Como fruto del fermento
misionero de la Congregación de Italia, el P. Pedro de la Madre de Dios
propuso a Clemente VIII la disposición de la Orden de enviar misioneros
carmelitas a Tierra Santa. Pero la respuesta del Papa fue que en la
tierra de Jesús no faltaban misioneros. Consideraba que la voluntad
misionera del Carmelo podría rendir un mejor servicio en Persia.
Con la misión de Persia,
confiada a los Carmelitas, Clemente VIII quería responder a la legación
del Sha Abbas el Grande (1587-1628), llegada a Roma el 5 de abril de
1501 para proponer al Papado una alianza antiturca. El Sha pedía también
sacerdotes para la asistencia de los católicos en Persia. La primera
misión de Persia con dos Jesuitas en 1601 no tuvo resultado por la
intromisión del virrey de la India en Goa. En 1502 un grupo de Agustinos
españoles con el patronato de Felipe II y con el apoyo económico del
arzobispo de Goa, Mons. A. Meneses, se estableció en Isfahan.
Aunque Ludovico von Pastor
hable de seis Carmelitas, fueron tres sacerdotes y un hermano no clérigo
los que partieron en la primera misión del Carmelo en Oriente, en
Persia. Se llamaban Pablo-Simón (Rivarola) de Jesús, genovés de 28 años,
Juan-Tadeo (Roldán) de San Eliseo, calagurritano en España y primer
obispo del Carmelo Teresiano, Vicente (Gambart) de San Francisco,
valenciano, y Juan (Angeli) de la Asunción, hermano no
clérigo de la Umbria. Les acompañaba el militar español, Don
Francisco Riodolid de Peralta, que se encontraba en Nápoles y estaba
destinado a prestar oportunos servicios militares en la corte del Sha.
El 4 de julio la expedición fue recibida por el Papa. El Papa les pidió
emitir los tres votos complementarios siguientes: 1) ir a evangelizar a
donde les enviaran los superiores, 2) aceptar la muerte por le fe, si
fuera necesario, 3) no recibir ni oro, ni plata, ni piedras preciosas.
Dos días más tarde, 6 del mismo mes, partieron del convento de S.
María de La Scala en Roma. Los misioneros llevaban siete breves
papales de recomendación para los monarcas y nuncios de los países
que debían atravesar.
Hubo que escoger la ruta del
camino. Se escogió la más larga en beneficio de la más segura, a través
de Alemania, Bohemia, Polonia, tocando el Báltico en Lituania,
Rusia y el Mar Caspio. Había que evitar el Mediterráneo, la Siria y la
Mesopotamia, zona de la guerra entre turcos y persas.
Llegaron a Cracovia
(Polonia) el 25 de agosto. Durante el reinado de Segismundo III Vasa
(1587-1632) se había celebrado el sínodo de Brest en 1596. En él se
logró la unión de los Rutenos con Roma. La permanencia carmelitana en la
capital del reino fue breve por esta vez. Pero bastó para que su
reputación permaneciera en la memoria del país. La expedición había sido
presentada por el nuncio Claudio Rangone al rey, quien les concedió
salvoconducto para Polonia y Lituania y cartas de recomendación para el
duque de Moscú y rey de Persia. El 13 de septiembre salieron de
Cracovia, vía Luck, a Vilna. De allí debían de proseguir viaje a Moscú y
Persia. Quince meses duró la estancia en suelo polaco.
Fue el tiempo suficiente
para comenzar un apostolado entre los Rutenos, según las recomendaciones
del obispo de Luck. Los Carmelitas entraron en el corazón del problema,
sobre todo, en Vilna. Tomaron contacto con dos grandes protagonistas de
la Unión y con los Jesuitas de Polock. Para conocer el compromiso
ecuménico de nuestros misioneros es importante leer su correspondencia
constante, conservada en nuestro Archivo General de Roma. La “Missio ad
Ruthenos”, de la que habla el P. Pablo Simón Rivarola, responsable de la
expedición a Persia, comprendía a los moscovitas, a los rutenos, a los
griegos cismáticos, a los heréticos. La idea del Padre era fundar un
seminario para formar los apóstoles que trabajasen en Moscú, en Serbia,
Valaquia, Moldavia y Bulgaria: “Spes itaque conversionis Moscovitarum
humano modo loquendo non videtur esse alia quam per Ruthenos...” Era
responder a la esperanza de Clemente VIII: “Con vosotros, caros rutenos,
se debe convertir todo el Oriente”. No se descartó la evangelización de
los suecos, si Segismundo III conseguía de nuevo la corona de Suecia. Se
preveía una misión en el norte de Europa.
