I. Los misioneros de Santa Teresa
1. El P. Juan Vicente veía y
sentía así la vocación del Carmelo
Teresiano: “Los hijos de Santa Teresa somos
propiamente fruto de los clamores y lágrimas
de Nuestra Madre, apenada y solícita de la
salvación de los millones de almas infieles
que en lejanas tierras yacen perdidas por
falta de predicación y de misioneros. Por
tanto, he aquí lo que somos los carmelitas
descalzos ‘de ventre matris meae’, desde el
vientre mismo de nuestra madre. Esta Madre
Santa Teresa nos concibió en la ermita de la
huerta de su primer convento, lo cual
significa que somos esencialmente ermitaños,
como nuestros antiguos Padres del Carmelo,
ermitaños como el que más; pero nos concibió
entre ansias y lágrimas por la salvación de
los enfieles, y esto significa que somos
esencialmente misioneros. En la junta íntima
de estas dos vidas, ermitaña y apostólica,
llevadas ambas a dos a la mayor perfección,
consiste el quid, la característica, la
peculiar naturaleza, de los hijos de de
aquella Madre que, cual nadie, alcanzó a
hermanar en sí la sublime vida contemplativa
de María, con la activa y solícita de Marta”
(Sermón pronunciado el 30 de mayo de 1918,
en Obras del P. Juan Vicente... Original en
“La Obra Máxima”, San Sebastián).
“Los hijos de Santa Teresa han
comprendido y profesado en todo tiempo, que
un carmelita descalzo debe, ante todo, ser
profundamente contemplativo, pero debe ser
decididamente activo. Es decir, debe tratar
con todas las veras de inflamarse en el
horno de la contemplación en aquel amor de
Dios que es fuerte como la muerte, y de ahí
debe proceder a amar al prójimo por Dios,
hasta hacerse todo a todos, para ganarlos a
todos. Esto hace el verdadero misionero
carmelita. La acción sin la contemplación no
sería carmelitana; la contemplación sin la
acción, no sería teresiana” (“La Provincia
de S. Joaquín de Navarra y su exposición de
París”, en El Monte Carmelo, n. 426, 1918,
367).
Estas claras y vigorosas
afirmaciones del autor llaman la atención
hoy mismo. Apenas se puede expresar más
enérgicamente, e incluso bellamente, el
pensamiento contenido en la primera frase
citada: Los hijos de Santa Teresa somos
propiamente fruto de los clamores y lágrimas
de Nuestra Madre, apenada y solícita de la
salvación de los millones de almas. Somos
los hijos de Santa Teresa. Fruto de los
clamores y lágrimas apostólicas.
Las frases citadas se prestan a
un estudio en varias direcciones: por
ejemplo, cómo llegó el P. Juan Vicente a
esta certeza tan rotunda, cómo concibió la
unidad de los dos aspectos de la vida
contemplativa y activa de modo que para él
parece ha desaparecido la reserva y no
digamos el conflicto, presente en otros,
incluso en toda la tradición de nuestra
Orden. Cómo la vivió él personalmente, de
modo que su vida misma sea la exégesis de su
concepción doctrinal. Seguramente hay una
historia, un proceso en la percepción del
carisma, pues no encontraba esa formulación
en las expresiones legales de la Orden.
Ciertamente, es conocida la fuerte
orientación misionera que tomó la Orden tras
su restablecimiento en España. El joven Juan
Vicente fue testigo de la ida de bastantes
Padres, incluso profesores suyos, a la India
(cfr. Domingo Fernández de Mendiola, “Juan
Vicente, exponente de la restauración
misionera”, en 15 Estudios sobre el Padre
Juan Vicente Zengotita, C.D., Estudios MC
17, Monte Carmelo, Burgos 1994). En este
ambiente encontramos este texto: “Que los
Carmelitas Descalzos son los misioneros
fundados por Santa Teresa de Jesús, y que,
por lo tanto, a nadie más que a ellos
pertenece con toda justicia y verdad el
título de misioneros teresianos: P. Gabriel
de Jesús, en San Juan de la Cruz, 1890,
605-607). Pero la expresión constitucional y
la concepción de conjunto del carisma de la
Orden no ofrecía la claridad y la
determinación que evidencian las palabras
del P. Juan Vicente. Él, en todo caso, no
busca su inspiración y fundamento en otras
autoridades, sino que parte de su propia
comprensión de Santa Teresa, directamente.
