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SYMPOSIUM INTERNATIONAL
EDITH STEIN
Roma- Teresianum 1998

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by
Ezequiel García Rojo  

EL SIGLO XX A LA LUZ DE EDITH STEIN

Edith Stein protagonista histórico Edith Stein en el siglo XX
 
   A la hora de aproximarnos a un personaje histórico, para que el intento goce de cierta garantía, se requiere una determinada lejanía, capaz de subsanar posibles afecciones, prejuicios o subjetivismos personales. Es la distancia cronológica lo que hace posible el tratamiento histórico de los acontecimientos; pero cuando esta condición no se cumple del todo, porque el sujeto en cuestión está todavía cercano, lo que en principio podría considerarse una ventaja, a la postre viene a ser una dificultad. Aún resuenan los ecos del primer centenario del nacimiento de Edith Stein (1891-1991); por tanto, nos hallamos ante una figura próxima, sin la distancia prudente para un estudio más sereno y con menos carga de afecto y subjetividad. Por otra parte, y atendiendo al título, el siglo XX aun no nos ha dicho adiós, estamos inmersos en él; por eso cualquier juicio sobre el mismo siempre llevará el carácter de la provisionalidad. Todo ello da a entender que nos encontramos ante una falta de perspectiva adecuada que facilite el tratamiento garantizado de un estudio sobre Edith Stein en el siglo que se acaba. 

Edith Stein (1891-1942) pertenece de lleno al siglo XX, y no tanto porque las fechas de nacimiento y muerte así lo avalan, sino también porque ella misma se identificó con el discurrir de los eventos habidos en él. Leyendo sus textos autobiográficos, Estrellas amarillas o la dilatada correspondencia, salta a la vista la intensidad personal con la que esta mujer vivía cuanto acontecía en su tiempo y a su alrededor. Sorprende al atento lector el que la autora siempre sea consciente de qué lugar está ocupando y en qué momento de la historia se halla. Esto tiene la ventaja añadida de que hojeando las páginas biográficas steinianas, además de asomarnos al mundo personal de Edith Stein, a la par se asiste a un ver pasar por las mismas los acontecimientos decisivos de la historia alemana y europea, y hasta mundial, acaecidos en la primera mitad del siglo XX. Ciertamente que Edith Stein posee por naturaleza la habilidad de un espíritu historiador, describe con soltura y lucidez personas y situaciones que le salen al paso, explica hechos y recuerdos con sorprendente maestría, tiene facilidad para prestar atención a los sucesos históricos y además sabe interpretarlos a la luz de un sentido que va más allá de lo meramente puntual y circunstancial. A medida que en sus relatos desgrana su evolución personal, se van insertando en perfecta armonía los asuntos sociales y políticos, dando lugar a una perfecta simbiosis; marchan a la par lo familiar y lo nacional, lo íntimo y lo público, con lo que el texto sale enriquecido, resultando más comprensible. Buena parte de la historia alemana del siglo XX puede seguirse a partir de los relatos autobiográficos steinianos; eso sí, es la historia vivida desde dentro por una alemana, y que no siempre aparece en los libros oficiales. 

Estas premisas nos llevan a acometer la tarea señalando dos partes distintas pero complementarias en el tema que nos ocupa. La primera trata de ver dónde se sitúa Edith Stein misma en el siglo XX; es decir, cómo afrontó ella las vicisitudes históricas de las que fue testigo directa o indirectamente; con otras palabras: se intenta contemplar a Edith Stein como protagonista histórico, como hacedor involucrado de pleno en el devenir de la historia contemporánea. El segundo apartado pretende mostrar dónde hemos de situar nosotros a Edith Stein dentro del discurrir del siglo XX; en definitiva, es destacar las referencias y conexiones que encuadran a este personaje en el complejo panorama de nuestra centuria. Ambas partes se aclaran y se enriquecen mutuamente. Quizá sea este proceder una buena clave interpretativa de un desconcertante siglo XX; seguramente que la figura singular de Edith Stein arroja luz para una mejor comprensión, con lo que todos saldremos beneficiados. 

1. Edith Stein protagonista histórico. 

La entera existencia de Edith Stein rezuma pasión e intensidad; no obstante, puede constatarse períodos singularmente significativos, que ponen mejor al descubierto en toda su originalidad el espíritu peculiar del sujeto en cuestión. Uno de esos momentos claves, y que de alguna manera condiciona, orienta y explica el devenir un tanto sorpresivo de esta mujer, es la etapa juvenil (más o menos desde los 17 a los 25 a½os, de 1908 a 1916). Es entonces cuando, pasada ya la crisis de la adolescencia, toma decidida las riendas de su existir para configurar, a partir de su rico mundo interior y de los materiales circundantes que aparecen en su camino, una personalidad bien definida que no la abandonará para el resto de los a½os. 