Debido a este apostolado
específico e intenso con los Rutenos en la zona oriental del reino de
Polonia, como era la Rusia, y de Moscovia el 5 de mayo del 1605 el
Capítulo General de la Congregación de Italia decidió la fundación de un
”hospicium pro missionariis” en Cracovia. Serviría como punto de apoyo
para las misiones carmelitanas del Norte y del Oriente. Los
fundadores fueron Matías (Hurtado de Mendoza) de S. Francisco, Juan del
Ss. Sacramento, primer maestro de novicios de Polonia, Alfonso de la
Madre de Dios y Fr. Santiago de S. Bartolomé: tres españoles y un
napolitano.
A su paso por Tartaria el H.
Juan y el solado Riodolid sucumbieron a los sufrimientos del frío
y otras penalidades. Los tres supervivientes llegaron a Isfahan el 2 de
diciembre de 1607, tras tres años y medio de viaje, con avances y
retrocesos. Tras la muerte de Clemente VIII (5.3.1605) y del breve
pontificado de León XI (1-21.04.1605), reinaba en la Iglesia Pablo V,
que les renovó las credenciales a presentar en la capital persa de aquel
tiempo. Superaron las primera dificultades de instalación, incluso con
las ofertas recibidas del Sha.
En Persia trabajaron en las
casas de Isfahan (1607-1749), de Hormuz (1612-1622), de Shiraz
(1623-1738), de Giulfa (1691-1752), de Kharg (1753-1766), de Bandar
Abbas (11688-1775), de Bushire (1688-1755) y de Hamadan (1720-1752). Su
campo de trabajo fue la asistencia y la conversión de los armenios,
caldeos u otros herejes o cismáticos. Entre las conversiones la más
notoria fue la del sir anglicano Robert Sherley, que el 2 de febrero del
1608 fue acogido en la Iglesia católica y esposó a la grande dama
Sampsonia Amazonitios, que recibió el nombre de Teresa en el bautismo.
Fue un motivo para que el Sha apreciara más a los Carmelitas en su
reino. El 14 abril de 1624 recibieron la autorización para traducir el
misal al árabe. Pudieron hacer lo mismo con la traducción al turco
el 30 de junio de 1627.
Hacia 1640 comenzaron el
apostolado en la conversión de los “mandeos” o cristianos de S. Juan
Bautista. Continuaron siempre el apostolado con los jacobitas y
armenios, pudiendo celebrar la misa en su lengua. Se ocuparon
también de los asirios de Azerbaiyán. La dificultad de las conversiones
entre musulmanes la solventaron ocupándose de bautizar a niños neonatos
moribundos. El número de la “massa candida” fue en aumento. La
práctica perduró, incluso, tras la escrupulosa consulta a la S.
Congregación de Propaganda Fide, que el 13 de febrero de 1658 respondió
afirmativamente. También el célebre misionero jesuita Alejandro Rhodes
practicó esta pastoral, escribiendo complacido el 20 de mayo de 1659 a
su hermano la felicidad que sentía en “mandar tantos angelitos al
cielo”.
Debido al trabajo de
evangelización de los Carmelitas el 12 de octubre de 1632 la Santa Sede
instituía la diócesis de Isfahan. Pero ya el 6 de septiembre del mismo
año había elegido al obispo en la persona del P. Juan Tadeo de S.
Eliseo. La consagración episcopal tuvo lugar el 18 de septiembre en
Roma. No llegó a regresar a su diócesis, porque encontrándose en
España para embarcar en Lisboa, falleció en Lleida el 5 de septiembre
del año siguiente. Fue el primer obispo del Carmelo Descalzo.
Debido a la Misión de Persia
la Orden traspasó los Alpes. Llegando a la Europa Central y Oriental,
fundó el primer convento en Polonia. Inauguró su trabajo entre los
eslavos. Por esta Misión llegó también al vastísimo mundo del Oriente.
