La vida de cada persona, como la de cada
pueblo y la de la humanidad en su conjunto es un camino. La itinerancia es condición
propia del ser humano, si bien no todos son conscientes de ello e incluso algunos se
oponen abiertamente a ella. La palabra itinerancia tiene la misma raíz semántica que
itinerario: ruta o camino, comprendido entre un punto de partida y otro de llegada. La
negación de uno de estos puntos falsea la realidad del itinerario. Así, siempre que el
hombre renuncia a su origen, corre el peligro de perder de vista su meta. Y a la inversa.
Para que el hombre se sitúe correctamente en el presente ha de ser capaz de engarzar a
éste tanto su pasado como su futuro. El presentismo es la tentación a la que sucumben
quienes viven de espaldas al pasado y al futuro, olvidando que, por naturaleza, el hombre
es un ser itinerante. No deja de
ser llamativo que en la discusión que Jesús mantiene con los judíos les diga en un
determinado momento: "Yo sé de dónde vengo y a dónde voy" (Jn 8, 14). Jesús
no ha surgido de la nada o por simple azar. Aunque sus interlocutores lo ignoren, él
proviene de Dios y a Dios retorna. Antes, sin embargo, tiene que anunciar el Reino, yendo
de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad. Es el particular camino recorrido por Jesús
que culminará en Jerusalén. Los evangelios sinópticos, cada uno a su manera, nos
presentan ese camino en el que Jesús aparece acompañado de otras personas. Sería
interesante anotar las incorporaciones y deserciones que se van produciendo a medida que
discurre el camino. Ahora sólo quiero llamar la atención sobre un hecho de todos
conocido: Llegada la hora suprema, es decir, al final del camino, todos emprenden la
huida, dejando a Jesús solo. Pero ahí queda el camino por él trazado. Muerto él, sus
discípulos serán conocidos como los "seguidores del camino" (cfr. Hech 9, 2).
Varios siglos antes, a las órdenes de
Moisés, el pueblo de Israel siguió el camino que lo condujo de la esclavitud de Egipto a
la patria de la libertad. Fue un largo y penoso camino, repleto de dificultades, hasta el
punto de que muy pocos alcanzaron la meta. Los cadáveres que quedaron tendidos en el
desierto eran la prueba de que la empresa sólo en parte había sido un éxito. Mucho
mejor les irá a los desterrados en Babilonia. Cuando el profeta Isaías anuncie su
regreso, insistirá en el carácter festivo y liberador del mismo. En este nuevo éxodo,
atrás queda llanto y dolor, por delante alegría a raudales. En medio Dios, acompañando
y guiando a su pueblo por un camino derecho y seguro, al que se da el nombre de "vía
sacra" (cfr. Is 35, 1-10; 43, 1-7.16-21). El impacto que la experiencia del éxodo
produjo en Israel en orden a su constitución como pueblo elegido por Dios es conocido de
todos. Llamado a vivir en la presencia del Señor, el israelita tiene conciencia de que
está de camino. Y sus periódicas peregrinaciones a Jerusalén, "entre cantos de
júbilo y alabanza" (Sal 41, 5), eran una ocasión magnífica para bendecir al Señor
que guía a su publeo como a un rebaño (cfr. Sal 94, 6-7; 99, 3-4).
Edith Stein no tuvo ocasión de subir a
Jerusalén, como, según la costumbre, "subían las tribus a celebrar el nombre del
Señor" (Sal 121, 4), Pero no por eso ignoró las tradiciones de sus antepasados. La
abundancia de detalles con que narra la celebración de las fiestas judías en familia es
no sólo una muestra de su excelente memoria sino también claro indicio de que las
prácticas religiosas dejaron una huella imborrable en ella. En cuanto miembro del pueblo
judío, al que se siente estrechamente ligada, asume creadoramente su historia, en la que
la categoría del éxodo es elemento esencial. Ciertamente, si exceptuamos la última
etapa de su vida, las circunstancias le permitieron moverse con entera libertad. Diríase
que va allí donde le place; apreciación que no es del todo exacta, ya que ella va, no
donde más a gusto se halla, sino allí donde su personal exigencia interior la guía. Con
lo cual sus idas y venidas son expresión de un particular itinerario; itinerario que
aquí quisiéramos bosquejar, si bien limitándonos a los que, a nuestro juicio, fueron
sus años decisivos: los que van de 1913 a 1933, es decir, desde su primera estancia en
Gotinga hasta, aproximadamente, su entrada en el Carmelo de Colonia.
Tras largas y laboriosas revisiones, el año
1936 Edith Stein concluía su gran obra Ser finito y ser eterno. El libro, un
ensayo sobre la fundamentación última del ser y su sentido, "fue escrito por una
principiante para principiantes (...) que había encontrado el camino de Cristo y de su
Iglesia y estaba ocupada en sacar sus conclusiones prácticas". Sin detenernos a ver
en qué medida el libro es fiel reflejo de la trayectoria de la autora, hacemos nuestras
las palabras de Feldmann cuando asegura que "Edith Stein fue ascendiendo con
creciente coraje y con renovada nostalgia, empujada siempre por una pasión insaciable,
hasta que llegó a alcanzar aquella realidad última que engloba y sostiene toda realidad
humana". Mujer de gran energía, Edith Stein no sólo no se arredra ante las
dificultades, sino que, desde muy joven, soñaba con la gloria, "pues estaba
convencida de que estaba destinada a algo grande". Esos sueños o anhelos de grandeza
le empujarán a desechar caminos fáciles y escoger los difíciles, ya que son los que
mejor se corresponden con su forma de ser. Por eso, aparte de otras razones, terminará
escogiendo y siguiendo a santa Teresa de Jesús.