1.1 Espíritu abierto 

Es a esta edad cuando se sacude los prejuicios y tutelas, los miedos y encogimientos, que de manera notoria habían dominado su infancia y adolescencia. Y, cosa curiosa, a partir de ahora la felicidad hace acto de presencia y comienza a sentirse a gusto consigo misma. Todos sus anhelos y esfuerzos colaboran al unísono en los objetivos señalados. Por fin puede dar rienda suelta a esa fuerza interior que se resiste a permanecer por más tiempo recluida y desaprovechada. El mundo intelectual se constituirá en el foco aglutinador de sueños y proyectos, de decisiones, de cambios, de pesares y de ilusiones, etc. Cuando la joven Edith Stein, tras la interrupción escolar por el desconcierto de la adolescencia, regresa a los estudios, recordará este tiempo, en expresión suya, Acomo la primera época verdaderamente feliz de mi vida. Esto se debía a que por primera vez también estuvieron mis energías espirituales completamente polarizadas en un objetivo que me llenaba@. Como norma general las satisfacciones mayores le vendrán por la vertiente intelectual; es su ambiente, su atmósfera natural; en este campo ve su puesto, no contemplándose otras alternativas. El relato de la etapa estudiantil y universitaria está salpicado de expresiones delatoras de esta sintonía casi perfecta de Edith Stein con el mundo de la cultura, y que no se verá disturbada por más ruidos que hagan los avatares de la historia. Por citar un ejemplo referido a los años 1914-1915 que confirme esta valoración: AA pesar de las agobiantes preocupaciones de la guerra -escribe en sus memorias-, aquel invierno fue el tiempo más feliz de mi estancia como estudiante en Göttingen@. 

A estas alturas de su vida, Edith Stein cree tener claro cual es su puesto en la historia de su tiempo, y como observadora atenta advierte la situación del mundo que le rodea; el familiar, el estatal, y hasta el europeo y mundial. Ha iniciado el despliegue de sus afinadas antenas, con lo que el campo de acción es muy amplio, resultando fácil detectar la situación de las novedades respecto al centro receptor. Si esta mujer emprendedora concibe algo claro y convincente, ahora como en épocas posteriores, no hay fuerza mayor que se le resista. Llama la atención, leyendo la autobiografía steiniana, las ocasiones múltiples en las que le ha tocado adoptar decisiones arriesgadas, desconcertantes, incluso para quienes la tratan más de cerca. Desde pequeña consideró un deber ineludible no plegarse a nadie y obrar siempre con entera libertad; y es que Auna vez que algo subía a la clara luz de la conciencia y tomaba firme forma racional nada podía detenerme@, son palabras suyas. Al paso que se avanza en la lectura de los textos parece como si la autora ya desde edad temprana fuera consciente del puesto y destino personales en el convulsionado devenir del siglo XX. 

De manera evidente se percibe su alergia a lo cerrado, a las estrecheces, a lo apocado, no le van los reducionismo; es más bien partidaria de miradas amplias, de horizontes abiertos, de proyectos a largo plazo, de consideraciones históricas. Estimulada por una especie de instinto natural, esta despierta mujer posee un modo peculiar de contemplar cosas, personas y acontecimientos; de preferencia opta por lo abierto, por el campo de dilatados horizontes; en las marchas su elección se orienta hacia las montañas para gozar de mirada amplia a la vez que profunda; en sus excursiones le atrae lo nuevo, lo desconocido, el riesgo, lo que está más allá. Edith Stein posee un espíritu fuertemente oxigenado en búsqueda constante; resulta por ello natural su inclinación y pasión por la filosofía, como terreno idóneo para llevar a plenitud sus aspiraciones universalistas, donde los otros, lo comunitario, juegan un papel determinante. La filosofía, con su perspectiva de totalidad, se le antoja como el saber a seguir (para sorpresa de los más allegados). Sus esquemas mentales sobrepasan los férreos límites de familia, raza y nación. 

A colaborar en la tarea vendrán las lecciones de historia impartidas por el profesor Max Lehmann en la universidad de Göttingen: AMe gustaba -refiere la autora- su manera de pensar, de dimensiones europeas, heredada de su gran maestro Ranke, y me sentía orgullosa de ser una discípula-nieta del gran historiador@. Con relativa frecuencia aparece una y otra vez su aplicación a esta asignatura; hasta tal punto que su maestro Edmund Husserl, un tanto celoso, temía que su alumna prefiriese el doctorado en historia en lugar de en filosofía. La afición por el saber histórico no se reduce al ámbito escolar o al mero trámite académico; hunde sus raíces, por el contrario, en la firme convicción de que la historia es algo vivo, algo que se está haciendo ahora y de lo que cada uno es responsable. Con otras palabras: Edith Stein se considera a sí misma protagonista histórico de la Europa del siglo XX. Detrás de cada acontecimiento están sujetos humanos que lo sostienen y explican, aspirando a unirse conscientemente a ellos. 

A medida que la joven universitaria analiza los textos, advierte que la historia no puede ser sólo lanzar la mirada a un pasado inmortalizado en las páginas de los libros; la historia no es tanto conocer cuanto participar activamente en el presente. En la concepción steiniana la marcha de la historia no es algo que se impone sin más, un sino ineludible, antes que nada es un quehacer cuya responsabilidad compete a todos, quieran o no. Por activa o por pasiva todo sujeto está implicado en el devenir histórico. Edith Stein optó por ser actor, protagonista, en lugar de dejar pasar los acontecimientos en actitud fatalista. Llama la atención el que las preferencias intelectuales de esta joven -cuando entre los judíos el aspecto pragmático tiene fuerza resolutiva-, se orienten hacia ciencias teóricas (psicología, filosofía, historia...); mas esto no debe llevarnos a engaño. Edith Stein vivía atenta a la realidad, y si elige estas materias es porque detrás se esconden intereses prácticos, como son las cuestiones vitales que todo ser humano se plantea. Lo dicho vale también para la ciencia histórica, ya que según ella, Aeste amor por la historia no era en mí un simple sumergirme romántico en el pasado. Iba unido estrechamente a una participación apasionada en los sucesos políticos del presente, como historia que se está haciendo@. Y sabemos las consecuencias que se derivan en esta mujer cuando se decide por algo. De aquí que la visión que del siglo XX nos ofrece Edith Stein lleva la impronta de sujeto comprometido con la misma, atento a cuanto sucede más allá del reducido círculo individual. Exponente de la atención prestada a la historia presente será, por ejemplo, la lectura regular de periódicos, y además liberales. Así pues, la filosofía y la historia se aliarán a la hora de concebir Edith Stein su cosmovisión, su Weltanschauung, en la que ella misma queda comprendida. 