Tuvo su primer contacto con el Ecumenismo, debido al apostolado entre
los rutenos, y su primera experiencia con el Islam. Por eso es un
Centenario que nos conduce “a las primicias del espíritu”.
Bibliografía esencial:
1)
Bertholde–Ignace de Ste Anne, Histoire
de l’établissement de la Misión de Perse.
Bruxelles-Paris [1885], 372 pp.
2)
Florencio del Niño Jesús, ¡A Persia!
Biblioteca Carmelitano-Teresiana de Misiones II.
Pamplona 1929, 167 pp.
3)
Id., En Persia.
Pamplona 1930, 144 pp.
4)
[Chich Herbert], A Chronicle of the
Carmelites in Persia and the papal Mission of the XVIIth and XVIIIthe
Century. 2 vol. Eyre a. Spottiswoode.
London 1939.
5)
Carlos Alonso, OSA, Los mandeos y las misiones católicas
en la primera mitad del s. XVII. Orientalia Cristiana Analecta 179.
Roma 1967, 263 pp.
6)
Id., Clemente VIII y la fundación de las Misiones
católicas en Persia, in La ciudad de Dios 71 (1958)
196-240.
7)
Annibale Bugnini, La Chiesa in Iran. I Carmelitani
(1604-1775). Edizioni Vincenziane. Roma 1981,
pp. 137-153.
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II
1604
- Paris, 18 de octubre - 2004
IV
Centenario de las Carmelitas Descalzas
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Con motivo de este
aniversario de la introducción de la Reforma Teresiana en Francia la
Orden Carmelitana nos invita a celebrar el alcance misionero de este
acontecimiento. Es el eco de las palabras de la propia santa Teresa de
Jesús, cuya acción se enraiza en un profundo sentimiento de compasión
por los males de Francia, sacudida por las guerras de religión: “En este
tiempo vinieron a mi noticia los daños de Francia y el
estrago que habían hecho estos luteranos, y cuánto iba en crecimiento
esta desventurada secta... Paréceme que mil vidas pusiera yo para
remedio de un alma de las muchas que allí se perdían” (C 1, 1).
Esta angustia apostólica de
la Madre la asumieron enteramente los principales protagonistas de la
fundación de 1604 y la condividieron a la luz de las siguientes
orientaciones generales.
1)
El ideal misionero del Carmelo Teresiano
Renovando la Orden del
Carmen, santa Teresa de Jesús la impregnó de un espíritu apostólico y
misionero, como nunca antes se había conocido en el Carmelo. Con una
expresión feliz el Concilio Vaticano II nos lo ha recordado que
toda Iglesia es misionera. Con mayor razón la vida consagrada es
misionera en todos sus componentes, porque se coloca en el mismo corazón
de la Iglesia de la que es la realidad más substancial. Refleja la
imagen de las relaciones intra-trinitarias que unen entre ellas las tres
Personas divinas, envolviéndolas en un don mutuo incesante, fuente de
comunión eclesial intensa.
La exhortación apostólica
Vita consecrata insiste mucho en este sentido. La comunión es una
“misión”, porque cada persona es enviada hacia las otras. La misión, en
cuanto a ellas, debe convertirse en fuente de comunión. Cada bautizado
está comprometido en este “va-y-viene místico”. La misión se encuentra
inscrita en el corazón mismo de la Iglesia. Es comunión que se convierte
en estímulo en el don de sí y del encuentro del prójimo. Esta
insistencia nueva, esta nueva orientación sobre la vida consagrada
reflejan perfectamente les intuiciones misioneras de santa Teresa, que
están al origen de su carisma.
2)
El espíritu misionero de los fundadores franceses
Una laica, Bárbara Acarie
(futura Beata María de la Encarnación) y un laico, Juan de Brétigny de
Quintanadueñas, son los introductores de la Reforma Teresiana en
Francia. Los dos supieron percibir las necesidades y las esperanzas de
la Iglesia de Francia en el dintel de una era de renovación. La historia
muestra que fue el hogar particular de “Madame Acarie” de donde
partieron las primeras iniciativas que marcaron la Reforma Católica en
Francia.
