Cuando se habla de Edith Stein no se piensa inmediatamente en ella como
"teóloga"; posiblemente porque su formación y el ámbito de su dedicación
científica se ha centrado en especial en la filosofía y en la pedagogía. Sin embargo,
quien se aproxima a su vida y a su obra escrita, percibe la presencia y la palabra de Dios
simultáneamente encarnada y dicha. Su existencia es verdad vivida y, por eso, su
teología puede entenderse primariamente como testimonio y profecía, como verdad dicha
desde la existencia. En consonancia con el lema propuesto para este simposio,
"testimonio para hoy profecía para mañana", quisiera abordar la misión
teológica de la mujer de Breslau en la triple clave de la epifanía, la eficacia
y la discreción, siguiendo la perspectiva de la belleza, la bondad y la verdad
indicada por los trascendentales del ser. En fidelidad al estilo de ser y de pensar de
Edith Stein, ensayo hacerlo a modo de diálogo, mediante una lectura de su figura a
partir de la teología actual. Para concluir luego, a modo de sugerencia, con el enunciado
de tres rasgos singulares y promisorios de su figura teológica para el futuro.
Para profundizar y personalizar la mirada, elijo tres interlocutores en
esta aproximación: Hans Urs von Balthasar como representante de una "teología de
los santos", Ignacio Ellacuría como paradigma de "teólogo y mártir por un
pueblo crucificado", y Teresa de Lisieux como exponente autorizada de una
"ciencia teológica" de alcance universal. La elección podría ser distinta,
pero esta "constelación" de figuras ofrece una posibilidad de intercambio y de
mutua fecundación. Porque: "Los hilos de las distintas misiones se entrecruzan
estrechamente entre sí (...). En la comunión de los santos, las misiones se compenetran,
se estimulan y se dan relevo unas a otras".
1. LA MISIÓN TEOLÓGICA DE
EDITH STEIN:
UN DIÁLOGO A PARTIR DE BALTHASAR
En diversas obras monográficas, dedicadas a Padres de la Iglesia, poetas, místicas, y
teólogos, Balthasar ha ensayado una lectura teológica de estas figuras. Según él:
"La misión no es, como se piensa equivocadamente a menudo, la resultante de dos
componentes: de una gracia general ofrecida a cada uno, y de diversos rasgos históricos,
caracterológicos y biográficos, adheridos al individuo agraciado. La misión es, más
bien, la figura (Gestalt) especial y singular de la gracia pensada y preparada por Dios
para cada enviado...".
Esta concepción posibilita, por una parte, una mirada de la misión teológica como
totalidad y, por otra parte, destaca la prioridad de la misión sobre la persona:
"Lo importante en el gran santo es su misión, el nuevo carisma regalado por el
Espíritu a la Iglesia. Quien lo recibe y lo lleva es sólo su servidor, un servidor
débil y con resistencias -aun en las más altas realizaciones-, en el cual lo que brilla
no es la persona, sino el testimonio, la misión y el ministerio." La disposición de
la persona a la misión, cuando es radical, llega hasta la "expropiación".
Edith Stein ha entendido y mostrado esto en la propia carne: "quien quiere pertenecer
a Él totalmente, debe entregarse a Él en un desprendimiento total de sí
mismo".
Una mirada atenta a la vida de Edith Stein permite descubrir con claridad una
diversidad de aspectos que, a la vez, se concentran en un punto y fundan un desconcertante
e inédito equilibrio, una unidad indescriptible a partir de lo diferente. En ese centro,
misterioso pero de inmensa fuerza configuradora, está su misión como don del
Espíritu Santo. El "primer esbozo" ofrecido por Hanna Barbara Gerl-Falkovitz al
introducir su obra Luz inexorable. Edith Stein Filosofía, mística, vida da
cuenta de esta fascinante convergencia:
"Una vida inusual, que en su primera mitad asciende por lo
escarpado, segura de sí, hace `carrera´ y no conoce resistencias; y que en la segunda
mitad se inclina hacia abajo y hacia adentro, vuelve a lo discreto, y finalmente
desaparece en una zona gris. Una vida llena de dones por un lado y, por otro, humillada en
lo más profundo seguimiento de Cristo, por parte de una judía, filósofa y
mártir `por la Iglesia y el Carmelo, su pueblo judío y Alemania, y todos los que Dios me
ha dado´, como ella lo formula en un acto de ofrenda.
(...) En la figura de Edith Stein se encuentran tensiones diversas, que
en otro lugar se hubieran dispersado como meras oposiciones: judaísmo y cristianismo,
ciencia y religiosidad, inteligencia y entrega, pensar elevado y humildad. Para tener esta
multiplicidad de elementos ante la vista, se necesita una atenta circunscripción de su
figura. Se da un largo camino desde la imagen arrogante, consciente de sí y autocrítica
de la estudiante de Göttingen hasta la `esposa del Cordero´, con una expresión del
rostro que trasunta un dolor inexplicable y una profunda interioridad, como se reconoce en
la fotografía de su toma de hábito. A Edith Stein no se la puede comprender a partir de
una sola mirada, sino sólo al seguir la huella de muchas y desconcertantes líneas, que
lentamente se unen en la claridad."
Gerl-Falkovitz entre otros- ha intentado la difícil tarea de perfilar esta
misión a partir de las distintas hebras que constituyen su textura única. La
integración de elementos parece darse, en este caso, tanto en la misma vida de la santa
como en su apertura y encuentro con lo diferente. En este sentido, quisiera destacar una
propuesta de lectura sugerida por la autora en otra ocasión: pensar a Edith Stein en la
perspectiva de su función de puente (Funktionsbrücke), es decir, en su función
de comunicación, conexión e intercambio entre los opuestos antes mencionados.