Ahí encuentra su criterio y su evidencia. En
todo caso, a la altura de su madurez
encontramos este resultado.
Creo que hoy nosotros cambiaríamos
algún término. Por ejemplo, el de ser
“ermitaño” los carmelitas, en alusión a la
historia primitiva, y también a algunas
expresiones de Santa Teresa misma. Quiero
decir que la vida activa, tan intensa como
la vivida y pensada por el P. Juan Vicente,
propiamente no se compagina con la vida
eremítica. Está claro que en el fondo se
refiere más bien a la vida de oración, de
contemplación. En rigor la vida eremítica es
una forma de vida específica, que se
diferencia de la forma de vida activa. Juan
Vicente sintió también la vocación
eremítica; sin embargo, siendo párroco de
Chattiath o director del colegio internado
de San Alberto, o recorriendo las ciudades
de España en la sensibilización misionera y
entregado a ella a través de La Obra Máxima
y otras iniciativas, no se puede decir con
propiedad que llevara una forma de vida
eremítica.
Por otra parte, en el contexto de la
teología de hoy, nuestra conciencia de fe
dentro de la Iglesia de hoy, tendremos que
entender y explicar de modo diferente la
misión, como trataremos de recordar
brevemente en la segunda parte. Presupuesto
esto, lo decisivo de las afirmaciones del P.
Juan Vicente se refiere a la vocación
misionera esencial del carmelita. Por ello
quiero centrarme primeramente en este
contenido de la vocación misionera del
carmelita ‘de ventre matris meae”: es decir,
desde el principio, desde la concepción,
esencialmente. Con aquella totalidad y
fuerza espiritual de “los clamores y
lágrimas”
Al respecto, un autor, testigo del
espíritu misionero de nuestra Madre Santa
Teresa, escribe atinadamente: “Del espíritu
misionero de Santa Teresa y de su amor a la
salvación de las almas de los infieles y
herejes, no tenemos necesidad de hacer
conjeturas ‘a posteriori’, o de los efectos
necesarios que debería producir en su
corazón un amor tan grande a Dios. Ella
misma, con aquella diafanidad que tanto
caracteriza a sus escritos, nos hará ver y
leer en el libro de su corazón, ese espíritu
apostólico-misionero” (Severino de Santa
Teresa, Santa Teresa de Jesús por las
Misiones, Vitoria 1959, 14).
2. Ahí están la visión, el sentir
y las expresiones de Santa Teresa sobre el
espíritu eclesial y apostólico de su Carmelo
y, en consecuencia, sobre la vida activa
apostólica y misionera de los carmelitas a
la medida de aquel ardor apostólico
espiritual general del nuevo Carmelo. Son
muy conocidas. Se han citado frecuentemente.
Se han también estudiado. “En este tiempo
vinieron a mi noticia los daños de Francia y
el estrago que habían hecho estos luteranos
(...). Dióme gran fatiga y, como si yo
pudiera algo, o fuera algo, lloraba con el
Señor y le suplicaba remediase tanto mal.
Parecíame que mil vidas pusiera yo para
remedio de un alma de las muchas que allí se
perdían” (Camino de perfección, 1). “¡Oh
hermanas mías en Cristo!, ayudadme a
suplicar esto al Señor, que para eso os
juntó aquí; éste es vuestro llamamiento,
estos han de ser vuestros negocios, estos
han de ser vuestros deseos, aquí vuestras
lágrimas, estas vuestras peticiones”.“Para
estas dos cosas os pido yo ser tales que
merezcamos alcanzarlas de Dios. La una, que
haya muchos de los muy muchos letrados y
religiosos que hay, que tengan partes que
son menester para esto, como he dicho; y a
los que no están muy dispuestos los disponga
el Señor, que más hará uno perfecto que
muchos que no lo estén. La otra después de
puestos en esta pelea, que, como digo, no es
pequeña, los tenga el Señor de su mano para
que puedan librarse de tantos peligros como
hay en el mundo y tapar los oídos en este
peligroso mar del canto de sirenas”.