Con la primera traducción en
francés de la Obras de santa Teresa (1601) Juan de Brétigny llegó
al mundo de las almas. Misionero convencido, arrastró con él a todos sus
compatriotas a un continente nuevo. Respondiendo a una sede espiritual
intensa, hizo posible una verdadera “invasión mística”, de la que el s.
XVII francés será el teatro privilegiado, como antes había sido el siglo
de oro español en el s. XVI.
Misioneros de verdad,
Bárbara y Juan lo fueron en la medida en que ayudaron a la Iglesia de
Francia a renovarse en profundidad. Tras las guerras de religión,
sobrepasando prejuicios nacionalistas, comprendieron que España era el
modelo de lo que Francia tenía que construir. El Carmelo Reformado les
pareció como uno de los mejores antídotos mejores contra la herejía
protestante.
La “misión” comienza siempre
por la actitud de convertirnos, de darnos los medios de un nuevo
comienzo con Cristo.
3)
El espíritu misionero de las Madres
fundadoras españolas
Hacía falta audacia
apostólica para franquear los Pirineos en 1604 y tentar “la aventura
francesa”. Las crónicas refieren que las fundadoras españolas venían
preparadas al martirio, blandiendo crucifijo y rosarios al exterior de
la carroza durante una buena parte del trayecto francés hasta París. En
una carta del 8 de marzo de 1605 Ana de Jesús escribe relatando la
llegada a París: “Casi todos los habitantes de estos pueblos eran
herejes; se dejaba ver bien, del resto, en sus caras porque tenían en
verdad figuras de condenados”. Trascendiendo los calificativos y las
expresiones, Francia era la tierra de todos los peligros para las
seis Carmelitas españolas. La fundación de París interviene en plena
crisis política y económica (1603-1604) entre los reinos de los reyes
muy católico y cristianísimo.
Los Carmelos fundados por la
Madre fueron siempre hogares de mística “martirial”. Las hijas de Teresa
representaban en las recreaciones escenas de martirio. En su ardor
apostólico las Hermanas consideraban a Francia al mismo nivel que
al Congo o Nueva España: una tierra de misión.
En 1588 la propia hermana
del P. Gracián, Juliana de la Madre de Dios, carmelita en Sevilla,
escribía al señor de Brétigny: “Plazca a su Divina Majestad de escuchar
lo que le pido para ese país de Francia y de satisfacer el deseo de
verme allí (...) Espero que me haré buena y que mereceré con
mayor razón de llamarme francesa, habiendo renunciado ya al nombre de
Castellana. No deseo mayor felicidad que sufrir por Jesucristo y
derramar mi sangre por la santa fe, incluso si tuviera mil vidas (...)
Todas estamos decididas a ser francesas (...). ¿Quién no quisiera morir
en Francia por amor de Dios?”
En el espíritu de las Madres
españolas Francia es el lugar soñado para desarrollar el ideal misionero
de la Madre Teresa, mientras que España comienza a ser víctima de su
proteccionismo. La primera generación teresiana se va apagando. Los
Carmelitas Descalzos, que gobiernan a las Monjas, tienden a endurecerse.
Durante 20 años la M. María de San José –íntima de santa Teresa- ha
venido aprendiendo el francés con la esperanza de poder realizar el
proyecto fundador del señor Brétigny, su gran amigo. Incluso antes de
salir para Francia (en realidad fueron pocas las que partieron
físicamente) las Carmelitas de España vivían en estado de “misión”.
La “misión” es olvido de sí
y capacidad de sobrepasar sus propios límites. Es un estado de espíritu
permanente, incluso cuando no dejamos el puerto que nos liga.
4)
Juan de Brétigny y las misiones
carmelitanas
El primer traductor francés
de santa Teresa tiene muchos méritos adquiridos en el Carmel, aunque
nunca haya salido de la sombra. El conoció a santa Teresa antes que
cualquier otro francés; él comprendió la dimensión misionera del Carmel.
Durante 45 años (1585-1630) Brétigny puso todo por obra para enviar
monjas Carmelitas al Congo. Es inimaginable la suma de trabajos que
sufrió y que permanecieron sin fruto. Trabajó por llevar el Carmelo a
París (1604) y a Bruselas (1607) para que un día salieran de aquí las
Carmelitas, con la misma llama de Teresa, con destino al reino del
Congo.
