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JUAN PABLO II SUMO
PONTÍFICE L LA ESPERANZA DE CONSTRUIR (Spes aedificandi) un mundo más justo y más
digno del hombre, avivada por la espera del tercer milenio ya a las puertas, no puede
ignorar que los esfuerzos humanos de nada sirven si no están acompañados por la gracia
divina: « Si el Señor no construye la casa, en vano se afanan los constructores » (Sal
127 [1261, 1). Esto han de tenerlo en cuenta también todos aquellos que, en los últimos
años, se plantean el problema de remodelar Europa, con el fin de ayudar al Viejo
Continente a aprovechar la riqueza de su historia, alejarse de las tristes herencias
pasadas y así, con una originalidad radicada en sus mejores tradiciones, responder a las
exigencias del mundo que cambia. No cabe duda de que, en la compleja historia de Europa, el cristianismo representa un
elemento central y determinante, que se ha consolidado sobre la base firme de la herencia
clásica y de las numerosas aportaciones que han dado los diversos flujos étnicos y
culturales que se han sucedido a lo largo de los siglos. La fe cristiana ha plasmado la
cultura del Continente y se ha entrelazado indisolublemente con su historia, hasta el
punto de que ésta no se podría entender sin hacer referencia a las vicisitudes que han
caracterizado, primero, el largo periodo de la evangelización y, después, tantos siglos
en los que el cristianismo, aún en la dolorosa división entre Oriente y Occidente, se ha
afirmado como la religión de los europeos. También en el período moderno y
contemporáneo, cuando se ha ido fragmentando progresivamente la unidad religiosa, bien
por las posteriores divisiones entre los cristianos, bien por los procesos que han alejado
la cultura del horizonte de la fe, el papel de ésta ha seguido teniendo una relevancia
importante. El camino hacia el futuro no puede relegar este dato, y los cristianos están llamados
a tomar una nueva conciencia de todo ello para mostrar su capacidades permanentes. Tienen
el deber de ofrecer una contribución específica a la construcción de Europa, que será
tanto más válida y eficaz cuanto más capaces sean de renovarse a la luz del Evangelio.
De este modo se harán continuadores de esa larga historia de santidad que ha impregnado
las diversas regiones de Europa en el curso de estos dos milenios, en los cuales los
santos oficialmente reconocidos son, en realidad, los casos más destacados, propuestos
como modelo para todos. En efecto, son innumerables los cristianos que con su vida recta y
honesta, animada por el amor a Dios y al prójimo, han alcanzado en las más variadas
vocaciones, consagradas o laicas, una verdadera santidad, propagada por doquier, aunque de
manera oculta. 2. La Iglesia no tiene dudas de que precisamente este tesoro de santidad es el secreto de su pasado y la esperanza de su futuro. En él es donde mejor se expresa el don de la Redención, gracias al cual el hombre es rescatado del pecado y recibe la posibilidad de la vida nueva en Cristo. También en él, el Pueblo de Dios, peregrino en la historia, encuentra un apoyo incomparable, sintiéndose profundamente unido a la Iglesia gloriosa, que en el Cielo canta las alabanzas del Cordero (cf. Ap 7, 9-10) mientras intercede por la comunidad que aún camina en la tierra. Por ello, ya desde los tiempos más antiguos, los santos han sido considerados por el Pueblo de Dios corno protectores y, siguiendo una praxis peculiar que ciertamente no es extraña al influjo del Espíritu Santo, las Iglesias particulares, las regiones e incluso los Continentes se han confiado al particular patronazgo de algunos santos, a veces a petición de los fieles acogida por los Pastores 0, en otros casos, por iniciativa de los Pastores mismos. En esta perspectiva, al celebrarse la Segunda Asamblea especial para Europa del Sínodo
de los Obispos, en la inminencia del Gran jubileo del año 2000, me ha parecido que los
cristianos europeos, a la vez que viven con todos sus conciudadanos un cambio de época
rico de esperanza pero no exento a la vez de preocupaciones, pueden encontrar una ayuda
espiritual en la contemplación y la invocación de algunos santos que, en cierto modo,
son representativos de su historia. Por eso, tras las oportunas consultas, y completando
lo que hice el 31 de diciembre de 1980 al proclamar copatronos de Europa, junto a San
Benito, a dos santos del primer milenio, los hermanos Cirilo y Metodio, pioneros de la
evangelización de Oriente, he pensado integrar al grupo de los santos patronos tres