Pronto advirtió el peligro que encierran las miradas unilaterales y los raquitismos intelectuales o el solipsismo; si asoman dichos momentos en su mundo, automáticamente se ponen en guardia los resortes de Edith Stein advirtiendo de las consecuencias no deseadas. Después de todo, si la filosofía es ese saber con mirada universal, dentro de la misma la universitaria intuye que en la modalidad fenomenológica se encuentra el proceder más idóneo para salir de su yo a la par que acceder a los otros, para liberarse del restringido egoísmo y asomarse al ancho mundo de la intersubjetividad. Resulta curioso notar el talante que dominaba en los discípulos de Edmund Husserl, con su ambiente de familia y de confianza sincera, dispuestos siempre a compartir proyectos; muy distinto si se compara con el espíritu encogido y desconfiado de los estudiantes de psicología contemporáneos de Edith Stein. ANosotros, los fenomenólogos -refiere ella misma-, nos reíamos de todo este secreto y nos sentíamos satisfechos de nuestro libre intercambio de ideas. No teníamos ningún miedo a que uno pudiera atrapar las conclusiones de otro@. Así va Edith Stein por la vida, así va configurando su pensar, y desde esta plataforma contempla el mundo de su tiempo, el de la primera mitad del siglo XX. 

El mundo y el tiempo en el que Edith Stein se desenvuelve, en el que se sitúa conscientemente y que a la vez analiza, tiene de preferencia un nombre propio: la Alemania de las guerras y entreguerras, convertida por entonces en el epicentro que hará temblar a Europa y parte del mundo. Es el periodo en el que el viejo continente, recalentado en sus entrañas, terminará por arrojar auténtico fuego arrasador, cuyas consecuencias inmediatas fueron millones de muertos, paisajes desoladores, fronteras artificiales, horizontes nuevos y un trazo de la historia europea a estrenar. En medio de estas vicisitudes, y a pesar de ellas, Edith Stein no renunciará jamás a considerarse alemana; más bien al contrario, se siente insertada de pleno derecho en el devenir de esta nación, conservando siempre muy vivo el deber de agradecer los beneficios que de ello se derivan. En consonancia con el espíritu ético de este mujer, confesará: AAl lado de las convicciones puramente teóricas nació, como personal motivo, un profundo agradecimiento para con el Estado que me había dado el derecho de ciudadanía académica y con ello la libre entrada a las ciencias del espíritu de la humanidad@. Edith Stein unirá, por tanto, su destino al de la Alemania de nuestro siglo, y por extensión a la Europa contemporánea. Esto no será óbice para que con el paso del tiempo, sin renunciar al destino citado, se identifique con otro: con el del pueblo judío, y por conversión, con el de la Iglesia católica. Una buena muestra de la no exclusión de ambos destinos, puede comprobarse leyendo el curriculum que Edith Stein misma aporta en la presentación y publicación de su tesis doctoral; en él se tropieza con esta afirmación: ASoy ciudadana prusiana y judía@. 

Para advertir cómo interpreta Edith Stein el devenir histórico y en qué instante del siglo XX se halla por entonces, baste con leer la excelente carta dirigida a su hermana Erna el 6 de julio de 1918. Han pasado cuatro años de guerra, el final parece no llegar (en un principio se pensaba que sería cosa de unos meses) y el desencanto va dejando huella también en los componentes de la familia. A este oscuro panorama que parece dominar a los suyos, la joven filósofa opone su Weltanschauung, su visión del proceso histórico (un tanto hegeliano), donde lo que importa es el todo y el final, que es lo que da sentido a lo particular y a los instantes precedentes. Dice entre otras cosas la carta: 

Freiburg, 6.7.1918 

Mi querida Erna: 

.... Me duele mucho encontrar en ti y en Rose expresiones tan pesimistas. Gustosamente quisiera transmitiros algo de lo que a mí, después de cada nuevo golpe, me da nueva energía. Solo puedo deciros que, después de cuanto he aguantado en el último año, doy un sí a la vida con más decisión que nunca. Te envío un artículo de Rathenau para que veas que sobre las perspectivas de la guerra otras personas piensan poco más o menos como yo. Ciertamente, a veces creo que hay que hacerse a la idea de que una no va a ver el fin de la guerra. Aún entonces no hay que desesperarse. Lo que hay que hacer es no limitarse únicamente al trocito de vida que abarca nuestra vista, y mucho menos a aquello que clarísimamente está en la superficie. Es muy seguro que nos encontramos en un punto crítico dentro del desarrollo del espíritu humano, y no hay que quejarse si la crisis dura más de lo que cada uno en particular desearía. Todo lo que ahora es tan horrible, y que yo, desde luego, no quiero disimular, es el espíritu que debe ser superado. Pues el nuevo espíritu está ya ahí y, sin lugar a dudas, terminará por imponerse. Lo tenemos muy patente en la filosofía y en los inicios del nuevo arte: el expresionismo... Lo bueno y lo malo, el conocimiento y el error están mezclados en todas partes, y cada uno ve en sí mismo sólo lo positivo y en los demás sólo lo negativo, trátese de pueblos como de partidos. Esto desencadena una espantosa confusión, y quién sabe cuándo aparecerá otra vez algo de calma y claridad. En todo caso, la vida es demasiado complicada como para poder arremeter contra ella con un plan de mejora del mundo, por bien pensado que esté, y como para poder imponer a dicho plan el camino que, de forma definitiva e inequívoca, ha de seguir.... Sólo quisiera inculcarte la confianza de que el desarrollo, cuyo curso nosotros presentimos sólo muy limitadamente y mucho más limitadamente podríamos determinar, a fin de cuentas es algo bueno. 
.... 
Saludos cordiales y besos, tuya Edith. 

