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News   -  16  ( 28.07.2007 )
 

80 años  Patrona
de  las  Misiones

1927 -14 de diciembre-  2007

Dámaso  Zuazua,
Secretario General de las Misiones OCD

 

     “Dejadme aseguraros -en nombre de la tradición constante de la Iglesia- que vuestra vida no solamente puede anunciar el Absoluto de Dios, sino que posee un maravilloso y misterioso poder de fecundidad espiritual”.  - Juan Pablo II. Lisieux, 2 de junio de 1980

 

Con fecha del 14 de diciembre de 1927 la Congregación de Ritos publicaba el decreto por el que, por decisión de Pío XI, se declaraba a “Santa Teresita patrona especial de los misioneros, hombres y mujeres, existentes en el mundo”. Se le confería este nombramiento “al igual que a San Francisco Javier, con todos los derechos y privilegios que comporta este título”[1]. Eran derechos y privilegios del culto litúrgico.

De este modo San Francisco Javier (1506-1552), el mayor misionero de la Iglesia después de San Pablo[2], compartía su título de protector celeste de las Misiones con la santa Carmelita de Lisieux. A sus 15 años y tres meses ingresó en el Carmelo, del que nunca más salió hasta su muerte. San Francisco Javier había sido declarado ya en 1748 “patrón de todas las tierras al este del Cabo de Buena Esperanza”, para ser nombrado en 1904 “patrón de la Obra de la Propagación de la Fe”[3]. ¿No habrá en este hermanamiento patronal una reflexión a profundizar? Alguien se ha preguntado: “Ser los dos patronos de las Misiones conjuntamente. Este hecho mismo, ¿no tendrá algún mensaje que comunicarnos a nosotros hoy?”[4]

 

1.-  Primeras  consideraciones

 

Entre los numerosos patronatos que la Iglesia ha concedido a Santa Teresita, éste de las Misiones es el más llamativo, más –incluso- que su doctorado eclesial reciente (1997). Sorprende la equiparación con el santo jesuita, el mítico evangelizador de Oriente. Su principio espiritual había sido: “Amar a las personas a las que somos enviados y hacernos amar por ellas”. Teresa del Niño Jesús fue nombrada Patrona de las Misiones sin haber salido jamás del convento, sin haber tocado un terreno de Misión. Pero el lema de su vida claustral fue: “Amar a Jesús y hacerle amar”[5]. A esta tarea se consagró con visceral generosidad: “Como un torrente, arrojándose con impetuosidad en el océano, arrastra consigo cuanto encuentra a su paso, de la misma forma, o Jesús mío, el alma que se sumerge en el océano sin riberas de vuestro amor arrastra con ella todos sus tesoros. Señor, tú lo sabes, no tengo otros tesoros que las almas que te complació unir a la mía; esos tesoros, tú mismo me los has dado…”[6] Es una declaración que refleja la conciencia misional de Teresita. Esta disposición de espíritu abarca, orienta y da sentido a toda su vida.

El mensaje se había percibido bien en el Carmelo y en la Iglesia. Antes de ser Patrona universal de las Misiones, cuatro años y medio antes, el 30 de abril de 1923, justamente Beata, había sido ya declarada Patrona de las Misiones Carmelitanas. La corriente venía de antes. Las aguas venían de atrás. Ya en 1921 la revista “Il Carmelo e le sue Missioni” se pronunciaba en estos términos: “Siendo de todos conocido el espíritu eminentemente misionero de nuestra hermana Sor Teresa del Niño Jesús, es natural que, después de Nuestra Santa Madre Teresa, sean confiadas a su ardiente alma todas nuestra obras misionales. A ti, pues, pequeña Flor transplantada al Carmelo, […] que has llevado tantas almas a Jesús, te confiamos las queridas Misiones, nuestros misioneros, esta revista, sus colaboradores, sus lectores, todos los que de cualquier forma quieren aliviar las múltiples necesidades de tus hermanos, lejanos de la familia, de la patria querida”[7].

Un mes después, siempre en 1921, la misma revista misional del Carmelo italiano insertaba un artículo sobre “La pequeña patrona de las Misiones”. Comparándola con Santa Teresa de Jesús, “afirmamos que su gran corazón [el de Teresa de Jesús] tenía que exultar al ver de este modo bien reproducido su celo apostólico en el espíritu de Teresita de Lisieux, que podría ser definida como la miniatura de la gran Teresa de Avila”[8].

A nivel eclesial el 29 de julio de 1926 el Papa Pío XI la había declarado Patrona del Clero Indígena o de la Obra Misional Pontificia de San Pedro Apóstol[9]. En esta determinación se manifestaba una voluntad clara de la Iglesia para recordar a los fieles un principio firme y evangélico que, encarnado en la vivencia de una persona, aparecía más visible y pedagógico o catequético. Por su fuerte atracción carismática de extraordinario relieve con el testimonio de su vida y con el colorido de su lenguaje Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz ofrecía la plasmación más visual de la consigna evangélica “rogad al dueño de la mies…” (Mt 9, 38).

Se puede examinar con rigor crítico, teniendo en cuenta las connotaciones teológicas ambientales del tiempo y de su patria, la idea que Santa Teresita tenía de las Misiones. Reproduzcamos una idea de la Misión que pudiera reflejar la mente teresiana en aquel contexto francés del s. XIX: “Salvar almas es ser misionero, es ir a vivir y a trabajar entre las poblaciones que no conocen la revelación de la salvación que les ha merecido Jesucristo, conducirles a aprovecharse de la Sangre redentora, enseñarles las verdades de la fe, ayudarles a entrar en la Iglesia universal. Es también unirse simplemente por la oración a la multitud de los que ignorar a Cristo y a traerles a Él”[10].