“A los cuatro años acertó a
venirme a ver un fraile franciscano, llamado
fray Alonso Maldonado, harto siervo de Dios,
y con los mismos deseos del bien de las
almas que yo, y podíalos poner por obra, que
le tuve yo harta envidia. Este venía de las
Indias poco había. Comenzóme a contar de os
muchos millones de almas que allí se perdían
por falta de doctrina, e hízonos un sermón y
plática animando a la penitencia y fuése. Yo
quedé tan lastimada de la perdición de
tantas almas, que no cabía en mí. Fuime a
una ermita con hartas lágrimas; clamaba a
Nuestro Señor, suplicándole diese medio cómo
yo pudiese algo para ganar algún alma para
su servicio, pues tantas llevaba el demonio,
y que pudiese mi oración algo, ya que no era
para más. Había gran envidia a los que
podían por amor de Dios Nuestro Señor
emplearse en esto, aunque pasasen mil
muertes. Y así me acaece que cuando en las
vidas de los santos leemos que convirtieron
almas, mucha más devoción me hace y más
ternura y más envidia que todos los
martirios que padecen; por ser esta la
inclinación que Nuestro Señor me ha dado,
pareciéndome que precia más un alma que por
nuestra industria y oración ganásemos
mediante su misericordia, que todos los
servicios que le podemos hacer” (F 1,7).
En la narración de la visita a la
casa de Duruelo: junto a la vida de oración,
penitencia y pobreza “iban a predicar a
muchos lugares que están por allí comarcanos
sin nenguna doctrina, que por esto también
me holgué se hiciese allí la casa; que me
dijeron que ni había cerca monesterio ni de
dónde la tener, que era gran lástima” (F 14,
8). El final es revelador: “Y ansí me fui
con harto consuelo, aunque no daba a Dios
las alabanzas que merecía tan gran merced.
Plega Su Majestad , por su bondad, sea yo
digna de servir en algo lo mucho que le
debo, amén; que bien entendía era ésta muy
mayor merced que la me hacía en fundar casas
de monjas” (F 14,12).
3. Testigos primeros de excepción
en la tradición viva del espíritu misionero
de Teresa son el P. Gracián y el P. Juan de
Jesús María, el Calagurritano. El primero,
según la documentación llegada, más bien de
hecho, con la conciencia de estar
identificado con el espíritu teresiano, cosa
que afirma también expresamente en relación
a la misión. El segundo, con una defensa
explícita de la maternidad carismática de
Teresa y, por tanto, de la pertenencia
esencial de la misión al Carmelo Teresiano.
Estos testigos están, sobre todo,
objetivamente, en nuestra auténtica
tradición misional. De hecho aceptado como
maestro Juan de Jesús María, silenciado en
gran parte de la historia el P. Gracián. Los
dos habían colaborado en la preparación de
la beatificación de santa Teresa,
proclamando al unísono su espíritu
misionero.
Se puede señalar una diferencia de
acento: Gracián respondiendo a la circular
de la consulta en 1589 razona: “A esto se
responde que no es la misma razón, porque la
misma Regla de los carmelitas dice: ‘si no
se ocuparen en otras ocupaciones’; y la
experiencia e historia de sus santos y de
toda su Orden ha mostrado que su vocación es
no salir tanto ni ocuparse tanto en obras de
fuera como otras religiones, pero no estar
tan encerrado como Cartujos; y así, no hay
para qué hacer novedades” (MHCT 3, doc 404,
p. 477-478). En la polémica parece que
Gracián hace aquí una concesión. En la
patente a los primeros misioneros del Congo
había escrito, siendo provincial, en vida de
santa Teresa: “En cuanto a las obligaciones
de la Orden de vestido y comida y las demás
cosas que mandan nuestras Constituciones
hagan conforme al tiempo y lugar donde se
hallaren, atendiendo principalmente a la
conversión de aquellas almas” (MHCT 3, doc
260). En su propia vida mostró esta apertura
y libertad cuando se trataba del apostolado.
Juan de Jesús María, comisionado por el
Capítulo de 1605 para redactar las
Instrucciones de las Misiones, escribe: “Los
religiosos que se destinan a la salvación de
los infieles han de ejercer su ministerio
permaneciendo en estaciones fijas, sin andar
vagando de una parte en otra, y procuren
donde se pueda, fundar conventos con permiso
de superiores, a donde se recojan como a una
fortaleza a recobrar sus fuerzas, para salir
de nuevo con mayores bríos a la conquista de
las almas” (cap 9).