Aquí tenemos pues toda una lección de filosofía de la historia, y que sirve muy bien para situar la vida y el pensamiento de Edith Stein. Y esto que vale para 1918, recobrará tristemente actualidad en sucesos posteriores. Mas el optimismo steiniano permanecerá imperturbable; en un primer momento por su confianza en los hombres y en el espíritu que lo habita, más tarde, por su fe en la gracia y en el poder de Dios. 

2.2 Al servicio de la humanidad 

Edith Stein se ve a sí misma alemana por los cuatro costados, y como tal trata de orientar su existencia. Seguramente que hay más de sentimiento afectivo que de pura descripción geográfica al referirse a una excursión por las colinas que rodean a Göttingen: ACuando contemplábamos el valle desde arriba, me sentía en el corazón de Alemania@. Se confesará patriota, orgullosa de su nación, pero sin caer en el reducionismo nacionalista; le resulta insoportable la indiferencia de los estudiantes y el escaso espíritu comunitario de los suyos. Quizá pueda decirse que el sentido de pertenencia familiar de Edith Stein se fue debilitando en la misma proporción en que aumentaba su conocimiento y experiencias sociales, hasta llegar a trasladar las referencias familiares a los intereses nacionales: el amor y la filiación salen del reducido círculo doméstico, pasando a dominar las relaciones estatales. La nueva mentalidad es evidente ya en la joven universitaria, cuando advierte: ATodas las pequeñas bonificaciones que nos garantizaba nuestra tarjeta de estudiantes... las veía yo como un cuidado amoroso del Estado para con sus hijos predilectos y despertaban en mí el deseo de corresponder más agradecidamente al pueblo y al Estado mediante el ejercicio de mi profesión@. Por circunstancias de la historia, no sólo con la actividad docente, sino también con la prestación voluntaria de sus servicios como enfermera compensará los desvelos del papá-estado hacia la ciudadana-hija

Edith Stein piensa en categorías sociales y nacionales, pasando por alto otro proceder, aunque provenga de los suyos. En caso de conflicto optó por los intereses comunitarios frente a las ataduras sanguíneas. Un dato elocuente, que pone de manifiesto lo arraigado de la mentalidad steiniana lo hallamos en la tensa conversación mantenida con su madre ante la decisión de la hija menor de marcharse al hospital militar durante la primera guerra mundial: AMe dijo con toda energía: >No irás con mi consentimiento=. A lo que yo repuse abiertamente: >En ese caso tendré que ir sin tu consentimiento=. Mis hermanos asintieron a mi dura respuesta. -Y comentará la menor: Mi madre no estaba acostumbrada a una resistencia semejante@. Los intereses históricos comunitarios prevalecieron sobre la actitud proteccionista y egoísta de la madre. Edith Stein tiene claro que no es el >yo= quien rige el destino de los pueblos, sino que es el >nosotros= quien toma las riendas al identificarse con la causa común. 

Dado el penetrante espíritu de Edith Stein, son pocos los acontecimientos del siglo XX que le pasan inadvertidos, siendo todos considerados desde la perspectiva arriba referida: el interés común ha de prevalecer sobre lo individual; el quehacer histórico exige la inmolación de los sujetos particulares, los cuales han de aportar lo mejor de sí mismos. Como la reina Ester del Antiguo Testamento intercede por todos y ofrece su vida por la salvación de su pueblo. Con pocos años había caído en la cuenta de que su existencia habría de llenarse de fuertes contenidos, y que, por tanto, debería acompasar su ser y pensar a esa aspiración. AEn mis sueños -nos narra en su autobiografía- veía siempre ante mí un brillante porvenir. Soñaba con felicidad y gloria, pues estaba convencida de que estaba destinada a algo grande y que no pertenecía en absoluto al ambiente estrecho y burgués en el que había nacido@. Este mismo modo de ver el mundo y la historia, así como las exigencias que de ello se derivan, sale a relucir con fuerza con ocasión del estallido de la guerra de 1914. En ese momento crucial para ella y para el mundo, llega a la siguiente conclusión: AAhora mi vida no me pertenece, me dije a mí misma. Todas mis energías están al servicio del gran acontecimiento. Cuando termine la guerra, si es que vivo todavía, podré pensar de nuevo en mis asuntos familiares@. Una vez más considera tan evidente cuál ha de ser su lugar en este momento clave, que no hay lugar a la menor duda: los intereses comunes mandan sobre los particulares; en consecuencia interrumpe los estudios, poniéndose a disposición de la causa común: la guerra mundial. Todo lo demás queda en un segundo plano (incluidos familia, amigos, libros, tesis...). Y es que Ael examen [de licenciatura programado] me parecía -y es expresión steiniana- algo ridículamente sin importancia, en comparación con los acontecimientos que vivíamos y que, como es lógico, nos mantuvieron aquellos meses en tensión@. Con parecido espíritu y no menor entrega vivirá los antecedentes y el estallido de la segunda guerra mundial, aunque en este caso, su protagonismo adquiera un cariz del todo original. Ya en 1933 era consciente del peligro que se cernía sobre su pueblo y cuál debería ser su actitud: cargar con la cruz en nombre de todos