El Concilio Vaticano II definió la actividad misionera en estos términos: “El fin propio es la evangelización e implantación de la Iglesia en los pueblos o grupos humanos en los que todavía no está enraizada”[11]. La consecuencia práctica, general para todos los cristianos, la encontramos en este planteamiento e interrogativo de Pablo VI: “No será inútil que cada cristiano y cada evangelizador examinen en profundidad, en la oración, este pensamiento: los hombres podrán salvarse por otros caminos, gracias a la misericordia de Dios, si nosotros les anunciamos el Evangelio. Pero, ¿podremos salvarnos nosotros si por negligencia, por miedo, por vergüenza –lo que San Pablo llama avergonzarse del Evangelio (Rm 1, 16)- o por ideas falsas omitimos de anunciarlo?”[12]

El mismo Papa Montini había descrito la evangelización en estos términos la tarea de la evangelización: “Es, ante todo, testimoniar de modo sencillo y directo al Dios revelado por Jesucristo en el Espíritu Santo. Testimoniar que en su Hijo ha amado el mundo:  que en su Verbo Encarnado ha dado el ser  a todas las cosas y ha llamado a los hombres a la vida eterna”[13].

En su encíclica misionera  “Redemptoris missio” el Papa Juan Pablo II describe así el servicio misionero: “Deber ser un ‘contemplativo en acción’. La respuesta a los problemas  él la encuentra a la luz de la palabra divina y en la oración personal y comunitaria. El contacto con las tradiciones espirituales no cristianas, especialmente de Asia, me ha confirmado que el futuro de la Misión depende en gran parte de la contemplación. Si el misionero no es un contemplativo no puede anunciar a Cristo de un modo creíble”[14].

Además de cuanto añade al respecto Juan Pablo II, los contenidos o modos de evangelización de la Iglesia se pueden resumir en estos puntos: 1) La simple presencia y testimonio de la vida cristiana; 2) la promoción humana; la liturgia y la oración; 4) el diálogo interreligioso; 5) el anuncio explícito del Evangelio y del catecismo[15].

Con esta conciencia Teresita fue misionera de por vida. Su nombramiento como Patrona igualándola con San Francisco Javier no fue por una coincidencia eclesial, frecuente en la historia, de expresar mejor entre dos, como la voz y el eco, una situación, una realidad, un principio. Tenemos el ejemplo de San Pedro y de San Pablo; el primero encarna la autoridad en la Iglesia, mientras que el Apóstol de los gentiles manifiesta su dimensión carismática. En el caso de San Basilio el Grande y San Gregorio Nacianceno, obispos y doctores de la Iglesia, el primero se impuso por sus cualidades de jefe y espíritu organizador, llegando a ser el legislador de los monjes de Oriente, mientras el segundo era un contemplativo y un poeta. Conocemos el caso de los santos Cirilo y Metodio.

Tampoco se pueden aludir razones de complementariedad, como hacemos con San Benito y con Santa Escolástica, con San Francisco y Santa Clara, con Santa Teresa y San Juan de la Cruz.

Por razones propias, personales, por la riqueza de su carisma, porque encarna –ya lo hemos dicho- el principio de una vida de oración por los trabajadores de la mies evangélica Santa Teresa del Niño Jesús es Patrona de las Misiones.

 

2.-  Vocación  y  carisma

 

Su patria francesa conocía una efervescencia misionera[16]. A partir de 1850 asistimos a la aparición de un importante número de Institutos misioneros. En 1890 de tres misioneros en el mundo dos eran franceses. En Francia habían nacido las Obras Misionales Pontificias de la Propagación de la Fe, de la Santa Infancia. Particularmente la zona de la Normandía se distinguía por su vinculación con el Oriente[17]. El protomártir Carmelita B. Dionisio de la Natividad (1600-1638) era nativo de Honfleur[18]. Mons. Lambert de la Motte, cofundador de la Sociedad de las Misioneras Extranjeras de Paris, había nacido en Lisieux en 1624. Conocemos la vinculación de Teresita del N.J. a Théophane Vénard, joven mártir normando en Tonquin (+ 1861). El Carmelo de Lisieux se adelantó en 1861 a la primera fundación misionera del monasterio de Saigón por iniciativa de un vicario apostólico de Normandía[19]. Los dos hermanos espirituales de la Carmelita lexoviense,  Alphonse Roulland y Maurice Bellière, eran también normandos.

Los “Anales de la Propagación de la Fe”, con el suplemento semanal que informaba sobre “el edificante cuadro de las tristezas y de las victorias del apostolado católico”, estaban difundidas en la diócesis. Sabemos que la familia Martin estaba suscrita y que Teresita –ella misma- estaba inscrita desde el 12 de enero de 1885 en la Obra de la Santa Infancia.

La conciencia misionera de la joven Martin se reveló en la “conversión” de la Navidad de 1886. Describiendo esta gracia, escribe: “Como sus apóstoles, yo podía decirle: ‘Señor, he pescado toda la noche sin conseguir nada’ […] El hizo de mí un pescador de almas, sentí un gran deseo de trabajar en la conversión de los pecadores, deseo que anteriormente nunca lo había sentido así…”[20] Meses más tarde, en julio de 1887, se verá confirmada en su vocación. Sucedió en la catedral de Lisieux. “Un domingo que contemplaba una estampa de Nuestro Señor en la Cruz, quedé impresionada por la sangre que caía de una de sus manos divinas; experimenté una grande pena pensando en la sangre que caía en tierra sin que nadie se apresurara a recogerla; y resolví de permanecer espiritualmente en pie al pie de la Cruz para recibir el rocío divino que manaba, comprendiendo que después tenía que versarla sobre las almas […] Quería dar de beber a mi Bien Amado y me sentía yo misma devorada por la sed de almas […] Todavía no eran las almas de los sacerdotes que me atraían, sino la de los grandes pecadores…”[21]