En definitiva, a partir de la visión de totalidad sostenida por Balthasar y de la
acentuación de los opuestos según Gerl-Falkovitz, se puede llegar a una primera
conclusión: en la misión teológica de Edith Stein se integran y armonizan diversos
contrarios sin llegar a desaparecer, porque, aunque a lo largo de la vida unos se han ido
ocultando para dejar brillar a otros, una mirada de síntesis nos permite contemplar en su
figura un paradigma sorprendente por la condensación de lo diferente en lo uno.
Si se agudiza la vista, se reitera la pregunta acerca de la singularidad teológica
de esta misión particular. El interrogante no es fácil de responder, porque los grandes
santos son al mismo tiempo concretos e incomprensibles, lo absolutamente determinado y lo
que escapa totalmente a una posible definición. Pero, a la luz de lo ya dicho, resultará
iluminador tener en cuenta a dos de los intérpretes más reconocidos e intuitivos; ellos,
a su modo, han dado una respuesta inicial a la cuestión.
Entre los conocedores de la mujer de Breslau que gozan de un consenso generalizado, no
es posible dejar de nombrar en primer lugar a Waltraud Herbstrith, quien ha difundido la
figura desde el lema de la búsqueda o deseo de verdad. Una experiencia
paradigmática de este camino hacia la verdad es el encuentro de Edith con Teresa de
Ávila, que acontece en la casa de su amiga Hedwig Conrad-Martius al leer la
autobiografía de Teresa: "Cuando cierra el libro, después de una noche en vela para
terminar de leerlo, se dice a sí misma: `Ésta es la verdad´." La expresión
trasluce el tono de un hallazgo, como si Edith Stein se dijera "esto es",
"encontré lo que buscaba". La verdad se le presenta encarnada en la santidad de
una mujer, es decir, bajo un rostro existencial; pero también se le muestra en referencia
a la Verdad de Dios que es Amor. En una de sus cartas, luego de haber ingresado al Carmelo
de Köln, afirma: "lo óptimo es que el espíritu del Carmelo es el amor y que este
espíritu habita plenamente en esta casa".
Klaus Hemmerle, en continuidad con la intuición de W. Herbstrith, intenta, de modo
breve y a la vez orientador, una interpretación de la grandeza espiritual de la santa.
Por su estilo más reflexivo, ofrece algunas perspectivas interesantes para aproximarse al
núcleo. Dos de ellas me parecen definitorias en el itinerario de la mujer de Breslau: por
un lado, el amor a la verdad y la verdad como amor, que Hemmerle sintetiza como
"amar al Amor", y por otro, la búsqueda de verdad como ser-con y pensar-con (Mit-sein
y Mit-denken), expresada también como vivencia de la "communio". En realidad,
ambas dimensiones están unidas porque el amor es relacional y la verdad es
dialógica.
Con respecto al primer punto, él ha propuesto descubrir la figura de Edith Stein como amor
a la verdad a través de la dinámica existencial e intelectual de su buscar,
preguntar y pensar, para concluir que este amor tiene como meta más íntima la figura
de la cruz. Amar al Amor es amar al Crucificado: "amor a quien es el
Amor, amor a la cruz, camino a través de la noche, de la sustitución y de la
muerte".
Tan evidente como este rostro de la verdad es, en ella, su capacidad de buscar,
amar e interiorizar la verdad en el encuentro y en el diálogo con el otro; se
trata del segundo aspecto relevante indicado por Hemmerle. El amor a la verdad revela de
este modo una virtud configurante: en su experiencia interior, es notorio cómo se deja
impactar por las figuras de los santos y, de modo único, por la epifanía de la cruz;
en la conformación de su pensamiento, es visible la huella que dejan sus interlocutores
principales: desde Husserl y Santo Tomás hasta Dionisio el Areopagita y Juan de la
Cruz.
En Edith Stein, esta actitud dialógica se muestra en su modo de relacionarse con sus
raíces, con los acontecimientos de la historia y con las personas que se han ido
acercando a su mundo o a las que ella ha decidido aproximarse. Ciertamente, esta
disposición interior se ha integrado con más firmeza a su autoconciencia mediante su
profundización filosófica de la Einfühlung (intuición), tema de su disertación
doctoral. Dada la coherencia personal de esta mujer, es difícil imaginar en ella una
claridad intelectual que no lleve a una progresiva asimilación vital de la misma; así,
su actitud fenomenológica de conocimiento la conduce, a través de su camino interior, a
un permanente crecimiento en la percepción y recepción de la verdad.
A modo de conclusión de esta primera parte, se podría decir que lo propio en la mujer
de Breslau es este buscar y abrirse a la verdad para entregarse a ella. Desde la
visión presentada a partir de Balthasar y Gerl-Falkovitz, mirada de totalidad y de
integración de los opuestos, se manifiesta que la pasión de Edith Stein por la verdad
incluye tanto una disposición a asumir lo distinto como una virtud peculiar de integrar
en el centro.
Visto desde la perspectiva de sus intérpretes, Herbstrith y Hemmerle, se puede
visualizar mejor que la búsqueda de la verdad es itinerario hacia ella; con sus
matices, ambos autores destacan el camino de "ascenso y descenso del alma por la
belleza" (Isidoro de Sevilla). En este sentido, se pone de relieve que la verdad
es amor crucificado y que para llegar hasta allí se requiere, al mismo tiempo, la
cualidad de ser uno mismo (Selbst-sein) y de comprometerse con el ser del otro (Mit-sein).
