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SYMPOSIUM INTERNATIONALE
EDITH STEIN
Roma - Teresianum 1998

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by
Jesús García Rojo
OCD

EJEMPLARIDAD Y ACTUALIDAD
DEL ITINERARIO DE EDITH STEIN

BAJO EL INFLUJO DE ADOLF REINACH Y MAX SCHELER INTERÉS CRECIENTE POR LA RELIGION
LA FE, LUZ QUE ILUMINA LA VIDA CONCLUSIÓN
 
   La vida de cada persona, como la de cada pueblo y la de la humanidad en su conjunto es un camino. La itinerancia es condición propia del ser humano, si bien no todos son conscientes de ello e incluso algunos se oponen abiertamente a ella. La palabra itinerancia tiene la misma raíz semántica que itinerario: ruta o camino, comprendido entre un punto de partida y otro de llegada. La negación de uno de estos puntos falsea la realidad del itinerario. Así, siempre que el hombre renuncia a su origen, corre el peligro de perder de vista su meta. Y a la inversa. Para que el hombre se sitúe correctamente en el presente ha de ser capaz de engarzar a éste tanto su pasado como su futuro. El presentismo es la tentación a la que sucumben quienes viven de espaldas al pasado y al futuro, olvidando que, por naturaleza, el hombre es un ser itinerante. 

No deja de ser llamativo que en la discusión que Jesús mantiene con los judíos les diga en un determinado momento: "Yo sé de dónde vengo y a dónde voy" (Jn 8, 14). Jesús no ha surgido de la nada o por simple azar. Aunque sus interlocutores lo ignoren, él proviene de Dios y a Dios retorna. Antes, sin embargo, tiene que anunciar el Reino, yendo de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad. Es el particular camino recorrido por Jesús que culminará en Jerusalén. Los evangelios sinópticos, cada uno a su manera, nos presentan ese camino en el que Jesús aparece acompañado de otras personas. Sería interesante anotar las incorporaciones y deserciones que se van produciendo a medida que discurre el camino. Ahora sólo quiero llamar la atención sobre un hecho de todos conocido: Llegada la hora suprema, es decir, al final del camino, todos emprenden la huida, dejando a Jesús solo. Pero ahí queda el camino por él trazado. Muerto él, sus discípulos serán conocidos como los "seguidores del camino" (cfr. Hech 9, 2). 

Varios siglos antes, a las órdenes de Moisés, el pueblo de Israel siguió el camino que lo condujo de la esclavitud de Egipto a la patria de la libertad. Fue un largo y penoso camino, repleto de dificultades, hasta el punto de que muy pocos alcanzaron la meta. Los cadáveres que quedaron tendidos en el desierto eran la prueba de que la empresa sólo en parte había sido un éxito. Mucho mejor les irá a los desterrados en Babilonia. Cuando el profeta Isaías anuncie su regreso, insistirá en el carácter festivo y liberador del mismo. En este nuevo éxodo, atrás queda llanto y dolor, por delante alegría a raudales. En medio Dios, acompañando y guiando a su pueblo por un camino derecho y seguro, al que se da el nombre de "vía sacra" (cfr. Is 35, 1-10; 43, 1-7.16-21). El impacto que la experiencia del éxodo produjo en Israel en orden a su constitución como pueblo elegido por Dios es conocido de todos. Llamado a vivir en la presencia del Señor, el israelita tiene conciencia de que está de camino. Y sus periódicas peregrinaciones a Jerusalén, "entre cantos de júbilo y alabanza" (Sal 41, 5), eran una ocasión magnífica para bendecir al Señor que guía a su publeo como a un rebaño (cfr. Sal 94, 6-7; 99, 3-4). 

Edith Stein no tuvo ocasión de subir a Jerusalén, como, según la costumbre, "subían las tribus a celebrar el nombre del Señor" (Sal 121, 4), Pero no por eso ignoró las tradiciones de sus antepasados. La abundancia de detalles con que narra la celebración de las fiestas judías en familia es no sólo una muestra de su excelente memoria sino también claro indicio de que las prácticas religiosas dejaron una huella imborrable en ella. En cuanto miembro del pueblo judío, al que se siente estrechamente ligada, asume creadoramente su historia, en la que la categoría del éxodo es elemento esencial. Ciertamente, si exceptuamos la última etapa de su vida, las circunstancias le permitieron moverse con entera libertad. Diríase que va allí donde le place; apreciación que no es del todo exacta, ya que ella va, no donde más a gusto se halla, sino allí donde su personal exigencia interior la guía. Con lo cual sus idas y venidas son expresión de un particular itinerario; itinerario que aquí quisiéramos bosquejar, si bien limitándonos a los que, a nuestro juicio, fueron sus años decisivos: los que van de 1913 a 1933, es decir, desde su primera estancia en Gotinga hasta, aproximadamente, su entrada en el Carmelo de Colonia. 

Tras largas y laboriosas revisiones, el año 1936 Edith Stein concluía su gran obra Ser finito y ser eterno. El libro, un ensayo sobre la fundamentación última del ser y su sentido, "fue escrito por una principiante para principiantes (...) que había encontrado el camino de Cristo y de su Iglesia y estaba ocupada en sacar sus conclusiones prácticas". Sin detenernos a ver en qué medida el libro es fiel reflejo de la trayectoria de la autora, hacemos nuestras las palabras de Feldmann cuando asegura que "Edith Stein fue ascendiendo con creciente coraje y con renovada nostalgia, empujada siempre por una pasión insaciable, hasta que llegó a alcanzar aquella realidad última que engloba y sostiene toda realidad humana". Mujer de gran energía, Edith Stein no sólo no se arredra ante las dificultades, sino que, desde muy joven, soñaba con la gloria, "pues estaba convencida de que estaba destinada a algo grande". Esos sueños o anhelos de grandeza le empujarán a desechar caminos fáciles y escoger los difíciles, ya que son los que mejor se corresponden con su forma de ser. Por eso, aparte de otras razones, terminará escogiendo y siguiendo a santa Teresa de Jesús. 