Nosotros hoy entendemos el sentido
de estas reservas, pero en todo caso para
sus autores ellas no deben entenderse de
modo que disminuyan el fervor misionero de
la Orden. Juan de Jesús María termina el
párrafo explicando “para salir de nuevo con
mayores bríos”. En efecto, la tradición de
la “potior pars” y del “pars posterior”
parece que ha pesado creando unas reservas
y, de hecho, restando espíritu misionero a
la Orden. Por ello, se puede destacar que el
P. Juan Vicente, que se alimentó de esa
tradición, y personalmente amaba también la
vida eremítica, a la que incluso se sentía
vocacionado, experimenta y formula el
espíritu misionero de la Orden de modo
rotundo sin la menor reserva: “Un Carmelita
Descalzo debe, ante todo, ser profundamente
contemplativo, pero debe ser decididamente
activo”(El Monte Carmelo, 426, 1918, p.
367). ”Contemplativo hasta lo sumo,
apostólico hasta más no poder”, “el
carmelita deber ser un contemplativo
sumamente apostólico y un apóstol sumamente
contemplativo” (Modo de meditar que enseñaba
nuestro Ven. P. San Juan de la Cruz, en
“Mensajero de Santa Teresa”, 1924-1925).
Esta doble totalidad es la
claridad que aporta Juan Vicente. Había que
ser totalmente contemplativo, hombre de
oración, y totalmente apostólico y activo.
No sólo fue un gran sensibilizador de las
misiones, sino que su vida y las
formulaciones sobre el espíritu misionero de
la Orden, de gran claridad, resultan
originales en el contexto de la tradición.
De
la recepción de este espíritu misionero a lo
largo de la historia, muy importante siempre
y digna de ser estudiada sistemáticamente,
no hago mención aquí. Me voy a referir ahora
a una recepción oficial, aprobada por la
Iglesia, la plasmada en las Constituciones y
Normas.
4. Nuestras leyes renovadas tras
el Vaticano II recogen y transmiten así el
espíritu misionero del Carmelo Teresiano:
“La evangelización de los pueblos, que
dimana de la naturaleza íntima de la Iglesia
y constituye realmente un espléndido fruto
de la caridad y de la oración, fue siempre
con justicia una obra predilecta de la
Orden. En efecto, la santa Madre Teresa
comunicó a la familia el fervor misional que
ardía en su corazón, y quiso que los frailes
trabajasen también en la actividad
misionera. Por eso, se ha de procurar con
desvelo que este fervor misional se mantenga
y propague en la Orden, que todos se
interesen por la evangelización de los
pueblos y que se promocionen las vocaciones
misioneras en todas partes. Las comunidades
y las Provincias presten apoyo a nuestros
misioneros con el amor, la oración y los
recursos económicos, y contribuyan todos, en
la medida de sus fuerzas, a vitalizar y
acrecentar la Orden, incluso en las tierras
de misión” (C 94).
Esto se lee en las Constituciones.
En las Normas se prescriben algunos medios
básicos: “A fin de que nuestra familia pueda
realizar debidamente su tarea misional, en
cada Provincia se han de tomar y acoger
favorablemente las oportunas iniciativas
encaminadas al florecimiento e incremento de
la vocación misionera” (N 58). Debe
nombrarse un celador de misiones en cada
Provincia y Semi-provincia, quien, bajo la
dirección del Provincial, fomentará la unión
entre la Provincia y las Misiones, promoverá
el espíritu misionero y allegará recursos
humanos y otras ayudas para nuestras
misiones” (N 64). “Todos las Provincias y
comunidades pongan sumo empeño en ofrecer la
generosa colaboración, incluso económica, de
sus propios bienes a la obra misional” (N
65).