En síntesis, si el amor a la verdad tiene como cima el amor a la cruz de Cristo, entonces
la misión teológica de Teresa Benedicta tiene mucho que ver con el misterio de la piedad
y de la compasión (Mit-leiden) y, éste con María, el "prototipo de
seguimiento en la cruz de todos los tiempos".
La verdad muestra el máximo esplendor de su belleza en la cruz. Ante
ella, los que se han dejado atravesar por la espada de la verdad se convierten en
"amantes de la cruz" y, por esta entrega, comienzan a brillar hasta llegar a ser
una memoria de la gran Epifanía de Dios. Así, la misión de Edith Stein abre un
horizonte prometedor para pensar la teología de hoy y del mañana, porque el mismo
testimonio de su santidad se ofrece como lugar de manifestación para la
teología.
2. EDITH STEIN Y EL "PUEBLO CRUCIFICADO":
SU RELACIÓN CON IGNACIO ELLACURÍA
Como eco latinoamericano de la conocida obra de Jürgen Moltmann El Dios Crucificado,
el teólogo Ignacio Ellacuría, asesinado el 16 de noviembre de 1989 en San Salvador
(Centroamérica) a causa de su compromiso cristiano con los pobres, ha escrito un
artículo programático en 1978 con el título El pueblo crucificado. Ensayo de
soteriología histórica. Mediante la noción de pueblo crucificado, el autor
ha querido interpretar la realidad de opresión y persecusión sufrida por el campesinado
salvadoreño y asociarla a la imagen bíblica de Isaías 53, planteándose su valor
soteriológico en tanto Siervo de Yahvé colectivo.
Una de las conclusiones de Ellacuría en este ensayo sirve para acercarnos a su
pensamiento: "Siervo doliente de Yahvé será todo aquel que desempeñe la misión
descrita en los cánticos [del Deutero-Isaías], y lo será por antonomasia quien la
desempeñe de forma más total. Por mejor decir, siervo doliente de Yahvé será todo
aquel crucificado injustamente por los pecados de los hombres, porque todos los
crucificados forman una sola unidad, una sola realidad, aunque esta realidad tenga cabeza
y tenga miembros con funciones distintas en la unidad de la expiación."
El intento teológico de Ellacuría, en el contexto de la pobreza y la guerra civil
centroaméricana de las últimas décadas, es de gran relevancia en el marco de la
teología de la liberación latinoamericana. En efecto, tras las huellas de Karl Rahner y
en presencia del sufrimiento de los pobres, el teólogo ha desarrollado una doble
intuición teológica: por un lado, que los pobres son un lugar teológico, es decir, un
sacramento de Cristo y de su Pasión, porque, como "pueblo crucificado", son una
imagen de Cristo en la cruz. Por otro lado, ellos son quienes en su semejanza de
destino y en su vivir "con espíritu", unidos al Señor por la fe, no sólo
muestran la presencia de Dios sino que continúan eficazmente la salvación de
Cristo en la historia.
El teólogo salvadoreño lo resume así, sin medias tintas: "los pobres son
salvadores"; evidentemente, no meramente por ser pobres, sino por vivir esta pobreza
en la fe y el seguimiento de Jesús, el Salvador: la cualidad salvífica no está dada por
la situación de indigencia, sino por la unión con Cristo. Comentando las
bienaventuranzas, el autor explica esta realidad desde su concepto de "pobres con
espíritu": "pobres que asumen su pobreza real en toda su inmensa potencialidad
humana y cristiana desde la perspectiva del Reino".
Una aproximación más detenida al pensamiento teológico de Ellacuría muestra que
todo planteo de soteriología histórica conlleva la pregunta acerca de "qué
humanidad históricamente oprimida sea continuadora de la salvación de Jesús" y,
por tanto, la cuestión de si los pobres pueden constituir un sujeto eclesial: porque
¿puede haber "humanidad salvadora" que no sea Iglesia?
Desde otro contexto histórico y desde otra experiencia vital, como parte de otro
pueblo perseguido y crucificado, Edith Stein llega a planteos semejantes, porque su
misión se presenta semejante a la de Ignacio Ellacuría, mártir de un pueblo
crucificado. Sólo que la mujer de Breslau, ya carmelita, no elabora este tema de modo
sistemático; a veces lo alude veladamente, y otras lo hace de modo más explícito. Al
meditar sobre el misterio de la Epifanía del Señor, señala como
"entrelíneas":
"cuanto más profundamente esté sumergida una época en la noche
del pecado y en la lejanía de Dios, tanto más necesita de almas que estén íntimamente
unidas a Él. Y Dios no deja que ellas falten en tales situaciones. De la noche más
oscura surgen las figuras de los más grandes profetas y santos. Pero la corriente
configurante de la vida mística permanece, en gran parte, invisible."
Su mirada, como la de Ellacuría al hablar de un pueblo que lleva sobre sí el
pecado del mundo, es histórica y soteriológica: en ella se pone de manifiesto lo que
está sucediendo en la situación de ese momento y se visualizan con nitidez los contornos
de la salvación y del pecado simultáneamente. Si bien Edith Stein no posee las
categorías eclesiológicas que vendrán con el aporte del Vaticano II y se desarrollarán
en el posconcilio, su captación de totalidad ante el misterio cristiano le permite
anticiparse al tiempo y formular la verdad de Cristo y de la Iglesia de modo
luminoso y profético.
