“Llamados a conservar la unidad del Espíritu” (Ef. 4,3)
Los Provinciales y demás Superiores de las diversas
circunscripciones de nuestra Orden, reunidos del 3 al 12 de
octubre de 2005, en Definitorio Extraordinario con el
Prepósito General y los Definidores, en Santiago de Chile,
saludamos fraternalmente a los hermanos y hermanas del
Carmelo Teresiano.
Una experiencia de comunión
El Definitorio Extraordinario fue puesto bajo el patronato
de santa Teresa de Jesús de Los Andes, testigo de la
esperanza para el pueblo chileno y para el mundo de hoy en
búsqueda de sentido.
El domingo 9 de octubre, tuvimos la alegría de asociarnos a
la peregrinación de un gran número de personas en el
Santuario de nuestra hermana Teresa de Los Andes. Nuestro
Padre General presidió la Eucaristía. También tuvimos la
oportunidad de reunirnos con las Carmelitas del Monasterio,
compartimos con ellos nuestras esperanzas, y nos
sentimos agradecidos por la acogida que nos brindaron.
Nuestra Asamblea se caracterizó por la fuerte experiencia de
comunión que existe en la Orden. Precisamente los
participantes centramos la reflexión y el trabajo en torno a
este tema.
Un desafío: crecer en la comunión
Como realidad de la Iglesia, nuestra Orden está llamada a
vivir y a testimoniar cada vez más la comunión, para
poder ser signo de la participación de la comunidad humana
en la comunión Trinitaria (VC 41). Esta experiencia de la
comunión con Dios y de los unos con los otros, es un
objetivo de primera línea del presente sexenio (cf.
Relación del Padre General / 4 de octubre de 2005).
Esta comunión se basa en la unidad y se vive en la
pluralidad que se abarca la diversidad histórica,
geográfica, sociocultural y religiosa de nuestras
circunscripciones. Esto constituye la riqueza de la
familia carmelitana.
Es a partir de una clara identidad carmelitano-teresiana
como podemos enriquecernos mutuamente en la comunión y
dinamizar nuestra misión. La comunión en la vida cristiana y
religiosa es un Don del Espíritu antes de ser una
construcción humana porque tiene su origen en el amor de
Dios difundido por medio del Espíritu (cf. CIVCSVA, Vida
Fraterna en Comunidad, n. 8).
La comunión cristiana fluye de una relación de amistad de
Dios con el hombre y del hombre con Dios en Jesucristo.
Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz nos enseñan que
la experiencia verdadera de Dios es inseparablemente una
experiencia de la dignidad de la persona humana: “Pues,
el que no ama a su hermano, a quien ve, no es posible que
ame a Dios, a quien no ve” (1Jn 4,20).
Subsidiaridad y corresponsabilidad para la comunión
Para el mundo de hoy, nuestra vida consagrada está llamada a
ser el signo del amor solícito y liberador de Dios por su
pueblo que camina en la historia y sujeto a las pruebas del
tiempo presente. Esto, como nos lo dice la Iglesia, pasa por
una opción preferencial por los pobres y una promoción de la
justicia (VC. 82).
Basándonos en esta mística de la total gratuidad del don de
Dios y de la libre responsabilidad de la persona humana en
el plano personal y comunitario, emprendimos una reflexión
en torno a dos cuestiones: la primera concierne a la
animación de nuestras circunscripciones por el Provincial y
sus Consejeros. La segunda se refiere a las salidas de la
Orden, más particularmente en el caso de hermanos que acaban
de hacer la profesión solemne, de recibir la ordenación, o
los que se salen después de un cumplir un cierto número de
años del ministerio presbiteral.
Respecto a la primera cuestión, hemos subrayado la
importancia de la subsidiariedad y de la corresponsabilidad
en el interior de las circunscripciones. Al Provincial,
garante de la comunión, debe ser la memoria de lo que
cada uno de sus hermanos está llamado a vivir desde su
identidad. Según esta perspectiva, el servicio de la
autoridad será en primer lugar un servicio del amor,
desempeñado con sabiduría evangélica (cf. Const. 143; CIC
618-619; PC 14). Asimismo, animamos de modo especial a la
colaboración entre las provincias, de conformidad con las
modalidades que tienen en cuenta la situación concreta de
las regiones de la Orden.