El caso concreto se presentó con la condena a muerte del homicida Pranzini, su “primer hijo”[22]. Su comentario muestra la madurez que adquirió con esta ”gracia única”, porque a partir de aquí “mi deseo de salvar almas creció de día en día”[23]. Pranzini será su primero “hijo” de la multitud que han seguido después en el mundo y en la historia.  Con este ambiente caldeado emprendió su viaje a Italia. Y de ese momento su hermana Celina relata el siguiente recuerdo. Tras haber leído algunas páginas de los Anales de las Religiosas Misioneras, manifestó Teresita: “No quiero seguir leyendo. ¡Tengo ya un deseo tan vehemente de ser misionera! […] Quiero ser Carmelita“. Celina añade todavía el comentario de que su santa hermana aspiraba al Carmelo “para sufrir más y por este medio salvar más almas”[24] .

Ya en el Carmelo, entendió su vocación como misionera desde la contemplación. “Lo que venía a realizar en el Carmelo, lo declaré a los pies de Jesús-Hostia, en el examen que precedió a mi profesión: “He venido al Carmelo para salvar almas y, sobre todo, para rogar por los sacerdotes. Cuando se desea un fin, hay que emplear los medios necesarios para alcanzarlo. Jesús me hizo comprender que las almas me las daría por medio de la cruz”[25]. En el billete que compuso para ese día, 8 de septiembre de 1890, pidió a Jesús: “Que yo salve muchas almas…” [26] Hacia el final de su vida (19.03.1897) añadirá que quiere salvar almas “incluso después de mi muerte”[27]. El principio de su vida carmelitana fue constante: “Es por la oración y el sacrificio que se puede ayudar a los misioneros”[28].

Lo admirable en este caso es que la atracción misionera no aparece en ella como una disposición preferencial de su persona, sino en razón de su vocación carmelitana. “Quiero ser hija de la Iglesia, como lo fue nuestra Madre Santa Teresa, y pedir por las intenciones de nuestro Santo Padre el Papa, sabiendo que sus intenciones abrazan el universo. He aquí la finalidad general de mi vida”[29]. Es una clara referencia a ideas de la Madre Teresa, manifestadas con tanta vehemencia en sus Escritos, como V 32, 6; F 1, 7;  C 3, 10. Hasta en la preferencia de poder salvar una sola alma a permanecer en el purgatorio se muestra en sintonía cordial con Teresa de Jesús (cf. C 3, 6)[30]. Celina recordará en sus “Consejos y Recuerdos” que Teresita quiso ser fotografiada en junio de 1897 con el texto de Santa Teresa de Jesús en sus manos: “Por librar una sola [alma] pasaría yo muchas muertes de muy buena gana” (V 32, 6; cfr. también 6M 6, 4)[31].

En nombre de Santa Teresa de Ávila, en nombre de su mejor tradición, Teresa de Lisieux se siente misionera como monja Carmelita. La expresión desciende más de una vez a su pluma. “Una Carmelita que no fuera apóstol se alejaría de la finalidad de su vocación y cesaría de ser hija de la Seráfica Santa Teresa, que deseaba dar mil vidas para salvar una sola alma”[32]. Una tal afirmación es el eco o la resonancia del espíritu que la Fundadora inculcó a las Carmelitas. Así Teresita concluye su pensamiento: “No pudiendo ser misionera por la acción, he querido serlo por el amor y la penitencia, como Santa Teresa”[33]. En perfecta sintonía teresiana, la joven Carmelita lexoviense se adhiere a la prioridad de la oración contemplativa para la Misión: “¡Qué grande es el poder de la oración! Se diría que es una reina que en todo momento tiene libre acceso ante el rey, pudiendo obtener cuanto ella pide”[34]

Con estos presupuestos se pueden entender mejor todos sus vigorosos e incendiarios pronunciamientos misionales. En 1895 el Carmelo de Saigón había fundado el monasterio de Hanoi. De allí llega a Lisieux una correspondencia asidua. M. María de Gonzaga busca voluntarias en su comunidad. Teresa del Niño Jesús se ofrece en persona: “He aceptado no sólo el exilio en medio de un pueblo desconocido, sino que –lo que me era mucho más amargo- he aceptado el exilio para mis hermanas […] Madre mía: para vivir en Carmelos extranjeros hace falta (me lo ha dicho Usted) una vocación del todo especial. Muchas almas se creen llamadas sin serlo en realidad. Usted me ha dicho […] que yo tengo esta vocación…”[35] En carta a su hermano espiritual Maurice Roulland escribe decidida: ”Digo que partiría de buena gana a Tonkin, si Dios se dignase de llamarme”. Para evitar cualquier posible equívoco, recalca: “No, no es un sueño y puedo aseguraros que si el buen Jesús no viene pronto a buscarme para el Carmelo del cielo, saldré para [el Carmelo] de Hanoi”[36]. Sólo la agravación de la enfermedad truncó este proyecto. Tras una novena de aclaración al mártir de Indochina Téophane Vénard  se impuso la evidencia de la renuncia[37].