En efecto, todos sabemos que el encuentro con santa Teresa de Jesús supuso para ella un cambio profundo. A partir de ese momento, verano de 1921, su vida toma una nueva dirección, lo que autoriza a hablar de un antes y un después. Sin embargo, contemplar aquel suceso en sí mismo y sin relación alguna con todo lo demás, es, a nuestro juicio, un planteamiento incorrecto. Es cierto que en su actuar maravilloso la gracia desborda nuestros cálculos y previsiones, pero asimismo es cierto que, por regla general, respeta y se acomoda a la naturaleza de las personas. En este sentido, cifrar la conversión de Edith Stein en una repentina y puntual decisión es algo que no se corresponde con su forma de ser. Por eso nos inclinamos a pensar que en su caso la decisión de hacerse católica es resultado de un complejo proceso de maduración en el que han intervenido factores de distinta índole. 

No es nuestra intención analizar la conversión de Edith Stein, sino en la medida en que forma parte de su itinerario. En este sentido es obligado preguntarse: )Qué es lo que, finalmente, llevó a Edith Stein a dar el paso hacia el catolicismo y qué consecuencias se siguieron? 

Antes de abordar esta cuestión parece oportuno citar el testimonio de una persona muy querida de Edith Stein, tanto que fue su madrina de bautismo. Me refiero a Hedwig Conrad-Martius, quien en una de sus Cartas refiere lo siguiente: "Edith Stein era un ser bueno y prudente, de una inagotable abnegación, mas permanecía secreta y silenciosa. Muy equilibrada en cuanto a su carácter, daba la impresión de estar siempre concentrada y como absorta en una meditación ininterrumpida (...) Nosotras estábamos íntimamente unidas, pero no sé gran cosa que pueda decir de su evolución interior". 

A juzgar por estas palabras podría dar la impresión de que presentar el itinerario o evolución interior de Edith Stein es imposible. Ahora bien, esa primera impresión desaparece tan pronto como tomamos en nuestras manos sus escritos y nos vamos familiarizando con ellos. Gracias a ellos, sobre todo a los que tienen una marcada impronta autobiográfica, nos es dado adentrarnos en su mundo interior, siguiendo de cerca las etapas de su vida. 

I.- BAJO EL INFLUJO DE ADOLF REINACH Y MAX SCHELER 

El año 1913 Edith Stein se traslada a Gotinga en cuya Universidad era profesor E. Husserl. La lectura de las Investigaciones lógicas abrió su espíritu a un nuevo campo, hasta ahora desconocida para ella: la fenomenología. Pero, quien va a ejercer un influjo mayor en ella, tanto durante su permanencia en Gotinga como después, es A. Reinach. Su juventud no era, en absoluto, obstáculo para que todos sintieran hacia él un gran respeto. Dotado de un gran don de gentes, lo suyo no era simplemente enseñar y aprender. Había algo más: "una búsqueda común". Rememorando aquellos años, comenta Edith Stein: "Las horas pasadas en el delicioso cuarto de trabajo de Reinach fueron las más felices de toda mi estancia en Gotinga". A su llegada a Gotinga, él fue el primero en recibirla y él fue también quien le infundió nuevos ánimos para seguir adelante cuando, a causa del trabajo, atravesaba momentos muy difíciles; tan difíciles que la vida le pareció insoportable. Según refiere la interesada, aquella fue la primera vez en su vida que se encontró ante algo incapaz de dominar. Pero allí estaba Reinach que le echó una mano. Y tan positivo fue el efecto que, según cuenta, se sintió "como renacida". La crisis quedó superada y Edith Stein, que, no echaba fácilmente en olvido los favores que le hacían, pronto tendrá ocasión de corresponder a la ayuda que le había prestado A. Reinach. 

Como es sabido de todos A. Reinach cayó en el frente el año 1917. La noticia de su muerte causó hondo pesar en el círculo de sus amigos, sin que Edith Stein fuera excepción. Es, incluso, probable que lo sintiera más que otros, pues, de hecho, no ha sido capaz de disimular el sufrimiento, viéndose obligada a pedir disculpas a Roman Ingarden, ya que "influida" por los acontecimientos no ha tenido momento alguno de alegría. Por entonces, Edith Stein todavía trabajaba como asistente de Husserl, y en representación suya asiste al entierro de A. Reinach en Gotinga el 31 de diciembre de 1917. Meses más tarde, liberada de su compromiso de asistente, asume un nuevo trabajo: ordenar el legado del defunto Reinach. Al parecer la viuda le pidió este favor. Y ella accede gustosa. Antes de trasladarse a Gotinga, donde el 29 de marzo de 1918 tendrá ocasión de participar en el bautizo de Pauline, hermana de Reinach, ha hecho que le envíen la Notas que sobre filosofía de la religión escribió éste en los últimos años, mereciéndole un juicio muy laudatorio. 