Se afirma ser una obra predilecta
de la Orden. La razón carismática se
establece en santa Teresa sin más, que
prendió la llama del celo misional en su
familia, en toda ella, y se explicita que
“quiso que los frailes trabajasen también en
la actividad misionera”. El “también” no se
debe entender como una especie de
atenuación. Dentro de toda la familia del
Carmelo, toda ella apostólica y misionera,
los frailes son misioneros activos. Como en
general las Constituciones, cuando abordan
los aspectos fundamentales de la vida y
misión de la Orden, esta parte relativa a
las misiones está bien formulada en su
sobriedad. Podemos preguntarnos si esta
recepción del espíritu misionero de las
Constituciones se asume efectivamente en la
realidad sociológica y espiritual de la
Orden en la actualidad. En un juicio
completo habría que hacer distinciones. En
algunas visitas pastorales he preguntado en
las entrevistas y dialogado con los
religiosos sobre la percepción que tenía de
este hecho. Se puede decir que, en general,
el espíritu misionero no es suficiente en la
Orden. Me parece que muchos de los
entrevistados en algunas Provincias estarían
de acuerdo respecto de sus
circunscripciones, que ellos mejor conocen .
Ante todo, y en general,
refiriéndome también a las carmelitas, ¿se
acercan las vocaciones al Carmelo por
aquellas razones eclesiales y misioneras de
una Teresa de Lisieux o de Isabel de la
Trinidad, y, en la fuente, por la
proclamación carismática de Camino de
Perfección? Y en consecuencia, las
vocaciones masculinas, ¿a qué imagen o
inspiración de familia responden? ¿Perciben
ya de entrada el espíritu misionero del
Carmelo Teresiano, junto con la vida de
oración y la vida fraterna?
En la formación, sobre todo en el
noviciado, se insiste con razón en la
oración personal y comunitaria, en la vida
fraterna, en cierta actividad al servicio de
la casa. ¿Se desarrolla siempre en el
noviciado en verdad todo el carisma de la
Orden de Santa Teresa, de aquellos clamores
y lágrimas convertidos también en actos y
dedicaciones? ¿Cuánto se aprende de la
historia de las misiones, y de la realidad
actual de las misiones? Y, sobre todo, ¿cómo
se comunica el Carmelo, quién es el criterio
carismático? ¿Es Santa Teresa o es la
tradición anterior, es la Regla medieval que
comenzó siendo eremítica y se transformó en
mendicante, conservando su estructura y
mentalidad más bien eremítica?
No es necesario ciertamente entrar
en discusiones acerca del más y del menos de
apostolado, como no pocas veces en el
pasado. Pero las vocaciones y la formación
de la Orden tienen que asimilar la recepción
eclesial plasmada en las Constituciones con
equilibrio y fuerza inspiradora. La
sensibilización misional de la que hablan
nuestras leyes no puede referirse sólo a los
fieles. Tiene que dirigirse, no menos que en
el caso de la oración y la abnegación
evangélica, a nosotros mismos.
Es verdad que hoy muchas
Provincias tienen una relación directa con
una misión, tienen alguna presencia
misionera, a veces con un número reducido de
religiosos. Eso lo tenemos que considerar
como un signo muy positivo en toda caso para
las Provincias. No sólo porque la misión en
sí misma es importante, sino porque la
presencia de la misión en la provincia puede
transformar la conciencia de la Provincia.
En primer lugar, abrirla a las dimensiones
de la misión, de la realidad exterior. Sin
embargo, el simple hecho de la misión si
bien, positiva siempre, no transforma de
hecho la conciencia de la Provincia. Así hay
misioneros que se sienten más bien dejados a
sí mismos, con la impresión de que la misión
es sólo una cuestión de ellos. De su
particular gusto y vocación, pero sin que la
Provincia como tal se sienta implicada. Algo
cambia en este sentido cuando en la
Provincia funciona también una oficina
animadora vocacional y allegadora de
recursos. Esta situación de una cierta
ambigüedad puede darse en las Provincias.
II. Sentido y actualidad de la misión.
5. Las expresiones que hemos
escuchado, por ejemplo, de Santa Teresa
acerca de las muchas almas que se perdían,
revelan, como es conocido, la teología y la
piedad que están al fondo de la caridad
misionera y apostólica de los nuestros, como
en general de la acción misionera de la
Iglesia. Esta teología necesariamente
generaba una urgencia particular en las
personas, como en san Francisco Javier, o de
los nuestros que en el Congo en pocos años
bautizan 40.000 fieles. No sólo, dentro de
esa teología es sorprendente e incluso
incomprensible que los religiosos
conscientes no se sintieran impelidos a
misionar, al modo como lo sienten Gracián y
Juan de Jesús María.