figuras igualmente emblemáticas de momentos cruciales de este segundo milenio que está
por concluir: Santa Brígida de Suecia, Santa Catalina de Siena y Santa Teresa
Benedicta de la Cruz. Tres grandes santas, tres mujeres que, en diversas épocas
-dos en el corazón del Medioevo y una en nuestro siglo- se han destacado por el amor
generoso a la Iglesia de Cristo y el testimonio dado de su Cruz. 3. Naturalmente, el panorama de la santidad es tan variado y rico que la elección de
nuevos patronos celestes podría haberse orientado hacia otras dignísimas figuras que
cada época y región pueden ofrecer. No obstante, considero particularmente significativa
la opción por esta santidad de rostro femenino, en el cuadro de la tendencia providencial
que, en la Iglesia y en la sociedad de nuestro tiempo, se ha venido afirmando con un
reconocimiento cada vez más claro de la dignidad y de la riqueza propias de la mujer. En realidad, la Iglesia, desde sus albores, no ha dejado de reconocer el papel y la
misión de la mujer, aún bajo la influencia, a veces, de los condicionamientos de una
cultura que no siempre la tenía en la debida consideración. Pero la comunidad cristiana
ha crecido cada vez más también en. este aspecto y a ello ha contribuido precisamente de
manera decisiva la presencia de la santidad. La figura de María, la « mujer ideal »,
Madre de Cristo y de la Iglesia, ha sido un impulso constante en este sentido. Pero
también la valentía de las mártires, que han afrontado con sorprendente fuerza de
ánimo los más crueles tormentos, el testimonio de las mujeres comprometidas con radical
ejemplaridad en la vida ascética, la dedicación cotidiana de tantas esposas y madres en
esa « iglesia doméstica » que es la familia, así como los carismas de tantas místicas
que han contribuido a la profundización de la teología, han ofrecido a la Iglesia una
indicación preciosa para comprender plenamente el designio de Dios sobre la mujer. Este
designio, por lo demás, se manifiesta inequívocamente ya en las páginas de la
Escritura, especialmente en el testimonio de la actitud de Jesús que nos ofrece el
Evangelio. En esta línea se coloca también la opción de declarar copatronas de Europa a
Santa Brígida de Suecia, Santa Catalina de Siena y Santa Teresa Benedicta de la
Cruz. Además, el motivo que ha orientado específicamente mi opción por estas tres santas
está en su vida misma. En efecto, su santidad se expresó en circunstancias históricas y
en el contexto de ámbitos « geográficos » que las hacen particularmente significativas
para el Continente europeo. Santa Brígida hace referencia al extremo norte de Europa,
donde el Continente casi se junta con las otras partes del mundo y de donde partió
teniendo a Roma por destino. Catalina de Siena es también conocida por el papel
desempeñado en un tiempo en el que el Sucesor de Pedro residía en Aviñón, poniendo
término a una labor espiritual ya comenzada por Brígida, al hacerse promotora del
retorno a su sede propia, junto a la tumba del Príncipe de los Apóstoles. Teresa
Benedicta de la Cruz, finalmente, recientemente canonizada, no sólo transcurrió la
propia existencia en diversos países de Europa, sino que con toda su vida de pensadora,
mística y mártir, lanzó como un puente entre sus raíces hebreas y la adhesión a
Cristo, moviéndose con segura intuición en el diálogo con el pensamiento filosófico
contemporáneo y, en fin, proclamando con el martirio las razones de Dios y del hombre en
la inmensa vergüenza de la « shoah ». Se ha convertido así en la expresión de una
peregrinación humana, cultural y religiosa que encarna el núcleo profundo de la tragedia
y de las esperanzas del Continente europeo. 4. La primera de estas tres grandes figuras, Brígida, nació en una familia aristocrática en 1303 en Finsta, en la región sueca de Uppland. Es conocida sobre todo corno mística y fundadora de la Orden del Smo. Salvador. Pero no se ha de olvidar que la primera parte de su vida fue la de una laica felizmente casada con un cristiano piadoso, con el que tuvo ocho hijos. Al proponerla como patrona de Europa, pretendo que la sientan cercana no solamente quienes han recibido la vocación a una vida de especial consagración, sino también aquellos que han sido llamados a las ocupaciones ordinarias de la vida laical en el mundo y, sobre todo, a la alta y difícil vocación de formar una familia cristiana. Sin dejarse seducir por las condiciones de bienestar de su clase social, vivió con su marido Ulf una experiencia de matrimonio