Pero permanece la razón de su vocación misionera y la voluntad de su contribución específica. Ella explica: “El amor atrae al amor…”[38] E inspirándose en el Cantar de los Cantares, escribe y comenta: “Atráeme […] ¿Qué es pedir ser atraídos, si no es unirnos en el modo más íntimo al objeto que llega al corazón? […] Madre amada: he aquí mi oración; pido a Jesús de atraerme a las llamas de su amor, de unirme tan estrechamente a El, que El viva y actúe en mí. Siento que cuanto más el fuego del amor inflame mi corazón, cuanto más diga: Atráeme, tanto más  las almas que se acercarán  a mí (pobre escoria de hierro inútil, si me alejo del brasero divino) correrán rápidamente al efluvio de los perfumes del Amado, porque un alma inflamada de amor no puede permanecer inactiva…”[39]

Hans Urs von Balthasar ofrece este enjuiciamiento teológico: “Aquí Teresa muestra una actitud que no se puede caracterizar más ni por la noción de contemplación ni de acción. Se encuentra sobre las dos situaciones en una ley única del amor, del que proceden tanto la recepción como la fecundidad, tanto María como Marta. Este punto que trasciende la unidad es el supremo descubrimiento que se concedió a Teresa”[40].

La relación con sus dos hermanos espirituales acrecentó el espíritu misional por motivaciones más personalizadas. El trato con Maurice Bellière en 1895 le vino –de nuevo- de la mano de Santa Teresa, “como flores que se ofrecen para la fiesta[41]. En mayo del año siguiente fue el turno de Adolphe Roulland, tranquilizada en su turbación de poder encargarse espiritualmente de un segundo hermano sacerdote[42]. La correspondencia epistolar con ellos es todo un género literario de alto contenido en la  temática misional[43].

Llegamos así al centro de la originalidad doctrinal de Santa Teresita, buscando con ardor los dones más perfectos” (1 Cor 12, 31). En esta fase de su vida Teresita entra en un gran desasosiego espiritual. Quiere ser demasiadas cosas a un tiempo. Por fin, encuentra la solución sintetizadora: “En el corazón de la Iglesia, mi Madre, seré el Amor… Así seré todo”[44].

En este clima se deben interpretar las atrevidas afirmaciones de las “Ultimas Conversaciones”. Con el trasfondo de la vida podía bien afirmar en su última enfermedad: “Siento que estoy para entrar en el reposo … Pero siento sobre todo que mi misión está para comenzar, mi misión de hacer amar a Dios como yo le amo […] Mi Cielo trascurrirá en la tierra hasta el final del mundo. Sí, quiero pasar mi Cielo a hacer el bien en la tierra […] No puedo ser feliz de gozar, no puedo descansar hasta que se hayan salvado todas las almas”[45].

Teresa del Niño Jesús permanece Misionera hasta el final de los tiempos.

 

3.-   Historia  externa.  Circunstancias  providenciales

 

Aparte los méritos propios, para que Santa Teresita fuera proclamada Patrona de las Misiones intervinieron providencialmente algunas personas en un momento oportuno. Antes del decreto pontificio surgió el movimiento de la base en el campo misionero. Hablemos primero de las personas.

 

a)  Misioneros  OMI, esquimales y otros devotos del Canadá

 

En vida del fundador, San Eugène de Mazenod, los Oblatos de María Inmaculada fueron requeridos para prestar su servicio evangelizador en Canadá. Los primeros seis misioneros llegaron a Montreal en diciembre de 1841. En 1845 entraron al servicio de Mons. Provencher, vicario apostólico de todo el oeste canadiense. Así comenzó aquella epopeya misional, favorecida publicitariamente con los tintes de una literatura romántica, según el gusto de la época, con los desplazamientos misionales en trineos y canoas. En 1859 llegaron al Círculo Polar Ártico, estableciendo el primer contacto con los esquimales. Atraviesan el territorio de Labrador en 1866, y en 1912 comienzan la Misión de la Bahía de Hudson.

En Francia un joven seminarista se entusiasma por la evangelización de los Esquimales. Es el normando Arsène Turquetil (1876-1955). A sus 24 años en 1900 se embarca para el vicariato apostólico de Saskatchewan, Canadá. Atraviesa en canoa el lago Caribou. Tras una caminata de siete días, conducido en trineo, llega a contactar los Esquimales para aprender su lengua. Es una evangelización difícil. El pesimismo ha cundido entre los misioneros. “¡Los Esquimales, los Esquimales!, le dice el superior. Hace más de 30 años que suplico a Dios de enviarles un misionero…”[46]

La hora de gracia para ese pueblo de la Bahía de Hudson había de sonar cuando se creara el vicariato apostólico de Keewatin. Su prelado Mons. Ovide Charlebois (1862-1933) confió al P. Turquetil la tarea de tratar de fundar una Misión en Chesterfield Inlet, en plena zona de esquimales “inuits”. Allí llegó con otros dos compañeros en agosto de 1912. Vivieron una año de completa soledad en aquel desierto de nieve y de hielo, incomunicados del resto del mundo. Tratan de aprender la lengua sin gramática ni diccionario, por la escucha, por la observación y preguntas directas a los nativos. Pero la burla y el sarcasmo son frecuentes en el auditorio. En noviembre de 1913 sobrecoge a todos la noticia del martirio de dos misioneros Oblatos en el vecino vicariato. Mons. Charlebois se decide a suprimir la Misión, que se manifiesta estéril y sin futuro.

En ese momento llega el correo anual de Europa, de la diócesis normanda de Bayeux, concretamente de Lisieux. El contenido es una vida abreviada de  la Hª Teresa del Niño Jesús y saquitos de polvo de su ataúd con motivo de la  exhumación de sus restos mortales[47]. ¿Una santa de su Normandía natal, que haya prometido ayudar a los misioneros y mantiene la promesa? Se quiere probar una estrategia. Perece un infantilismo, pero pertenece a la historia. Es la prueba de que se actuó con fe, y la gran taumaturga de aquellos tiempos respondió a la esperanza.