Brétigny murió en 1634. Su
acción, aunque infructuosa, no fue en vano. El prendió un fuego que
ardió y dejó rescoldo. Después, en 1934 (exactamente, tres siglos más
tarde), las Carmelitas belgas fundaron el primer Carmelo congoleño.
Sobreviviendo a fracasos
aparentes, la misión produce siempre frutos. Uno es el que siembra; otro
recoge el fruto.
5)
El viaje a España (26-IX-1603 / 15-X-1604: un
testimonio misional
Varios actores de la
fundación de 1604 (Louis Jourdain, Jean Navet, Ana de Jesús) nos han
dejado relatos de la expedición de los franceses que vinieron a España
para conducir las Carmelitas a Francia. Es una verdadera epopeya
misionera, digna de una novela picaresca y repleta de humor. Este IV
Centenario podría ser la ocasión para sumergirnos en esas sabrosas
páginas que son de las más significativas de los anales misioneros
del Carmelo.
6)
Alcance misionero de la fundación de 1604: la posteridad
espiritual
El árbol de la filiación de
los Carmelos manifiesta de manera clara que la fundación de Paris está
al origen (directo o indirecto) de casi todos los restantes monasterios
carmelitanos del mundo, si excluimos los que proceden de la
península ibérica. Fruto de un auténtico espíritu misionero teresiano,
el Carmelo francés se convertirá a su vez en misionero, aceptando
el desafío de la inculturación cuando se ha propagado por el mundo.
No hay más que una misión:
la de Cristo que se encarna en cada cultura, en cada genio nacional.
Después el fruto de una misión es todavía el espíritu misionero que se
lleva más allá de las nuevas fronteras. Y será así hasta el final de los
tiempos.
**************
Cuatro siglos separan el año
1604 del 2004. La misión permanece siempre una urgencia en la gran
tradición de los apóstoles de Cristo, de san Elías y de santa Teresa de
Jesús.
Para saber
más:
Chroniques de l’Ordre des
Carmélites, t. 1, Troyes 1846, pp. 43-116.
Relato detallado del viaje a España y de España a Francia (1603-1604).
La revista Carmel
112 (Venasque, 2004/2). Número especial consagrado al IV Centenario de
la introducción de las Carmelitas Descalzas en Francia.
Página de internet sobre el
Carmelo francés, parte histórica:
http://www.carmel.asso.fr./histoire/histoire.shtml
III
IV
Centenario del primer Carmelo de América
1604 -Puebla de los Angeles (Méjico) - 2004
Todo comenzó con un
movimiento laical. El Tesoro escondido en el Monte Carmelo Mexicano
del P. Agustín de la Madre de Dios, obra inédita hasta 1986, refiere
pintorescos pormenores. Las iniciadoras fueron un grupo de pías
andaluzas, viudas y doncellas, arribadas por motivos familiares u otros
a tierras de Méjico. Por su atracción a la oración y a la soledad, Ana
Núñez aparece como la mente directora del grupo. Había nacido en
Gibraleón. Llegó a Veracruz con su hermana Beatriz al quedar huérfanas
en patria. Fallecido el hacendado hermano Pedro, Ana se dio a una
vida de recogimiento y Beatriz contrajo matrimonio. Elvira Suárez, dama
sevillana que vino a Méjico, enviudó al poco tiempo. Así se unió a la
vida de piedad de Ana Núñez. Pronto se les juntó otra sevillana, Juana
Fajardo.
Las tres piadosas andaluzas
vivieron primero en el hogar de Beatriz Núñez. Desde 1593 tuvieron su
casa aparte. Bajo la dirección del P. Alonso Ruiz, SJ, determinaron
vivir en clausura religiosa y emitieron el voto de castidad en manos del
vicario del obispo. Su casa fue convertida en Recogimiento por el obispo
de Puebla en 1596. Allí ingresó también María de Vides, sobrina
del director P. Alonso.