Puede ser que los sucesos bélicos sorprendan a Edith Stein, mas no le hacen variar en su modo de concebir el mundo; también esos momentos son interpretados en la misma clave que todo el resto: en la visión amplia de la marcha histórica de la humanidad, a la que cada sujeto contribuye del mejor modo que puede. Ya antes de las guerras, la existencia de Edith Stein estaba presidida por una máxima que ella misma formuló y que trató de llevar en toda ocasión a la práctica; reza así: AEstamos en el mundo para servir a la humanidad@. En esta fórmula queda reflejado certeramente la fuerza espiritual que animaba siempre el pensar y el actuar de esta gran mujer: como estudiante, como profesora, como pedagoga, como cristiana, como religiosa carmelita, como perseguida, como mártir... En toda ocasión supo anteponer los intereses ajenos a los propios, y ahí descubrir su lugar idóneo y su aportación a la historia del siglo XX; como en ese gesto tan steiniano en el campo de concentración, cuando ante tanto dolor y desolación de sus congéneres, olvidándose del suyo, escribe a la madre superiora de Echt: AAquí hay muchas personas que necesitan un poco de consuelo, y esperan recibirlo de las Hermanas@. 

Desde la perspectiva de Edith Stein, en la que el espíritu de solidaridad y de responsabilidad social constituyen los materiales del quehacer histórico, todos los seres humanos son necesarios y sus aportaciones imprescindibles para la buena marcha de la historia; de lo contrario aparecerán vacíos o desvíos que entorpezcan el avance de la humanidad. La historia es un quehacer de todos. No es de recibo, por tanto, el refugio en la indiferencia ante las cuestiones comunitarias. Edith Stein es consciente de las limitaciones propias y ajenas, pero también está convencida de que aunando fuerzas, el influjo es mayor, y hasta puede cambiarse y acelerarse el ritmo de la historia. Esta mujer en modo alguno se arredró ante adversidades, ni entraba en sus cálculos la resignación fatalista, hasta llegar a confesar: AExperimentaba una especie de placer deportivo en emprender lo aparentemente imposible@; creía firmemente en la posibilidad del ser humano para superar adversidades y construir su mundo. Nunca le abandonó el espíritu decidido y valiente, capaz de afrontar empresas arriesgadas; jamás se echó para atrás, porque era consciente de cuál era su lugar y de lo transcendente del mismo. AEl mundo podía ser malo, pero si nosotros poníamos en pie todas nuestras fuerzas -escribe refiriéndose a 1912-, el peque½o grupo de amigos en el que podía confiar, y yo con ellos, entonces venceríamos a todos los >demonios=@. La esperanza en tiempos mejores sostuvo en todo momento el ánimo de Edith Stein. A pesar de los negros nubarrones que se cernían sobre la Europa del siglo XX, su mirada alcanza también al foco solar capaz de disiparlos. 

Así pues, tanto su vida como su muerte, estuvieron marcados por acontecimientos históricos que hizo suyos, bien para favorecerlos o bien para rechazarlos. Cabría hablar de la actitud militante de Edith Stein frente al discurrir de la historia de nuestro siglo XX. Estos no son más que algunos apuntes que nos ponen al descubierto la advertencia plena que de la historia presente poseía Edith Stein. Es aquí donde cabe situar su existencia, y desde aquí se torna más comprensible su pensar y su legado. 

2. Edith Stein en el siglo XX 

En la carta anteriormente referida, Edith Stein daba cuenta del momento crítico por el que está atravesando el espíritu de la humanidad. El siglo XX es heredero de una centuria de enormes avances técnicos e industriales, que en buena medida se beneficiaron de las tendencias positivistas dominantes, y que a su vez, las favorecieron. Es consciente en 1918 de que tanto el materialismo como el naturalismo están ya superados y de que algo nuevo ha de emerger. Uno de los exponentes de la nueva era bien podría ser el despegue poderoso que se lleva a cabo de las así denominadas Ciencias del Espíritu (frente a las Ciencias de la Naturaleza). 

No debe olvidarse el principio de que la persona es más importante que su obra. Esta aseveración no implica la descalificación de la producción escrita, sino que quiere confirmar la inclusión y el influjo mutuo hasta la identificación: la obra forma parte de la vida, de la persona. Atendiendo a este supuesto, bien puede calificarse a Edith Stein de caja de resonancia de las voces capitales que configuran el siglo XX, al menos en su primera mitad. En el apartado anterior se expuso su atención hacia los sucesos históricos y la interpretación que de los mismos hacía; en este segundo se quiere poner de manifiesto las coordenadas culturales en las que cabe situar a esta mujer; con ello se caerá en la cuenta de lo atenta que estuvo también a las manifestaciones del espíritu. 

Alguien, que trató de cerca a Edith Stein, el jesuita Erich Przywara, escribía en 1955: "Edith Stein en su profundidad singular es símbolo de la auténtica situación intelectual de hoy. En el instinto más interior de su raza fue siempre consciente de que Abraham, el padre de paganos y de los judíos, procedía de la asiática Ur en Caldea, así también todo su pensar estuvo orientado al Occidente racional. Como carmelita, igualmente por instinto, puso su morada en el Monte Carmelo, al mismo tiempo que fue su ley la medida y medio del Occidente benedictino. Casi se podría decir que tuvo el espíritu de una española, pues la grandeza de España radica en el encuentro y mezcla de Oriente y Occidente... Justamente este posicionamiento entre Oriente y Occidente impide captar la profundidad singular de la figura y de la obra de Edith Stein. En el futuro Edith Stein quedará como símbolo". 