En efecto, todos sabemos que el encuentro con
santa Teresa de Jesús supuso para ella un cambio profundo. A partir de ese momento,
verano de 1921, su vida toma una nueva dirección, lo que autoriza a hablar de un antes y
un después. Sin embargo, contemplar aquel suceso en sí mismo y sin relación alguna con
todo lo demás, es, a nuestro juicio, un planteamiento incorrecto. Es cierto que en su
actuar maravilloso la gracia desborda nuestros cálculos y previsiones, pero asimismo es
cierto que, por regla general, respeta y se acomoda a la naturaleza de las personas. En
este sentido, cifrar la conversión de Edith Stein en una repentina y puntual decisión es
algo que no se corresponde con su forma de ser. Por eso nos inclinamos a pensar que en su
caso la decisión de hacerse católica es resultado de un complejo proceso de maduración
en el que han intervenido factores de distinta índole.
No es nuestra intención analizar la
conversión de Edith Stein, sino en la medida en que forma parte de su itinerario. En este
sentido es obligado preguntarse: )Qué es lo que, finalmente, llevó a Edith Stein a dar
el paso hacia el catolicismo y qué consecuencias se siguieron?
Antes de abordar esta cuestión parece
oportuno citar el testimonio de una persona muy querida de Edith Stein, tanto que fue su
madrina de bautismo. Me refiero a Hedwig Conrad-Martius, quien en una de sus Cartas
refiere lo siguiente: "Edith Stein era un ser bueno y prudente, de una inagotable
abnegación, mas permanecía secreta y silenciosa. Muy equilibrada en cuanto a su
carácter, daba la impresión de estar siempre concentrada y como absorta en una
meditación ininterrumpida (...) Nosotras estábamos íntimamente unidas, pero no sé gran
cosa que pueda decir de su evolución interior".
A juzgar por estas palabras podría dar la
impresión de que presentar el itinerario o evolución interior de Edith Stein es
imposible. Ahora bien, esa primera impresión desaparece tan pronto como tomamos en
nuestras manos sus escritos y nos vamos familiarizando con ellos. Gracias a ellos, sobre
todo a los que tienen una marcada impronta autobiográfica, nos es dado adentrarnos en su
mundo interior, siguiendo de cerca las etapas de su vida.
I.-
BAJO EL INFLUJO DE ADOLF REINACH Y MAX SCHELER
El año 1913 Edith Stein se traslada a
Gotinga en cuya Universidad era profesor E. Husserl. La lectura de las Investigaciones
lógicas abrió su espíritu a un nuevo campo, hasta ahora desconocida para ella: la
fenomenología. Pero, quien va a ejercer un influjo mayor en ella, tanto durante su
permanencia en Gotinga como después, es A. Reinach. Su juventud no era, en absoluto,
obstáculo para que todos sintieran hacia él un gran respeto. Dotado de un gran don de
gentes, lo suyo no era simplemente enseñar y aprender. Había algo más: "una
búsqueda común". Rememorando aquellos años, comenta Edith Stein: "Las horas
pasadas en el delicioso cuarto de trabajo de Reinach fueron las más felices de toda mi
estancia en Gotinga". A su llegada a Gotinga, él fue el primero en recibirla y él
fue también quien le infundió nuevos ánimos para seguir adelante cuando, a causa del
trabajo, atravesaba momentos muy difíciles; tan difíciles que la vida le pareció
insoportable. Según refiere la interesada, aquella fue la primera vez en su vida que se
encontró ante algo incapaz de dominar. Pero allí estaba Reinach que le echó una mano. Y
tan positivo fue el efecto que, según cuenta, se sintió "como renacida". La
crisis quedó superada y Edith Stein, que, no echaba fácilmente en olvido los favores que
le hacían, pronto tendrá ocasión de corresponder a la ayuda que le había prestado A.
Reinach.
Como es sabido de todos A. Reinach cayó en
el frente el año 1917. La noticia de su muerte causó hondo pesar en el círculo de sus
amigos, sin que Edith Stein fuera excepción. Es, incluso, probable que lo sintiera más
que otros, pues, de hecho, no ha sido capaz de disimular el sufrimiento, viéndose
obligada a pedir disculpas a Roman Ingarden, ya que "influida" por los
acontecimientos no ha tenido momento alguno de alegría. Por entonces, Edith Stein
todavía trabajaba como asistente de Husserl, y en representación suya asiste al entierro
de A. Reinach en Gotinga el 31 de diciembre de 1917. Meses más tarde, liberada de su
compromiso de asistente, asume un nuevo trabajo: ordenar el legado del defunto Reinach. Al
parecer la viuda le pidió este favor. Y ella accede gustosa. Antes de trasladarse a
Gotinga, donde el 29 de marzo de 1918 tendrá ocasión de participar en el bautizo de
Pauline, hermana de Reinach, ha hecho que le envíen la Notas que sobre filosofía
de la religión escribió éste en los últimos años, mereciéndole un juicio muy
laudatorio.
Las mencionadas Notas son simples
esbozos y noticias, más o menos sueltas, sobre las que ya le habló el autor en las
Navidades de 1916. Fue entonces cuando le aseguró que, a decir verdad, nunca había
estado verdaderamente interesado por la filosofía y que lo que le preocupaba en esos
momentos eran cuestiones de orden religioso, de las que deseaba ocuparse a fondo una vez
terminara la guerra. Las Notas a las que nos venimos refiriendo, incluidas en la
Introducción que Hedwig Conrad-Martius hizo a la edición de las Obras de A.
Reinach, abordan el tema de la experiencia interior de Dios. Allí, entre otras cosas, se
lee: "Me gustaría exponer la significación total de esta experiencia, mostrar hasta
qué punto puede reclamar objetividad, demostrar por qué es un conocimiento auténtico,
aunque de un género especial; y, por último, sacar las conclusiones". En estas
palabras queda bien claro cuál era el deseo de Reinach, sólo por la muerte estrangulado.