En cuanto a la segunda cuestión, constatamos que las
dificultades con que tropiezan nuestros hermanos remiten al
problema de la estructuración y la transformación de la
persona en el camino de la vida consagrada. Por eso
colocamos la formación en el primer plano de nuestras
preocupaciones. La formación debe acompañar nuestra vida
religiosa en todas sus etapas. Se nos exige un
discernimiento renovado de nuestro seguimiento amoroso de
Cristo, según las exigencias de la libertad y de la
responsabilidad personales vividas en comunidad.
A partir de estas reflexiones hechas, exhortamos a la Orden
a que prosiga, de manera prioritaria el trabajo de la
formación permanente, a partir de la abnegación evangélica,
sobre la base de una “cultura vocacional”, que sea expresión
de la novedad continua del llamamiento que Dios en Cristo
dirige a cada uno, a lo largo de su vida.
Convicciones y orientaciones
Al final del Definitorio Extraordinario partimos de Chile
con las siguientes convicciones, que nos ofrecen
orientaciones renovadas para continuar nuestro camino de
vida consagrada dentro del Carmelo Teresiano:
1) Alimentar el amor a Jesucristo desde una “cultura
vocacional”, para seguirlo en las diferentes etapas de la
vida en donde Él siga siendo la opción fundamental de
nuestra vida consagrada.
2) Privilegiar la oración para llegar a una actitud
contemplativa que nos lleve a descubrir a Dios en todo y
para inculcar esta vida de oración en todos nuestros
apostolados.
3) En las comunidades, hay que favorecer la comunicación
fraterna de la experiencia de Dios para ayudarnos mutuamente
a ser fieles a nuestra vocación y a nuestra misión. El
conocimiento amoroso de nuestros Santos, especialmente Santa
Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, contribuirá de modo
especial a una profundización vital de nuestra identidad y a
la transmisión inculturada del carisma teresiano.
4) La necesidad de seguir favoreciendo la comunión en la
Orden a todos los niveles, respetando la unidad en la
diversidad, como fruto de la presencia de Dios.
5) Nuestra comunión se expresará en una colaboración para la
promoción de las vocaciones, la expansión y consolidación de
la Orden, la formación inicial y permanente, la economía y
para enfrentar los desafíos de cada región.
6) Como miembros de la Iglesia renovamos nuestro compromiso
misionero en la construcción del Reino, basado en la
justicia y la verdad, y concretizado en una opción
preferencial por los pobres que nos ayude a ser pobres.
7) En la línea del último Capítulo General hacer de nuestras
comunidades lugares de acogida y de fraternidad en las
diversas etapas de la vida. Para ello debemos usar los
medios adecuados para favorecer encuentros periódicos entre
los hermanos. Al mismo tiempo, “alentaremos la comunión
entre las diferentes casas y la amistad evangélica entre las
personas” (cf. Documento del Capítulo General, En camino
con Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, n. 59).
8) Conscientes de las diversas situaciones de dificultades
vocacionales, que la vida consagrada debe enfrentar en
el mundo de hoy, buscaremos juntos, por regiones, los medios
de discernimiento y la manera de ayudar a nuestros hermanos
con comprensión y caridad.
9) Prepararnos como Orden y Provincias a la celebración del
centenario de la muerte de la Beata Isabel de la Trinidad
para redescubrir y vivir la comunión trinitaria, fuente y
meta de nuestra comunión.
Como los Apóstoles, orando con María, la Madre de Jesús (Hch
1,14) queremos expresar nuestro agradecimiento al Vicariato
de Chile, a nuestras Hermanas Carmelitas Descalzas, al
Carmelo Seglar, y a toda la familia carmelitana. Renovamos
nuestra comunión con todos los hermanos y hermanas del mundo.