Para nuestro objeto aquí, voy a
tratar de indicar sintéticamente la posición
de la misión en nuestra conciencia eclesial
de hoy. El Vaticano II afirma: “Los que
inculpablemente desconocen el Evangelio de
Cristo y su Iglesia, y buscan con sinceridad
a Dios, y se esfuerzan bajo el influjo de la
gracias en cumplir con las obras de su
voluntad, conocida por el dictamen de su
conciencia, pueden conseguir la salvación
eterna” (LG 16; cf AG 7). Es una muestra de
la visión optimista que aporta
indudablemente el Vaticano II, que redime de
la oscuridad desesperanzada que dominó al
respecto durante siglos, y abre a nuevas
perspectivas de la revelación y de la
evangelización.
Entre estas nuevas perspectivas se
pueden mencionar particularmente dos: la
relación de la evangelización y de la
misión, y por tanto con la realidad
histórica y terrena del hombre, y la
relación de la fe cristiana con las
religiones.
6. El principio soteriológico.
El
principio que movió las misiones en las
historia fue el de la salvación de las
almas, la salvación trascendente y eterna.
Los misioneros tuvieron en cuenta las
necesidades de las personas y los pueblos,
promovieron obras de beneficencia sobre
todo, y también promoción de la
civilización. Pero la salvación que urgía
era la del alma. Las obras de beneficencia
pertenecen siempre a la actitud cristiana.
Las encíclicas misioneras se van
ocupando cada vez más de los temas de la
pobreza, la justicia, el desarrollo ...
Aunque el decreto “Ad gentes” no dedicó
mucha atención a este tema, el Concilio
Vaticano II dedicó un documento entero a las
realidades terrenas, el “Gaudium et Spes”, y
con ello impulsó oficialmente una valoración
de la salvación en la historia.
Especialmente desde la “Evangelii nuntiandi”,
se acepta como natural y evidente que la
evangelización es algo total que afecta la
persona y la sociedad, y que la acción
misionera debe comprender la realidad de los
humillados en su dignidad, no obstante las
explicaciones teológicas diferentes sobre
esta convicción general.
La salvación para nosotros es
histórica e integral. Es el Reino de Dios,
tal como en el Evangelio. Tal como
experimenta Cristo mismo, primero en su
relación con el Padre, la cual constituye la
relación trascendente y por tanto la
salvación trascendente. Y al mismo tiempo, y
por ello mismo, la relación con el hombre,
tal como, por ejemplo, evidencian las
bienaventuranza, el buen samaritano o el
capítulo 25 de Mateo, y toda la acción
sanadora de Jesús, que ungido por el
Espíritu pasó haciendo el bien. El Reino de
Dios es esta doble y única relación con el
Padre y el hombre.
Adquieren, por tanto, un relieve
muy especial la beneficencia, siempre
necesaria, la promoción humana y social, y
la concienciación de las personas y los
pueblos. Es la dignidad histórica y eterna
de los hijos de Dos. Este amor actual y
eterno se expone y realiza como revelación y
urgencia e interpelación en Jesucristo.
Al respecto, en la realidad de la
globalización creciente de hoy se señalan
varias características. Primero, el factor
económico y financiero, con su lógica del
beneficio y de la competitividad. ¿Cómo
desarrollar la “caridad política” como
servicio misionero en las mediaciones
económicas? ¿Cómo hacer que el factor
económico del desarrollo fomente la dignidad
de las personas y los pueblos? La
globalización, si bien tiene sus
ambigüedades y peligros, también ofrece la
oportunidad de conocer y trasladar el
progreso al servicio de los pueblos a
regiones distantes. Precisamente la
capacidad de comunicación abre nuevas vías
de encuentro entre los pueblos, que pueden
con tiempo disolver los peligros de
conflictos entre religiones y culturas.
La globalización y el bienestar
configura un nuevo tipo de hombre, que
gracias a las facilidades técnicas puede
desfrutar de los bienes de la tierra, con
peligro real de disminuir el sentimiento
religioso y la sensibilidad solidaria.
