones diferentes,
con superiores diferentes y territorios de expansión
diferentes. La Congregación de España (de San José), que
aunque admitía el apostolado, tuvo como ideal la forma de
vida contemplativa, e intensificó el eremitismo, el
“encerramiento” y la observancia regular. La Congregación
Italiana, ya desde el principio (primeras Constituciones de
1599, ni impresas entonces) se abrió más claramente al
apostolado tanto constitucionalmente, como en la práctica. Y
en una en una rápida evolución, a impulsos del Papa,
reconoció carismáticamente las misiones.
Sin embargo, la mencionada divergencia espiritual en lo
profundo de los ánimos se la percibe aún más si tenemos en
cuenta que la misma Congregación Italiana que en sus
Constituciones y en la práctica daba notable cabida al
apostolado, como expresión de la caridad para con el
prójimo (como concebían las primeras constituciones), no
obstante, cuando el Papa Paulo V los quiso emplear en una
acción misionera directa, enviándoles a Persia, se sintió
obligada a reflexionar y decidir si las misiones pertenecían
al carisma del Carmelo (1603-4, 1605). Y más sorprendente
aún que, después de un compromiso y de un camino misional de
cerca de tres décadas, el Capítulo General de 1632,
presidido por el nuevo General que había sido misionero de
primera hora volviera a replantear y decidir la
pertenencia de las misiones al carisma carmelitano.
Seguramente influía la presión del modelo y de las razones
de la Congregación Española. Pero el hecho de que los
miembros mismos de la Congregación Italiana, que había
asumido ya teórica y prácticamente las misiones, con el
impulso y aval de los papas, sintieran de hecho la necesidad
de una nueva decisión oficial, muestra la grande divergencia
carismática existente y la desazón que ella creaba en los
ánimos, restando seguridad, vigor y gozo en la vocación.
Es conocido que el teórico de la Congregación Italiana
en la defensa de las misiones fue el Venerable Juan de Jesús
María, considerado con toda justicia como el formador de los
carmelitas en los comienzos de la Congregación y el escritor
místico y humanista modélico de la misma. No estaba solo,
naturalmente. Tanto en el Capítulo de 1605 como en el de
1632 los capitulares todos estaban dispuestos a renunciar
sus oficios e ir a las misiones, para expresar su convicción
y voluntad misionera. Pero las razones formuladas son suyas
, en sus varias obras. Sólo quiero recordar aquí el
argumento terminante para él: “O aprobamos el espíritu de la
Virgen y Madre nuestra Teresa, o no lo aprobamos; del mismo
modo, o la veneramos como fundadora, o no. Desee luego, no
aprobar su espíritu es pura temeridad; negar ser nuestra
fundadora , extrema ingratitud. Pues bien, siendo cosa
manifiesta que la bienaventurada Teresa deseó la obra de las
misiones más ardientemente que el mismo martirio, y que a
ese fin ordenó sus esfuerzos y oraciones, y los de su gente,
es decir, para que los que trabajaban en la conversión de
los herejes lo hiciesen con fruto, ¿quién podrá negar que su
intención fue realizar por medio de sus hijos, nuestros
frailes, lo que ella no podía hacer por medio de sus hijas?
(Tractatus, c.2, 11-12)
Este es el fondo de la argumentación que emplea el autor en
diferentes escritos, junto a otros argumentos de la
tradición carmelitana. Hay que notar aquí la novedad del
criterio carismático, que es el espíritu de la Madre
fundadora. Cosa para nosotros hoy, desde la conciencia
eclesial actual y su expresión en las constituciones, normal
y asumida. Sin embargo, entonces, la primero, Teresa de
Jesús no estaba ni siquiera beatificada, y aunque sus
escritos y fama a principio de del XVII había traspasado las
fronteras, no por todos era aceptada como criterio
propiamente carismático.
Como se sabe, la Congregación Española, como consecuencia de
avatares históricos, se extinguió al unirse con la
Congregación Italiana el año 1875. En adelante las
Constituciones únicas de la única Orden fueron las de la
Congregación Italiana, las aprobadas el año 1632, hasta el
Concilio Vaticano II.
Hoy tenemos las constituciones renovadas tras Vaticano
Segundo, que ciertamente constituyen una base
apropiada para la comunión de la Orden, en su profundidad
doctrinal y adaptabilidad inspiradora.
No obstante, la experiencia me sugiere que todavía tenemos
que avanzar en la comprensión y asimilación del carisma.
2. Motivo actual
El segundo motivo es la pluriformidad actual impuesta por la
extensión de la Orden y la diversidad de recepción del
carisma.