Las mencionadas Notas son simples esbozos y noticias, más o menos sueltas, sobre las que ya le habló el autor en las Navidades de 1916. Fue entonces cuando le aseguró que, a decir verdad, nunca había estado verdaderamente interesado por la filosofía y que lo que le preocupaba en esos momentos eran cuestiones de orden religioso, de las que deseaba ocuparse a fondo una vez terminara la guerra. Las Notas a las que nos venimos refiriendo, incluidas en la Introducción que Hedwig Conrad-Martius hizo a la edición de las Obras de A. Reinach, abordan el tema de la experiencia interior de Dios. Allí, entre otras cosas, se lee: "Me gustaría exponer la significación total de esta experiencia, mostrar hasta qué punto puede reclamar objetividad, demostrar por qué es un conocimiento auténtico, aunque de un género especial; y, por último, sacar las conclusiones". En estas palabras queda bien claro cuál era el deseo de Reinach, sólo por la muerte estrangulado. Si importante es combatir en la guerra, mucho más importante es sostener a los que vacilan e impulsar hacia adelante a los que la ciencia ha alejado de Dios. Y esto es lo que él se proponía hacer. 

Desde luego, Edith Stein no fue indiferente a la experiencia religiosa vivida por A. Reinach en el campo de batalla. De hecho, Erika Gothe, compañera de aquélla en Gotinga, afirma: "Teníamos nuestros altercados filosóficos, rozando a menudo el terreno religioso, movidas particularmente a ello porque nuestro profesor Adolf Reinach se había convertido al cristianismo en la guerra, escribiendo desde entonces en todas sus cartas que su labor filosófica se reduciría en adelante a mostrar a los hombres el camino de la fe". 

Precisar con exactitud el grado de influencia de A. Reinach en Edith Stein siempre será una tarea ardua. )Se debió a él (a su muerte) que comenzara a leer el Nuevo Testamento, como sugiere Sancho Fermín? En todo caso, una cosa es clara: En un intento de buscar una explicación al papel que los humanos jugamos en la historia del mundo, el 19 de febrero de 1918 cita el siguiente texto evangélico: "El Hijo del Hombre se va, como está decidido. Pero (ay! de aquel que lo habrá de entregar" (Lc 22, 22). Y afirma que responsables de cuanto sucede somos nosotros, sin que debamos echar la culpa a nadie. Esto, sin embargo, no es razón suficiente para creer que la historia se explica por sí misma. "A mi modo de ver -le dice a Ingarden-, religión e historia se aproximan cada vez más". Tal vez, para no provocar las iras de su amigo, añade que lo que acaba de exponerle son "ocurrencias" no fundamentadas científicamente. Pero el lector tiene la sospecha de que aquí se esconde algo muy importante. Casualmente un año antes -exactamente el 20 de febrero de 1917- mostraba su alegría al enterarse de que Ingarden se había topado con problemas religiosos. Ella, que en otro tiempo vivió sin contar con Dios, reconoce ahora que "es imposible diseñar una teoría de la persona sin afrontar la cuestión de Dios, como es imposible saber qué es historia". Entonces estaba metida de lleno en la elaboración de las Ideas de Husserl, sin que le quedara tiempo libre para nada. De no ser así, se hubiera ocupado de las cuestiones religiosas, sobre las que dice estar interesada. Entretanto propone a Ingarden la lectura conjunta de san Agustín. )Acaso todo esto no indica la presencia, por muy tenue que sea, de un mundo que, escapando al control de la ciencia, pugna por hacerse sitio en la conciencia?  

Cuando Edith Stein llegó a Gotinga funcionaba "la sociedad filosófica", constituida por "verdaderos discípulos de Husserl", que se reunía una vez por semana para debatir determinadas cuestiones. Edith Stein, miembro activo de dicha sociedad, anota que el tema de diálogo escogido para aquel semestre de 1913 fue un libro que, en su opinión, ha influido mucho en la vida de los jóvenes fenomenólogos: Formalismo en la ética y ética material de los valores de Max Scheler. Husserl y Scheler representaban dos estilos completamente distintos. Poseía Scheler unas cualidades extraordinarias para la comunicación que hacían de él -al menos en el primer momento- una persona fascinante. Y Edith Stein no sólo no fue ajena a este especie de hechizo que Scheler ejercía sobre sus oyentes, sino que gracias a él trabó contacto con un mundo que rebasaba los límites de la filosofía. Fue un contacto fugaz al que de momento no prestó mayor atención, ya que estaba ocupabada con otros asuntos. Exteriormente todo siguió igual. Años más tarde, sin embargo, reconocerá que, aunque todavía estaba lejos de abrazar la fe, ante sus ojos hizo aparición un mundo hasta entonces desconocido, al que en adelante ya no podrá dar la espalda. Tardará algún tiempo en ocuparse directamente del tema religioso, que ahora queda aplazado, pero no negado. Edith Stein tiene la impresión de que es imposible oponerse a algo cuyos efectos está sintiendo en sí misma. "Me conformé -manifiesta- con recoger sin resistencia las incitaciones de mi entorno y casi, sin notarlo, fui transformada poco a poco". 

Edith Stein había ido a Gotinga única y exclusivamente a estudiar filosofía. Sin embargo, relativamente pronto siente la llamada de la fe. Personas y acontecimientos que se cruzan en su camino le incitan a replantearse una cuestión que ella consideró zanjada durante algún tiempo. Catorce años tenía cuando decidió poner fin a la fe recibida de sus mayores. Y no deja de llamar la atención que aquella decisión coincidiera con otra igualmente importante: la de liberarse de la tutela de su madre y hermanos. Edith Stein quería ser una persona libre e independiente. Pero ni la escuela, ni la vida en familia, ni tampoco la religión responden a sus anhelos de libertad. Por eso rompe, temporalmente, con estas tres instituciones, cambiando de ambiente. En Hamburgo, próxima etapa de su vida, descubrió que su hermana Elsa y su cuñado Max vivían por completo al margen de la religión, percatándose, además, de que su mundo interior se estrechaba más y más. Eso sí: seguía convencida de que estaba llamada para algo grande. 