Algo parecido se oyó de labios de Juan Pablo II en la ceremonia de Beatificación de Edith Stein, el 1 de mayo de 1987 en Colonia: "Nos inclinamos profundamente ante el testimonio de la vida y la muerte de Edith Stein, la hija extraordinaria de Israel e hija al mismo tiempo del Carmelo. Sor María(?) Teresa de la Cruz, una personalidad que reúne en su rica vida una síntesis dramática de nuestro siglo. La síntesis de una historia llena de heridas profundas que siguen doliendo aún hoy, pero que hombres y mujeres con sentido de responsabilidad se han esforzado y se siguen esforzando por curar; síntesis al mismo tiempo de la verdad plena sobre el hombre, en un corazón que estuvo inquieto e insatisfecho hasta que encontró descanso en Dios". 

Lo que ponen de manifiesto ambos testimonios es que la figura de Edith Stein es el punto de coincidencia de múltiples tradiciones, corrientes filosóficas, históricas, religiosas, etc. Acercarnos a esta mujer es como si estuviéramos ante una especie de arco armonioso y original elaborado a partir de dovelas provenientes de los lugares más dispares; mas el resultado en su conjunto sería una obra de arte. Esto adquiere singular aplicación referido al área de su pensamiento. 

Utilizando un símil tomado del mundo de la naturaleza, escribe un autor: "Comparado a un árbol vivo, la filosofía de Edith Stein tendría las raíces en el suelo inamovible de los antiguos (Aristóteles, San Agustín, Santo Tomás...), el tronco en el aire libre de la fenomenología (Husserl, Heidegger, Scheler...) y las ramas en el cielo azul que evoca la magnificencia del Dios creador (J. Maritain, E. Przywara, Santa Teresa de Avila)". No falta quien la incluya en la lista de pensadores judíos al lado de Maimónides, Herman Cohen, Edmund Husserl... 

Esta multiplicidad de fuentes, influjos, referencias, proyecciones, etc., encajan perfectamente con el planteamiento filosófico de Edith Stein. Es propio de la filosofía indagar la verdad, aceptando que ningún sistema la posee en su perfección; de aquí la necesidad de auscultar nuevos horizontes y de servirse de cuanto se ofrece a la reflexión. 

Pasamos a reseñar aquellas escuelas y tendencias dominantes en centroeuropa y, que queriéndolo o no, consciente o menos, influyen en la forja de la figura de Edith Stein. Las ideas y los principios no sólo se aprenden en las aulas, con frecuencia éstas modelan a los individuos por el simple hecho de formar parte de una sociedad en la que están vigentes tácita o abiertamente. Es lo que se denomina el Zeitgeist (espíritu de la época), y que Edith Stein supo advertir en las múltiples manifestaciones a lo largo de nuestra centuria, lo que ayuda a encuadrar a esta mujer en el siglo XX. 

a) Resonancias ateas. El siglo XX se abre con la muerte de Nietzsche, uno de los pensadores más influyentes en las generaciones de los tiempos modernos. Se propuso llevar a cabo una auténtica revolución filosófica, invirtiendo los valores y principios vigentes hasta entonces. Tal vuelco tiene su expresión máxima en la proclamación de la muerte de Dios. Hay que decir que el siglo XX entra ateo en la historia. En realidad lo que aquel loco se atrevió a gritar en la plaza pública, era desde hace siglos verdad implícita tanto del saber científico como filosófico. 

Tanto en la vida como en la obra de Edith Stein hacen acto de presencia actitudes agnósticas, de ausencia de Dios; no lo necesita, y hasta puede que le estorbe en sus decisiones más personales. Son los ecos del nihilismo nietzscheano presentes en buena parte de la juventud alemana. Algo de esto se deja traslucir en su autobiografía. Narrando ciertos momentos acaecidos en torno a los 15 años, cuando la libertad pugna por tomar asiento en la personalidad todavía en ciernes, escribe: "Ya he contado cómo perdía mi fe infantil y cómo, casi al mismo tiempo, comencé a sustraerme, como persona independiente a toda tutela de mi madre y hermanos". La madre juega el papel sucedáneo divino 

b) Aportaciones fenomenológicas. De manera del todo consciente se incorpora Edith Stein a la corriente fenomenológica. "Yo estaba ya convencida de que Husserl era el filósofo de nuestro tiempo", afirma sin vacilación. En parte, desemboca en este movimiento por el desencanto que probó al estudiar la psicología. Es en la Fenomenología y a la sombra de su fundador, donde Edith Stein se forma como filósofa. Una y otra vez salta a la vista en los relatos autobiográficos la simpatía y la satisfacción de la joven universitaria ante este nuevo modo de ver el mundo y las cosas en él contenidas. El atractivo fue grande, y el enriquecimiento no será menor. Se identifica plenamente, hasta quedar configurado su pensamiento por el espíritu fenomenológico. Se convertirá en impronta indeleble, por más que asimile con el paso del tiempo otras escuelas. La conversión al Catolicismo no supuso la renuncia a la fenomenología. Cuando en 1936, redacta su obra filosófica Endliches und ewiges Sein (Ser finito y ser eterno) desde la celda carmelitana, recordará que su patria filosófica es la escuela de Husserl y que su lengua materna continúa siendo la de los fenomenólogos. 

