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Dámaso Zuazua, ocd, Segretario

Encuentro de los Animadores de las Misiones
Casa de Espiritualidad OCD de Amorebieta-Larrea, Provincia de Navarra, España
( Del 26 de febrero al 1 de marzo del 2007)

LOS MISIONEROS
DE SANTA TERESA HOY: SENTIDO, ACTUALIDAD, RECURSOS

 

Luis Arostegui, ocd, Prepósito General


Larrea: Casa de Epiritualidad

 

I. Los misioneros de Santa Teresa

 

1. El P. Juan Vicente veía y sentía así la vocación del Carmelo Teresiano: “Los hijos de Santa Teresa somos propiamente fruto de los clamores y lágrimas de Nuestra Madre, apenada y solícita de la salvación de los millones de almas infieles que en lejanas tierras yacen perdidas por falta de predicación y de misioneros. Por tanto, he aquí lo que somos los carmelitas descalzos ‘de ventre matris meae’, desde el vientre mismo de nuestra madre. Esta Madre Santa Teresa nos concibió en la ermita de la huerta de su primer convento, lo cual significa que somos esencialmente ermitaños, como nuestros antiguos Padres del Carmelo, ermitaños como el que más; pero nos concibió entre ansias y lágrimas por la salvación de los enfieles, y esto significa que somos esencialmente misioneros. En la junta íntima de estas dos vidas, ermitaña y apostólica, llevadas ambas a dos a la mayor perfección, consiste el quid, la característica, la peculiar naturaleza, de los hijos de de aquella Madre que, cual nadie, alcanzó a hermanar en sí la sublime vida contemplativa de María, con la activa y solícita de Marta” (Sermón pronunciado el 30 de mayo de 1918, en Obras del P. Juan Vicente... Original en “La Obra Máxima”, San Sebastián).

“Los hijos de Santa Teresa han comprendido y profesado en todo tiempo, que un carmelita descalzo debe, ante todo, ser profundamente contemplativo, pero debe ser decididamente activo. Es decir, debe tratar con todas las veras de inflamarse en el horno de la contemplación en aquel amor de Dios que es fuerte como la muerte, y de ahí debe proceder a amar al prójimo por Dios, hasta hacerse todo a todos, para ganarlos a todos. Esto hace el verdadero misionero carmelita. La acción sin la contemplación no sería carmelitana; la contemplación sin la acción, no sería teresiana” (“La Provincia de S. Joaquín de Navarra y su exposición de París”, en El Monte Carmelo, n. 426, 1918, 367).

Estas claras y vigorosas afirmaciones del autor llaman la atención hoy mismo. Apenas se puede expresar más enérgicamente, e incluso bellamente, el pensamiento contenido en la primera frase citada: Los hijos de Santa Teresa somos propiamente fruto de los clamores y lágrimas de Nuestra Madre, apenada y solícita de la salvación de los millones de almas. Somos los hijos de Santa Teresa. Fruto de los clamores y lágrimas apostólicas.

 Las frases citadas se prestan a un estudio en varias direcciones: por ejemplo, cómo llegó el P. Juan Vicente a esta certeza tan rotunda, cómo concibió la unidad de los dos aspectos de la vida contemplativa y activa de modo que para él parece ha desaparecido la reserva y no digamos el conflicto, presente en otros, incluso en toda la tradición de nuestra Orden. Cómo la vivió él personalmente, de modo que su vida misma sea la exégesis de su concepción doctrinal. Seguramente hay una historia, un proceso en la percepción del carisma, pues no encontraba esa formulación en las expresiones legales de la Orden. Ciertamente, es conocida la fuerte orientación misionera que tomó la Orden tras su restablecimiento en España. El joven Juan Vicente fue testigo de la ida de bastantes Padres, incluso profesores suyos, a la India (cfr. Domingo Fernández de Mendiola, “Juan Vicente, exponente de la restauración misionera”, en 15 Estudios sobre el Padre Juan Vicente Zengotita, C.D., Estudios MC 17, Monte Carmelo, Burgos 1994). En este ambiente encontramos este texto: “Que los Carmelitas Descalzos son los misioneros fundados por Santa Teresa de Jesús, y que, por lo tanto, a nadie más que a ellos pertenece con toda justicia y verdad el título de misioneros teresianos: P. Gabriel de Jesús, en San Juan de la Cruz, 1890, 605-607). Pero la expresión constitucional y la concepción de conjunto del carisma de la Orden no ofrecía la claridad y la determinación que evidencian las palabras del P. Juan Vicente. Él, en todo caso, no busca su inspiración y fundamento en otras autoridades, sino que parte de su propia comprensión de Santa Teresa, directamente. Ahí encuentra su criterio y su evidencia. En todo caso, a la altura de su madurez encontramos este resultado.