Si importante es combatir en la guerra, mucho más importante es sostener a los que
vacilan e impulsar hacia adelante a los que la ciencia ha alejado de Dios. Y esto es lo
que él se proponía hacer.
Desde luego, Edith Stein no fue indiferente a
la experiencia religiosa vivida por A. Reinach en el campo de batalla. De hecho, Erika
Gothe, compañera de aquélla en Gotinga, afirma: "Teníamos nuestros altercados
filosóficos, rozando a menudo el terreno religioso, movidas particularmente a ello porque
nuestro profesor Adolf Reinach se había convertido al cristianismo en la guerra,
escribiendo desde entonces en todas sus cartas que su labor filosófica se reduciría en
adelante a mostrar a los hombres el camino de la fe".
Precisar con exactitud el grado de influencia
de A. Reinach en Edith Stein siempre será una tarea ardua. )Se debió a
él (a su muerte) que comenzara a leer el Nuevo Testamento, como sugiere Sancho Fermín?
En todo caso, una cosa es clara: En un intento de buscar una explicación al papel que los
humanos jugamos en la historia del mundo, el 19 de febrero de 1918 cita el siguiente texto
evangélico: "El Hijo del Hombre se va, como está decidido. Pero (ay! de
aquel que lo habrá de entregar" (Lc 22, 22). Y afirma que responsables de cuanto
sucede somos nosotros, sin que debamos echar la culpa a nadie. Esto, sin embargo, no es
razón suficiente para creer que la historia se explica por sí misma. "A mi modo de
ver -le dice a Ingarden-, religión e historia se aproximan cada vez más". Tal vez,
para no provocar las iras de su amigo, añade que lo que acaba de exponerle son
"ocurrencias" no fundamentadas científicamente. Pero el lector tiene la
sospecha de que aquí se esconde algo muy importante. Casualmente un año antes
-exactamente el 20 de febrero de 1917- mostraba su alegría al enterarse de que Ingarden
se había topado con problemas religiosos. Ella, que en otro tiempo vivió sin contar con
Dios, reconoce ahora que "es imposible diseñar una teoría de la persona sin
afrontar la cuestión de Dios, como es imposible saber qué es historia". Entonces
estaba metida de lleno en la elaboración de las Ideas de Husserl, sin que le
quedara tiempo libre para nada. De no ser así, se hubiera ocupado de las cuestiones
religiosas, sobre las que dice estar interesada. Entretanto propone a Ingarden la lectura
conjunta de san Agustín. )Acaso todo esto no indica la presencia, por muy tenue
que sea, de un mundo que, escapando al control de la ciencia, pugna por hacerse sitio en
la conciencia?
Cuando Edith Stein llegó a Gotinga
funcionaba "la sociedad filosófica", constituida por "verdaderos
discípulos de Husserl", que se reunía una vez por semana para debatir determinadas
cuestiones. Edith Stein, miembro activo de dicha sociedad, anota que el tema de diálogo
escogido para aquel semestre de 1913 fue un libro que, en su opinión, ha influido mucho
en la vida de los jóvenes fenomenólogos: Formalismo en la ética y ética material de
los valores de Max Scheler. Husserl y Scheler representaban dos estilos completamente
distintos. Poseía Scheler unas cualidades extraordinarias para la comunicación que
hacían de él -al menos en el primer momento- una persona fascinante. Y Edith Stein no
sólo no fue ajena a este especie de hechizo que Scheler ejercía sobre sus oyentes, sino
que gracias a él trabó contacto con un mundo que rebasaba los límites de la filosofía.
Fue un contacto fugaz al que de momento no prestó mayor atención, ya que estaba
ocupabada con otros asuntos. Exteriormente todo siguió igual. Años más tarde, sin
embargo, reconocerá que, aunque todavía estaba lejos de abrazar la fe, ante sus ojos
hizo aparición un mundo hasta entonces desconocido, al que en adelante ya no podrá dar
la espalda. Tardará algún tiempo en ocuparse directamente del tema religioso, que ahora
queda aplazado, pero no negado. Edith Stein tiene la impresión de que es imposible
oponerse a algo cuyos efectos está sintiendo en sí misma. "Me conformé
-manifiesta- con recoger sin resistencia las incitaciones de mi entorno y casi, sin
notarlo, fui transformada poco a poco".
Edith Stein había ido a Gotinga única y
exclusivamente a estudiar filosofía. Sin embargo, relativamente pronto siente la llamada
de la fe. Personas y acontecimientos que se cruzan en su camino le incitan a replantearse
una cuestión que ella consideró zanjada durante algún tiempo. Catorce años tenía
cuando decidió poner fin a la fe recibida de sus mayores. Y no deja de llamar la
atención que aquella decisión coincidiera con otra igualmente importante: la de
liberarse de la tutela de su madre y hermanos. Edith Stein quería ser una persona libre e
independiente. Pero ni la escuela, ni la vida en familia, ni tampoco la religión
responden a sus anhelos de libertad. Por eso rompe, temporalmente, con estas tres
instituciones, cambiando de ambiente. En Hamburgo, próxima etapa de su vida, descubrió
que su hermana Elsa y su cuñado Max vivían por completo al margen de la religión,
percatándose, además, de que su mundo interior se estrechaba más y más. Eso sí:
seguía convencida de que estaba llamada para algo grande.
II.- INTERÉS CRECIENTE POR LA RELIGION
Después de los meses pasados en Hamburgo, da
comienzo un nuevo capítulo en la vida de Edith Stein. Llena de energía, vuelve otra vez
a las clases que comparte con alumnas judías, si bien la piedad que observa en ellas no
es precisamente una piedad profunda. Hay también allí una condiscípula católica a
quien Edith Stein aprecia, pero con quien nunca habló de temas religiosos. La religión
había dejado de ser para ella una cuestión vital, y habrán de pasar algunos años antes
de que vuelva a serlo otra vez.