“Mañana por la mañana – dice el P.Turquetil al Hº  Girard- vamos a tentar el golpe. Cuando los Esquimales estén reunidos en la sala para escuchar el gramófono, yo les haré una catequesis en regla. Mientras yo les hable, Usted invocará a Teresita; abrirá estos saquitos y discretamente versará su contenido sobre las cabezas de mis oyentes”. Al día siguiente, sin más tardanza, llega la sorpresa. El brujo de Chesterfield, el mayor enemigo de la Misión, pide el bautismo, añadiendo decidido: “Vendré aquí todos los días; haré todo lo que me digas, porque no quiero ir al infierno…”[48]

Su conversión ha arrastrado a tantos otros esquimales a disponerse al bautismo. El 2 de julio de 1917  se llega al bautizo de doce esquimales. Los neófitos muestran una gran fervor eucarístico. Admirados y agradecidos, los misioneros reconocen el milagro que ha obrado la normanda Teresita.  En visita a la Misión de Chesterfield durante el año 1923 Mons. Ovide Charlebois, que años atrás quiso suprimir la Misión, decide la creación de otros puestos misioneros. En Pointe-aux-Esquimaux se levantará la primera iglesia en honor de la B. Teresa del Niño Jesús.

El 17 de mayo de 1925 el P. Arsène Turquetil regresa al Canadá de su visita en Francia. Dos meses más tarde, el 15 de julio, se le nombra primer prefecto apostólico de la Bahía de Hudson. La nueva circunscripción  misional queda consagrada al patrocinio celeste de la nueva Santa, que amaba la nieve y prometió pasar su cielo haciendo bien en la tierra. Su estatua en la capilla es una atracción para los Esquimales. Bajo la impulsión del nuevo prelado se abren cuatro nuevas estaciones misioneras. Mons. Turquetil inaugura el hospital “Santa Teresita” en Chesterfield, el primero del Grande Norte, instala la calefacción y otras comodidades de la civilización. La evolución de la zona sorprende a la Congregación de Propaganda Fide, que en julio de 1931 eleva la Misión a la categoría de Vicariato Apostólico confiriendo el 23 de febrero de 1932 la consagración episcopal a Mons. Turquetil. Su celeste patrona le salva de peligros de travesías difíciles, le ayuda manifiestamente en el desarrollo de la Misión[49].

El relato parece, cuanto menos, extraordinariamente carismático. Pero queda atestado por los hechos. Con todo, antes todavía han de suceder otras cosas de importancia que nos interesan más directamente.

Un laico canadiense, el Sr. Paul Lionel Bernard (1889-1965), fue une teresianista entusiasta de la primera hora[50]. Ya en 1910 estableció una relación asidua con el Carmelo de Lisieux, que la mantuvo de por vida ocupándose en 1957 de la beatificación de los padres de Santa Teresita. En 1917 se había hecho portavoz nacional, pidiendo a Benedicto XV la pronta beatificación de la taumaturga Carmelita. Consiguió presentar al Papa en 12 volúmenes varios miles de firmas con esta petición. En 1925 fue el promotor de un informe firmado por los obispos canadienses sobre la excepcional “lluvia de rosas” de gracias, de curaciones, de súplicas escuchadas, de intervenciones celestes en ese país septentrional de América. Pío XI lo examinó el informe con complacencia.

Santa Teresa del Niño Jesús, ¿será proclamada Patrona de las Misiones del Canadá? Interviene ahora Mons. Charlebois con su fe y con su experiencia teresiana evidenciadas en el caso del P. Turquetil. Siempre con la colaboración del señor Paul Lionel Bernard, el llamado “obispo polar” en el mes de la canonización “de la santa más grande de los tiempos modernos”, mayo de 1925, comunica su idea a algunos vicarios apostólicos del Canadá, y obtiene doce firmas de adhesión. En marzo de 1926 se le presenta al Papa. Surge una pregunta en la curia romana. El cardenal Van Rossum, prefecto de Propaganda, se interroga  si la súplica canadiense se refiere sólo a las Misiones de aquel país o a las Misiones del mundo entero. En esta segunda hipótesis habría que consultar al episcopado misionero del mundo.

Puesto a la obra, para marzo de 1927 Mons. Charlebois había recibido ya 232 respuestas adhesivas. Algunas cartas contenían relatos entusiastas, porque también otros vicarios apostólicos en el mundo habían experimentado signos patentes de la intercesión de la santa Carmelita de Lisieux. La publicación “Pluie de Roses” los relata por centenares[51]. María de la Redención, ursulina de Trois-Rivières y grande amiga de la M. Inés de Jesús, encuaderna el pliego de las adhesiones, prepara un álbum cuidadoso que el 14 de octubre de 1927 se entregó a Pío XI. El Papa Ratti lo examina con admiración. Pero las Congregaciones de Ritos y de Propaganda Fide se muestran contrarias al posible título de Patrona de las Misiones. El Papa insiste en que se considere bien el asunto. Su observación inclinó a la Congregación de Ritos a preparar el decreto por el que el 14 de diciembre de 1927 Santa Teresa del Niño Jesús venía proclamada Patrona universal de las Misiones.

En admirable síntesis Mons. Charlebois podía escribir al Carmelo de Lisieux: “No hay que atribuirme todo el mérito. Admito haber sugerido la idea y de haber prestado mi nombre; por el resto, hay que tener en cuenta a algunos que se han dedicado de modo admirable a esta cara causa, y a las oraciones de Ustedes. Pero, sobre todo, ha sido nuestra buena Santita, que de lo alto del cielo arrojaba sus rosas de éxito sobre todos nuestros pasos. Era ella que deseaba de corazón ser Patrona de los misioneros que tanto amó y por los que tanto sufrió”[52].

