El título determina el método y traza las
líneas fundamentales. El adjetivo “humano”
junto al sustantivo “desarrollo” indica que
no se trata del desarrollo entendido sólo en
su significado económico, sino que tiene en
cuenta la integralidad
de la persona humana. Antes del genitivo del
“desarrollo humano” está el nominativo de
“teología”. La presente reflexión no será en
dirección horizontal, como sería el caso de
las ciencias humanas como la economía o la
sociología, sino que partirá de la mirada de
Dios sobre sus obras y su Palabra,
completada definitivamente en Cristo,
siempre vivo en los que se reúnen en la
Iglesia, a través de la cual El mismo
prosigue la Misión que el Padre le confió en
el poder del Espíritu Santo (AG 2-6).
La primera parte esbozará cuatro cuestiones
básicas para la Misión: 1) Dios da a
conocer, amar y anunciar “uno pero no sólo”
(Trinidad de las personas), completado
en la manifestación hacia la humanidad en su
historia específica de revelación, de
salvación, de alianza. La inteligencia
cristiana de la realidad terrestre –la
creación, la dignidad de la persona humana,
su misión en el mundo, etc.- deriva de la
respuesta de aquella primera cuestión
teológica. 2) La persona de Cristo es la
única figura universal, criterio de
inteligencia de la unión entre lo divino y
lo humano, mediante su específico aspecto
mesiánico, esplendor de su plena revelación
a través del misterio pascual que proyecta
su obra salvífica
en la actualidad de todos los tiempos,
tendida hacia el cumplimiento escatológico (AG
9). 3) La visión cristiana de la persona
humana y de la unidad de la humanidad:
creación y llamada a ser hijos adoptivos en
Cristo, “Verbo hecho carne”; fraternidad
universal fundada en una ontología de
comunión de todos los seres humanos,
participando de la misma vida de Dios en
Cristo. De estos dos aspectos deriva la
defensa de los valores morales: derechos
humanos, justicia, paz, solidaridad,
“responsabilidad” frente a Dios y a la
humanidad. 4) La visión del reino de Dios
que debemos anunciar en su doble aspecto
real y escatológico, objeto de la Misión de
Cristo y de los miembros de la Iglesia
evangelizadora (EN 6-16; RM
13) nos lleva al anuncio de la salvación
integral de la humanidad (PP 6, 14)
sobre la base del principio de
compenetración de la ciudad terrena y
celeste (GS 40; PP 12-13) que
guía la presencia de la Iglesia y de su
acción a la luz de la carta del Reino (Mt
5-7), del precepto de los dos mandamientos
del amor de Dios y del prójimo, articulados
entre ellos (Mt
22,34-40; cf.
RM 15), con su consecuencia según los
imperativos de la justicia (cf. RM
37), y de las implicaciones morales del
juicio final (Mt
25, 31-46).
La segunda parte será una alusión a los
cuatro principios que guían la teología del
desarrollo humano en la Misión y sobre el
método indicado por el Concilio Vaticano II.
1) Jesucristo es principio estable y centro
permanente de la Misión que Dios mismo
confía al hombre (RH 11). 2).
“Con la encarnación el Hijo de Dios se ha
unido en cierto modo a cada hombre” (GS
22). 3) “El hombre, en la plena verdad de su
existencia, de su ser personal y en el
conjunto de su ser comunitario y social … es
el primer camino que la Iglesia debe
recorrer en el cumplimiento de su misión”(RH
14). 4) “Entre evangelización y promoción
humana –desarrollo, liberación- existen
nexos profundos” (EN 31). El método a
desarrollar es: escrutar los signos de los
tiempos e interpretarlos a la luz del
Evangelio (GS 4).