en la que el amor conyugal se unía a la oración intensa, el estudio de la Sagrada Escritura, la mortificación y la caridad. juntos fundaron un pequeño hospital donde asistían frecuentemente a los enfermos. Brígida, además, solía servir personalmente a los pobres. Fue apreciada al mismo tiempo por sus dotes pedagógicas, que tuvo ocasión de desarrollar durante el tiempo en que se solicitaron sus servicios en la corte de Estocolmo. Esta experiencia hizo madurar los consejos que daría en diversas ocasiones a príncipes y soberanos para el correcto desempeño de sus tareas. Pero los primeros en ser beneficiados de ello fueron, como es obvio, sus propios hijos, y no es casualidad que una de sus hijas, Catalina, sea venerada como Santa. Este período de su vida familiar fue sólo una primera etapa. La peregrinación que
hizo con su marido Ulf a Roma y a Santiago de Compostela en 1341 cerró simbólicamente
esta fase, preparando a Brígida para la nueva vida que comenzó algún año después,
cuando, a la muerte de su esposo, oyó la voz de Cristo que le confiaba una nueva misión,
guiándola paso a paso con una serie de gracias místicas extraordinarias. 5. Brígida, dejando Suecia en 1349, se estableció en Roma, sede del Sucesor de Pedro.
El traslado a Italia fue una etapa decisiva para ampliar los horizontes de su mente y
corazón, no sólo geográficos y culturales, sino sobre todo espirituales. Muchos lugares
de Italia la vieron, aún peregrina, deseosa de venerar las reliquias de los santos. De
este modo visitó Milán, Pavía, Asís, Ortona, Bari, Benevento, Pozzuoli, Nápoles,
Salerno, Amalfi o el Santuario de San Miguel Arcángel en el Monte Gargano. La última
peregrinación, realizada entre 1371 y 1372, la llevó a cruzar el Mediterráneo, en
dirección a Tierra Santa, lo que la permitió abrazar espiritualmente, además de tantos
lugares sagrados de la Europa católica, las fuentes mismas del cristianismo en los
lugares santificados por la vida y la muerte del Redentor. En realidad, más aún que con este devoto peregrinar, Brígida se hizo partícipe de
la construcción de la comunidad eclesial con el sentido profundo del misterio de Cristo y
de la Iglesia, en un momento ciertamente crítico de su historia. En efecto, la íntima
unión con Cristo fue acompañada de especiales carismas y revelaciones, que hicieron de
ella un punto de referencia para muchas personas de la Iglesia de su tiempo. En Brígida
se observa la fuerza de la profecía. A veces, su tono parece un eco de aquel de los
antiguos profetas. Habla con seguridad a príncipes y pontífices, desvelando los
designios de Dios sobre los acontecimientos históricos. No escatima severas
amonestaciones también en lo referente a la reforma moral del pueblo cristiano y del
clero mismo (cf. Revelationes, IV, 49; cf. también IV, 5). Algunos aspectos de
su extraordinaria producción mística suscitaron en aquel tiempo dudas razonables, sobre
las que se realizó un discernimiento eclesial remitiéndose a la única revelación
pública, que tiene su plenitud en Cristo y su expresión normativa en la Sagrada
Escritura. En efecto, tampoco las experiencias de los grandes santos están exentas de los
límites inherentes a la recepción humana de la voz de Dios. No hay duda, sin embargo, de que al reconocer la santidad de Brígida, la Iglesia, aunque no se pronuncia sobre cada una de las revelaciones que tuvo, ha acogido la autenticidad global de su experiencia interior. Aparece así corno un testimonio significativo del lugar que puede tener en la Iglesia el carisma vivido en plena docilidad al Espíritu de Dios y en total conformidad con las exigencias de la comunión eclesial. Por eso, al haberse separado de la comunión plena con la sede de Roma las tierras escandinavas, patria de Brígida, durante las tristes vicisitudes del siglo XVI, la figura de la santa sueca representa un precioso « vínculo » ecuménico, reforzado también por el compromiso en este sentido llevado a cabo por su Orden. 6. Poco posterior es la otra gran figura de mujer, Santa Catalina de Siena, cuyo papel
en el desarrollo de la historia de la Iglesia y en la profundización doctrinal misma del
mensaje revelado ha obtenido significativos reconocimientos, que han llegado hasta la
atribución del título de Doctora de la Iglesia. . Nacida en Siena en 1347, fue favorecida desde la primera infancia por gracias
extraordinarias que la permitieron recorrer, sobre la vía espiritual trazada por Santo
Domingo, un rápido camino de perfección entre oración, austeridad y obras de caridad.