II.- INTERÉS CRECIENTE POR LA RELIGION 

Después de los meses pasados en Hamburgo, da comienzo un nuevo capítulo en la vida de Edith Stein. Llena de energía, vuelve otra vez a las clases que comparte con alumnas judías, si bien la piedad que observa en ellas no es precisamente una piedad profunda. Hay también allí una condiscípula católica a quien Edith Stein aprecia, pero con quien nunca habló de temas religiosos. La religión había dejado de ser para ella una cuestión vital, y habrán de pasar algunos años antes de que vuelva a serlo otra vez.  

Más arriba aludimos al influjo que en ella produjo el encuentro con Max Scheler y Adolf Reinach. Pero quien más va a influir en su decisión a favor de la religión es la viuda del último. Su actitud serena y esperanzada frente a la muerte de su marido de tal manera impresionó a Edith Stein que hizo que se estremeciera su mundo interior. Ya no pudo resistir a la gracia que misteriosamente iba haciendo en ella su labor. Ella, tan discreta, nada dijo de aquella singular experiencia. De modo que, aparentemente, todo seguía igual. Años más tarde, el P. Hirschmann se dirigía por carta al Carmelo de Colonia para manifestar que, según le contó la propia interesada, el desencadenante último de su conversión al cristianismo fue ver cómo la señora Reinach, sostenida por la fuerza esplenderosa de la cruz, asumió la muerte de su marido. Entonces se le hizo manifiesta la verdad del cristianismo. 

Todavía pasará algún tiempo antes de que reciba el bautismo. Mas un importante proceso de transformación interior está ya en marcha, perceptible, sobre todo, a través de sus cartas. Así, por ejemplo, al pesimismo que ha hecho presa en su hermana Erna y en otras personas opone una visión optimista y esperanzada, diciendo que más allá de la reinante confusión creada por la guerra, un nuevo espíritu terminará por imponerse. Ya antes, el 9 de abril de 1917, frente al pesimismo de R. Ingarden, ella ha apostado por la esperanza, dejando claro, no obstante, que no es una optimista ingenua. Y explica: "Antes incluso era muy propensa a ver sólo el lado oscuro de las cosas; ahora, en cambio, trato de descubrir también lo positivo que hay detrás". Estamos en plena guerra mundial. Algunos compañeros de estudio han muerto y, al contemplar en la estantería sus trabajos, Edith Stein no sólo tiene la sensación de pertenecer a otra generación sino que, extrañada, se pregunta cómo es posible que aún siga ella con vida. Y la respuesta nos la da ella misma al asegurar que dos cosas le ayudan a mantenerse en pie: "El deseo de ver qué va a ser de Europa y la esperanza de hacer algo para la filosofía". De momento una densa niebla lo envuelve todo sin que sea posible entrever alguna vía de solución a la complicada situación política. Ella, consciente de la gravedad de los problemas, no puede, sin embargo, desechar "la idea de que la historia del mundo tiene un sentido; sentido que se instaura aun cuando no haya hombre alguno capaz de señalarle el camino"; y, renunciando a hacer pronóstico alguno, trata de vivir sin estar preocupada más de la cuenta por determinados acontecimientos, pero muy consciente de su impotencia: algo a lo que no logra acostumbrarse del todo. Así, la que en otro tiempo experimentara un indecible placer en emprender lo aparentemente imposible, ahora reconoce que "uno debe considerar muy en firme la propia impotencia, a fin de curarse de la ilimitada confianza en su querer y poder, de la que en otro tiempo yo misma fui víctima". 

Febrero de 1918 marca un hito importante en la vida de Edith Stein. Después de haber trabajado año y medio al lado de Husserl, como asistente, considera que es imposible seguir así por más tiempo. No se niega a echarle una mano siempre que sea preciso, pero lo que de ninguna manera acepta es ponerse bajo sus órdenes. "Puedo ponerme -dice- al servicio de un asunto y puedo hacer cualquier cosa por amor a una persona, pero estar al servicio de una persona, dicho brevemente: obedecer, esto no puedo". Libre de compromisos que la aten, se dedicará a sus propios asuntos, preparando algunos trabajos y colaborando en la edición de las Obras de A. Reinach. Se engañaría, sin embargo, quien creyera que aquí radica el motivo de su "ruptura" con Husserl, pues -a tenor de lo que escribe el 28 de febrero de 1918- "el placer de publicar cosas puede darle a uno de lado". Lo que no le da de lado es el punto de apoyo que ha encontrado y que, según confiesa, "hasta cierto grado me hace ajena a todos los condicionamientos externos". 

No le asusta el hecho de estar completamente sola en Friburgo, en cambio le molesta que las cartas de Ingarden carezcan de contenido. (Eran tantas las esperanzas depositadas en él! Con nadie se había expresado en los términos en los que lo hizo con él, prueba evidente de la gran amistad que los unía. Ahora, decepcionada, le dice que, puesto que ninguno de los dos piensa que deban romper el intercambio epistolar, "acaso lo mejor sería limitarme a dar información sobre el estado de la fenomenología". Y, en efecto, aprovecha sus cartas para ponerle al corriente de dos importantes proyectos: el homenaje a Husserl, con ocasión de sus sesenta cumpleaños, y la publicación de los escritos de Reinach. También le dice que ha hecho a Husserl algunas sugerencias a propósito de Las Ideas, sin que se hayan puesto de acuerdo. Y, a falta de personas con quien poder dialogar, anota: "Creo que usted es la única persona con quien podría entenderme fácil y rápidamente". A tanto llega la simpatía que comienza a estudiar polaco y a leer literatura polaca, añorando la ocasión de discutir con él algunos puntos de la filosofía de Bergson. 