Más arriba aludimos al influjo que en ella
produjo el encuentro con Max Scheler y Adolf Reinach. Pero quien más va a influir en su
decisión a favor de la religión es la viuda del último. Su actitud serena y esperanzada
frente a la muerte de su marido de tal manera impresionó a Edith Stein que hizo que se
estremeciera su mundo interior. Ya no pudo resistir a la gracia que misteriosamente iba
haciendo en ella su labor. Ella, tan discreta, nada dijo de aquella singular experiencia.
De modo que, aparentemente, todo seguía igual. Años más tarde, el P. Hirschmann se
dirigía por carta al Carmelo de Colonia para manifestar que, según le contó la propia
interesada, el desencadenante último de su conversión al cristianismo fue ver cómo la
señora Reinach, sostenida por la fuerza esplenderosa de la cruz, asumió la muerte de su
marido. Entonces se le hizo manifiesta la verdad del cristianismo.
Todavía pasará algún tiempo antes de que
reciba el bautismo. Mas un importante proceso de transformación interior está ya en
marcha, perceptible, sobre todo, a través de sus cartas. Así, por ejemplo, al pesimismo
que ha hecho presa en su hermana Erna y en otras personas opone una visión optimista y
esperanzada, diciendo que más allá de la reinante confusión creada por la guerra, un
nuevo espíritu terminará por imponerse. Ya antes, el 9 de abril de 1917, frente al
pesimismo de R. Ingarden, ella ha apostado por la esperanza, dejando claro, no obstante,
que no es una optimista ingenua. Y explica: "Antes incluso era muy propensa a ver
sólo el lado oscuro de las cosas; ahora, en cambio, trato de descubrir también lo
positivo que hay detrás". Estamos en plena guerra mundial. Algunos compañeros de
estudio han muerto y, al contemplar en la estantería sus trabajos, Edith Stein no sólo
tiene la sensación de pertenecer a otra generación sino que, extrañada, se pregunta
cómo es posible que aún siga ella con vida. Y la respuesta nos la da ella misma al
asegurar que dos cosas le ayudan a mantenerse en pie: "El deseo de ver qué va a ser
de Europa y la esperanza de hacer algo para la filosofía". De momento una densa
niebla lo envuelve todo sin que sea posible entrever alguna vía de solución a la
complicada situación política. Ella, consciente de la gravedad de los problemas, no
puede, sin embargo, desechar "la idea de que la historia del mundo tiene un sentido;
sentido que se instaura aun cuando no haya hombre alguno capaz de señalarle el
camino"; y, renunciando a hacer pronóstico alguno, trata de vivir sin estar
preocupada más de la cuenta por determinados acontecimientos, pero muy consciente de su
impotencia: algo a lo que no logra acostumbrarse del todo. Así, la que en otro tiempo
experimentara un indecible placer en emprender lo aparentemente imposible, ahora reconoce
que "uno debe considerar muy en firme la propia impotencia, a fin de curarse de la
ilimitada confianza en su querer y poder, de la que en otro tiempo yo misma fui
víctima".
Febrero de 1918 marca un hito importante en
la vida de Edith Stein. Después de haber trabajado año y medio al lado de Husserl, como
asistente, considera que es imposible seguir así por más tiempo. No se niega a echarle
una mano siempre que sea preciso, pero lo que de ninguna manera acepta es ponerse bajo sus
órdenes. "Puedo ponerme -dice- al servicio de un asunto y puedo hacer
cualquier cosa por amor a una persona, pero estar al servicio de una persona, dicho
brevemente: obedecer, esto no puedo". Libre de compromisos que la aten, se dedicará
a sus propios asuntos, preparando algunos trabajos y colaborando en la edición de las Obras
de A. Reinach. Se engañaría, sin embargo, quien creyera que aquí radica el motivo de su
"ruptura" con Husserl, pues -a tenor de lo que escribe el 28 de febrero de 1918-
"el placer de publicar cosas puede darle a uno de lado". Lo que no le da de lado
es el punto de apoyo que ha encontrado y que, según confiesa, "hasta cierto grado me
hace ajena a todos los condicionamientos externos".
No le asusta el hecho de estar completamente
sola en Friburgo, en cambio le molesta que las cartas de Ingarden carezcan de contenido. (Eran tantas
las esperanzas depositadas en él! Con nadie se había expresado en los términos en los
que lo hizo con él, prueba evidente de la gran amistad que los unía. Ahora,
decepcionada, le dice que, puesto que ninguno de los dos piensa que deban romper el
intercambio epistolar, "acaso lo mejor sería limitarme a dar información sobre el
estado de la fenomenología". Y, en efecto, aprovecha sus cartas para ponerle al
corriente de dos importantes proyectos: el homenaje a Husserl, con ocasión de sus sesenta
cumpleaños, y la publicación de los escritos de Reinach. También le dice que ha hecho a
Husserl algunas sugerencias a propósito de Las Ideas, sin que se hayan puesto de
acuerdo. Y, a falta de personas con quien poder dialogar, anota: "Creo que usted es
la única persona con quien podría entenderme fácil y rápidamente". A tanto llega
la simpatía que comienza a estudiar polaco y a leer literatura polaca, añorando
la ocasión de discutir con él algunos puntos de la filosofía de Bergson.
Mientras esa ocasión llega le informa de la
aparición de un artículo en la revista católica Stimmen der Zeit en el que el
jesuita Josef Kreitmaier relaciona la espiritualidad moderna con Bergson. Sobre Bergson,
precisamente, había hecho Ingarden su trabajo de doctorado; por su parte, Edith Stein
pasa horas leyendo a Bergson. A pesar de la buena impresión que le ha producido la
lectura, por carta le hace saber que en ese momento -octubre de 1918- la ciencia no es lo
más importante para ella. Hay otras cosas que le preocupan más y sobre las que no es
fácil escribir. Y añade: "Me gustaría hablar con usted sobre todo, para ver cómo
son vistas las cosas desde fuera, pero especialmente para llegar a un acuerdo con usted
sobre muchas cosas que me atormentan".