Nunca como hoy la Orden ha estado extendida en continentes,
lenguas y culturas diferentes. Ya esta realidad tiene que
condicionar la comprensión y la realización del carisma de
acuerdo a las culturas y sensibilidades. Sin embargo, hoy,
además de este hecho, tenemos la fragmentación cultural en
la percepción de los valores, hay una pluriformidad en los
modos de comprender los valores, en nuestro caso, del
carisma del Carmelo Teresiano.
No es un fenómeno completamente nuevo. Aun en las Provincias
que carismáticamente se sentían unidas había diversidad
entre un noviciado, una casa de estudios, un desierto, una
misión, un convento con iglesia de culto con diferentes
ocupaciones y tareas. Era un hecho que no todas las personas
podían encarnar de la misma forma el carisma, de acuerdo a
las situaciones. Hoy este hecho se ha agrandado, se ha
extendido. Y se ha transformado. En efecto, hay que
reconocer que en aquellas formas diferentes que hemos
mencionado del pasado, a pesar de cierta variedad en las
formas, se mantenía, a veces de modo no expreso, una cierta
forma ideal de vida común, que era el criterio y a la que
había que tender. Parece que hoy esta concepción de una
única forma ideal de vida carismática y de comunidad
propiamente no se da. Sino que, según las culturas y
sensibilidades, se perciben como valores distintas formas de
vida carismática. Por lo tanto, la diversidad no está
condicionada sólo por la circunstancia externa, sino que hay
una percepción diferente de los valores, por la que unas
formas determinadas se sienten expresión de un valor en unas
sensibilidades, y otras formas en otras sensibilidades.
Ciertamente, tenemos en cuenta que estas consideraciones
precisan de matizaciones. Porque nadie pretende que la
norma sea lo arbitrario y nadie quiere que cualquier cosa
valga por cualquier otra, y todo sea indiferente.
Precisamente, es necesario ponerse siempre ante los ojos la
búsqueda de lo auténtico evangélico y lo auténtico
carismático. Pero aun en su generalidad la mencionada
consideración tiene una validez como constatación de la
situación espiritual de hoy.
Por ello, la preocupación por la comunión tiene entre otras
cosas presente esta preocupación. Entre un pasado al que
hemos aludido sólo en realidad y que se presta a un
conocimiento y meditación más profunda, y una actualidad
culturalmente multiforme, sentirnos en verdad en comunión de
familia. Creo que para ello es esencial la comunión en el
alma. Cuando las formas son diferentes, la unión espiritual
resulta más decisiva.
3.¿ Cómo se logra, en el caso, esta comunión?
Nos sirve la comparación con la experiencia de la familia
humana normal. En ella la percepción de ser hermanos y
hermanas depende de la experiencia, de la conciencia
positiva de la familia, de la convivencia sólida y afectuosa,
fundante para la vida, con los mismos padres y entre los
hermanos. Esto crea la vinculación humano-espiritual de los
hermanos.
En nuestro caso, de modo semejante, la unión dinámica, la
comunión, el sentirnos hermanos y hermanas de una familia
carismática depende de nuestra convivencia con los mismos
padres. En el pasado la percepción de pertenecer a la misma
comunidad espiritual estaba facilitada y, de alguna forma,
asegurada por un esquema de vida común regulado. Las formas
externas comunes identificaban incluso anímicamente a los
grupos religiosos. El método de vida formaba parte de la
identidad. Existía, ciertamente, la relación interior
espiritual con los padres y las figuras de la historia
familiar. E incluso esa relación espiritual se concretaba en
tradiciones y devociones expresivas de la familia.
Sin embargo, hoy seguramente más que nunca, nos es
necesario el conocimiento amoroso de nuestros padres, la
familiaridad de su experiencia, vida y doctrina, no sólo
para inspirar nuestra vida espiritual personal, sino para
constituir la comunión entre nosotros, para constituirnos en
comunidad de hermanos. Más que nunca: por lo señalado
anteriormente sobre las diferencias culturales no sólo
geográficas, sino interiores, inter-sociales, diferencias de
sensibilidades religiosas, que apenas permiten identidades
externas comunes, métodos únicos universales. Se han
fragmentado las formas externas. Se trata por ello, de un
conocimiento vital, de una experiencia espiritual, no ante
todo de un conocimiento solo intelectual.