Mientras esa ocasión llega le informa de la aparición de un artículo en la revista católica Stimmen der Zeit en el que el jesuita Josef Kreitmaier relaciona la espiritualidad moderna con Bergson. Sobre Bergson, precisamente, había hecho Ingarden su trabajo de doctorado; por su parte, Edith Stein pasa horas leyendo a Bergson. A pesar de la buena impresión que le ha producido la lectura, por carta le hace saber que en ese momento -octubre de 1918- la ciencia no es lo más importante para ella. Hay otras cosas que le preocupan más y sobre las que no es fácil escribir. Y añade: "Me gustaría hablar con usted sobre todo, para ver cómo son vistas las cosas desde fuera, pero especialmente para llegar a un acuerdo con usted sobre muchas cosas que me atormentan". 

)Qué cosas son las que atormentan a Edith Stein en esos momentos? Desde luego, la grave situación política por la que entonces pasaba Alemania era para ella causa de tormento. Un buen reflejo de su estado de ánimo es lo que escribe el 6 de octubre de 1918: "El mejor medio de adaptarse a este miserable mundo sería despedirse de él. Pero tengo el convencimiento de que no debe hacerse tan a la ligera". Pero, la verdadera fuente de sufrimiento (y de alegría) era su propio mundo interior, escenario de una lucha singular. Acaso -le dice a Ingarden- usted ya ha barruntado que he optado por el cristianismo. Ha sido una decisión muy pensada y de gran trascendencia, tanta que a la hora de poner nombre a lo sucedido no duda en emplear la palabra "renacimiento". Y feliz, aunque de manera bien distinta a como Ingarden concibe la felicidad, explica: "Para mí la nueva vida está tan íntimamente ligada con los acontecimientos del último año, que ya nunca renegaré de alguna de sus formas; para mí serán siempre presencia muy viva. En ello no puedo ver ninguna desdicha, todo lo contrario, forman parte de mi patrimonio más valioso". Conociendo la frialdad de Ingarden y adivinando su más que posible rechazo, le ruega que no se lo tome a broma. Para ella nada hay más importante. "En este momento una está interiormente absorbida por la gran decisión que deberá tomarse próximamente". 

   Aunque concentrada interiormente, sigue pendiente de cuanto sucede a su alrededor. De hecho, movida por el sesgo que toman los acontecimientos políticos adelanta su viaje de Friburgo a Breslau, metiéndose de inmediato en la política. Incapaz de vivir absolutamente desconcentrada, tratará de combinar la política con el trabajo filosófico, lo que a la larga se demostró inviable. Falta del instrumental adecuado (conciencia robusta y piel espesa) se retira de la política y comienza a pensar en presentarse a cátedra, lo que lleva a cabo en Gotinga con el consabido resultado: en contra de las instrucciones, su trabajo es rechazado porque "la admisión de una mujer a concurso a cátedra todavía encuentra dificultades". Edith Stein no se deja abatir por este contratiempo y considera la posibilidad de volverse a presentar en otras universidades. Al final, sin embargo, desecha la idea y se pone a dar clases por su cuenta en Breslau. 

En 1920, en un viaje que hace a Gotinga, conoce personalmente a Hedwig Conrad-Martius con quien se ha entenido maravillosamente y quien la ha invitado a pasar las próximas vacaciones en Bergzabern. Y a Bergzabern, procedente de Gotinga, llegó el 28 de mayo de 1921. Algo más de dos meses estuvo allí (exactamente, hasta primeros de agosto); estancia que hubo de interrumpir a causa del próximo alumbramiento de su hermana Erna. Se va, pues, a Breslau, pero con el firme propósito de regresar a Bergzabern tan pronto como sea posible y "sin límite de tiempo". )A qué obedece esta sorprendente decisión? Sabemos que en el tiempo que estuvo en Bergzabern, donde el matrimonio formado por Theodor y Hedwig Conrad-Martius tenía una plantación y una buena biblioteca, Edith Stein llegó a intimar con ésta a niveles profundos, lo cual ella valoró enormemente. Pero, sobre todo, fue en Bergzabern donde -según refiere ella misma- "tomé la mayor decisión de mi vida". Esa decisión, como es bien sabido, fue la de hacerse católica, lo que acarreará importantes consecuencias para su vida. De hecho, enseguida la sorprendemos trabajando en un ensayo religioso-filosófico, afirmando además que en lo sucesivo sólo piensa trabajar en esta área. 

III.- LA FE, LUZ QUE ILUMINA LA VIDA  

El 15 de octubre de 1921 comunica a Ingarden que está a punto de entrar en la Iglesia católica, sin explicarle los motivos que le han inducido a ello, por la sencilla razón de que no es posible explicárselo por carta. Pero, para que pueda hacerse una idea aproximada de lo sucedido, le dice lo siguiente: que en los últimos años la filosofía ha perdido para ella atractivo en favor de la vida, de la que sus trabajos son solamente un pálido reflejo. Estando ya en Espira, el 13 de septiembre de 1925, a Kaufmann, sorprendido por su conversión, le aclara que se trata de algo que viene de atrás. Durante años ha estado vagando de aquí para allá, "hasta que he encontrado el lugar donde hay paz y tranquilidad para todos los corazones inquietos". La conversión, que ha provocado una violenta reacción por parte de su madre, opera en Edith Stein un cambio mental de grandes proporciones en el que una nueva concepción del mundo comienza a gestarse. Saliendo en defensa del último libro de Hedwig Conrad-Martius, Conversaciones metafísicas, a Roman Ingarden, contrario a cualquier interpretación metafísica, le da a entender que "todo gran filósofo tiene la suya propia". Más le dice: que la metafísica "está en relación muy estrecha -y de una manera legítima- con la fe". Y, para terminar, una observación más todavía: "Es posible dedicarse juntos a la fenomenología (...) y tener en la metafísica una posición diametralmente opuesta. Esto es claro en Husserl y en nosotros". 