)Qué
cosas son las que atormentan a Edith Stein en esos momentos? Desde luego, la grave
situación política por la que entonces pasaba Alemania era para ella causa de tormento.
Un buen reflejo de su estado de ánimo es lo que escribe el 6 de octubre de 1918: "El
mejor medio de adaptarse a este miserable mundo sería despedirse de él. Pero tengo el
convencimiento de que no debe hacerse tan a la ligera". Pero, la verdadera fuente de
sufrimiento (y de alegría) era su propio mundo interior, escenario de una lucha singular.
Acaso -le dice a Ingarden- usted ya ha barruntado que he optado por el cristianismo. Ha
sido una decisión muy pensada y de gran trascendencia, tanta que a la hora de poner
nombre a lo sucedido no duda en emplear la palabra "renacimiento". Y feliz,
aunque de manera bien distinta a como Ingarden concibe la felicidad, explica: "Para
mí la nueva vida está tan íntimamente ligada con los acontecimientos del último año,
que ya nunca renegaré de alguna de sus formas; para mí serán siempre presencia muy
viva. En ello no puedo ver ninguna desdicha, todo lo contrario, forman parte de mi
patrimonio más valioso". Conociendo la frialdad de Ingarden y adivinando su más que
posible rechazo, le ruega que no se lo tome a broma. Para ella nada hay más importante.
"En este momento una está interiormente absorbida por la gran decisión que deberá
tomarse próximamente".
Aunque concentrada interiormente, sigue pendiente de
cuanto sucede a su alrededor. De hecho, movida por el sesgo que toman los acontecimientos
políticos adelanta su viaje de Friburgo a Breslau, metiéndose de inmediato en la
política. Incapaz de vivir absolutamente desconcentrada, tratará de combinar la
política con el trabajo filosófico, lo que a la larga se demostró inviable. Falta del
instrumental adecuado (conciencia robusta y piel espesa) se retira de la política y
comienza a pensar en presentarse a cátedra, lo que lleva a cabo en Gotinga con el
consabido resultado: en contra de las instrucciones, su trabajo es rechazado porque
"la admisión de una mujer a concurso a cátedra todavía encuentra
dificultades". Edith Stein no se deja abatir por este contratiempo y considera la
posibilidad de volverse a presentar en otras universidades. Al final, sin embargo, desecha
la idea y se pone a dar clases por su cuenta en Breslau.
En 1920, en un viaje que hace a Gotinga,
conoce personalmente a Hedwig Conrad-Martius con quien se ha entenido maravillosamente y
quien la ha invitado a pasar las próximas vacaciones en Bergzabern. Y a Bergzabern,
procedente de Gotinga, llegó el 28 de mayo de 1921. Algo más de dos meses estuvo allí
(exactamente, hasta primeros de agosto); estancia que hubo de interrumpir a causa del
próximo alumbramiento de su hermana Erna. Se va, pues, a Breslau, pero con el firme
propósito de regresar a Bergzabern tan pronto como sea posible y "sin límite de
tiempo". )A qué obedece esta sorprendente decisión? Sabemos
que en el tiempo que estuvo en Bergzabern, donde el matrimonio formado por Theodor y
Hedwig Conrad-Martius tenía una plantación y una buena biblioteca, Edith Stein llegó a
intimar con ésta a niveles profundos, lo cual ella valoró enormemente. Pero, sobre todo,
fue en Bergzabern donde -según refiere ella misma- "tomé la mayor decisión de mi
vida". Esa decisión, como es bien sabido, fue la de hacerse católica, lo que
acarreará importantes consecuencias para su vida. De hecho, enseguida la sorprendemos
trabajando en un ensayo religioso-filosófico, afirmando además que en lo sucesivo sólo
piensa trabajar en esta área.
III.-
LA FE, LUZ QUE ILUMINA LA VIDA
El 15 de octubre de 1921 comunica a Ingarden
que está a punto de entrar en la Iglesia católica, sin explicarle los motivos que le han
inducido a ello, por la sencilla razón de que no es posible explicárselo por carta.
Pero, para que pueda hacerse una idea aproximada de lo sucedido, le dice lo siguiente: que
en los últimos años la filosofía ha perdido para ella atractivo en favor de la vida, de
la que sus trabajos son solamente un pálido reflejo. Estando ya en Espira, el 13 de
septiembre de 1925, a Kaufmann, sorprendido por su conversión, le aclara que se trata de
algo que viene de atrás. Durante años ha estado vagando de aquí para allá, "hasta
que he encontrado el lugar donde hay paz y tranquilidad para todos los corazones
inquietos". La conversión, que ha provocado una violenta reacción por parte de su
madre, opera en Edith Stein un cambio mental de grandes proporciones en el que una nueva
concepción del mundo comienza a gestarse. Saliendo en defensa del último libro de Hedwig
Conrad-Martius, Conversaciones metafísicas, a Roman Ingarden, contrario a
cualquier interpretación metafísica, le da a entender que "todo gran filósofo
tiene la suya propia". Más le dice: que la metafísica "está en relación muy
estrecha -y de una manera legítima- con la fe". Y, para terminar, una observación
más todavía: "Es posible dedicarse juntos a la fenomenología (...) y tener en la
metafísica una posición diametralmente opuesta. Esto es claro en Husserl y en
nosotros".