Creo que hoy nosotros cambiaríamos algún término. Por ejemplo, el de ser “ermitaño” los carmelitas, en alusión a la historia primitiva, y también a algunas expresiones de Santa Teresa misma. Quiero decir que la vida activa, tan intensa como la vivida y pensada por el P. Juan Vicente, propiamente no se compagina con la vida eremítica. Está claro que en el fondo se refiere más bien a la vida de oración, de contemplación. En rigor la vida eremítica es una forma de vida específica, que se diferencia de la forma de vida activa. Juan Vicente sintió también la vocación eremítica; sin embargo, siendo párroco de Chattiath o director del colegio internado de San Alberto, o recorriendo las ciudades de España en la sensibilización misionera y entregado a ella a través de La Obra Máxima y otras iniciativas, no se puede decir con propiedad que llevara una forma de vida eremítica.

       Por otra parte, en el contexto de la teología de hoy, nuestra conciencia de fe dentro de la Iglesia de hoy, tendremos que entender y explicar de modo diferente la misión, como trataremos de recordar brevemente en la segunda parte. Presupuesto esto, lo decisivo de las afirmaciones del P. Juan Vicente se refiere a la vocación misionera esencial del carmelita. Por ello quiero centrarme primeramente en este contenido de la vocación misionera del carmelita ‘de ventre matris meae”: es decir, desde el principio, desde la concepción, esencialmente. Con aquella totalidad y fuerza espiritual de “los clamores y lágrimas”

Al respecto, un autor, testigo del espíritu misionero de nuestra Madre Santa Teresa, escribe atinadamente: “Del espíritu misionero de Santa Teresa y de su amor a la salvación de las almas de los infieles y herejes, no tenemos necesidad de hacer conjeturas ‘a posteriori’, o de los efectos necesarios que debería producir en su corazón un amor tan grande a Dios. Ella misma, con aquella diafanidad que tanto caracteriza a sus escritos, nos hará ver y leer en el libro de su corazón, ese espíritu apostólico-misionero” (Severino de Santa Teresa, Santa Teresa de Jesús por las Misiones, Vitoria 1959, 14).

 

2. Ahí están la visión, el sentir y las expresiones de Santa Teresa sobre el espíritu eclesial y apostólico de su Carmelo y, en consecuencia, sobre la vida activa apostólica y misionera de los carmelitas a la medida de aquel ardor apostólico espiritual general del nuevo Carmelo. Son muy conocidas. Se han citado frecuentemente. Se han también estudiado. “En este tiempo vinieron a mi noticia los daños de Francia y el estrago que habían hecho estos luteranos (...). Dióme gran fatiga y, como si yo pudiera algo, o fuera algo, lloraba con el Señor y le suplicaba remediase tanto mal. Parecíame que mil vidas pusiera yo para remedio de un alma de las muchas que allí se perdían” (Camino de perfección, 1). “¡Oh hermanas mías en Cristo!, ayudadme a suplicar esto al Señor, que para eso os juntó aquí; éste es vuestro llamamiento, estos han de ser vuestros negocios, estos han de ser vuestros deseos, aquí vuestras lágrimas, estas vuestras peticiones”.“Para estas dos cosas os pido yo ser tales que merezcamos alcanzarlas de Dios. La una, que haya muchos de los muy muchos letrados y religiosos que hay, que tengan partes que son menester para esto, como he dicho; y a los que no están muy dispuestos los disponga el Señor, que más hará uno perfecto que muchos que no lo estén. La otra después de puestos en esta pelea, que, como digo, no es pequeña, los tenga el Señor de su mano para que puedan librarse de tantos peligros como hay en el mundo y tapar los oídos en este peligroso mar del canto de sirenas”.