Edith Stein, que entretanto el 1 de enero de 1922 ha recibido el sacramento del bautismo, afirma siete meses después que otra vez se ha puesto a escribir, aunque casi no ha avanzado nada. "Pero -asegura- no me importa, sé lo que tengo que hacer y volveré sobre ello cuando llegue el momento". A mediados de 1923 está ya impreso su trabajo sobre el Estado. )Es esto lo que estaba escribiendo? Es posible. Sí sabemos que ha comenzado a relacionarse con personas formadas en la escolástica y que su madre, deponiendo su actitud primera, "con toda el alma desea tenerme nuevamente y por mucho tiempo junto a sí". Sin embargo, Edith Stein, que ha conseguido que su madre comprendiera que nada malo hay en el hecho de ser miembro de la Iglesia católica, no tardará en abandonar el hogar materno. Esta vez el destino será Espira, donde las dominicas tienen un colegio de enseñanza y donde ella comienza a dar clases a partir de Pascua de 1923. A punto de cumplirse su primer año de estancia, escribe a Ingarden: "En su mayoría, las alumnas están en internado, y allí vivo yo también. Mi habitación es muy pequeña, pero en ningún sitio me he sentido tan a gusto".  

Centrada por completo en su nuevo trabajo, apenas le queda tiempo para otra cosa; desde luego no para la investigación científica. Sí ha podido, en cambio, traducir, en los ratos libres, al cardenal Newman, a quien se siente muy cercana. "Su vida entera -señala- ha sido sólo una búsqueda de la verdad religiosa y le ha conducido inevitablemente a la Iglesia católica". Y desde el amor que ella profesa a la Iglesia arremete contra las acusaciones lanzadas por R. Ingarden, haciéndole notar su falta de objetividad y de formación eclesiástica. Tildar a los grandes santos y doctores de la Iglesia de embusteros y farsantes es un disparate mayúsculo que no admite justificación. Por eso le aconseja que vuelva a plantearse estas cuestiones con serenidad y sin apasionamientos. De paso, le dice que es feliz como la que más y que, desde que sabe para qué vive, ama la vida. 

Por una carta escrita el 14 de diciembre de 1924 nos enteramos de que las circunstancias le han impedido ocuparse de la fenomenología los dos últimos años, al tiempo que su interés por las obras clásicas de la escolástica ha ido en aumento. La respuesta a la pregunta sobre el origen de este interés no ofrece dificultad. En el primer trimestre de 1924 el jesuita Erich Przywara -con quien ya se había relacionado antes por carta a causa de la traducción de Newman- hizo una visita a Edith Stein, instándole a que retomara el trabajo científico y redujera cuanto fuera posible las horas de clase. Siguiendo este consejo, Edith Stein no tardó en emprender el estudio de las Quaestiones disputatae de santo Tomás, sin saber lo que de ello habría de resultar: si una traducción con notas o un ensayo sobre la teoría tomista. Lo que sí tiene claro es que la llevará mucho tiempo. También ahora es consciente de haber usado demasiado ingenuamente el método fenomenológico. 

Que tengamos constancia ahora mismo, a nadie escribió tantas cartas Edith Stein como a Roman Ingarden. En el origen de esa correspondencia, que abarca más de ciento sesenta cartas, hay una amistad grande que con el paso del tiempo se va a ir enfriando. El 3 de enero de 1927 Edith Stein se reafirma en lo que ya ha insinuado otras veces: que son incapaces de entenderse. Y no se entienden porque siguen caminos distintos. Y no ya sólo porque el primero se ha casado y la segunda permanezca soltera. La diferencia de caminos apunta aquí a la distinta manera de enfocar la vida que, en el caso de Edith Stein, ha varido sensiblemente a raíz de su ingreso en el catolicismo, que no es "religión del sentimiento", sino algo que tiene que ver con la vida y el corazón. Por eso se muestra agradecida de "haber sido conducida a este camino que recorro con la más jovial entrega". Ese camino, que no es nada abstracto o teórico, es Cristo, convertido en el centro de su vida, y es la Iglesia de Cristo, considerada como su nueva patria. Y dirá que es terrible tener que reprimir aquello de lo que rebosa el corazón. "Esta es la presión más dura que pesa sobre mí". Ya se sabe: con los suyos ha de guardar silencio sobre estas cosas. Con su madre se entiende muy bien. Pero las cuestiones religiosas no se deben tocar. Y la razón nos la da ella: del cristianismo no sabe nada, y no quiero saberlo. Con quien sí puede hablar abiertamente es con Husserl. A finales de septiembre, con ocasión de la toma de hábito de sor Plácida Laubhard, le ha hecho una visita. Toda ha transcurrido estupendamente, hasta que Edith Stein le ha hecho ver dónde su camino se separa del suyo. Entonces ha quedado muy impresionado, ya que "de ninguna manera puede imaginarse que en mi caso chocaría con un mundo que está totalmente fuera del suyo". Seguidora entusiasta de la fenomenología en otro tiempo, Edith Stein ha estado abierta a otras interpretaciones de la realidad, capaces de cubrir el déficit fenomenológico. En concreto su traducción de las Quaestiones disputatae de veritate de santo Tomás será la puerta que la introducirá en el estudio de la escolástica. El resultado inmediato será un sugerente ensayo de confrontación entre la fenomenología de Husserl y la filosofía de santo Tomás, prueba manifiesta del camino recorrido por la autora en los últimos años. 