En su presentación de El misterio de la Navidad y en meditaciones sucesivas
sobre la Fiesta de la Epifanía, dentro de un marco espiritual y litúrgico, ella nos
ofrece una teología del Verbo Encarnado como Redentor y una eclesiología que es
continuación del misterio de Cristo, pensada desde el concepto de "Cuerpo
Místico" conforme a la época. La inseparabilidad de los misterios cristológicos,
Encarnación y Redención, se expresa en su concepción unitaria, de sabor patrístico, a
modo de Encarnación Redentora: "El misterio de la Encarnación y el misterio
del mal permanecen estrechamente unidos. (...) El Redentor ha venido al mundo para
realizar ese intercambio admirable. Dios se hizo un Hijo de la humanidad, para que los
hijos de la humanidad llegaran a ser hijos de Dios."
A partir de este misterio de la Natividad del Redentor, ella piensa la unidad de Cristo
e Iglesia y la de salvación y pecado; en definitiva, todo se reduce a la
definición que pide la venida de Cristo al mundo: "Él pronuncia su Sígueme,
y el que no está con él está contra él. Él lo dice también para nosotros y nos
coloca frente a la decisión entre la luz y las tinieblas." Resumiendo, la visión
teológica de Edith presenta dos rasgos fundamentales: primero, una fuerte concentración
soteriológica que evidencia su opción por una "theologia crucis"; segundo,
una tendencia a percibir el "nexus mysteriorum", tal como se observa
especialmente a través de su cristología del seguimiento y del martirio.
Para comprender mejor, todavía es posible dar un paso más: ¿tiene Teresa Benedicta
ante sus ojos un "pueblo crucificado" cuando medita en los misterios de la
infancia del Señor? En primer lugar, hay que destacar que en los escritos espirituales
cobran mucho relieve el martirio de Esteban y la matanza de los inocentes:
"La estrella de Belén es, incluso hoy, una estrella en la noche
oscura. (...) Esteban, el protomártir, el primero que siguió al Señor en el martirio, y
los niños inocentes, los bebés de Belén y de Judá, brutalmente degollados en las manos
de los crueles verdugos. Todos ellos forman el séquito del Niño en el pesebre. ¿Qué
quiere decir todo esto?...".
El "incluso hoy" y el "¿qué quiere decir todo esto?" nos hacen
notar que, en las imágenes de la persecusión y el martirio que se superponen con el
nacimiento del Redentor, Edith Stein está contemplando una prefiguración del misterio de
la Iglesia y de la humanidad, coincidente con lo que ella está viviendo como cristiana y
como parte del pueblo judío a la vez. La interpretación hecha del seguimiento de Esteban
no deja de ser elocuente, máxime cuando él es propuesto como modelo cristiano: "lo
siguió [al Señor] también en el espíritu, espíritu de Amor que lucha contra el
pecado, pero que ama al pecador y que, incluso ante la muerte, intercede ante Dios por sus
asesinos". "San Esteban parece como el más cercano a la fiesta del Salvador
recién nacido. ¿Qué es lo que ha dado al primer testigo de sangre del Crucificado este
lugar de honor? Él realizó con entusiasmo juvenil lo que dijo Cristo al venir al mundo: Me
has dado un cuerpo; mira, que he venido a cumplir tu voluntad. (...) El Niño del
pesebre (...) nos lo presenta como a nuestro modelo y como si dijera: Mirad el oro
que espero de vosotros."
La verdad teológica mostrada en los relatos de Infancia bíblicos tiene su parangón
con lo que acontece en la historia. Teresa Benedicta, que dialoga con la verdad en todas
sus formas de manifestación para comprometerse con ella, percibe la Voz del Espíritu de
Dios en la historia. Pero no se confunde: ella distingue la eficacia del martirio
cristiano de este otro martirio escondido que padece su pueblo judío, así como
Ellacuría sabe diferenciar la realidad material y sociológica de la pobreza de su
potencial salvífico y de los mártires por los pobres. En la meditación que la carmelita
escribe para la Fiesta de Epifanía de 1941, al hablar de la matanza de los niños
inocentes, nos recuerda la imagen del Siervo de Yahvé como figura colectiva de un
pueblo crucificado en la historia:
"No muy lejos del primer mártir [Esteban] se encuentran las flores
martyrum, las tiernas flores que fueron arrancadas antes de que pudieran llegar a
realizar el acto del sacrificio. (...) Sin embargo [estos niños] no pueden ser
equiparados al confesor consciente que con heroísmo se compromete en la causa de Cristo.
Ellos se asemejan más bien a los corderos que, en su indefensa inocencia, son llevados al
matadero. De este modo son la imagen de la pobreza más extrema."
En conclusión, la teología formulada por Edith Stein se reviste para nosotros de una
actualidad profética y de una penetración histórica muy sugerentes: ¿quiénes son los
que patentizan la imagen de esta pobreza más extrema? ¿cómo se sigue realizando
la salvación en la historia? ¿qué tiene que ver la suerte del pueblo judío,
concretamente esta porción de pueblo perseguido y masacrado durante el
nacionalsocialismo, con el "pueblo crucificado" que completa lo que falta a
la pasión de Cristo? Son preguntas que merecerían continuar la reflexión...
De todos modos, al mostrar la relación entre Ignacio Ellacuría y Teresa
Benedicta de la Cruz, se pone en evidencia que la salvación de Cristo sigue
aconteciendo en medio del pecado y de la noche de la historia y que el parentesco de
estas dos figuras está, precisamente, en haberse hecho ellos mismos, en unión con
Cristo, profetas y mártires de los crucificados. Una teología que nace de la cruz sólo
puede ser eficaz, porque se sitúa en el lugar fontal del Amor redentor.