“A los cuatro años acertó a venirme a ver un fraile franciscano, llamado fray Alonso Maldonado, harto siervo de Dios, y con los mismos deseos del bien de las almas que yo, y podíalos poner por obra, que le tuve yo harta envidia. Este venía de las Indias poco había. Comenzóme a contar de os muchos millones de almas que allí se perdían por falta de doctrina, e hízonos un sermón y plática animando a la penitencia y fuése. Yo quedé tan lastimada de la perdición de tantas almas, que no cabía en mí. Fuime a una ermita con hartas lágrimas; clamaba a Nuestro Señor, suplicándole diese medio cómo yo pudiese algo para ganar algún alma para su servicio, pues tantas llevaba el demonio, y que pudiese mi oración algo, ya que no era para más. Había gran envidia a los que podían por amor de Dios Nuestro Señor emplearse en esto, aunque pasasen mil muertes. Y así me acaece que cuando en las vidas de los santos leemos que convirtieron almas, mucha más devoción me hace y más ternura y más envidia que todos los martirios que padecen; por ser esta la inclinación que Nuestro Señor me ha dado, pareciéndome que precia más un alma que por nuestra industria y oración ganásemos mediante su misericordia, que todos los servicios que le podemos hacer” (F 1,7).

En la narración de la visita a la casa de Duruelo: junto a la vida de oración, penitencia y pobreza “iban a predicar a muchos lugares que están por allí comarcanos sin nenguna doctrina, que por esto también me holgué se hiciese allí la casa; que me dijeron que ni había cerca monesterio ni de dónde la tener, que era gran lástima” (F 14, 8). El final es revelador: “Y ansí me fui con harto consuelo, aunque no daba a Dios las alabanzas que merecía tan gran merced. Plega Su Majestad , por su bondad, sea yo digna de servir en algo lo mucho que le debo, amén; que bien entendía era ésta muy mayor merced que la me hacía en fundar casas de monjas” (F 14,12).

 

3. Testigos primeros de excepción en la tradición viva del espíritu misionero de Teresa son el P. Gracián y el P. Juan de Jesús María, el Calagurritano. El primero, según la documentación llegada, más bien de hecho, con la conciencia de estar identificado con el espíritu teresiano, cosa que afirma también expresamente en relación a la misión. El segundo, con una defensa explícita de la maternidad carismática de Teresa y, por tanto, de la pertenencia esencial de la misión al Carmelo Teresiano. Estos testigos están, sobre todo, objetivamente, en nuestra auténtica tradición misional. De hecho aceptado como maestro Juan de Jesús María, silenciado en gran parte de la historia el P. Gracián. Los dos habían colaborado en la preparación de la beatificación de santa Teresa, proclamando al unísono su espíritu misionero.

Se puede señalar una diferencia de acento: Gracián respondiendo a la circular de la consulta en 1589 razona: “A esto se responde que no es la misma razón, porque la misma Regla de los carmelitas dice: ‘si no se ocuparen en otras ocupaciones’; y la experiencia e historia de sus santos y de toda su Orden ha mostrado que su vocación es no salir tanto ni ocuparse tanto en obras de fuera como otras religiones, pero no estar tan encerrado como Cartujos; y así, no hay para qué hacer novedades” (MHCT 3, doc 404, p. 477-478). En la polémica parece que Gracián hace aquí una concesión. En la patente a los primeros misioneros del Congo había escrito, siendo provincial, en vida de santa Teresa: “En cuanto a las obligaciones de la Orden de vestido y comida y las demás cosas que mandan nuestras Constituciones hagan conforme al tiempo y lugar donde se hallaren, atendiendo principalmente a la conversión de aquellas almas” (MHCT 3, doc 260). En su propia vida mostró esta apertura y libertad cuando se trataba del apostolado.