 

b)  El  Papa  de  las  Misiones  Pío  XI

 

Hemos aludido a su intervención. El Papa de las Misiones asumió el gesto en su tiempo innovador y atrevido de nombrar como Patrona  de las Misiones a la Santa que había declarado como “estrella de su pontificado”[53]. Para evitar cualquier equívoco de que el título fuese más secundario y modesto se dice en el decreto que la santa Carmelita de Lisieux es Patrona “al igual que San Francisco Javier”.

El nombramiento no fue fruto de un impulso de su devoción personal. El Papa Ratti consideró la situación de la Iglesia en aquel momento. En este contexto Santa Teresa del Niño Jesús representaba o encarnaba con la mejor proyección la enseñanza papal. Ella se encontraba en el ápice de su “huracán de gloria”. Después de la Biblia, la “Historia de un alma” era la lectura preferida en los ambientes religiosos. “De la mano de Teresa –se ha escrito- la vida contemplativa recibía así una hermosa confirmación de su carácter apostólico, y ella misma se convertía en un lugar de referencia para los misioneros y misioneras”[54].

El 28 de febrero de 1928 firmó su encíclica misional “Rerum  Ecclesiae”[55]. El documento papal llegaba todavía como un fulgor del año santo de 1925, de la exposición misional vaticana, de la creación del museo misional, de la canonización de Santa Teresita y de su nombramiento como patrona de la Obra Misional Pontificia de San Pedro Apóstol, … Ampliando este último recuerdo, presenta a la Santa “como quien, mientras vivía aquí abajo su vida claustral, tomaba bajo su cuidado y, por decirlo así, adoptaba uno u otro misionero para ayudarlo, como lo hacía, con las oraciones, con las voluntarias o prescritas penitencias y, sobre todo, ofreciendo al Divino Esposo los vehementes espasmos de la enfermedad”. Y añade concluyendo su convicción: “Bajo los auspicios de la Virgen de Lisieux, esperamos los frutos más abundantes”.

El trasfondo de Santa Teresita impregna esta encíclica papal. En ella el Papa había ratificado la importancia de la oración. Por eso decía a los misioneros: “La estima en la que tenemos la vida contemplativa no necesita de pruebas […], porque hombres viviendo en la soledad atraerán sobre vosotros y sobre vuestros trabajos una inestimable abundancia de gracias”[56].

El Papa de las Misiones proponía un esforzado impulso misional, basado en la oración y en el sacrificio. Era el fundamento de la expansión misionera, que ayudara a la mejora de la calidad espiritual del clero, que motivara a los cristianos en el compromiso general por el éxito de la obra misionera en el mundo.

A la idea de inculcar la creación del clero indígena, como en la “Maximum illud” de Benedicto XV, Pío XI añadía ahora la propuesta de crear institutos religiosos en los territorios misionales. Desarrollando esta idea, llega la propuesta: “ Con cuánta estima apreciamos la vida contemplativa hace fe la Constitución Apostólica [“Umbratilem”], con la que aprobamos […] la Regla de los Cartujos. También Nosotros mismos exhortamos vivamente  a los superiores mayores de tales Órdenes  contemplativas […] a que, mediante fundaciones de conventos, importen y difundan la forma austera de vida contemplativa”. Saliendo al paso de posibles prejuicios seculares, Pío XI asegura: “No se ha de temer que estos monjes no encuentren terreno propicio en vosotros, mientras los habitantes, especialmente de algunas regiones, aunque paganos en su mayoría, por naturaleza tienden a la soledad, a la oración y a la contemplación”[57].

Es la novedad de la encíclica. El testimonio de Santa Teresita plasmaba en su persona este ideal del Papa. En este año y en este clima eclesial-misionero de 1926 está en elaboración la propuesta, inicialmente canadiense, de proponerla como Patrona de las Misiones. En diciembre del año siguiente se llegó a formalizar con rescripto pontificio este deseo y este ideal. Con renovado y concreto vigor el Papa de las Misiones recordó a la Iglesia la prioridad de la oración en la tarea de la evangelización. Santa Teresita era el modelo encarnado de tal doctrina.

En la misma línea y con los mismos objetivos Teresa del Niño Jesús fue nombrada todavía bajo Pío XI Patrona del seminario “Russicum” de Roma (1928), de la Delegación Apostólica de Méjico (1929) en un tiempo de especial dificultad, de la Unión Sacerdotal de Lisieux (1929), de la Juventud Obrera Cristiana (1932), …

 

Conclusión

 

El Concilio Vaticano II nos recuerda: “Todos los fieles, como miembros de Cristo vivo, incorporados y asemejados a El por el bautismo, por la confirmación y por la eucaristía, tienen el deber de cooperar a la expansión y dilatación de su Cuerpo, para llevarlo cuanto antes a la plenitud (cfr. Eph 4, 13)[58]. El deber incumbe a todos. Se comprende fácilmente la actividad, la prestación social o caritativa de la Misión. Más sutil de evidenciar, aunque sea de fundamento bíblico, es el inculcar la oración. Se requiere más esfuerzo, más catequesis. En la mente de Pío XI Santa Teresa de Lisieux ofrece testimonio plástico y estímulo atrayente en este sentido. Por eso lo valorizó como ejemplo catalizador.      

La vibración misionera de Santa Teresita tiene intensas connotaciones de originalidad. Está convencida de que su entrega a las Misiones en tal grado es obra de Dios. “¡Qué misericordioso es el camino por el que Dios me ha conducido siempre. Nunca me hace desear algo sin que me lo conceda”[59]. Y en carta del 13 de julio de 1897 a Maurice Bellière, subraya la convicción: “Siempre me ha hecho desear lo que El quiere darme…”[60] En esta dinámica misional Teresa parece inspirada y sostenida por el principio de San Juan de la Cruz: “Cuanto más espera el alma, tanto más alcanza”[61].