3. LA
"CIENCIA TEOLÓGICA" DE EDITH STEIN:
EL ENCUENTRO CON TERESA DE LISIEUX
Con frecuencia se afirma que Edith Stein es una mujer de ciencia, más
específicamente, que pertenece al ámbito de la ciencias filosóficas y humanísticas.
Esta capacitación se trasunta, sin lugar a dudas en su estilo de "hacer
teología", fundado y conceptual, pero no es su primera fuente. Ésta hay que
buscarla más bien en el ámbito de su experiencia de Dios, allí donde el Espíritu
desempeña su propio magisterio, el Espíritu "que todo lo explora, incluso la
profundidad de la divinidad".
Para pensar la ciencia divina de Teresa Benedicta, me ha parecido oportuno evocar a
otra mujer que ha dado muestras de saber de Dios, declarada doctora de la Iglesia
por su eminente "ciencia del amor": Teresa de Lisieux. Porque, ¿qué otra cosa
puede ser la ciencia de la cruz, como titula Edith su obra sobre Juan de la Cruz,
sino ciencia del amor (cf. MsB 1r)? De hecho, el punto de encuentro entre ambas,
según la afirmación de la misma Edith acerca de la "pequeña" Teresa, es el
amor:
"Mi impresión es que aquí, de modo único, una vida humana ha
sido formada hasta lo último por el amor a Dios. No conozco nada más grande y, de ello,
quiero tomar cuanto sea posible para mi vida y para todo lo que me rodea."
Como punto de partida, en esta ocasión quisiera profundizar un pensamiento de Klaus
Hemmerle que une a ambas mujeres en el amor, y al mismo tiempo las distingue por su modo
particular de vivirlo: "La figura de este amor en Teresa de Lisieux es la infancia:
Teresa del Niño Jesús en el caso de Edith Stein, el mismo amor tiene la figura de
la cruz: Teresa Benedicta de la Cruz." Si bien la afirmación debería ser matizada,
nos sirve para iniciar la reflexión explorando el horizonte de coincidencias y
diferencias entre estas dos figuras femeninas.
Ante todo, es conveniente recordar algo más de esta "ciencia de los santos".
En la carta de proclamación doctoral de Teresa de Lisieux Divini amoris scientia,
la Iglesia ha querido reconocer el alcance universal de su magisterio, apto especialmente
para los más sencillos. Allí se explica que esta "ciencia del amor divino, que el
Padre de las misericordias derrama por Jesucristo en el Espíritu Santo, es un don,
concedido a los pequeños y a los humildes, para que conozcan y proclamen los secretos del
Reino, ocultos a los sabios e inteligentes" y que es, además, "la expresión
luminosa de su conocimiento del misterio del Reino y de su experiencia personal de la
gracia". Edith Stein, a diferencia de la santa de Lisieux, ofrece por sí misma una
definición del tema al introducir su obra La ciencia de la cruz:
"Cuando hablamos de ciencia de la cruz, no ha de entenderse
en el sentido habitual de ciencia: ella no es una simple teoría, es decir, no es
una mera conexión de afirmaciones verdaderas reales o de razón-, no es una
construcción ideal desarrollada a partir de pasos lógicos del pensamiento. Ella es la
verdad reconocida una teología de la cruz-, pero una verdad viviente, real y
eficaz: se hunde en el alma como una semilla, echa raíces y crece, da al alma un sello
especial y la determina en su hacer y dejar, de modo tal que pueda irradiarse y ser
reconocida a partir de este hacer y dejar. En este sentido se habla de una ciencia de los
santos y nosotros hablamos de la ciencia de la cruz."
En efecto, la ciencia de la cruz en los escritos y en la vida de esta mujer de Dios es
ante todo una verdad existencial, una teología vivida. Otro tanto puede
decirse de la teología en la carmelita normanda. Lo común parece fundarse en la
experiencia de Dios que, para las dos, es cristocéntrica y esponsal; sólo que la imagen
de Cristo que cada una posee está en correspondencia con su respectiva misión
teológica: para Teresa de Lisieux, Cristo es ante todo Jesús, el Amado,
contemplado en el misterio de su Rostro y vivenciado en la intimidad de su Corazón y su
ocultamiento eucarístico. A los ojos de Teresa Benedicta, resplandece principalmente Cristo,
el Cordero, cuya máxima epifanía se desvela en la cruz y en la sangre derramada,
el Siervo Sufriente que lleva sobre sí los pecados del mundo. En ambos casos,
somos testigos de una cristología esponsal.
Según Teresa de Lisieux, para quien ser el amor en el corazón de la Iglesia es
serlo todo (cf. MsB 3v), el Corazón de Jesús es el lugar de su vocación y su
misión. En su escrito sobre La oración de la Iglesia, Edith Stein lo explica
así: "¿Qué podría ser la oración de la Iglesia, sino la entrega de los grandes
amantes a Dios, que es el Amor mismo? (...) Las almas que lo han alcanzado constituyen
verdaderamente el corazón de la Iglesia, en cada una de ellas vive el amor sacerdotal de
Jesús." Para expresar su propia entrega a quien es el Amor, Teresa Benedicta se
sitúa directamente en la fuerza de la cruz:
"Mira al Crucificado. Si estás esponsalmente unida a él en el
auténtico cumplimiento de tus santos votos, su sangre preciosa es tuya.
Unida a él, estás presente en todas partes como él. Tú no puedes ayudar como el
médico, la enfermera o el sacerdote aquí o allí. En el fuerza de la cruz puedes estar
en todos los frentes, en todos los lugares de aflicción; su Amor misericordioso, el Amor
del corazón divino que alivia, santifica y salva, te lleva a todas partes y derrama en
ellas su preciosa sangre."