        Juan de Jesús María, comisionado por el Capítulo de 1605 para redactar las Instrucciones de las Misiones, escribe: “Los religiosos que se destinan a la salvación de los infieles han de ejercer su ministerio permaneciendo en estaciones fijas, sin andar vagando de una parte en otra, y procuren donde se pueda, fundar conventos con permiso de superiores, a donde se recojan como a una fortaleza a recobrar sus fuerzas, para salir de nuevo con mayores bríos a la conquista de las almas” (cap 9).

Nosotros hoy entendemos el sentido de estas reservas, pero en todo caso para sus autores ellas no deben entenderse de modo que disminuyan el fervor misionero de la Orden. Juan de Jesús María termina el párrafo explicando “para salir de nuevo con mayores bríos”. En efecto, la tradición de la “potior pars” y del “pars posterior” parece que ha pesado creando unas reservas y, de hecho, restando espíritu misionero a la Orden. Por ello, se puede destacar que el P. Juan Vicente, que se alimentó de esa tradición, y personalmente amaba también la vida eremítica, a la que incluso se sentía vocacionado, experimenta y formula el espíritu misionero de la Orden de modo rotundo sin la menor reserva: “Un Carmelita Descalzo debe, ante todo, ser profundamente contemplativo, pero debe ser decididamente activo”(El Monte Carmelo, 426, 1918, p. 367). ”Contemplativo hasta lo sumo, apostólico hasta más no poder”, “el carmelita deber ser un contemplativo sumamente apostólico y un apóstol sumamente contemplativo” (Modo de meditar que enseñaba nuestro Ven. P. San Juan de la Cruz, en “Mensajero de Santa Teresa”, 1924-1925).

Esta doble totalidad es la claridad que aporta Juan Vicente. Había que ser totalmente contemplativo, hombre de oración, y totalmente apostólico y activo. No sólo fue un gran sensibilizador de las misiones, sino que su vida y las formulaciones sobre el espíritu misionero de la Orden, de gran claridad, resultan originales en el contexto de la tradición.

       De la recepción de este espíritu misionero a lo largo de la historia, muy importante siempre y digna de ser estudiada sistemáticamente, no hago mención aquí. Me voy a referir ahora a una recepción oficial, aprobada por la Iglesia, la plasmada en las Constituciones y Normas.

 

4. Nuestras leyes renovadas tras el Vaticano II recogen y transmiten así el espíritu misionero del Carmelo Teresiano: “La evangelización de los pueblos, que dimana de la naturaleza íntima de la Iglesia y constituye realmente un espléndido fruto de la caridad y de la oración, fue siempre con justicia una obra predilecta de la Orden. En efecto, la santa Madre Teresa comunicó a la familia el fervor misional que ardía en su corazón, y quiso que los frailes trabajasen también en la actividad misionera. Por eso, se ha de procurar con desvelo que este fervor misional se mantenga y propague en la Orden, que todos se interesen por la evangelización de los pueblos y que se promocionen las vocaciones misioneras en todas partes. Las comunidades y las Provincias presten apoyo a nuestros misioneros con el amor, la oración y los recursos económicos, y contribuyan todos, en la medida de sus fuerzas, a vitalizar y acrecentar la Orden, incluso en las tierras de misión” (C 94).

Esto se lee en las Constituciones. En las Normas se prescriben algunos medios básicos: “A fin de que nuestra familia pueda realizar debidamente su tarea misional, en cada Provincia se han de tomar y acoger favorablemente las oportunas iniciativas encaminadas al florecimiento e incremento de la vocación misionera” (N 58). Debe nombrarse un celador de misiones en cada Provincia y Semi-provincia, quien, bajo la dirección del Provincial, fomentará la unión entre la Provincia y las Misiones, promoverá el espíritu misionero y allegará recursos humanos y otras ayudas para nuestras misiones” (N 64). “Todos las Provincias y comunidades pongan sumo empeño en ofrecer la generosa colaboración, incluso económica, de sus propios bienes a la obra misional” (N 65).

