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Missionary news

Figuil, Carmelo alejado, presencia evangelizadora

Dámaso  Zuazua,
Secretario General de las Misiones OCD


P. Dámaso Zuazua

 

       Desde que emprendí el viaje al Camerún llevaba la firme resolución de llegar hasta Figuil. Es una población del norte con un Carmelo de reciente creación (1993). Llegado al país, cuando manifesté mi decisión en Yaoundé, todas las previsiones eran negras. Hace diez anos el viaje era fácil: vuelo diario para cubrir los mil kilómetros con la Cameroun Airlines, entonces que funcionaba con regularidad. "No se te ocurra viajar en avión: te arriesgas a permanecer tres, cinco, siete y más días esperando, por más reservas y confirmaciones que tengas". “Pues viajaré en tren”, respondí. - "No te irá mejor; descarrila a cada dos por tres, en plena selva, suele estar plagado de ladrones,..."

 

No sé si es tenacidad vasca o sentimiento de compasión fraterna hacia unas Carmelitas que viven en la lejanía, aisladas, con pocas visitas al año; solas también para la formación. Pero una fuerza interior me insistía en que debo intentar la visita. Se decide, por fin, por la solución del tren y el autobús. Acepto la aventura. Vamos primero al tren. No os dejéis impresionar por la barahúnda cacofónica y babélica de la estación del ferrocarril: griterío, empujones, confusión, gentío desproporcionado, maleteros y toda clase de personal dispuesto a prestarte servicios a pago, vendedores ambulantes de toda clase.

 

Arranca el tren. En mi propio y estrecho compartimiento un viajero degusta su pata de pollo, un musulmán extiende su alfombrilla y entre inclinaciones y postraciones muy devotas comienza sus invocaciones y alabanza al dios Allah. ¡Benditos lo que pueden viajar en literas! En el resto del tren, cuando ya se han ocupado todo los asientos, la gente se acomoda tendida en el suelo. No hay quien pueda moverse un paso. Es el “tren de Shangai” en pleno y en peor. El mismo tren lleva un ritmo de velocidad cuanto menos sospechoso o inquietante. Tiene unos bruscos y estrepitosos movimientos, frenazos repentinos. En cada estación experimentamos los tiempos (innecesarios, creo) de parada y fonda. Los aprovechan bien los vendedores ambulantes en lo andenes con su invitación reiterada a la compra de sus productos. A parte de fruta, cacahuetes, ofrecen leche de búfala, trocitos de una carne que ha estado inevitablemente expuesta al sol y al revoloteo de moscas y moscones. Es carne de cabra, porque el musulmán tiene que tener la seguridad de no comer carne de cerdo. La higiene no está garantizada.        

      

       Llegamos a Ngaunderé, alga más de media ruta. Aquí termina el tren. Hemos recorrido seiscientos kilómetros en 14 horas. Todo el mundo se felicita porque nos ha ido bien en el viaje. A la llegada a la provincianos acoge el mismo alboroto que nos ha despedido en la capital. No faltan detalles pintorescos: cabras que triscan las inmundicias de los andenes y se pasean impasibles entre las vías del tren. En las inmediaciones de la estación abunda el ganado vacuno con joroba de búfala.

 

       Nos faltan cuatrocientos kilómetros para Figuil, término del viaje. Vamos al autobús. Arranca, por fin, con resonancia de carraspera. El largo trayecto nos va mostrando la sabana africana, intensamente verde en este período de lluvias, varias montañas en el horizonte. El paisaje variado es una delicia. En tantas kilómetros la carretera conoce curvas cerradas, trazados rectilíneos de llanura, subidas y bajadas. Se repiten los controles policiales, que se realizan con respeto y corrección. Atravesamos varios parques naturales. Coma atracción episódica vemos pasar a una familia de monos. ¿Cómo será la vida en estos poblados con chocitas de paja en forma de cono?

 

       El conductor sortea bien los baches numerosos. En ciertas momentos abandona el autobús y se va a rezar, parque es musulmán. Soy el único blanco de la comitiva. Pero la gente es sumamente deferente conmigo. Todos se muestran conversables con muchas preguntas de curiosidad. Han subido al bus quien con su gallo en mano, quien con su saco de mandioca o yuca, con su rosario de musulmán,...

 

       Tras veintiséis horas de viaje, llego, por fin, a Figuil, término del viaje. Con fruta y agua lo he soportada discretamente bien. En todo el trayecto lo que más he echado de menos ha sido un grifo de agua para lavarme de cuando en cuando las manos. El autobús se para a un kilómetro del monasterio. A falta de taxi un joven me lleva en moto bajo la lluvia. Llegamos, clara está, de noche. Las Hermanas me esperaban. Había estado ya aquí por última vez cuando les prediqué los ejercicios para su ingreso en clausura, cuando se bendijeron las celdas en el único tramo del convento terminado entonces (1993).

 

       Figuil, un nombre de no olvidar

El Carmelo es una presencia respetada en Figuil. El convento que ya conocí en fase del "entres como pudieres" (Santa Teresa de Jesús, V 33,12) está completado. Tiene su capilla estética con asistencia diaria de fieles. La hospedería para ejercitantes se ve frecuentada incluso par personas que vienen allende la frontera, del Tchad vecino.

       Con postulantes, con novicias, con jóvenes profesas la comunidad de Carmelitas Descalzas presente en este momento llega al número de "colegio apostólico" de trece miembros. Otras dos Hermanas, mayores y enfermas, están acogidas para su asistencia médica en el Carmelo de la capital. Excepto dos europeas, las demás Hermanas son todas nativas. No falta movimiento vocacional en torno al monasterio; constituye una verdadera esperanza para su futuro. La liturgia es esmerada al son de la “kora”, instrumento musical de origen senegalés y frecuente en la liturgia africana, y de otros instrumentas autóctonos. Cantan bellísimamente el repertorio francés y el de la lengua local. Se cumple aquí el principia de que toda fundación teresiana sea "una estrella que diese de sí gran resplandor" (Santa Teresa de Jesús, V 32, 11).

 

       Llama la atención el sentido de inculturación práctica del trabajo comunitario. Fabrican una bebida fermentada con hojas de árboles frutales, inalcohólica en ambiente musulmán, considerada como medicinal para muchas enfermedades. Coma primer trabajo comunitario, antes de que arrecie el calor sin piedad, la comunidad cuece de 900 a 1.100 panes diarios. Para evitar que las personas vengan a comprar al convento en todo momento, en una hora convenida de la mañana llega la tropa de jóvenes revendedores que compra el pan de las monjas y lo vende en la ciudad. Así la industria del Carmelo beneficia a una juventud desocupada que disfruta de un margen de ganancia. La comunidad consigue el milagro de la autofinanciación en África.

 

       Comunidad misionera, presencia eclesial, inserción ejemplar con vida retirada de oración que sorprende con admiración al entorno musulmán: Esta es la hermosa realidad del Carmelo de Figuil en el norte del Camerún. Merece nuestro aprecio, merece que sostengamos su valentía, merece el estímulo de una visita.

      

 (Texto abreviado al final,texto completo en la traducción italiana)

 

Dámaso Zuazua, ocd,

septiembre del 2004

 

 

     
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Updated 28 set 2006  by OCD General House
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