Lo más propio en ella termina de explicitarse en su meditación Amor a la Cruz,
mediante el tema de los amantes de la cruz que apoyan al Salvador en el camino del
calvario: "Cualquiera que a lo largo del tiempo haya aceptado un duro destino en
memoria del Salvador sufriente, o haya asumido libremente sobre sí la expiación del
pecado, ha expiado, en parte, el inmenso peso de la culpa de la humanidad y ha ayudado con
ello al Señor a llevar esta carga."
El amor a la cruz, para Teresa Benedicta, es expresión en última instancia de un amor
esponsal, de una unión de esposa al Esposo Crucificado. Ya en el planteo del seguimiento,
ella acentúa el acercamiento al misterio de la cruz: "Es el corazón amante de tu
Redentor el que te invita al seguimiento. (...) Los brazos del crucificado están
extendidos para arrastrarte hasta su corazón." "Para nosotros los religiosos,
seguir al Salvador significa dejarse clavar en la cruz con los tres clavos de los santos
votos." El rasgo unitivo es fundamental, porque es el amor crucificado del Esposo el
que invita a tomar el vestido de la cruz y porque revela el motivo decisivo de una entrega
tan radical a la cruz:
"El Esposo elegido por ella es el Cordero que fue puesto a muerte.
Si ella quiere entrar con Él en la gloria celestial, tiene que dejarse clavar ella misma
en su cruz. Los tres votos son los clavos. Cuanto con mayor disposición se extienda sobre
la cruz y pacientemente soporte los golpes del martillo, tanto más profundamente
experimentará la realidad de estar unida con el Crucificado. Así, el estar crucificada
significará para ella la fiesta de las bodas."
En síntesis, la ciencia teológica de Teresa Benedicta se expresa como una ciencia
esponsal que se despliega en la dinámica del seguimiento y del amor a la cruz, y a la
vez, como una ciencia universal porque en la fuerza de la cruz está en todos los
frentes y lugares de aflicción. Pero no estaría todo dicho si no se planteara la
dimensión salvífica de la universalidad de su teología: el amor a la cruz del Esposo
posee una fecundidad para todos y, en especial, para los crucificados o sumergidos en la
noche del pecado. La mujer de Breslau desarrolla este aspecto por medio de la noción de
"expiación": la unión de amor lleva al Crucificado y esta unión se acrecienta
por el amor a la cruz y la disposición a la expiación:
"La expiación voluntaria es lo que nos une más profundamente y
de un modo real y auténtico con el Señor. Y ésa nace de una unión ya existente con
Cristo. (...) la expiación une más íntimamente con Cristo, al igual que una comunidad
se siente más íntimamente unida cuando realizan juntos un trabajo, o al igual que los
miembros de un cuerpo se unifican cada vez más en el juego orgánico de sus
funciones."
Así queda evidenciado que el amor esponsal, virginal y maternal al mismo tiempo, es
fecundo y no se desentiende del acontecer de la historia. El amor al Crucificado abre al
horizonte universal de la salvación y compromete ineludiblemente con el destino de la
humanidad. El modo como Teresa Benedicta vive la conciencia histórica de su misión
cristiana es sin duda significativa: "Sólo puede aspirar a la expiación quien tiene
abiertos los ojos del espíritu al sentido sobrenatural de los acontecimientos del mundo;
esto resulta posible sólo en aquellos en quienes habita el Espíritu de Cristo y que,
como miembros de la Cabeza, encuentran en Él la vida, la fuerza, el sentido y la
dirección."
Finalmente, este amor con forma de cruz, que es el tono dominante de este espíritu
femenino, no se opone al espíritu de infancia que es lo más propio en Teresa de Lisieux:
"el amor por la cruz y la gozosa filiación divina no son contradictorias. Ayudar a
Cristo a cargar con la cruz proporciona una alegría fuerte y pura, y aquellos que puedan
y deban, los constructores del Reino de Dios, son los auténticos hijos de
Dios."
Cruz e infancia son, así, los dos rostros de un mismo amor compartido en
el Carmelo y la Iglesia para todos los pueblos. La ciencia de la cruz es una
teología con fuerza histórica porque brota del amor universal y salvífico del
Crucificado. Conjuga los secretos femeninos de la esponsalidad y la valentía viril del
martirio. Pero, ante todo, es suave brisa que viene del Espíritu...
4. EDITH STEIN: UN TESTIMONIO HECHO
PROFECÍA.
LA TEOLOGÍA COMO EPIFANÍA, EFICACIA Y DISCRECIÓN
A modo de conclusión, quisiera retomar de modo breve la perspectiva de la
belleza, de la bondad y de la verdad, para destacar tres de los aspectos más originales
de la teología de Edith Stein. Con el concepto de símbolo, deseo expresar su
dimensión estética, de manifestación, tomando como referencia la aproximación de la
autora a la teología simbólica del Pseudo-dionisio; la dimensión dramática, de
acción, está planteada a partir de su comprensión vital de la ciencia de la cruz;
y, finalmente, la dimensión lógica, propia del ámbito de la verdad, se visualiza en
diálogo con la santidad como camino hacia Dios y en conexión con la "sancta
discretio" meditada desde el carisma benedictino. La teología como símbolo:
"teología epifánica"
"Dios es el Teólogo primordial. Todo hablar acerca de
Dios presupone un hablar de Dios mismo. Su hablar más propio, ante el cual el lenguaje
humano debe callar, no se ajusta a ninguna palabra humana ni a ningún lenguaje de la
imagen. (...) Él da a sus teólogos las palabras y las imágenes, lo cual les posibilita
hablar de Él a otros. Y Él habla a los otros como `teólogo simbólico´ -a través de
la naturaleza, por la experiencia interna, y por sus huellas en la existencia humana y en
el acontecer del mundo-, y posibilita así que estos otros entiendan el lenguaje de los
teólogos."