Pues bien, dentro del movimiento fenomenológico, la importancia de Edith Stein va concedida a las aportaciones sobre el mundo intersubjetivo, cuestión básica para superar el eterno problema del solipsismo. Su primera producción filosófica está centrada en aplicar la reducción fenomenológica a ese momento en que dos sujetos son capaces de converger tanto, que la vivencia de uno es integrada en la experiencia del otro. No se trata sino del fenómeno de la empatía, fenómeno que va más allá del simple acuerdo o sintonía de criaturas -éste sería el nivel de la simpatía-, mientras que aquél afecta al núcleo más íntimo de la persona, su querer y sentir. Esta capacidad de comprensión de la experiencia ajena estaría a la base de la sociabilidad humana. Porque podemos comprendernos podemos convivir y establecer relaciones intra-personales. El elemento que vehicula esta experiencia es la corporeidad; no el cuerpo material (Körper), sino el cuerpo animado (Leib). 

c) En sintonía con el Existencialismo. Algunos de los pensadores que simpatizaron con la fenomenología, pertenecen también a otro movimiento filosófico, típicamente europeo y que tiene su apogeo en el período de entreguerras; se trata del existencialismo. Este modo de pensar es el fiel reflejo de la situación histórica que padece el viejo continente. El tema central y único es el hombre, pero el hombre arrojado al mundo y zarandeado por las experiencias más absurdas. La fenomenología será el mejor método de análisis y de expresión de ese tipo de existencia humana. A medida que se configura el pensamiento steiniano, también aflora con más claridad el eje central en torno al cual gira su reflexión, y que no es otro que el hombre. Concluida la tesis doctoral en 1916, dirá: "Pero a partir de aquí yo había continuado hacia algo que llevaba muy dentro en el corazón y que continuamente siguió asaltándome en mis posteriores trabajos. Se trataba de la estructura de la persona humana"; esta va a ser la constante en la investigación steiniana, su leitmotiv. Dicha preferencia no hace sino constatar su sintonía con ese movimiento fuertemente sentido en centroeuropa: el existencialismo. La actitud que adopta Edith Stein frente a esta cuestión aparece más serena y positiva que la ofrecida por algunos coetáneos suyos, caso por ejemplo de Heidegger. Critica duramente los análisis que del hombre (del Da-sein) lleva a cabo este pensador, por tildarlo de ser-arrojado, o ser-para-la-muerte, y cuya vivencia más originaria del mismo la otorga la angustia

El hombre steiniano no está demás, sin sentido, sobre la tierra; más bien su misma naturaleza, sus constitutivos, testimonian la alta vocación a la que está destinado. Habría que hacer referencia a las experiencias empáticas de quienes viven ilusionados y además lo transmiten. Posee la persona en la visión de Edith Stein, aunque sea sólo en germen, el potencial suficiente para alcanzar una vida en plenitud, y que acabará por identificar con la unión divina. 

d) En el mundo neotomista. Digno de tener en cuenta, para comprender el pensamiento centroeuropeo en las primeras décadas del siglo presente, es el movimiento neoescolástico, sostenido y animado entre otros documentos por dos encíclicas: Aeterni Patris (1897) de Leon XIII y Pascendi (1907) de Pío X. Ambos documentos exhortan a recurrir sobre todo a Santo Tomás. Con ello se pretendía salvaguardar el pensar católico de los peligros del modernismo; sin embargo, esta postura traerá como consecuencia una ruptura más profunda entre cultura e Iglesia. El resurgir del neotomismo alcanzó un fuerte florecimiento en algunas naciones centroeuropeas. 

Estuvo atenta Edith Stein al movimiento neoescolástico en el seno de la Iglesia Católica. Según confesión propia, considera que su aportación principal ha de ser la de servir de puente entre dos mundos: el mundo tomista y el pensar moderno. Un primer intento sería el estudio Husserls Phänomenologie und die Philosopie des Hl. Thomas v. Aquino (La fenomenología de Husserl y la filosofía de santo Tomás de Aquino), de 1929; un segundo es la traducción llevada a cabo del tratado De Veritate de Santo Tomás en los años 1931-1932; el tercero lo constituiría su participación al Congreso Tomista de Juvisy, en 1932, en el que se perseguía un acercamiento a la fenomenología; el cuarto es su gran obra Ser finito y ser eterno, escrita en 1936. La aproximación de estas dos cosmovisiones no estuvo motivada exclusivamente por motivos de coincidencia cronológica; pesan también semejanzas temáticas e influjos mutuos. 

En el debate sobre la existencia o no de una filosofía cristiana, reactivada en los años 30 de nuestro siglo, Edith Stein aboga por el recurso a cuantas fuentes aporten datos. Razón y fe, lejos de excluirse, muy bien están llamadas a colaborar, son medios legítimos del conocer humano. El principio que adopta Edith Stein queda formulado de la siguiente manera: "El filósofo que no quiere ser infiel a su finalidad de compreder el ente hasta sus últimas causas, se ve obligado a extender sus reflexiones en el campo de la fe, más allá de lo que le es accesible naturalmente@. Dicho de otro modo: "Una comprensión racional del mundo, es decir, una metafísica... sólo puede ser alcanzada por la razón natural y sobrenatural conjuntamente". El resultado de esta colaboración sería el perfectum opus rationis

e) El puesto de la mujer. Al querer destacar la importancia de Edith Stein, no es posible pasar de largo ante el tema de la mujer. Cuanto aporte sobre la misma hay que encuadrarlo dentro de la sensibilidad reinante acerca de la cuestión femenina y al hilo del interés antropológico, dominante en su pensamiento. Ofrece su grano de arena para que se profundice adecuadamente en el debate y para que el resultado sea el más gratificante para todos. Es digno de alabar el proceder steiniano en el referido tema. Como fenomenóloga le interesa clarificar ante todo estos dos interrogantes básicos: )Qué somos nosotras? y )qué debemos ser?