El carisma, las experiencias espirituales familiares, es una
realidad dinámica. Es una cultura espiritual que puede
crecer con la vida espiritualmente auténtica de la familia,
como un río con nuevas fuentes y afluentes. No cabe duda de
que figuras egregias de nuestra historia han enriquecido el
carisma, el espíritu familiar, el horizonte espiritual de
inspiraciones y posibilidades. Por ejemplo, Teresa de
Lisieux, o Edith Stein. No sólo los religiosos y religiosas
canonizadas o beatificadas, sino otros, que han abierto con
su visión y doctrina, o con su vida y acción campos y
posibilidades nuevas, que han sido creativos en sus vidas e
iniciativas. El conocimiento cordial de estas realidades
crea el espíritu familiar y la comunión. Y, a la vez, su
desconocimiento, reduce y empobrece nuestro horizonte actual.
Y, en general el conocimiento de lo que en la historia
aparece como auténtico, porque amplía el horizonte de lo
humano, la vitalidad y la profundidad, es hoy más importante
que nunca para revitalizar e intensificar la comunión.
Finalmente, el conocimiento suficiente de la realidad actual
de los hermanos y hermanas, de sus intentos y realizaciones,
es también importante para el sentido de la comunión en la
Orden. La familia sana es respetuosa, no se entromete ni
avasalla, pero se interesa, se alegra, o padece, y aprende
de los demás, sobre todo en una familia espiritual.
La pluriformidad actual puede ser, y es sin duda muchas
veces, una riqueza. Ello requiere que la diversidad
sea tal que se pueda experimentar como perteneciente a
nosotros mismos. Si nuestra mutua pertenencia ha de ser algo
más que nominal, tenemos que tomar en serio la comunión
dentro de la pluralidad.
4. Condiciones
A.La pluriformidad
Esto requiere que se admita la pluriformidad, y por tanto
que el Carmelo Teresiano es también un cuerpo con diferentes
miembros (como el cuerpo paulino), y que así contiene un
rica unidad, una comunión.
B. La identidad
Esta familia nuestra del Carmelo tiene una identidad,
un espíritu, unas características que resultan familiares a
los miembros.
Una característica es la actitud contemplativa, una
necesidad sentida de oración, no sólo teórica, sino
existencial, real, una inclinación natural (no la conciencia
de un deber, ante todo). Y como todos ellos se sienten
llamados, vocacionados de dentro, saben crear
connaturalmente unos medios y expresiones, y un cierto
ambiente adecuado allí donde están, en la circunstancia
diferente.
La fraternidad sencilla entre hermanos iguales es también
característica del Carmelo Teresiano. Aunque también se
evoquen los antiguos solitarios del Carmelo histórico, por
el aspecto de su búsqueda de la contemplación y por su
generosa capacidad de sacrificio, en el Carmelo
Teresiano se ha producido un novum: el estilo de hermandad y
recreación, porque constituyen juntos el pequeño colegio en
torno Cristo (¡este icono evangélico de santa Teresa, su
intuición teológica de nuestra vida religiosa!).
El amor y el servicio del Reino alimenta el Carmelo
Teresiano. Es la oración y la misión de Jesús: que venga el
Reino. Y por ello los carmelitas experimentan desde el
principio que esto era para santa Teresa su madre “la
inclinación” dada por el Señor (una vocación) tan ardiente
como su necesidad de la oración (entendida como dedicación).
Este sentido eclesial explícito, este sentir la humanidad en
las tinieblas exteriores (según la imaginaba) hasta producir
llanto y desconsuelo es marca de lo teresiano.
C. Las tres actitudes
Las actitudes deseables que señalo son a la vez condiciones
de una auténtica comunión, y son también fruto de una
relación adecuada con el carisma histórico, como aceptación
de la pluriformidad.
Actitud
positiva: ante lo nuevo, lo diferente, lo que puede
interpelar, tiende a percibir ante todo sus aspectos
de valor, y, en todo caso, se pregunta qué puede hacer
para dar una respuesta adecuada, de vivencia y de
comunicación evangélica. Se refiere tanto a la situación
social, cultural o eclesial, como también a la
vivencia diversificada del carisma carmelitano.
Actitud integradora:
Tiene el sentido de lo esencial y del auténtico valor, y el
sentido del conjunto, por lo que tiende a percibir que lo
diferente me completa, me enriquece, es lo que yo mismo
debería hacer, y hacen otros. Es el fruto completo que brota
de las raíces carmelitas. El espíritu integrador, por tanto,
es inclusivo, se ve realizado en campos y formas diferentes.
Afirma. Se le ensancha el horizonte.
Actitud creadora:
El que tiene esta percepción del carisma dispone de una
actitud creadora, de acuerdo a los nuevos tiempos y
geografías. No está obligado a repetir esquemas del pasado,
está abierto con toda verdad y autenticidad a las nuevas
encarnaciones, como también discierne entre las experiencias
del pasado. El pasado se convierte en vida, en cuanto
inspira, impulsa hacia una plenitud actual, con alegría y
con imaginación.