Este pensamiento de Edith Stein, presentado en Los caminos del conocimiento de Dios,
sirve para pensar en un primer aporte suyo a la teología de nuestro tiempo. De hecho, la
teóloga parece indicar un programa de trabajo al añadir: "Si quisiéramos seguir
ahora teológicamente el pensamiento `Dios el Teólogo primordial´,
deberíamos tomar como fundamento lo realmente más propio del hablar de Dios, el hablar
de la Palabra Divina. Como Símbolo primordial habría que tener ante los ojos la Palabra
hecha carne."
La propuesta es pensar a Dios como Teólogo primordial, como quien habla de modo
más propio en la Palabra de su Hijo, Símbolo primordial. De hecho, el planteo ya
ha sido asumido en la teología de las últimas décadas, baste mencionar el artículo
sintético de Balthasar Dios es su propio Exégeta, que propone a Cristo y al
Espíritu como Intérpretes del Padre.
Pero los escritos de Teresa Benedicta presentan un rasgo muy típico, nacido de este
modo de plantear la teología, del cual encontramos resonancias más directas en las teologías
contextuales y en el desafío de atender a los "signos de los tiempos" (cf.
GS 4). Se trata de la integración, en la unidad, de una estética teológica que se
refiere a la manifestación de Dios en Cristo, y de una mirada teológica de los
acontecimientos de la historia. La misma actitud contemplativa y fenomenológica, permite
la percepción de Cristo como Símbolo primordial y descubre a la vez su permanente
Epifanía en la historia.
Por otra parte, que Dios sea el Teólogo primordial significa, además, que su
Espíritu sigue soplando de mil formas y en mil símbolos la palabra de la teología,
también en la epifanía que constituyen los santos como Teresa Benedicta. Al
respecto ella escribe:
"Cuanto más profundamente esté el alma unida a Dios, cuanto más
desinteresadamente se haya entregado a su gracia, tanto más fuerte será su influencia en
la configuración de la Iglesia. (...) Quizás se manifiesta [la gracia de Dios] como una epifanía,
en una revelación de la obra de Dios en nuestra conducta exterior y en nuestro obrar,
todo ello perceptible en nuestro entorno. Pero puede que también produzca frutos que los
hombres no ven y de los cuales brotan las fuentes misteriosas de la vida."
La vida de Edith Stein puede entenderse como teología simbólica, es
decir, como epifanía. La obra del Espíritu Santo en ella queda expuesta como
figura fulgurante ante los ojos de la Iglesia y de la humanidad. En ella, todo remite al
centro, a la gran Símbolo primordial, e invita a "tener abiertos los ojos del
espíritu al sentido sobrenatural de los acontecimientos del mundo". Con la llegada
del futuro, la palabra de verdad contenida en su misión podrá ser desentrañada y
proclamada como mensaje de luz en medio de la oscuridad, como ocurre siempre que llega la
Navidad... La teología como ciencia de la cruz: "teología eficaz"
"El amor de Cristo no conoce límites, no se cansa nunca y no se
asusta ante la suciedad o la miseria. Cristo vino para los pecadores y no para los justos.
Y si el amor de Cristo vive en nosotros, entonces actuaremos como Él, e iremos en busca
de las ovejas perdidas. (...) Quien pertenece a Cristo, tiene que vivir toda la vida de
Cristo. Tiene que alcanzar la madurez de Cristo y recorrer el camino de la Cruz, hasta el
Getsemaní y el Gólgota."
La "ciencia de la cruz" de Teresa Benedicta no es simple teoría sino
verdad viviente, es participación real en la eficacia que brota de la cruz. Como
todos los santos, ella nos muestra que quien se compromete con Dios puede realmente
comprenderlo. El amor es fuente de conocimiento; en su caso, el amor al Crucificado es la
ciencia de la cruz. Este modo de proponer la ciencia divina confirma la importancia actual
de recuperar la dimensión "dramática" de la teología, es decir, la teología
como acción de amor, y también impulsa a descubrir el valor salvífico de la
misma. Quien vive la ciencia de la cruz no sólo se transforma en una imagen del
Crucificado, sino al mismo tiempo en un sacramento eficaz de su gracia.
En el contexto teológico latinoamericano, se diría que esta ciencia de la cruz es
una teología "de la praxis cristiana" o "del seguimiento". Jon
Sobrino, luego del martirio de Ellacuría y sus hermanos en 1989, ha replanteado la
teología como "intellectus amoris": ante el sufrimiento, el quehacer teológico
ha de estar transido de misericordia en el lenguaje actual: transido de acción y de
praxis-. "Teoría y praxis, intellectus y misericordia, no pueden concebirse
como dimensiones paralelas, y menos aún ajenas la una a la otra. (...) la teología de la
liberación es, ante todo, un intellectus amoris, inteligencia de la realización
del amor histórico a los pobres de este mundo y del amor que nos hace afines a la
realidad del Dios revelado...".
En una carta a Ellacuría después de su muerte, Jon Sobrino le dice: "si algún
`dogma´ inamovible tuviste, éste fue sólo uno: el dolor de los pueblos crucificados.