Se afirma ser una obra predilecta de la Orden. La razón carismática se establece en santa Teresa sin más, que prendió la llama del celo misional en su familia, en toda ella, y se explicita que “quiso que los frailes trabajasen también en la actividad misionera”. El “también” no se debe entender como una especie de atenuación. Dentro de toda la familia del Carmelo, toda ella apostólica y misionera, los frailes son misioneros activos. Como en general las Constituciones, cuando abordan los aspectos fundamentales de la vida y misión de la Orden, esta parte relativa a las misiones está bien formulada en su sobriedad. Podemos preguntarnos si esta recepción del espíritu misionero de las Constituciones se asume efectivamente en la realidad sociológica y espiritual de la Orden en la actualidad. En un juicio completo habría que hacer distinciones. En algunas visitas pastorales he preguntado en las entrevistas y dialogado con los religiosos sobre la percepción que tenía de este hecho. Se puede decir que, en general, el espíritu misionero no es suficiente en la Orden. Me parece que muchos de los entrevistados en algunas Provincias estarían de acuerdo respecto de sus circunscripciones, que ellos mejor conocen .

Ante todo, y en general, refiriéndome también a las carmelitas, ¿se acercan las vocaciones al Carmelo por aquellas razones eclesiales y misioneras de una Teresa de Lisieux o de Isabel de la Trinidad, y, en la fuente, por la proclamación carismática de Camino de Perfección? Y en consecuencia, las vocaciones masculinas, ¿a qué imagen o inspiración de familia responden? ¿Perciben ya de entrada el espíritu misionero del Carmelo Teresiano, junto con la vida de oración y la vida fraterna?

En la formación, sobre todo en el noviciado, se insiste con razón en la oración personal y comunitaria, en la vida fraterna, en cierta actividad al servicio de la casa. ¿Se desarrolla siempre en el noviciado en verdad todo el carisma de la Orden de Santa Teresa, de aquellos clamores y lágrimas convertidos también en actos y dedicaciones? ¿Cuánto se aprende de la historia de las misiones, y de la realidad actual de las misiones? Y, sobre todo, ¿cómo se comunica el Carmelo, quién es el criterio carismático? ¿Es Santa Teresa o es la tradición anterior, es la Regla medieval que comenzó siendo eremítica y se transformó en mendicante, conservando su estructura y mentalidad más bien eremítica?

No es necesario ciertamente entrar en discusiones acerca del más y del menos de apostolado, como no pocas veces en el pasado. Pero las vocaciones y la formación de la Orden tienen que asimilar la recepción eclesial plasmada en las Constituciones con equilibrio y fuerza inspiradora. La sensibilización misional de la que hablan nuestras leyes no puede referirse sólo a los fieles. Tiene que dirigirse, no menos que en el caso de la oración y la abnegación evangélica, a nosotros mismos.

Es verdad que hoy muchas Provincias tienen una relación directa con una misión, tienen alguna presencia misionera, a veces con un número reducido de religiosos. Eso lo tenemos que considerar como un signo muy positivo en toda caso para las Provincias. No sólo porque la misión en sí misma es importante, sino porque la presencia de la misión en la provincia puede transformar la conciencia de la Provincia. En primer lugar, abrirla a las dimensiones de la misión, de la realidad exterior. Sin embargo, el simple hecho de la misión si bien, positiva siempre, no transforma de hecho la conciencia de la Provincia. Así hay misioneros que se sienten más bien dejados a sí mismos, con la impresión de que la misión es sólo una cuestión de ellos. De su particular gusto y vocación, pero sin que la Provincia como tal se sienta implicada. Algo cambia en este sentido cuando en la Provincia funciona también una oficina animadora vocacional y allegadora de recursos. Esta situación de una cierta ambigüedad puede darse en las Provincias.