Evoquemos también su comprensión por las personas alejadas de Señor, sea por ignorancia, sea por rechazo. Su gran prueba de la fe le aclaró el problema de la increencia: ” Señor, vuestra hija ha comprendido vuestra divina iluminación. Os pido perdón por sus hermanos. Se resigna a comer, por el tiempo que vos tengáis a bien, el pan del dolor, y no quiere levantarse de esta mesa llena de amargura, donde comen los pobres pecadores, hasta que llegue el día por vos señalado […] Pero, ¿acaso no puede ella también decir en su nombre, en nombre de sus hermanos: ‘Tened piedad de nosotros, Señor, porque somos unos pobres pecadores? ¡O, Señor, despedidnos justificados! Que todos esos que no están iluminados por la antorcha de la fe la vean, por fin, brillar”[62]. Conoció un caso entre sus  propios familiares: “He ofrecido mis pruebas interiores contra la fe, principalmente, por una persona, ligada a nuestra familia, que no tiene fe”[63]. Teresa es un alma que trasciende el claustro y aboga por los incrédulos.

El deseo tan ardiente, como lo hemos recordado, de partir –si fuera posible- al Carmelo de Tonkin le ayudó a comprender que Lisieux no la podía encerrar en un ambiente sin horizonte o, al menos, con horizontes reducidos. Le ayudó a “crecer en su alma”, a dilatar la mirada y el concepto de Misión. Esta preocupación aparece ya en ella  antes de su ingreso en el Carmelo. Es una de las conclusiones de su viaje a Italia. En este contexto anota esta reflexión: “¡Qué hermosa es la vocación  que tiene por finalidad conservar la sal de la tierra! Esta es la vocación del Carmelo, puesto que la única finalidad de nuestras oraciones y sacrificios es la de ser apóstol de apóstoles, orando por ellos mientras evangelizan las almas con la palabra y, sobre todo, con su ejemplo”[64].

      Ya en el Carmelo, Teresita explica así la Misión a su hermana Celina en carta del 15 de agosto de 1892: “Pensaba un día en lo que podría hacer para salvar amas; un pasaje del Evangelio me dio una viva luz. En otra ocasión Jesús decía a sus discípulos, mostrándoles los campos de mieses maduras: ‘Levantad los ojos y ved cómo los campos están ya lo bastante blancos como para ser segados” (Jn 4, 35). Un poco más tarde añade: “En verdad, la mies es abundante, pero el número de obreros es reducido; pedid, pues, al dueño de la mies que envíe obreros’. ¡Qué misterio! ¿No es Jesús omnipotente? ¿No son las criaturas de quien las ha hecho? ¿Por qué, pues, Jesús dice: ‘Pedid al dueño que envíe operarios’? ¿Por qué? ¡Ah! Es que Jesús siente por nosotras un amor tan incomprensible, que quiere que tengamos parte con él en la salvación de las almas, redimidas, como ella, al precio de toda su sangre”.

Llega a la conclusión: “Nuestra vocación no es ir a segar en los campos de las mieses maduras; Jesús no nos dice: ‘Bajad los ojos, mirad los campos e id a segar’. Nuestra misión es más sublime todavía. He aquí las palabras de Jesús: ‘Levantad los ojos y ved. Ved cómo en el cielo hay sitios vacíos, os toca a vosotras llenarlos. Vosotras sois mi Moisés orante en la montaña; pedidme obreros, y yo los enviaré. ¡No espero más que una oración, un suspiro de vuestro corazón! El apostolado de la oración, ¿no es, por decirlo así, más elevado que el de la palabra? Nuestra misión, como Carmelitas, es la de formar obreros evangélicos que salven millones de almas, cuyas madres seremos…”[65]

      Este es, en conclusión, el pensamiento misional de Santa Teresita: concreto, atrayente, evocador. “Millones de almas, de las que seremos madres…” Esta es también su misión póstuma como Patrona de las Misiones: difundir el camino de la infancia espiritual ante Dios-Padre en un mundo autosuficiente que prescinde del Creador. Recordemos su propia palabra: “Mi caminito es todo de confianza y de amor”[66]. Otra tarea suya es la de ser madre de los misioneros. Su carteo antológico con los dos hermanos espirituales es la mejor prueba de su maternidad misional. Con ellos se mostró hermana mayor, hermana experimentada, hermana pedagoga: madre intercesora.



[1] AAS  20 (1927) 147-148; AOCD 2 (1927)  200.

[2] Benedicto XV en la encíclica “Maximum illud”  (1919) lo considera como “digno de ser comparado  con los apóstoles” (nº  7).

[3] En otro orden de ideas, es interesante recordar que Santa Teresita se encomendó al santo misionero navarro con mucha confianza por la llamada “novena de la gracia” (4-12 de marzo de 1897) para obtener de él pasar su cielo haciendo bien en la tierra. La misma gracia había solicitado de San José en la misma ocasión, según testimonio de su hermana María del Sdo. Corazón. Cfr.  Correspondance Générale II, Paris 1973, p. 966, nota k.

[4] Luciniano Luis Luis, “Javier y Teresita: Dos místicos Patronos de las Misiones”,  in Monte Carmelo 115  (Burgos 2007) 88.

[5]  LT  220.

[6] Ms C 34 rº.

[7] 20 (1921), p. 1.

[8] Ibid., p. 27-27.

[9] AAS  18 72-73.

[10] Georges Gourée, Femmes au coeur du feu. Edit. La Combe, Paris 1956, p. 20. Ya « alma » en sentido bíblico recapitula la persona humana toda entera, designándola por la parte más espiritual. Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nº  363.

[11] AG 6.

[12] EN 80.

[13] Ibid.,  26.

[14] RM 91.