(...) Tu vida no fue, pues, sólo servicio, sino el servicio específico de `bajar de la
cruz a los pueblos crucificados´...". Algo semejante puede decirse de la teología
de Edith Stein, sólo que su entrega amante a la cruz de Cristo no se oculta ante la
visión de su pueblo crucificado, sino que se hace más patente y más profunda: el amor a
la cruz es fecundo en la historia de su pueblo y la voluntad de expiación por él
acrecienta su unión con Dios.
"Si te decides por Cristo, te puede costar la vida. (...) [pero]
el caudal del Amor divino se derramará en tu corazón hasta inundar y hacer fecundos
todos los confines de la tierra."
La vida de Teresa Benedicta es, toda ella, "theologia amoris"
como unidad de amor esponsal y amor eficaz para la salvación y la reconciliación de la
humanidad crucificada una vez más Edith sabe armonizar lo diferente de modo
adecuado y exacto. En la fuerza de la cruz, ella se derrama para el pueblo
crucificado en la misma corriente de la amorosa misericordia divina y su sacrificio es
eficaz. Esta teología tiene todavía mucho que decir, pero sobre todo tiene mucho por hacer...
La teología como camino a Dios: "teología discreta"
"Ella [la sancta discretio] discierne, al igual que el ojo a plena
luz del día, el contorno de las cosas que tiene ante sí. El percatarse de los más
mínimos detalles no impide que se pierda la visión del todo. Cuanto más alto sube el
caminante, más se amplía su mirada, hasta llegar a la cima donde queda abierto todo el
panorama."
Algunas afirmaciones de Edith Stein en su ensayo Caminos del conocimiento de Dios
permiten intuir en cierta forma su modo de comprender la teología: "Después de
todo, ésta es la meta de toda teología: liberar el camino que lleva a Dios mismo."
Se encuadra, evidentemente, en la perspectiva que ella misma denomina como ciencia de
los santos, es decir, una teología que conduce a la santidad y que es la santidad
misma. En otros términos, es lo que nos recuerda Balthasar resumiendo la tradición:
los santos son teólogos, porque viven la Verdad que es Cristo, y con la ayuda de
ellos, la teología puede recuperar su dimensión espiritual.
En la teología de los santos, más que en toda otra teología, la acción del
Espíritu de Dios es fundamental, porque Él que es Magister interior inspira la
virtud y la palabra conforme a la efusión de sus dones. Es el mismo Espíritu Divino que
le permite a Teresa Benedicta ver al Salvador con el ojo del espíritu, tal como
nos lo presenta la Sagrada Escritura y, percibir el sentido sobrenatural de los
acontecimientos del mundo.
Como afirma sobre Edith Stein el Abad Raphael Walzer de Beuron, quien acompaña su
itinerario interior desde 1938 hasta su entrada al Carmelo: "Personas que han
comprendido el espíritu de la totalidad como ella, también pueden permitirse cultivar y
profundizar este mismo espíritu en formas más especializadas de vida religiosa." De
modo que, si la teología de Edith Stein como camino a Dios tiene la impronta del
Carmelo, en especial al presentarse como ciencia de la cruz y del amor a la cruz,
también es posible señalar en ella la presencia del carisma benedictino como tonalidad
complementaria. Sin poder detenernos aquí en el detalle de esta relación, parece
oportuno destacar aquí la "sancta discretio" como una cualidad distintiva de su
teología mística:
"La auténtica discreción es sobrenatural. Se encuentra sólo
donde reina el Espíritu Santo, donde un alma, entregada totalmente y libre para moverse,
está atenta a la suave voz del dulce Huésped y espera su soplo."
Teresa Benedicta se dedica a este tema en una reflexión titulada Sancta Discretio que
se inspira en la Regla de San Benito y en su enseñanza sobre la discreción como don de discernimiento
de espíritus, virtud indispensable para el gobierno del abad (cf. RB 64,18.19; 70,6).
La autora le reconoce un alcance central: "La discreción está considerada como
impronta característica de la santidad benedictina. En cierto modo, sin ella no existe la
santidad y si se la comprende con suficiente profundidad y amplitud, ésta se confunde con
la santidad misma." En la misma línea, afirma Vogüé que la discreción no es otra
cosa que "la Providencia de Dios actuando en el monasterio por la razón amante del
abad".
Es interesante recordar que la tradición monástica se complace en vincular el carisma
del abad o padre espiritual con el de doctor en la primitiva Iglesia, dado que se
manifiesta en la dispensación de la palabra y en el discernimiento de espíritus
(discretio). De modo que, una teología como camino a Dios que se nutra del
Espíritu Santo y sus dones, ha de orientarse hacia esta sancta discretio como a su
cima más alta:
"En su plenitud como don de sabiduría, [la discretio] une con la
misma Trinidad y deja penetrar en la fuente eterna, y en todo lo que ella contiene y de
ella mana, en un movimiento vital y divino que es conocer y amar en uno."
Desde esta atmósfera interior, Teresa Benedicta nos indica el camino de una teología
del Espíritu, capaz de discernir los caminos de Dios y los signos de los tiempos. Su
vida es un testimonio de "teología discreta": no sólo en el sentido natural de
usar de la palabra con criterio y moderación, sino sobre todo en el sentido del
discernimiento sobrenatural. Quizás ésta sea la mejor profecía de Edith Stein para la
teología del próximo milenio:
"Cuanto más alto sube el caminante, más se amplía su mirada,
hasta llegar a la cima donde queda abierto todo el panorama. El ojo del espíritu,
iluminado por la Luz del cielo, alcanza hasta las distancias más lejanas, nada se le
escapa, nada le resulta imposible de discernir".
Virginia Raquel
Azcuy
Fiesta de la Exaltación de la Cruz
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