 

 

II. Sentido y actualidad de la misión. 

 

5. Las expresiones que hemos escuchado, por ejemplo, de Santa Teresa acerca de las muchas almas que se perdían, revelan, como es conocido, la teología y la piedad que están al fondo de la caridad misionera y apostólica de los nuestros, como en general de la acción misionera de la Iglesia. Esta teología necesariamente generaba una urgencia particular en las personas, como en san Francisco Javier, o de los nuestros que en el Congo en pocos años bautizan 40.000 fieles. No sólo, dentro de esa teología es sorprendente e incluso incomprensible que los religiosos conscientes no se sintieran impelidos a misionar, al modo como lo sienten Gracián y Juan de Jesús María.

Para nuestro objeto aquí, voy a tratar de indicar sintéticamente la posición de la misión en nuestra conciencia eclesial de hoy. El Vaticano II afirma: “Los que inculpablemente desconocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, y buscan con sinceridad a Dios, y se esfuerzan bajo el influjo de la gracias en cumplir con las obras de su voluntad, conocida por el dictamen de su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna” (LG 16; cf AG 7). Es una muestra de la visión optimista que aporta indudablemente el Vaticano II, que redime de la oscuridad desesperanzada que dominó al respecto durante siglos, y abre a nuevas perspectivas de la revelación y de la evangelización.

Entre estas nuevas perspectivas se pueden mencionar particularmente dos: la relación de la evangelización y de la misión, y por tanto con la realidad histórica y terrena del hombre, y la relación de la fe cristiana con las religiones.

 

6. El principio soteriológico.

 

       El principio que movió las misiones en las historia fue el de la salvación de las almas, la salvación trascendente y eterna. Los misioneros tuvieron en cuenta las necesidades de las personas y los pueblos, promovieron obras de beneficencia sobre todo, y también promoción de la civilización. Pero la salvación que urgía era la del alma. Las obras de beneficencia pertenecen siempre a la actitud cristiana.

Las encíclicas misioneras se van ocupando cada vez más de los temas de la pobreza, la justicia, el desarrollo ... Aunque el decreto “Ad gentes” no dedicó mucha atención a este tema, el Concilio Vaticano II dedicó un documento entero a las realidades terrenas, el “Gaudium et Spes”, y con ello impulsó oficialmente una valoración de la salvación en la historia. Especialmente desde la “Evangelii nuntiandi”, se acepta como natural y evidente que la evangelización es algo total que afecta la persona y la sociedad, y que la acción misionera debe comprender la realidad de los humillados en su dignidad, no obstante las explicaciones teológicas diferentes sobre esta convicción general.

La salvación para nosotros es histórica e integral. Es el Reino de Dios, tal como en el Evangelio. Tal como experimenta Cristo mismo, primero en su relación con el Padre, la cual constituye la relación trascendente y por tanto la salvación trascendente. Y al mismo tiempo, y por ello mismo, la relación con el hombre, tal como, por ejemplo, evidencian las bienaventuranza, el buen samaritano o el capítulo 25 de Mateo, y toda la acción sanadora de Jesús, que ungido por el Espíritu pasó haciendo el bien. El Reino de Dios es esta doble y única relación con el Padre y el hombre.

Adquieren, por tanto, un relieve muy especial la beneficencia, siempre necesaria, la promoción humana y social, y la concienciación de las personas y los pueblos. Es la dignidad histórica y eterna de los hijos de Dos. Este amor actual y eterno se expone y realiza como revelación y urgencia e interpelación en Jesucristo.

Al respecto, en la realidad de la globalización creciente de hoy se señalan varias características. Primero, el factor económico y financiero, con su lógica del beneficio y de la competitividad. ¿Cómo desarrollar la “caridad política” como servicio misionero en las mediaciones económicas? ¿Cómo hacer que el factor económico del desarrollo fomente la dignidad de las personas y los pueblos? La globalización, si bien tiene sus ambigüedades y peligros, también ofrece la oportunidad de conocer y trasladar el progreso al servicio de los pueblos a regiones distantes. Precisamente la capacidad de comunicación abre nuevas vías de encuentro entre los pueblos, que pueden con tiempo disolver los peligros de conflictos entre religiones y culturas.