Tenía veinte años cuando Cristo le manifestó su predilección a través del símbolo
místico del anillo nupcial. Era la culminación de una intimidad madurada en lo escondido
y en la contemplación, gracias a su constante permanencia, incluso fuera de los muros del
monasterio, en aquella morada espiritual que ella gustaba llamar la « celda interior ».
El silencio de esta celda, haciéndola docilísima a las inspiraciones divinas, pudo
compaginarse bien pronto con una actividad apostólica que raya lo extraordinario. Muchos,
incluso clérigos, se reunieron en torno a ella como discípulos, reconociéndole el don
de una maternidad espiritual. Sus cartas se propagaron por Italia y hasta por Europa. En
efecto, la joven sienesa entró con paso seguro y palabras ardientes en el corazón de los
problemas eclesiales y sociales de su época. Catalina fue incansable en el empeño que puso en la solución de muchos conflictos que
laceraban la sociedad de su tiempo. Su obra pacificadora llegó a soberanos europeos como
Carlos V de Francia, Carlos de Durazzo, Isabel de Hungría, Luis el Grande de Hungría y
de Polonia y Juana de Nápoles. Fue significativa su actividad para reconciliar Florencia
con el Papa. Señalando a los contendientes a « Cristo crucificado y a María dulce »,
hacía ver que, para una sociedad inspirada en los valores cristianos, nunca podía darse
un motivo de contienda tan grave que hiciera preferir el recurso a la razón de las armas
en vez de las armas de la razón. 7. Catalina, no obstante, sabía bien que no se podía llegar con eficacia a esta
conclusión si antes no se forjaban los ánimos con el vigor del Evangelio. De aquí la
urgencia de la reforma de las costumbres, que ella proponía a todos sin excepción. A los
reyes les recordaba que no podían gobernar como si el reino fuese una « propiedad »
suya, sino que, conscientes de tener que rendir cuentas a Dios de la gestión del poder,
debían más bien asumir la tarea de mantener en él « la santa y verdadera justicia »,
haciéndose « padre de los pobres » (cf. Carta n. 235 al Rey de Francia). En
efecto, el ejercicio de la soberanía no podía disociarse del de la caridad, que es a la
vez alma de la vida personal y de la responsabilidad política (cf. Carta n. 357 al
Rey de Hungría). Con esta misma fuerza se dirigía a los eclesiásticos de todos los rangos para pedir
la más rigurosa coherencia en su vida y en su ministerio pastoral. Impresiona el tono
libre, vigoroso y tajante con el que amonesta a sacerdotes, obispos y cardenales. Era
preciso -decía- arrancar del jardín de la Iglesia las plantas podridas sustituyéndolas
con « plantas nuevas », frescas y fragantes. La santa sienesa, apoyándose en su
intimidad con Cristo, no tenía reparo en señalar con franqueza incluso al Pontífice
mismo, al cual amaba tiernamente como « dulce Cristo en la tierra », la voluntad de
Dios, que le imponía librarse de los titubeos dictados por la prudencia terrena y por los
intereses mundanos para regresar de Aviñón a Roma, junto a la tumba de Pedro. Con igual ardor, Catalina se esforzó después en evitar las divisiones que se
produjeron en la elección papal que sucedió a la muerte de Gregorio XI. También en
aquel episodio recurrió, una vez más, a las razones irrenunciables de la comunión. Esta
era el valor ideal supremo que había inspirado toda su vida, desviviéndose sin reserva
en favor de la Iglesia. Lo dirá ella misma a sus hijos espirituales en el lecho de
muerte: « Tened por cierto, queridos, que he dado la vida por la santa Iglesia » (Beato
Ramón de Capua, Vida de Santa Catalina de Siena, Lib. III, c. IV). 8. Con Edith Stein -Santa Teresa Benedicta de la Cruz- nos encontramos en un
ambiente sociocultural completamente distinto. En efecto, ella nos introduce en el
corazón de nuestro siglo convulso, señalando las esperanzas que ha despertado, pero
también las contradicciones y los fracasos que lo han caracterizado. Edith no proviene,
como Brígida y Catalina, de una familia cristiana. En ella, todo expresa el tormento de
la búsqueda y la fatiga de la « peregrinación » existencial. Aún después de haber
alcanzado la verdad en la paz de la vida contemplativa, debió vivir a hasta el fondo el
misterio de la Cruz. Había nacido en 1891, en una familia judía de Breslau, por entonces
territorio alemán. El interés desarrollado por la filosofía y el abandono de la
práctica religiosa a la que, no obstante, había sido iniciada por su madre, más que un
camino de santidad hacían presagiar una vida bajo el signo del puro « racionalismo ».