7. El valor de las religiones
Otra realidad que ha cambiado la
teología de la misión es la percepción
actual de la Iglesia del valor de las
religiones. Una percepción que ha avanzado
desde el Vaticano II en una gradación: Las
religiones como riqueza cultural y expresiva
de los pueblos y como aspiración religiosa
natural. Las religiones como lugares de
salvación. Y finalmente las religiones como
vehículos de la gracias salvadora.
Cualquiera que sea la concepción concreta y
la explicación de la relación entre
religiones y la gracia y la salvación, en
todo caso hoy se ve como necesario el
diálogo con las religiones para anunciar el
evangelio de Jesucristo.
“La Iglesia católica nada rechaza
de lo que en estas religiones hay de
verdadero y santo. Considera con sincero
respeto los modos de obrar y de vivir, los
preceptos y doctrinas, que, aunque discrepan
en muchos de lo que ella profesa y enseña,
no pocas veces reflejan un destello de
aquella Verdad que ilumina a todos los
hombres. Anuncia y tiene la obligación de
anunciar constantemente a Cristo, que es ‘el
camino, la verdad y la vida’ (Jn 14,6), en
quien los hombres encuentran la plenitud de
la vida religiosa y en quien Dios reconcilió
consigo todas las cosas (cf 2Co 5, 18-19).
Por consiguiente, exhorta a sus hijos a que,
con prudencia y caridad, mediante el diálogo
y la colaboración con los adeptos de otras
religiones, dando testimonio de la verdad y
vida cristiana, reconozcan, guarden y
promuevan aquellos bienes espirituales y
morales, así como los valores
socio-culturales, que en ellos existen” (NA
2).
El impulso misionero de los siglos
pasados provenía de la salvación eterna, o,
negativamente, de la perdición eterna, como
hemos mencionado. Para nosotros con toda la
tradición desde el evangelio, el sentido y
la actualidad de la misión permanece. Sin
embargo, sin la “desesperación” de la
perdición eterna a la que quería hacer
frente la misión en el pasado. Ahora, por
una parte, se trata de la salvación integral
de la persona, con una relevancia nueva por
la salvación histórica de los hijos de Dios.
Pero ello no disminuye la urgencia y la
importancia decisiva del anuncio de
Jesucristo: el conocer y amar a Jesucristo y
al Padre en el Espíritu es otra forma de
expresar y concebir la salvación. Esta doble
y única realidad: el conocimiento amoroso
del don de Jesucristo y la realización de la
dignidad histórica, actual y terrena de los
hijos de Dios es el sentido de la misión.
Por tanto, no ha perdido en nada de su
actualidad u urgencia. Si se dice que el
conocimiento de Jesucristo no es tan
decisivo quiere decir que Jesucristo no es
decisivo y no es después de todo tan
importante. Conocer a Jesucristo es en sí
mismo salvación. El desconocerlo es una
inmensa pérdida, independientemente de la
responsabilidad personal y de la salvación
eterna. El que cree en Jesucristo (la
Iglesia) no puede no anunciarle como la
suprema buena noticia para la humanidad.
III. Recursos
8. En “Novo Millennio Ineunte” el
Papa Juan Pablo II hacía este reconocimiento
y esta invitación apremiante: “Han pasado
ya, incluso en los países de antigua
evangelización, la situación de una
‘sociedad cristiana’, la cual, aún con las
múltiples debilidades humanas, se basaba
explícitamente en los valores evangélicos.
Hoy se ha de afrontar con valentía una
situación que cada vez más es más variada y
comprometida, en el contexto de la
globalización y de la nueva y cambiante
situación de pueblos y culturas” (n 40). En
consecuencia el Papa reclama una nueva
acción misionera, en la que destaca estos
cuatro aspectos: a) requiere reavivar el
impulso de los orígenes, el ardor de
Pentecostés; b) no puede ser tarea de unos
pocos “especialistas” sino de la
responsabilidad de todos los miembros del
pueblo de Dios; c) la exigencia de la
inculturación ha de caracterizar un “rostro
multiforme” de la Iglesia; d) adquiere una
importancia prioritaria la pastoral juvenil,
porque los jóvenes van a ser los
protagonistas del mundo del futuro.