La globalización y el bienestar configura un nuevo tipo de hombre, que gracias a las facilidades técnicas puede desfrutar de los bienes de la tierra, con peligro real de disminuir el sentimiento religioso y la sensibilidad solidaria.

 

7. El valor de las religiones

 

Otra realidad que ha cambiado la teología de la misión es la percepción actual de la Iglesia del valor de las religiones. Una percepción que ha avanzado desde el Vaticano II en una gradación: Las religiones como riqueza cultural y expresiva de los pueblos y como aspiración religiosa natural. Las religiones como lugares de salvación. Y finalmente las religiones como vehículos de la gracias salvadora. Cualquiera que sea la concepción concreta y la explicación de la relación entre religiones y la gracia y la salvación, en todo caso hoy se ve como necesario el diálogo con las religiones para anunciar el evangelio de Jesucristo.

“La Iglesia católica nada rechaza de lo que en estas religiones hay de verdadero y santo. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas, que, aunque discrepan en muchos de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres. Anuncia y tiene la obligación de anunciar constantemente a Cristo, que es ‘el camino, la verdad y la vida’ (Jn 14,6), en quien los hombres encuentran la plenitud de la vida religiosa y en quien Dios reconcilió consigo todas las cosas (cf 2Co 5, 18-19). Por consiguiente, exhorta a sus hijos a que, con prudencia y caridad, mediante el diálogo y la colaboración con los adeptos de otras religiones, dando testimonio de la verdad y vida cristiana, reconozcan, guarden y promuevan aquellos bienes espirituales y morales, así como los valores socio-culturales, que en ellos existen” (NA 2).

El impulso misionero de los siglos pasados provenía de la salvación eterna, o, negativamente, de la perdición eterna, como hemos mencionado. Para nosotros con toda la tradición desde el evangelio, el sentido y la actualidad de la misión permanece. Sin embargo, sin la “desesperación” de la perdición eterna a la que quería hacer frente la misión en el pasado. Ahora, por una parte, se trata de la salvación integral de la persona, con una relevancia nueva por la salvación histórica de los hijos de Dios. Pero ello no disminuye la urgencia y la importancia decisiva del anuncio de Jesucristo: el conocer y amar a Jesucristo y al Padre en el Espíritu es otra forma de expresar y concebir la salvación. Esta doble y única realidad: el conocimiento amoroso del don de Jesucristo y la realización de la dignidad histórica, actual y terrena de los hijos de Dios es el sentido de la misión. Por tanto, no ha perdido en nada de su actualidad u urgencia. Si se dice que el conocimiento de Jesucristo no es tan decisivo quiere decir que Jesucristo no es decisivo y no es después de todo tan importante. Conocer a Jesucristo es en sí mismo salvación. El desconocerlo es una inmensa pérdida, independientemente de la responsabilidad personal y de la salvación eterna. El que cree en Jesucristo (la Iglesia) no puede no anunciarle como la suprema buena noticia para la humanidad.

 

III. Recursos

 

8. En “Novo Millennio Ineunte” el Papa Juan Pablo II hacía este reconocimiento y esta invitación apremiante: “Han pasado ya, incluso en los países de antigua evangelización, la situación de una ‘sociedad cristiana’, la cual, aún con las múltiples debilidades humanas, se basaba explícitamente en los valores evangélicos. Hoy se ha de afrontar con valentía una situación que cada vez más es más variada y comprometida, en el contexto de la globalización y de la nueva y cambiante situación de pueblos y culturas” (n 40). En consecuencia el Papa reclama una nueva acción misionera, en la que destaca estos cuatro aspectos: a) requiere reavivar el impulso de los orígenes, el ardor de Pentecostés; b) no puede ser tarea de unos pocos “especialistas” sino de la responsabilidad de todos los miembros del pueblo de Dios; c) la exigencia de la inculturación ha de caracterizar un “rostro multiforme” de la Iglesia; d) adquiere una importancia prioritaria la pastoral juvenil, porque los jóvenes van a ser los protagonistas del mundo del futuro.