Pero la gracia la esperaba precisamente en las sinuosidades del pensamiento filosófico:
orientada en la línea de la corriente fenomenológica, supo tomar de ella la exigencia de
una realidad objetiva que, lejos de terminar en el sujeto, lo precede y establece el grado
de conocimiento, debiendo ser examinada con un riguroso esfuerzo de objetividad. Es
preciso ponerse a la escucha de la realidad, captándola sobre todo en el ser humano por
esa capacidad de « empatía » -palabra que tanto le gustaba- que permite en cierta
medida hacer propia la experiencia del otro (cf. E. Stein, El problema de la
empatía). En esta tensión de la escucha fue donde ella se encontró, por un lado, con los testimonios de la experiencia espiritual cristiana ofrecidos por Santa Teresa de Jesús y otros grandes místicos, de los cuales se convirtió en discípula e imitadora, y por otro, con la antigua tradición del pensamiento cristiano consolidada en el tomismo. Por este camino llegó primero al bautismo y después a la opción por la vida contemplativa en la Orden carmelita. Todo se desarrolló en el marco de un itinerario existencial más bien convulso, marcado, además de por la búsqueda interior, por el compromiso de estudio y de enseñanza que desempeñó con admirable dedicación. Para su tiempo, es particularmente apreciable su militancia en favor de la promoción social de la mujer, y resultan verdaderamente penetrantes las páginas en las que ha explorado la riqueza de la feminidad y la misión de la mujer desde el punto de vista humano y religioso (cf. E. Stein, La mujer. Su misión según la naturaleza y la gracia). 9. El encuentro con el cristianismo no la llevó a renegar de sus raíces
judías, sino que más bien se las hizo redescubrir en plenitud. No obstante, esto no la
libró de la incomprensión por parte de sus familiares. El desacuerdo de la madre, sobre
todo, le causó un dolor indecible. En realidad, todo su camino de perfección cristiana
se desarrolló bajo el signo, no sólo de la solidaridad humana con su pueblo de origen,
sino también de una auténtica participación espiritual en la vocación de los hijos de
Abraham, marcados por el misterio de la elección y de los « dones irrevocables » de
Dios (cf. Rm 11, 29). En particular, Edith hizo suyo el sufrimiento del pueblo judío a medida que
éste se agudizó en la feroz persecución nazi, que sigue siendo, junto a otras graves
expresiones del totalitarismo, una de las manchas más negras y vergonzosas de la Europa
de nuestro siglo. Sintió entonces que en el exterminio sistemático de los judíos se
cargaba la cruz de Cristo sobre su pueblo, y vivió como una participación personal en
ella su deportación y ejecución en el tristemente famoso campo de Auschwzitz-Birkenau.
Su grito se funde con el de todas las víctimas de aquella inmensa tragedia, pero unido al
grito de Cristo que asegura al sufrimiento humano una misteriosa y perenne fecundidad. Su
imagen de santidad queda para siempre vinculada al drama de su muerte violenta, junto a la
de tantos otros que la padecieron con ella. Y permanece como anuncio del evangelio de la
Cruz, con el que quiso identificarse en su mismo nombre de religiosa. Contemplamos hoy a Teresa Benedicta de la Cruz reconociendo en su testimonio de
victima inocente, por una parte, la imitación del Cordero inmolado y la protesta contra
todas las violaciones de los derechos fundamentales de la persona y, por otra, una señal
de ese renovado encuentro entre hebreos y cristianos que, en la línea deseada por el
Concilio Vaticano Il, está conociendo una prometedora fase de apertura recíproca.