Por razones climáticas
en 1601 la casa se trasladó a Puebla. Entre tanto llegaron las Obras
de Santa Teresa a manos de las recogidas. Las había traído
de España un franciscano, comisario de la Inquisición. La lectura asidua
y comentada de estos Escritos fue configurando a la comunidad de laicas
piadosas hacia la formación de una comunidad carmelitana. El carmelita
Pedro de los Apóstoles, que había convivido con San Juan de la Cruz en
España, fue el confesor y el iniciador en las enseñanzas de la comunidad
teresiana.
Fue larga la tramitación de
los breves pontificios de fundación canónica. En un documento del
Archivo Vaticano se habla de la instancia presentada por el arzobispo
electo de México y del presidente del Consejo de Indias al General de la
Orden para la fundación de un Carmelo en la ciudad de México. El 29 de
mayo del 1601 la Congregación de Obispos y Regulares decidía: “Scribatur
ad mentem Smi.” ¿Cuál era la mente del Papa? En carta de esta
Congregación Romana al General Francisco de la Madre de Dios se decía
que no se mandaran monjas a Méjico, porque “non convenía en modo
alguno exponer las monjas al peligro de la navegación y del largo viaje,
de donde podían nacer escándalos y desórdenes de gran consecuencia”. Se
facultaba al General para que respondiese, si fuera necesario incluso
con censuras, si las instancias se repetían pidiendo monjas de España
para cualquier parte de las Indias.
Así la primera fundación de
Carmelitas Descalzas en suelo americano no se hizo con fundadoras
provenientes de la península ibérica. Nació carismáticamente
de la evolución teresiana del grupo de laicas que vivían la vida
comunitaria en su casa de Puebla. El Papa Clemente VIII concedió la bula
de erección el 5 de julio del 1602. Por el retraso de correos y por
otros motivos su ejecución tuvo lugar sólo el 27 de diciembre del 1604.
“Fue toda la ciudad -escribe el Tesoro escondido...- en forma de
cabildo, con el señor obispo” (p. 312). Las cinco perseverantes
aspirantes recibieron el hábito. Predicó en la ceremonia el prior
del Carmen, Pedro de los Apóstoles. “Fueron -escribe todavía el
Tesoro escondido- las primeras Carmelitas que la América gozó...”
Hicieron la profesión en el
día de los Santos Inocentes del año siguiente. Entraron dos jóvenes más.
El monasterio prosiguió su vida con el ingreso de nuevas vocaciones. Era
priora la M. Ana Núñez de Jesús y supriora la M. Elvira Suárez de San
José. María de Vides de la Presentación fungía de tornera y la M. Juana
Fajardo de San Pablo quedó como maestra de novicias.
Con las leyes persecutorias
del país el monasterio conoció exilios y supresiones temporales. Pero
durante los 400 años de existencia de este primer monasterio en suelo
americano han perseverado en él 198 Carmelitas. Después de las cinco
fundadoras españolas la mayoría de las vocaciones han provenido en su
mayoría del mismo arzobispado de Puebla. La comunidad ha tenido la
fortuna de conservar hasta la actualidad su documentación histórica. Ha
logrado también recuperar parte del monasterio inicial, objetivo que no
obtenido ningún otro Carmelo del país.
En 1970 se logró restaurar
el edificio, restituyéndole en lo posible su aspecto primitivo. El
histórico monasterio de Puebla fundó el de Guadalajara en 1695. En 1748
dio origen al segundo Carmelo, el de la Soledad, en la misma ciudad de
Puebla. En 1851 participó en el nacimiento de la comunidad de Orizaba.
Puebla ha participado incluso fuera de sus fronteras nacionales en la
expansión del Carmelo, porque en 1984 se fundó con su ayuda el
monasterio de Santa Cruz, hoy en Cobán (Guatemala). Ha producido una
germinación nueva por siglo de existencia.
La crónica de Tesoro
escondido... es pródiga en relatar la vida de varias religiosas que
se han distinguido por su elevada santidad en este convento,
sobresaliendo el nombre de la M. Isabel Bonilla de la Encarnación
(1594-1633). Todo el Carmelo de América, la del Norte y la del Sur y la
insular, celebra con alegría el IV centenario de la primera implantación
de la vida teresiana de clausura en el Continente. En definitiva,
el año 2004 es el IV Centenario del Carmelo femenino en el Nuevo
Mundo.