Edith Stein, que entretanto el 1 de enero de
1922 ha recibido el sacramento del bautismo, afirma siete meses después que otra vez se
ha puesto a escribir, aunque casi no ha avanzado nada. "Pero -asegura- no me importa,
sé lo que tengo que hacer y volveré sobre ello cuando llegue el momento". A
mediados de 1923 está ya impreso su trabajo sobre el Estado. )Es esto lo
que estaba escribiendo? Es posible. Sí sabemos que ha comenzado a relacionarse con
personas formadas en la escolástica y que su madre, deponiendo su actitud primera,
"con toda el alma desea tenerme nuevamente y por mucho tiempo junto a sí". Sin
embargo, Edith Stein, que ha conseguido que su madre comprendiera que nada malo hay en el
hecho de ser miembro de la Iglesia católica, no tardará en abandonar el hogar materno.
Esta vez el destino será Espira, donde las dominicas tienen un colegio de enseñanza y
donde ella comienza a dar clases a partir de Pascua de 1923. A punto de cumplirse su
primer año de estancia, escribe a Ingarden: "En su mayoría, las alumnas están en
internado, y allí vivo yo también. Mi habitación es muy pequeña, pero en ningún sitio
me he sentido tan a gusto".
Centrada por completo en su nuevo trabajo,
apenas le queda tiempo para otra cosa; desde luego no para la investigación científica.
Sí ha podido, en cambio, traducir, en los ratos libres, al cardenal Newman, a quien se
siente muy cercana. "Su vida entera -señala- ha sido sólo una búsqueda de la
verdad religiosa y le ha conducido inevitablemente a la Iglesia católica". Y desde
el amor que ella profesa a la Iglesia arremete contra las acusaciones lanzadas por R.
Ingarden, haciéndole notar su falta de objetividad y de formación eclesiástica. Tildar
a los grandes santos y doctores de la Iglesia de embusteros y farsantes es un disparate
mayúsculo que no admite justificación. Por eso le aconseja que vuelva a plantearse estas
cuestiones con serenidad y sin apasionamientos. De paso, le dice que es feliz como la que
más y que, desde que sabe para qué vive, ama la vida.
Por una carta escrita el 14 de diciembre de
1924 nos enteramos de que las circunstancias le han impedido ocuparse de la fenomenología
los dos últimos años, al tiempo que su interés por las obras clásicas de la
escolástica ha ido en aumento. La respuesta a la pregunta sobre el origen de este
interés no ofrece dificultad. En el primer trimestre de 1924 el jesuita Erich Przywara
-con quien ya se había relacionado antes por carta a causa de la traducción de Newman-
hizo una visita a Edith Stein, instándole a que retomara el trabajo científico y
redujera cuanto fuera posible las horas de clase. Siguiendo este consejo, Edith Stein no
tardó en emprender el estudio de las Quaestiones disputatae de santo Tomás, sin
saber lo que de ello habría de resultar: si una traducción con notas o un ensayo sobre
la teoría tomista. Lo que sí tiene claro es que la llevará mucho tiempo. También ahora
es consciente de haber usado demasiado ingenuamente el método fenomenológico.
Que tengamos constancia ahora mismo, a nadie
escribió tantas cartas Edith Stein como a Roman Ingarden. En el origen de esa
correspondencia, que abarca más de ciento sesenta cartas, hay una amistad grande que con
el paso del tiempo se va a ir enfriando. El 3 de enero de 1927 Edith Stein se reafirma en
lo que ya ha insinuado otras veces: que son incapaces de entenderse. Y no se entienden
porque siguen caminos distintos. Y no ya sólo porque el primero se ha casado y la segunda
permanezca soltera. La diferencia de caminos apunta aquí a la distinta manera de enfocar
la vida que, en el caso de Edith Stein, ha varido sensiblemente a raíz de su ingreso en
el catolicismo, que no es "religión del sentimiento", sino algo que tiene que
ver con la vida y el corazón. Por eso se muestra agradecida de "haber sido conducida
a este camino que recorro con la más jovial entrega". Ese camino, que no es nada
abstracto o teórico, es Cristo, convertido en el centro de su vida, y es la Iglesia de
Cristo, considerada como su nueva patria. Y dirá que es terrible tener que reprimir
aquello de lo que rebosa el corazón. "Esta es la presión más dura que pesa sobre
mí". Ya se sabe: con los suyos ha de guardar silencio sobre estas cosas. Con su
madre se entiende muy bien. Pero las cuestiones religiosas no se deben tocar. Y la razón
nos la da ella: del cristianismo no sabe nada, y no quiero saberlo. Con quien sí puede
hablar abiertamente es con Husserl. A finales de septiembre, con ocasión de la toma de
hábito de sor Plácida Laubhard, le ha hecho una visita. Toda ha transcurrido
estupendamente, hasta que Edith Stein le ha hecho ver dónde su camino se separa del suyo.
Entonces ha quedado muy impresionado, ya que "de ninguna manera puede imaginarse que
en mi caso chocaría con un mundo que está totalmente fuera del suyo". Seguidora
entusiasta de la fenomenología en otro tiempo, Edith Stein ha estado abierta a otras
interpretaciones de la realidad, capaces de cubrir el déficit fenomenológico. En
concreto su traducción de las Quaestiones disputatae de veritate de santo Tomás
será la puerta que la introducirá en el estudio de la escolástica. El resultado
inmediato será un sugerente ensayo de confrontación entre la fenomenología de Husserl y
la filosofía de santo Tomás, prueba manifiesta del camino recorrido por la autora en los
últimos años.
En este sentido, al tener conocimiento de la
muerte del padre de Ingarden, rápidamente le muestra su condolencia, pero sin acertar a
hilvanar unas palabras de consuelo. )Cómo consolar -se pregunta- al que no cree? No es
fácil; como no es fácil construir un mundo armonioso sin la metafísica. Frente a
quienes abogan por su disolución (e Ingarden es uno de ellos), Edith Stein sostiene que
sólo es posible construir un mundo bien fundado sobre una filosofía que reconozca sus
propios límites, lo que, en última instancia, significa apoyados en la revelación. Este
el punto de vista de la fe, que no se reduce a simples actos de conocimiento, antes al
contrario, como enseñara, santo Tomás, es principio de vida eterna, "cuya fuerza
creadora y transformadora -agrega ella- experimento realísimamente en mí y en
otros".