Declarar hoy a Edith Stein copatrona de Europa, significa poner en el horizonte del viejo
Continente una bandera de respeto, de tolerancia y de acogida que invita a hombres y
mujeres a comprenderse y a aceptarse, más allá de las diversidades étnicas, culturales
y religiosas, para formar una sociedad verdaderamente fraterna. 10. «Crezca, pues, Europa! Crezca corno Europa del espíritu, en la línea de
su mejor historia, que precisamente tiene en la santidad su más alta expresión. La
unidad del Continente, que está madurando progresivamente en las conciencias y
definiéndose cada vez más netamente también en el ámbito político, implica
ciertamente una perspectiva de gran esperanza. Los europeos están llamados a dejar atrás
definitivamente las rivalidades históricas que han convertido frecuentemente su
Continente en teatro de guerras devastadoras. Al mismo tiempo, deben esforzarse por crear
las condiciones de una mayor cohesión y colaboración entre los pueblos. Tienen ante sí
el gran desafío de construir una cultura y una ética de la unidad, sin las cuales
cualquier política de la unidad está destinada a naufragar antes o después. Para edificar la nueva Europa sobre bases sólidas, no basta ciertamente
apoyarse en los meros intereses económicos, que si una veces aglutinan, otras dividen,
sino que es necesario hacer hincapié más bien sobre los valores auténticos, que tienen
su fundamento en la ley moral universal, inscrita en el corazón de cada hombre. Una
Europa que confundiera el valor de la tolerancia y del respeto universal con el
indiferentismo ético y el escepticismo sobre los valores irrenunciables, se embarcaría
en una de las más arriesgadas aventuras y, más tarde o más temprano, vería retornar
bajo nuevas formas los espectros más temibles de su historia. El papel del cristianismo, que indica incansablemente el horizonte ideal, se
presenta una vez más como vital para evitar esta amenaza. También a la luz de los
múltiples puntos de encuentro con otras religiones, reconocido por el Concilio Vaticano
Il (cf. Decr. Nostra aetate), se ha de subrayar con fuerza que la apertura al
Trascendente es una dimensión vital de la existencia. Por tanto, es esencial un renovado
compromiso de testimonio por parte de todos los cristianos presentes en las diversas
Naciones del Continente. Ellos son los que han de alimentar la esperanza de una salvación
plena, mediante el anuncio que les es propio, el del Evangelio, esto es, la « buena
noticia » de que Dios se ha hecho cercano a nosotros y, en el Hijo Jesucristo, nos ha
ofrecido la redención y la plenitud de la vida divina. Por el Espíritu Santo que nos ha
sido dado, nosotros podemos elevar a Dios nuestra mirada e invocarlo con el dulce nombre
de « Abba », «!Padre! (cf. Rm. 8, 15; Ga 4, 6). 11. Precisamente este anuncio de esperanza es lo que he querido afianzar al indicar, en
perspectiva « europea », una renovada devoción a estas tres grandes figuras de mujer
que, en épocas diversas, han dado una aportación tan significativa, no sólo para el
crecimiento de la Iglesia, sino también de la sociedad misma. Por esa comunión de los santos que une misteriosamente la Iglesia terrena con la celeste, ellas se hacen cargo de nosotros en su perenne intercesión ante el trono de Dios. Al mismo tiempo, la invocación más intensa y la referencia más asidua y atenta a sus palabras y ejemplos despertarán en nosotros una conciencia más aguda de nuestra común vocación a la santidad, moviéndonos a consecuentes propósitos de un compromiso más generoso. Por tanto, después de una madura consideración, en virtud de mi potestad apostólica,
establezco y declaro copatronas celestes de toda Europa ante Dios a Santa Brígida de
Suecia, Santa Catalina de Siena y Santa Teresa Benedicta de la Cruz,
concediendo todos los honores y privilegios litúrgicos que les competen según el derecho
de los patronos principales del lugar. Gloria a la Santísima Trinidad, que refulge de manera singular en sus vidas y en la
vida de todos los santos. Que la paz esté con los hombres de buena voluntad, en Europa y
en el mundo entero. Roma, junto a San Pedro, el día 1 de octubre del año 1999, vigésimo primero de Pontificado. |