Dentro de estas actitudes y horizonte mental, si en verdad
tratamos de asimilar en nuestra formación (inicial y
permanente) aquel conocimiento amoroso y vital de nuestros
grandes testigos y de nuestros otros testigos, en cuanto
testigos de Jesús, yo creo que habremos reforzado de dentro
la comunión. Esta alma común es la necesaria hoy. Si tenemos
esta alma, en diferentes circunstancias, y de acuerdo
también a vocaciones más particulares, seremos capaces de
vivir inspirados verdaderamente por el carisma carmelitano
teresiano, y nos sentiremos unidos a otros carmelitas por el
fuerte espíritu interior.
II. La
experiencia de Dios como experiencia de la dignidad del
hombre
Lo mismo que el tema de la comunión, en el sentido amplio y
al mismo tiempo preciso que hemos referido, este tema no es
sólo un objetivo del sexenio sino un camino que profundidad
y de humanidad que hay que recorrer.
¿Qué se quiere decir? El Carmelo Teresiano es considerado,
de ningún modo exclusivamente, sí quizá de modo particular,
como un cierto lugar de la experiencia e Dios. Con esta
palabra nos referimos en general a la presencia, importancia
y experiencia de la oración que la tradición espiritual del
Carmelo ofrece en la Iglesia. Y dentro de la oración a la
específica experiencia de Dios, al Dios que aparece en los
grandes testigos del Carmelo, y a la relación de amistad, de
amor, y también de fe y esperanza contra toda esperanza y fe
contra toda fe (como en las noches tematizadas en el
Carmelo).
Ciertamente, como nuestras constituciones, y el documento de
Ávila recogen que el llevar a las personas a esta
experiencia de Dios, sobre todo por la oración, es una
misión natural de los carmelitas. Incluso se expresa ello,
en las mismas constituciones y el documento de Ávila, como
en otros documentos de la Orden, con el compromiso de una
pastoral especial de la espiritualidad.
Ahora sólo quisiera anotar que, precisamente por esto, hoy
más que nunca tal vez, es necesario siempre explicar
qué significa la experiencia de Dios (y por tanto la
relación con él, y así, también qué sea propiamente la
oración). Me refiero ahora a lo que apunta el título de este
apartado: la experiencia de Dios como experiencia de la
dignidad de la persona humana.
La auténtica (es decir, verdadera, y que ha sabido
expresarse adecuadamente) experiencia de Dios ha sido
necesariamente experiencia de la dignidad del hombre. No hay
ninguna dicotomía en Jesús, ninguna posibilidad en él.
Pero hablando de experiencia, y experiencia expresada,
tenemos precisamente en el Carmelo modelos de esta unidad.
Me gusta referirme a san Juan de la Cruz. Por ser
radicalmente dirigido a Dios, a la unión con él. Por ser tan
radicalmente teologal. En sus escritos, en las expresiones
de su andadura de que disponemos, hallamos que él no se
ocupa de mostrar la dignidad del hombre, sino de la unión de
la persona con Dios. Ciertamente, habría podido también
ocuparse de otros aspectos, de los que se ocupa la Iglesia,
y nosotros mismos.
Pero ocupándose verticalmente de la unión con Dios, hace una
mostración incomparable de la dignidad de la persona humana.
Sus escritos expresan no sólo a Dios, sino al hombre. Hasta
el punto de darse cuenta que algunos o muchos no lo creerán,
no crearán que eso sea posible, que el hombre sea tal, que
esté destinado a ello, eso tenga lugar. Por tanto, el lector
puede ser tan escéptico acerca de Dios como del hombre. El
hombre de san Juan de la Cruz se define por una unión de
amor con el infinito. El hombre de la psicología y la
sociología y de nuestra experiencia continua, parece que
poco o nada tiene que ver con ello. Para percibir, por
tanto, algo de la dignidad del hombre una fuente inigualable
son, por ejemplo, los escritos de san Juan de la Cruz.
Experiencia auténtica, hemos dicho. Hoy la diferencia está
en que esto hay que expresarlo explícitamente, tanto en la
vivencia propia personal y comunitaria, como en la
comunicación pastoral, de modo que no haya lugar a la
dicotomía. En ésta, la espiritualidad, la experiencia de
Dios, no habla del hombre concreto, del mundo, de la vida
real. De eso se ocuparían otras disciplinas, y otras mentes,
no la espiritualidad. Sin embargo, para nosotros ya, si no
hablamos del hombre concreto, tampoco hablamos de Dios (verdadero).