Edith Stein ha informado a Ingarden del curso
que ha seguido su vida en los últimos diez años (1917 a 1926). Con frecuencia, sin
embargo, sus cartas han sido mal interpretadas. Tal vez un encuentro personal podría
subsanar esa situación. Eso, al menos, es lo que piensa Edith Stein. Sin saber lo que al
respecto pensaba Ingarden, lo cierto es que el anhelado encuentro tuvo lugar a finales de
octubre de 1927 en Bergzabern. Cada cual pudo exponer libremente su punto de vista. No
obstante, días después Edith Stein le hizo saber que lo que le dijo le pareció a ella
misma "como muy fragmentario y descolorido en comparación de la realidad que hay
detrás". Por las razones que fueren no abordó entonces o, por lo menos no en la
medida deseada, la cuestión de fondo. )De qué cuestión se trata? Pues no de otra que de su
vida cristiana, que ella denomina "mi camino" y del que desea que Ingarden se
haga una idea más exacta. A tal fin le cita los autores que influyeron en ella antes de
su conversión: Möhler y Scheeben. Pero, comprendiendo que sería demasiado pedirle que
los lea, le recomienda la lectura de Newman, remachando algo que debería haber quedado
suficientemente claro entonces: "que no intenté presentarle mi camino como el
camino. Estoy profundamente convencida de que hay tantos caminos que llevan a Roma como
cabezas y corazones humanos. Quizá en la exposición de mi camino he dejado que lo
intelectual saliera tan malparado. Mas en el largo tiempo de preparación ha contribuido
de forma decisiva. No obstante, decisivo de forma consciente fue el hecho real, no
'sentimiento', de topar con la imagen concreta del cristianismo auténtico en testigos
elocuentes (Agustín, Francisco, Teresa)".
Una vez más Edith Stein choca con la
dificultad de traducir en palabras lo que es un "hecho real". "Es
-atestigua- un mundo infinito, que se abre como algo absolutamente nuevo, si uno comienza,
en lugar de vivir hacia afuera, hacia adentro. Todas las realidades, con las que uno
tenía que habérselas antes, se hacen transparentes, y propiamente se llega a sentir las
fuerzas que sustentan y mueven todo". Edith Stein es consciente de haber entrado en
un terreno que escapa a la razón, que es en el que mejor se mueve Ingarden. Este, sin
embargo, no tiene reparos en expresar su punto de vista sobre el particular, obligando a
aquélla a defender la posibilidad de la "experiencia religiosa" que no se
confunde con la "contemplación directa de Dios". Este es un fenómeno
extraordinario; lo normal es que la experiencia religiosa discurra sobre efectos que uno
nota en sí o en otros y que, dada su naturaleza, remiten claramente a Dios. Con todo,
ninguno de los dos es objeto de una demostración científica. Por eso le parece
improcedente esperar a demostrar a Dios para creer en él. Un Dios demostrado ya no sería
creíble, pero ni siquiera Dios. Ante Dios lo que hay que hacer es tomar una decisión.
Este es el desafío de la fe, que tampoco es una fe ciega, ya que se apoya en el
testimonio de hombres religiosos, entre los que destacan los místicos españoles Teresa
de Jesús y Juan de la Cruz.
No parece que Edith Stein consiguió aclarar
mucho las cosas, a juzgar por la larga carta que pronto le manda Ingarden, y a la que ella
contesta desde Bergzabern el 1 de enero de 1928. Después de releer despacio la carta,
cree que no tiene sentido entrar en discusiones que no llevarían a ninguna parte. No es
cuestión de discutir, sino de buscar la verdad que encierra la religión, para lo cual le
vuelve a aconsejar la lectura de los místicos españoles. Ante la insistencia de Ingarden
en mantener abierta la discusión, Edith Stein contesta diciendo que no pretende eludir la
discusión sobre problemas religiosos, sencillamente "estoy convencida -no sólo
desde el punto de vista religioso, sino también filosófico- de que hay cosas que están
más allá de los límites de las posibilidades naturales del conocimiento". En
consecuencia, respetar esos límites es, según ella, lo correcto filosóficamente, y una
contradicción intentar traspasarlos.
No es que no valore la filosofía. En Espira
sigue, en cuanto es posible, estando al tanto de las últimas publicaciones. Y, cuando en
1932 se coloque como profesora en el Instituto de pedagogía científica de Münster,
pondrá sumo empeño en actualizar sus conocimientos. Sin embargo, desde hace algún
tiempo, estas cosas no son para ella lo más importante ni tienen la fuerza suficiente
como para llenar su vida. Más bien ésta se orienta en otra dirección que poco a poco la
ha ido alejando del mundo y que, más allá de la filosofía, apela a una verdad última
en la que todas las demás verdades se fundan. Ni que decir tiene que esa verdad, por la
que tanto ha suspirado, es Dios. Pero Dios no es una verdad abstracta. La verdad de Dios
es amor. Y amor es el distintivo de la vida cristiana; un amor que, por tener su origen en
Dios, no conoce límite de espacio y tiempo. De este modo, Dios se convierte en razón
última de su vida, manifestando que su deseo más ardiente es "hacerlo todo por
amor".