El punto de partida será, pues, caer en la cuenta de la estructura que constituye a todo ser humano, y a partir de ahí, proceder a defender y desarrollar cuanto de específico cualifique a la mujer. En Edith Stein se excluye tanto el revanchismo como la pasividad. Lo que la mujer ha de ser, no lo ha de conseguir en virtud de concesiones de los tiempos modernos, sino por exigencias del despliegue de la naturaleza propia del ser femenino; no es por comparación con el varón, sino por prestar atención a lo suyo, como la mujer logra ser lo que debe ser. 

En este quehacer Edith Stein otorga papel decisivo a la educación; de aquí sus desvelos y esfuerzos por dotarle de aquellos elementos que faciliten la tarea pedagógica dirigida a las jóvenes. Tres ideas claves habrían de estar presentes en el proceso formativo de la mujer: la educación armónica e integral de todo el ser humano, el cuidado de lo peculiar femenino y la atención al elemento religioso, 

Abogará también por una mayor y más cualificada presencia de la mujer tanto en la familia, como en la vida social y en la Iglesia. 

f) En defensa de lo espiritual. En el tema de la espiritualidad destacamos la significación de Edith Stein en algunos temas concretos. Merece la pena destacar el escrito breve Das Gebet der Kirche (La oración de la lglesia) por lo oportuno y clarificador. Frente al reducionismo litúrgico que se pretendía imponer en la Iglesia a partir de los años '20, Edith Stein defiende la necesidad de la celebración pública (oficial), mas no debe ser a expensas de minusvalorar la oración personal y silenciosa (privada). Modelo de oración fue y sigue siendo Cristo, quien además de acudir al templo y sinagoga, se retiró al monte y al desierto a orar a solas con su Padre Dios. Y por otra parte, no conviene poner límites ni trabas al Espíritu Santo, quien constantemente crea nuevas formas de expresión religiosa. 

La aportación de Edith Stein en el campo de la espiritualidad se debe ante todo a su último legado Kreuzeswissenschaft (Ciencia de la Cruz). Es una interpretación de la vida y doctrina de San Juan de la Cruz desde la perspectiva que arroja la sabiduría de la Cruz, que no es sino el Evangelio mismo. El mérito radica en haber sabido elegir el símbolo de la Cruz, y a partir de él, hallar la síntesis del caso Juan de la Cruz (Vida-Obras). Desde la Cruz explica las noches sanjuanistas del sentido y del espíritu, la noche activa y la noche pasiva; la cruz es quien transforma y enciende al alma humana y quien la dispone para la unión con Dios.Toda esta temática es considerada como evolución natural del ser del hombre. En el fondo, toda persona es místico potencialmente; encierra en sí la semilla capaz de desplegarse hasta alcanzar las cimas de la contemplación más subida.Edith Stein está convencida de que, quienes mejor han experimentado el mundo interior, quienes más han profundizado en sus pliegues, y quienes con más claridad han sabido transcribirnos dichas experiencias, han sido los místicos. Es por ello por lo que se apoya en los textos de los maestros carmelitas para defender la riqueza que toda persona encierra. No estamos huecos, sino habitados por un alma, regida por un yo, y en cuyo centro está la sede de la libertad y el punto de unión con Dios.Al adentrarse en el reino del espíritu del hombre, halla una estructura, unos componente, un dinamismo y unos principios; todo lo cual permite que la aspiración a la unión con Dios no resulte ni un privilegio de lo alto ni una aventura arriesgada de las criaturas. La misma naturaleza humana no sólo posibilita, sino que estimula este anhelo. A un cierto momento dejará escrito: "Dios ha creado las almas para sí. Dios quiere unirlas a Sí y comunicarles la inconmensurable plenitud y la incomprensible felicidad de su propia vida divina, y esto, ya aquí en la tierra. Esta es la meta hacia la que las orienta y a la que deben tender con todas sus fuerzas". El fin natural -originario- del hombre es la amistad con Dios; a esta sublime misión debe la existencia el ser humano. 

Todo este amplio abanico de maneras de pensar se abría a la mirada atenta de Edith Stein. Entrará en contacto con unos más que con otros, pero todos los citados dejarán huella en esta mujer. Mas no hay que quedarse con el carácter receptivo ante lo que se le ofrece, también supo aportar originalidad al mundo cultural moderno. 

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A modo de conclusión: Edith Stein es una gran mujer y reconocida figura de nuestro siglo; entre otras cosas porque no se permitió que la vida transcurriese delante de ella, cual espectador desocupado que se sienta a ver pasar la vida. No. Edith Stein es una de esas criaturas que tomó desde joven las riendas de su mundo personal para ser protagonista del mismo. Se ha forjado a pulso su existir y su pensar; nada se le regaló. Buscó hasta encontrar, pugnó por vencer y convencer. Tenía de sí una alta estima y se esforzó por mantenerla y justificarla, incluso se molestó para que otros también la alcanzasen. Tanto su vida como su obra son de una rabiosa importancia y actualidad para nosotros, personas, cristianos, religiosos... de finales del siglo XX. 

 

     
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Updated 30 ott 2005  by OCD General House
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