En “Redemptoris Missio” (1990)
había llamado la atención sobre este hecho:
“El número de los que aún no conocen a
Cristo ni forman parte de la Iglesia aumenta
constantemente; más aún, desde el final del
concilio casi se ha duplicado” (n. 3). Pero
allí mismo había indicado otros motivos de
la urgencia del nuevo ardor misionero: la
caída de las ideologías, la apertura de las
fronteras y la configuración de un mundo más
unido, el afianzamiento en los pueblos de
los valores evangélicos (paz, justicia,
fraternidad, dedicación a los más
necesitados, un tipo de desarrollo económico
y técnico falto del alma (n. 3). Con ello
podía afirmar con optimismo: “Dios abre a la
Iglesia horizontes de una humanidad más
preparada para la siembra evangélica” (ib.).
9. Recursos humanos
Tratándose de los recursos, hay
que destacar la afirmación de que acción
misionera no puede ser tarea de unos pocos
especialistas. Ello, por la esencia
misionera de la Iglesia, que hace que todas
las Iglesias locales y todos los cristianos
estén llamados a la evangelización; y por la
tarea inmensa que ahora en sí misma y por el
conocimiento y posibilidades que ofrecen los
medios de comunicación se presenta con
urgencia a la conciencia de la Iglesia.
Por tanto, la acción misionera que
tenemos delante tiene dos vertientes: la
concienciación de todos los cristianos desde
el principio y la acción dirigida ad gentes.
El primer recurso es el humano, y según la
concepción destacada con razón por el Papa,
este recurso humano debe ser toda la
Iglesia. La evangelización, la catequesis,
la formación teológica debe estar informado
por el carácter misionero de la Iglesia. Se
destaca el valor de la información a través
de la prensa y medios audiovisuales.
En el número 82 de la encíclica se
señalan nuevas formas de cooperación
misional: el turismo mismo a escala
internacional, que es oportunidad de un
mutuo enriquecimiento cultural. La
oportunidad de de un conocimiento directo de
la vida misionera. La encíclica encomia las
visitas a las misiones, sobre todo de parte
de los jóvenes, que van a prestar un
servicio y pueden tener una experiencia
fuerte de la vida cristiana. Las migraciones
de trabajadores cristianos a países no
cristianos: circunstancia propicia para
vivir y testimoniar la fe cristiana. Más
numerosos los ciudadanos de países de
misión, que pertenecen a países no
cristianos, que van a establecerse a otros
países. La acogida de estos hermanos en los
países de antigua tradición cristiana es un
desafío para las comunidades eclesiales
animándolas a la acogida, al diálogo, al
servicio, al compartir y al anuncio. La
cooperación puede implicar a los
responsables de la política, de la economía,
de la cultura, del periodismo, además de los
expertos de los diversos organismos
internacionales, pues se da una creciente
interdependencia entre los pueblos, lo cual
es un estímulo para el testimonio cristiano
y para la evangelización.
10. Recursos materiales
Los recursos materiales que
podemos allegar en el ámbito de la Iglesia,
nunca podrán ser notables, sino escasos para
las necesidades. Tienen que ser utilizados
sobre todo para fines más directamente
eclesiales o religiosos, como construcción
de iglesias y capillas, casas religiosas,
formación de comunidades cristianas,
formación de vocaciones sacerdotales y
religiosas y de líderes cristianos ...
Por otra parte, hoy en los países
occidentales disponemos de oportunidades
económicas que desde al menos el sistema
colonial no hemos tenido. Diversas entidades
civiles e instituciones públicas se han
sensibilizado y ofrecen ayudas para
proyectos de beneficencia y de promoción.
Aunque estas mismas ayudas son una gota en
el océano de la pobreza mundial, que
coincide generalmente con los países de
misión ad gentes, creo que nosotros no las
estamos aprovechando y estamos sólo al
comienzo de lo que hoy debería ser una
acción inteligente. Creo que esta
colaboración misma con estas entidades puede
servir para concienciar cada vez más a los
poderes públicos sobre el problema de fondo
del llamado orden mundial.
Por ello, la acción parcial que
gracias a estos medios podemos realizar no
debilita la percepción de la necesidad de
transformación de este orden mundial de
acuerdo al espíritu del evangelio y las
exigencias de la justicia, que sólo
permitirá la convivencia y paz entre los
pueblos.