Dando cumplimiento a un plan antiguo, Edith
Stein ingresa en el Carmelo de Colonia el 14 de octubre de 1933. Meses antes, exactamente
el 5 de abril del mismo año, escribe a Hedwig Conrad-Martius lo siguiente: "Ahora
que puedo mirar hacia atrás y que creo ver también el camino para el futuro inmediato,
estoy persuadida de que era necesario caminar paso a paso y de que tranquilamente puedo
seguir abandonándome a la Providencia". Y, agradecida por el don de la vocación,
cuando ya ha pasado cuatro años en clausura, comunica a Ingarden: "Nuestra tarea es
amar y servir".
CONCLUSIÓN
Después de cuanto hemos dicho alguien
podría preguntar: )Qué tiene que ver todo esto con nosotros? Es decir: )Dónde
queda la actualidad y ejemplaridad del itinerario de Edith Stein? A mí modo de ver, la
respuesta está ya dada, de algún modo, en lo expuesto. No obstante, trataré de
responder a la pregunta haciendo tres breves observaciones finales.
10/ En su tiempo Séneca decía que todo auténtico
viaje es un incierto itinerario en busca del fondo de uno mismo. En una época de tanta
movilidad como la nuestra, estas palabras no sólo no han perdido actulidad sino que son
una llamada para emprender el viaje hacia dentro de uno mismo. Pues podría suceder que
tanto ir de un lado para otro nos faltara tiempo y ganas para encontrarnos con nosotros
mismos. El vertiginoso ritmo de vida, impuesto por la sociedad moderna, amenaza con
expulsarnos a la periferia de nosotros mismos privándonos del bien más preciado: nuestra
interioridad. La atroz experiencia de vacío que cada vez aqueja a más personas es,
según no pocos autores, la enfermedad propia de nuestro tiempo.
Profundidad de vida y profundidad de
pensamiento van a la par en Edith Stein. Sus decisiones brotaban de lo más profundo de su
ser. Y en esa profundidad, hecha de búsqueda y reflexión, de silención y oración, se
le hará patente la verdad de Dios y del hombre. En este sentido, el cultivo de la
interioridad no es puro ejercicio intelectual o ascético, antes al contrario condición
indispensable para el desarrollo de la vida humana.
20/ Sin un punto de partida y un punto de llegada es
imposible trazar itinerario alguno. La negación del pasado y del futuro dan lugar a una
visión cerrada de la historia en la que ya sólo cabe agarrarse, un poco a la
desesperada, al momento presente. En la medida en que hace tabla rasa de todo lo anterior
y obliga al hombre a vivir sin horizontes, el postmodernismo es, en nuestros días, un
representante de esta actitud. Ahora bien, al centrarse exclusivamente en el ahora -como
han defendido los presentismos de todos los tiempos-, no sólo se pierde de vista el
sentido de la historia, sino que, a la postre, el hombre termina viéndose inmerso en una
historia sin sentido, en la que, tarde o temprano, el aburrimiento y el hastío harán
mella en él.
En contrate con este modo de ver y plantear
las cosas, Edith Stein, mujer de amplios horizontes, nos vuelve a recordar que el hombre
es un ser inquieto, siempre a la busca de nuevas metas. Creo que la actitud abierta que
preside los diferentes movimientos de su vida es tremendamente aleccionador. Contra la
intransigencia de unos y la cerrazón de otros, ella hace gala de una gran inteligencia y
de una fina sensibilidad. Pero, además, peregrina de la historia, nos anima a fundamentar
nuestra existencia en la esperanza que no falla. Los suyos fueron tiempos muy difíciles,
a los que, sin embargo, supo hacer frente confiando en el Dios que misteriosamente guía
los destinos de los pueblos. Matar la esperanza es atentar contra la vida. Y los hombres
de hoy, como los de todos los tiempos, lo que necesitan es testigos de esperanza para
vivir con ilusión. Y Edith Stein es uno de ellos.
30/ En la sociedad global, de la que somos miembros,
estamos asistiendo al debilitamiento de las formas institucionales que antes configuraban
una identidad vocacional. Las fronteras que antes separaban a los pueblos se han
derrumbado, y la sociedad de la homogenización está en marcha. Este lento pero operativo
proceso de transformación, en el que los rasgos o perfiles propios quedan difuminados, no
es ajeno a la Iglesia ni a la vida religiosa. En un tiempo en el que tanto se insiste en
lo común )cómo recobrar la identidad vocacional? La pregunta
quedará contestada satisfactoriamente en la medida en que el sujeto decida ser él mismo,
esto es, tome decisiones que tengan sentido para él. La identidad consiste en elegir, no
lo que uno quiere, sino aquello que a uno más le conviene.
En las páginas precedentes hemos podido ver
que Edith Stein forjó su itinerario a base de decisiones que fue tomando a lo largo de su
vida. Aunque, evidentemente, no todas tenían el mismo valor, todas juntas forman un todo
y apuntan en una dirección: la de la identidad. Lo feliz que se siente entre las
dominicas, primero, y en las carmelitas, después, es la prueba de que ha elegido
correctamente, respondiendo a Aquel que la llamaba. En una sociedad como la nuestra, en la
que son muchas las personas que sufren crisis de identidad, pensamos que Edith Stein es
actual, porque ha vivido su vocación con pasión y alegría. Y aquí reside su
ejemplaridad, al hacernos ver que el ser humano descubre su identidad cuando responde a la
llamada que Dios le lanza.
Permítanme que ponga punto
final a esta conferencia dando la palabra a quien ha sido objeto de nuestra reflexión. Lo
que voy a decir son unas frases que ella escribió pensando en una persona concreta, pero
que, a mi entender, valen para todos: "A cada cual -dice Edith Stein- Dios lo lleva
por su propio camino (...) Lo que nosotros podemos hacer es poco. Pero no dejemos de
hacerlo. Ante todo: pedir insistentemente que vayamos por el camino recto y sigamos sin
resistencia alguna el estímulo de la gracia, cuando lo notemos".
Jesús
García Rojo OCD
Segovia
(España)
|