Por eso, el documento de Ávila proyecta con mucha propiedad:
“La dimensión oracional y contemplativa del Carmelo deberá
ser vivida y presentada como apertura a la trascendencia,
como fuente de compromiso y esperanza en los caminos de
transformación del mundo, como camino para un diálogo
ecuménico e interreligioso según las diversas situaciones
socio-culturales.(61). “Nuestras comunidades, centradas en
el absoluto de Dios, deberán ser escuelas de oración que
vayan transformando a sus miembros en verdaderos
contemplativos, capaces de descubrir a Dios presente en las
personas, en los acontecimientos, en lo positivo y en lo
negativo de la historia. Un Dios que nos cuestiona e
interpela” (65) “La vivencia y el testimonio de la
experiencia de Dios tendrán lugar en medio de los retos de
cada ambiente socio-cultural y eclesial. Hay que ayudar a
descubrir a Dios como fuente de plenitud, como liberador,
como el Dios de la esperanza, como Padre-Madre, como
alguien siempre cercano” (ib).
Por tanto, como ya sugieren estas referencias al documento
de Ávila, hoy la espiritualidad ha de descubrir la dignidad
de la persona humana con todas las consecuencias: tiene que
ser concreta, encarnada, histórica, material, individual y
social. Es la espiritualidad de la venida del Reino, la que
infunde y realiza Jesús en el evangelio. No podrá dejar de
ser peligrosa e incluso perseguida, en la misma medida en
que lo es el evangelio. Pues es necesariamente una
espiritualidad transformadora de la persona y de la sociedad
Es un camino seguramente largo, un camino que no termina
nunca en la vida. Por ello, como advertido al principio, más
que un objetivo del sexenio es un objetivo constante del
futuro. Es la conciencia de que la palabra sobre Dios y a
Dios se ha de llenar de verdadera humanidad concreta.
Pero vemos que es un objetivo necesario, y que debe ponerse
en claro como tal. Como, del resto, lo tiene que hacer
toda la Iglesia en relación a la comunicación del mensaje de
Jesús. No obstante, los carmelitas, herederos primeros de la
espiritualidad de particulares testigos, no podemos
eximirnos de este deber especial, que afecta en verdad al
alma de nuestra vivencia familiar.
III. La
formación
Si los dos objetivos que he mencionado son más bien
objetivos de largo alcance, un camino de futuro, para el
Definitorio presente un objetivo concreto e inmediato (aunque
también un largo camino de futuro) es la Formación. Lo
ha sido desde el principio, al plantear nuestras visitas y
los congresos y reuniones. Pero se ha confirmado como tal
con la experiencia de las visitas pastorales y fraternas y
el conocimiento mayor del estado de la Orden, de sus
esperanzas y problemas.
El tema de la formación está en relación con la comunión a
que me he referido, se relaciona con la concepción de la
oración y la espiritualidad y la misión de la Orden, y tiene
que ver con el problema de las salidas de la Orden, uno de
los dos temas de reflexión de este Definitorio
Extraordinario. No nos cabe duda de que la reflexión deberá
concluir en la convicción cada vez más profunda y perentoria
de la importancia decisiva de la formación. Formación
inicial y formación permanente, en la línea de Vita
Consecrata. Estamos contentos de la expansión de la
Orden, y aplicamos también nuestras fuerzas a ella. Pero aún
más importante, nos parece, si cabe, la formación de los que
son ya carmelitas. Formación personal y comunitaria. hemos
de tomar de nuevo con seriedad la afirmación conciliar de
que el futuro de la vida consagrada depende de la formación
de sus miembros. La experiencia la confirma de lleno.
Sólo quiero indicar aquí que la formación como asimilación
personal y comunitaria, además de manifestarse en sí misma
como decisiva, es también, al mismo tiempo, el
objetivo práctico inmediato donde desembocan los dos
primeros objetivos que hemos señalado.
Es cierto que por mucho que apuremos en los medios, no por
ello tenemos garantizado el éxito del futuro. Después de
todo, sólo podemos esperar en el Señor. Pero en todo caso,
la formación, la asimilación personal y comunitaria del
evangelio de Jesús, de la experiencia del Carmelo, la
respuesta personal y responsable a las nuevas situaciones,
todo esto ha de brotar de la formación, de un modo de ser
natural y familiar que ya apenas depende de las
circunstancias, sino que continúa siendo lo que es cada vez
desde dentro.
Santiago de Chile, 4 octubre 2005