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El P. Marcelino Claudio Forcellini acumula el
primado de algunas singularidades. Habiendo
nacido el 6 de diciembre de 1930 en Paris, es
ciudadano de la República de San Marino, único
carmelita de este diminuto estado independiente.
Pertenece a la Provincia Romana.
A sus 76 años el blasón que más le honra es el
ser misionero desde hace 38 años en la República
Democrática del Congo. En Kananga-parroquia de
Notre Père y Kananga-Ntambwe, Kinshasa, Bukavu,
Lubumbashi ha sido fundador o párroco o
responsable con más pena que gloria; en
cualquier caso, un trabajador incansable, sin
miramientos para su propia persona. Está también
al origen organizativo de las vocaciones nativas
–numerosas y prometedoras- del Congo al Carmelo.
Ha desafiado o sobrevivido a conflictos
políticos, a penurias económicas, a tantos
achaques de salud, ... ¿De cuántas malarias se
habrá curado? ¿Se podrán contar sus diarreas,
sus amebas, sus fiebres elevadas, tantos otros
males? Lo importante en él es servir, y servir
con generosidad. Por eso parece dotado de una
fibra incombustible, como los grandes árboles
baobab del África mítica. La historia
misionera canta sus glorias y su nombre está
escrito en el libro definitivo de la Vida
Recientemente, el 9 de marzo la
república adriática que le extiende el pasaporte
nacional le ha conferido un premio. El “Ente
Cassa di Faetano” había seleccionado dos nombres
de prestigio entre los sanmarinenses en patria o
al extranjero: el prof. Luciano Maiani, grande
investigador físico como director general del
CERN en Ginebra, el más importante laboratorio
de física en el mundo, y nuestro entrañable P.
Marcelino. Su mérito –al decir de la motivación
expresada- está en “su vida simplemente grande,
consagrada al servicio de los pobres,
constituyendo un ejemplo encomiable de gratuidad
en el surco de la más noble tradición
sanmarinense”.
La consigna del premio “San Marino” en
su primera edición se desarrolló en el Teatro
“Nuovo di Dogana”. El marco prestigioso de gran
gala mediática, estética y artística, reunió a
los dos Capitanes Regentes de la República, a
las demás autoridades civiles y políticas. Todo
discurrió en un generoso despliegue mediático.
La sala presentaba un esmerado ambiente de
decorado floral. La inspiración artística llegó
a su cumbre con el concierto pianístico del
compositor Michael Nyman. El premio otorgado
consiste en la entrega de una suma de dinero y
de una escultura, ideada en exclusiva por el
maestro Arnaldo Pomodoro. Se proyectó en la sala
un vídeo con algunos momentos de la vida
misionera del P. Marcelino. Momento de elevada
emoción se alcanzó cuando el periodista Sergio
Barducci entrevistó en directo a los premiados y
escuchamos las respuestas de nuestro homenajeado.
Todas las Misiones Carmelitanas, el espíritu
misionero de la Orden se veían premiados en ese
momento.
Nuestro histórico misionero se vio acompañado por su familia
Forcellini, por sus hermanos carmelitas de la
Provincia Romana con el Provincial y cuatro
ex-misioneros del Congo, con cuatro carmelitas
africanos residentes en Roma, todos ellos
discípulos del maestro homenajeado, en compañía
del secretario general de las Misiones
Carmelitanas, colega en otro tiempo del P.
Marcelino en el Zaire de entonces. Nunca la
República de San Marino había visto tanto hábito
carmelitano en su territorio.
La atribución del prestigioso premio no
le impide responder ahora con la máxima
sencillez y convicción:
- P. Marcelino: ¿Estás contento
con este distintivo?
- ¡Claro que estoy contento! No tanto por mi
persona. Más bien, por la causa y el ideal
misionero del Carmelo: que se reconozca en el
mundo de hoy el mérito de una vida gastada y
ofrecida a favor de los pobres, al lado de los
desfavorecidos de la sociedad, es muy positivo.
Es un estímulo y un apoyo moral para el
misionero, para que se entregue con más ahínco
todavía. Es un estímulo también para nuestra
sociedad, opulenta y materialista, para abrirse
en su aprecio hacia los valores más elevados que
los de su propio bienestar y egoísmo. Estoy
agradecido también por el aspecto económico del
premio. Este reconocimiento comporta una ayuda
para las obras de la Misión.
-
¿Qué comentario breve te sugiere el
premio?
-
Al principio no me lo creí. Pensaba fuese una
broma de algún amigo de mi patria, San Marino.
Fue precisamente un amigo quien me llamó el
primero. Pero luego llegó la confirmación
oficial. Tuve que creerlo, y acepté. Me vino a
la mente: ¿Cómo han podido pensar en mí? ¿Cómo
se han acordado de quien vive en las savanas del
Congo? Pensé también en tantos otros misioneros,
en los pobres que conozco y trato. Los
misioneros en ser reconocidos por las
autoridades del mundo son pocos. El premio
representa el reconocimiento de la labor de
todos los misioneros, muchos de ellos con más
méritos que los míos.
-
¿Cómo nació tu vocación misionera?
-
Desde jovencito, en el seminario carmelitano de
Montecompatri, con las lecturas de novelas y
relatos misionales. A mis 38 años, con la
responsabilidad de consejero provincial y de
maestro de novicios, no pensaba en las Misiones.
Pero en 1968 llegó a nuestra Provincia Romana la
propuesta de aceptar una Misión en el
Congo-Kinshasa. Mi nombre no aparecía en la
lista de los pioneros. A última hora se retiró
uno de los misioneros nombrados. En la víspera
de la fiesta del Carmen el Provincial me
comunicó: “La Virgen te ha favorecido con una
gracia... que vayas misionero al Congo.” Quedé
sorprendido, pero respondí: “Desde ahora tienes
mi respuesta: estoy dispuesto...” Mi vida cambió
de rumbo. Mis compañeros me creían incapaz de
resistir por mucho tiempo, teniendo en cuenta mi
fragilidad de salud
-
¿Cuáles fueron tus primeras impresiones del
Congo en 1968?
-
Hoy Europa es multirracial. Pero al aterrizar en
Kinshasa me sorprendió el color negro de la
muchedumbre de gente. Me pareció que entraba en
un mar de personas negras. Me impresionó ver
cómo los niños son sencillos con una sonrisa que
les ofrezcamos. Todos pedían, pero cautivaba su
sencillez, su alegría.
- Cuéntanos tu momento más difícil o
más doloroso en esos 38 años de vida misionera.
-
El asalto y el saqueo completo de nuestra
casa-noviciado de Kananga en 1993, el 29 de
noviembre. No me preguntes más sobre eso,...
-
Y, ¿tu mayor alegría...?
-
Cuando veo a un niño, cuyo rostro se abre y se
ilumina con la sonrisa, como respuesta a lo poco
que yo haya podido hacer por él.
Los medios de comunicación deben reconocer que
hay mucho misionero entregado, sin afán de
protagonismo. Gracias a estos misioneros se
alivia la vida de muchas personas.

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