En este sentido, al tener conocimiento de la muerte del padre de Ingarden, rápidamente le muestra su condolencia, pero sin acertar a hilvanar unas palabras de consuelo. )Cómo consolar -se pregunta- al que no cree? No es fácil; como no es fácil construir un mundo armonioso sin la metafísica. Frente a quienes abogan por su disolución (e Ingarden es uno de ellos), Edith Stein sostiene que sólo es posible construir un mundo bien fundado sobre una filosofía que reconozca sus propios límites, lo que, en última instancia, significa apoyados en la revelación. Este el punto de vista de la fe, que no se reduce a simples actos de conocimiento, antes al contrario, como enseñara, santo Tomás, es principio de vida eterna, "cuya fuerza creadora y transformadora -agrega ella- experimento realísimamente en mí y en otros". 

Edith Stein ha informado a Ingarden del curso que ha seguido su vida en los últimos diez años (1917 a 1926). Con frecuencia, sin embargo, sus cartas han sido mal interpretadas. Tal vez un encuentro personal podría subsanar esa situación. Eso, al menos, es lo que piensa Edith Stein. Sin saber lo que al respecto pensaba Ingarden, lo cierto es que el anhelado encuentro tuvo lugar a finales de octubre de 1927 en Bergzabern. Cada cual pudo exponer libremente su punto de vista. No obstante, días después Edith Stein le hizo saber que lo que le dijo le pareció a ella misma "como muy fragmentario y descolorido en comparación de la realidad que hay detrás". Por las razones que fueren no abordó entonces o, por lo menos no en la medida deseada, la cuestión de fondo. )De qué cuestión se trata? Pues no de otra que de su vida cristiana, que ella denomina "mi camino" y del que desea que Ingarden se haga una idea más exacta. A tal fin le cita los autores que influyeron en ella antes de su conversión: Möhler y Scheeben. Pero, comprendiendo que sería demasiado pedirle que los lea, le recomienda la lectura de Newman, remachando algo que debería haber quedado suficientemente claro entonces: "que no intenté presentarle mi camino como el camino. Estoy profundamente convencida de que hay tantos caminos que llevan a Roma como cabezas y corazones humanos. Quizá en la exposición de mi camino he dejado que lo intelectual saliera tan malparado. Mas en el largo tiempo de preparación ha contribuido de forma decisiva. No obstante, decisivo de forma consciente fue el hecho real, no 'sentimiento', de topar con la imagen concreta del cristianismo auténtico en testigos elocuentes (Agustín, Francisco, Teresa)". 

Una vez más Edith Stein choca con la dificultad de traducir en palabras lo que es un "hecho real". "Es -atestigua- un mundo infinito, que se abre como algo absolutamente nuevo, si uno comienza, en lugar de vivir hacia afuera, hacia adentro. Todas las realidades, con las que uno tenía que habérselas antes, se hacen transparentes, y propiamente se llega a sentir las fuerzas que sustentan y mueven todo". Edith Stein es consciente de haber entrado en un terreno que escapa a la razón, que es en el que mejor se mueve Ingarden. Este, sin embargo, no tiene reparos en expresar su punto de vista sobre el particular, obligando a aquélla a defender la posibilidad de la "experiencia religiosa" que no se confunde con la "contemplación directa de Dios". Este es un fenómeno extraordinario; lo normal es que la experiencia religiosa discurra sobre efectos que uno nota en sí o en otros y que, dada su naturaleza, remiten claramente a Dios. Con todo, ninguno de los dos es objeto de una demostración científica. Por eso le parece improcedente esperar a demostrar a Dios para creer en él. Un Dios demostrado ya no sería creíble, pero ni siquiera Dios. Ante Dios lo que hay que hacer es tomar una decisión. Este es el desafío de la fe, que tampoco es una fe ciega, ya que se apoya en el testimonio de hombres religiosos, entre los que destacan los místicos españoles Teresa de Jesús y Juan de la Cruz. 

No parece que Edith Stein consiguió aclarar mucho las cosas, a juzgar por la larga carta que pronto le manda Ingarden, y a la que ella contesta desde Bergzabern el 1 de enero de 1928. Después de releer despacio la carta, cree que no tiene sentido entrar en discusiones que no llevarían a ninguna parte. No es cuestión de discutir, sino de buscar la verdad que encierra la religión, para lo cual le vuelve a aconsejar la lectura de los místicos españoles. Ante la insistencia de Ingarden en mantener abierta la discusión, Edith Stein contesta diciendo que no pretende eludir la discusión sobre problemas religiosos, sencillamente "estoy convencida -no sólo desde el punto de vista religioso, sino también filosófico- de que hay cosas que están más allá de los límites de las posibilidades naturales del conocimiento". En consecuencia, respetar esos límites es, según ella, lo correcto filosóficamente, y una contradicción intentar traspasarlos. 

No es que no valore la filosofía. En Espira sigue, en cuanto es posible, estando al tanto de las últimas publicaciones. Y, cuando en 1932 se coloque como profesora en el Instituto de pedagogía científica de Münster, pondrá sumo empeño en actualizar sus conocimientos. Sin embargo, desde hace algún tiempo, estas cosas no son para ella lo más importante ni tienen la fuerza suficiente como para llenar su vida. Más bien ésta se orienta en otra dirección que poco a poco la ha ido alejando del mundo y que, más allá de la filosofía, apela a una verdad última en la que todas las demás verdades se fundan. Ni que decir tiene que esa verdad, por la que tanto ha suspirado, es Dios. Pero Dios no es una verdad abstracta. La verdad de Dios es amor. Y amor es el distintivo de la vida cristiana; un amor que, por tener su origen en Dios, no conoce límite de espacio y tiempo. De este modo, Dios se convierte en razón última de su vida, manifestando que su deseo más ardiente es "hacerlo todo por amor". 