En “Redemptoris Missio” (1990) había llamado la atención sobre este hecho: “El número de los que aún no conocen a Cristo ni forman parte de la Iglesia aumenta constantemente; más aún, desde el final del concilio casi se ha duplicado” (n. 3). Pero allí mismo había indicado otros motivos de la urgencia del nuevo ardor misionero: la caída de las ideologías, la apertura de las fronteras y la configuración de un mundo más unido, el afianzamiento en los pueblos de los valores evangélicos (paz, justicia, fraternidad, dedicación a los más necesitados, un tipo de desarrollo económico y técnico falto del alma (n. 3). Con ello podía afirmar con optimismo: “Dios abre a la Iglesia horizontes de una humanidad más preparada para la siembra evangélica” (ib.).

 

9. Recursos humanos

 

Tratándose de los recursos, hay que destacar la afirmación de que acción misionera no puede ser tarea de unos pocos especialistas. Ello, por la esencia misionera de la Iglesia, que hace que todas las Iglesias locales y todos los cristianos estén llamados a la evangelización; y por la tarea inmensa que ahora en sí misma y por el conocimiento y posibilidades que ofrecen los medios de comunicación se presenta con urgencia a la conciencia de la Iglesia.

Por tanto, la acción misionera que tenemos delante tiene dos vertientes: la concienciación de todos los cristianos desde el principio y la acción dirigida ad gentes. El primer recurso es el humano, y según la concepción destacada con razón por el Papa, este recurso humano debe ser toda la Iglesia. La evangelización, la catequesis, la formación teológica debe estar informado por el carácter misionero de la Iglesia. Se destaca el valor de la información a través de la prensa y medios audiovisuales.

En el número 82 de la encíclica se señalan nuevas formas de cooperación misional: el turismo mismo a escala internacional, que es oportunidad de un mutuo enriquecimiento cultural. La oportunidad de de un conocimiento directo de la vida misionera. La encíclica encomia las visitas a las misiones, sobre todo de parte de los jóvenes, que van a prestar un servicio y pueden tener una experiencia fuerte de la vida cristiana. Las migraciones de trabajadores cristianos a países no cristianos: circunstancia propicia para vivir y testimoniar la fe cristiana. Más numerosos los ciudadanos de países de misión, que pertenecen a países no cristianos, que van a establecerse a otros países. La acogida de estos hermanos en los países de antigua tradición cristiana es un desafío para las comunidades eclesiales animándolas a la acogida, al diálogo, al servicio, al compartir y al anuncio. La cooperación puede implicar a los responsables de la política, de la economía, de la cultura, del periodismo, además de los expertos de los diversos organismos internacionales, pues se da una creciente interdependencia entre los pueblos, lo cual es un estímulo para el testimonio cristiano y para la evangelización.

 

10. Recursos materiales

 

Los recursos materiales que podemos allegar en el ámbito de la Iglesia, nunca podrán ser notables, sino escasos para las necesidades. Tienen que ser utilizados sobre todo para fines más directamente eclesiales o religiosos, como construcción de iglesias y capillas, casas religiosas, formación de comunidades cristianas, formación de vocaciones sacerdotales y religiosas y de líderes cristianos ...

Por otra parte, hoy en los países occidentales disponemos de oportunidades económicas que desde al menos el sistema colonial no hemos tenido. Diversas entidades civiles e instituciones públicas se han sensibilizado y ofrecen ayudas para proyectos de beneficencia y de promoción. Aunque estas mismas ayudas son una gota en el océano de la pobreza mundial, que coincide generalmente con los países de misión ad gentes, creo que nosotros no las estamos aprovechando y estamos sólo al comienzo de lo que hoy debería ser una acción inteligente. Creo que esta colaboración misma con estas entidades puede servir para concienciar cada vez más a los poderes públicos sobre el problema de fondo del llamado orden mundial.

Por ello, la acción parcial que gracias a estos medios podemos realizar no debilita la percepción de la necesidad de transformación de este orden mundial de acuerdo al espíritu del evangelio y las exigencias de la justicia, que sólo permitirá la convivencia y paz entre los pueblos.   

 

     
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Updated 12 mar 2007  by OCD General House
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