Dando cumplimiento a un plan antiguo, Edith Stein ingresa en el Carmelo de Colonia el 14 de octubre de 1933. Meses antes, exactamente el 5 de abril del mismo año, escribe a Hedwig Conrad-Martius lo siguiente: "Ahora que puedo mirar hacia atrás y que creo ver también el camino para el futuro inmediato, estoy persuadida de que era necesario caminar paso a paso y de que tranquilamente puedo seguir abandonándome a la Providencia". Y, agradecida por el don de la vocación, cuando ya ha pasado cuatro años en clausura, comunica a Ingarden: "Nuestra tarea es amar y servir". 

CONCLUSIÓN  

Después de cuanto hemos dicho alguien podría preguntar: )Qué tiene que ver todo esto con nosotros? Es decir: )Dónde queda la actualidad y ejemplaridad del itinerario de Edith Stein? A mí modo de ver, la respuesta está ya dada, de algún modo, en lo expuesto. No obstante, trataré de responder a la pregunta haciendo tres breves observaciones finales. 

10/ En su tiempo Séneca decía que todo auténtico viaje es un incierto itinerario en busca del fondo de uno mismo. En una época de tanta movilidad como la nuestra, estas palabras no sólo no han perdido actulidad sino que son una llamada para emprender el viaje hacia dentro de uno mismo. Pues podría suceder que tanto ir de un lado para otro nos faltara tiempo y ganas para encontrarnos con nosotros mismos. El vertiginoso ritmo de vida, impuesto por la sociedad moderna, amenaza con expulsarnos a la periferia de nosotros mismos privándonos del bien más preciado: nuestra interioridad. La atroz experiencia de vacío que cada vez aqueja a más personas es, según no pocos autores, la enfermedad propia de nuestro tiempo. 

Profundidad de vida y profundidad de pensamiento van a la par en Edith Stein. Sus decisiones brotaban de lo más profundo de su ser. Y en esa profundidad, hecha de búsqueda y reflexión, de silención y oración, se le hará patente la verdad de Dios y del hombre. En este sentido, el cultivo de la interioridad no es puro ejercicio intelectual o ascético, antes al contrario condición indispensable para el desarrollo de la vida humana. 

20/ Sin un punto de partida y un punto de llegada es imposible trazar itinerario alguno. La negación del pasado y del futuro dan lugar a una visión cerrada de la historia en la que ya sólo cabe agarrarse, un poco a la desesperada, al momento presente. En la medida en que hace tabla rasa de todo lo anterior y obliga al hombre a vivir sin horizontes, el postmodernismo es, en nuestros días, un representante de esta actitud. Ahora bien, al centrarse exclusivamente en el ahora -como han defendido los presentismos de todos los tiempos-, no sólo se pierde de vista el sentido de la historia, sino que, a la postre, el hombre termina viéndose inmerso en una historia sin sentido, en la que, tarde o temprano, el aburrimiento y el hastío harán mella en él. 

En contrate con este modo de ver y plantear las cosas, Edith Stein, mujer de amplios horizontes, nos vuelve a recordar que el hombre es un ser inquieto, siempre a la busca de nuevas metas. Creo que la actitud abierta que preside los diferentes movimientos de su vida es tremendamente aleccionador. Contra la intransigencia de unos y la cerrazón de otros, ella hace gala de una gran inteligencia y de una fina sensibilidad. Pero, además, peregrina de la historia, nos anima a fundamentar nuestra existencia en la esperanza que no falla. Los suyos fueron tiempos muy difíciles, a los que, sin embargo, supo hacer frente confiando en el Dios que misteriosamente guía los destinos de los pueblos. Matar la esperanza es atentar contra la vida. Y los hombres de hoy, como los de todos los tiempos, lo que necesitan es testigos de esperanza para vivir con ilusión. Y Edith Stein es uno de ellos. 

30/ En la sociedad global, de la que somos miembros, estamos asistiendo al debilitamiento de las formas institucionales que antes configuraban una identidad vocacional. Las fronteras que antes separaban a los pueblos se han derrumbado, y la sociedad de la homogenización está en marcha. Este lento pero operativo proceso de transformación, en el que los rasgos o perfiles propios quedan difuminados, no es ajeno a la Iglesia ni a la vida religiosa. En un tiempo en el que tanto se insiste en lo común )cómo recobrar la identidad vocacional? La pregunta quedará contestada satisfactoriamente en la medida en que el sujeto decida ser él mismo, esto es, tome decisiones que tengan sentido para él. La identidad consiste en elegir, no lo que uno quiere, sino aquello que a uno más le conviene. 

En las páginas precedentes hemos podido ver que Edith Stein forjó su itinerario a base de decisiones que fue tomando a lo largo de su vida. Aunque, evidentemente, no todas tenían el mismo valor, todas juntas forman un todo y apuntan en una dirección: la de la identidad. Lo feliz que se siente entre las dominicas, primero, y en las carmelitas, después, es la prueba de que ha elegido correctamente, respondiendo a Aquel que la llamaba. En una sociedad como la nuestra, en la que son muchas las personas que sufren crisis de identidad, pensamos que Edith Stein es actual, porque ha vivido su vocación con pasión y alegría. Y aquí reside su ejemplaridad, al hacernos ver que el ser humano descubre su identidad cuando responde a la llamada que Dios le lanza. 

Permítanme que ponga punto final a esta conferencia dando la palabra a quien ha sido objeto de nuestra reflexión. Lo que voy a decir son unas frases que ella escribió pensando en una persona concreta, pero que, a mi entender, valen para todos: "A cada cual -dice Edith Stein- Dios lo lleva por su propio camino (...) Lo que nosotros podemos hacer es poco. Pero no dejemos de hacerlo. Ante todo: pedir insistentemente que vayamos por el camino recto y sigamos sin resistencia alguna el estímulo de la gracia, cuando lo notemos". 

Jesús García Rojo OCD Segovia (España)

   

 

     
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Updated 30 ott 2005  by OCD General House
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