[15] Texto del Secretariado Pontificio para los no creyentes. Roma 1984.

[16] Stéphane-Marie Morgain,  Le mouvement missionnaire en Europe dans la seconde moitié du 19ème  siècle : l’exemple de la France, en  «Thérèse de Lisieux et les Missions. Mission et Contemplations». Edit Carmel-Afrique, Kinshasa 1996, pp.  47-61.

[17] Pierre André Picard, Le climat missionnaire du diocèse de Lisieux à l’époque de Thérèse, en Vie Thérésienne  39 (1999)  7-21.

[18] Marie-Anne Loriot-Henri  Sale, Pierre Berthelot,  en  Thérèse de Lisieux  873 (janvier  2007) 2-5.

[19] Gérard Moussay,  Mgr Lefebvre (1810-1865) et les Carmélites en Cochinchine, en Thérèse de Lisieux 876 (avril 2007) 2-3.

[20] Ms A, 45 vº.

[21]  Ms A, 45 vº.

 

[22] Ibid. 46 vº

[23] Ibid., 46 rº-47 rº.

[24] Consejos y Recuerdos. Burgos 1953, p. 131.

[25] Ms A, 69 vº.

[26] Or 2.

[27] LT 221.

[28] Ms C, 32 rº.

[29] Ibid., 33 vº.

[30] LT 221.

[31] Consejos y Recuerdos, … p. 130.

[32] LT 198.

[33] LT 189. Por encontrarnos en el centenario de la muerte de la B. Isabel de la Trinidad será oportuno recordar que nuestra mística hermana de Dijon tuvo el mismo reflejo de sentirse misionera o apóstol en nombre de Teresa, la Madre. “Pida a nuestra seráfica Madre santa Teresa; amó tanto y murió de amoer. Pídale su pasión por Dios y por las almas. La carmelita debe ser apóstol: toda su oración y sus sacrificios tienden a eso” (Carta 136, a Germana de Gemeaux).- “Nuestra santa Madre quiere que sus hijas sean todo apostólicas” (Carta 179, a Germana de Gemeaux).- “Como verdadera hija de santa Teresa, deseo ser “apóstol” para dar la mayor alegría a Aquél que amo. Como nuestra santa Madre, pienso que me ha dejado en la tierra para celar su honor, como verdadera esposa” (Carta 276, a la señora Hallo).- “Apóstol y carmelita: es lo mismo” (Carta 124, al abate Beaubis).

[34] Ms C, 25 rº. Cfr. también Ms A, 35 rº y 76 vº.

[35] Ms C, 9 vº.-10 rº.

[36] LT 221.

[37] Ultimas Conversaciones, 27.05.1897.

[38] Ms C 35 rº.

[39] Ibid., 35 vº-36 rº.

[40] Histoire d’une Mission. Apostolat des Editions, 1973, p. 277.

[41] Ms C,  31 vº.

[42] Ibid.,  33 rº.

[43] El tema  causa seducción y ha sido estudiado frecuentemente. Entre otros, véase  David Molina, “Teresa de Lisieux a los misioneros”, en  AA.VV., Teresa de Lisieux, Profeta de Dios, Doctora de la Iglesia. Salamanca 1999, pp. 707-729.

[44] Ms B 3 vº.

[45] Ultimas Conversaciones, 17-07-1897. La idea viene también expresada en carta a A. Roulland: “Cuento con no estar inactiva en el Cielo: mi deseo es de trabajar todavía por la Iglesia y por las almas” (LT 254) . Durante su última enfermedad volvió repetidas veces a expresar esta convicción: “Dios no me daría deseo de hacer el bien en la tierra después de mi muerte, si no quisiera realizarlo; me daría, más bien, el deseo de descansar en Él” (UC 18,07,1897). Semanas más tarde se expresaba así: “Mientras estás entre hierros, no puedes cumplir tu misión; pero más tarde, después de tu muerte, llegará la hora de tus trabajos y de tus conquistas” (UC 10,08,1897).

[46]  Fra Henri-Marie, Monseigneur Turquetil et Ste Thérèse au pays esquimau, en Les Annales de Ste Thérèse de Lisieux. 1932, p.  133.

[47] La primera exhumación en vistas al proceso canónico de la beatificación tuvo lugar el 6 de septiembre  de 1910 y la segunda el 9-10 de agosto de 1917.

[48] Les Annales…,  p. 136.

[49] Dominique Menvielle, « L’épopée blanche. Un normand contemporain de Thérèse Martin, apôtre des indiens et des esquimaux », en Thérèse de Lisieux,  875 (mars 2007) pp. 2-6.

[50] Cfr. Les Annales de Ste Thérèse de Lisieux, 1966/2, p. 23 ; Stéphane Piat, « Un chevalier servant de la gloire thérésienne, Paul Lionel Bernard», en Les Annales… 1966/10, pp. 4-6.

[51] De 1913 a 1925 se habían publicado siete volúmenes, con un total de 3. 750 páginas.

[52] Les Annales …, 1928, p. 88

[53] Carlo Confalonieri, Pio XI visto da vicino, Torino 1957,  p. 310. La vinculación de este Papa a Santa Teresita queda plasmada en el vistoso mosaico teresiano que acompaña el sueño de los muertos de Pío XI en su mausoleo de la cripta vaticana de Roma.

[54] David Molina, “Teresa de Lisieux a los misioneros”, en AA. VV., Teresa de Lisieux, Profeta de Dios, Doctora de la Iglesia.Salamanca 1999, p. 708.

[55] AAS  18 (1927) 65-83; AOCD I (1926) 8-19.

[56] Encíclica  “Rerum Ecclesiae”, nº  41.

[57] Nº 106-112.

[58] AG 36.

[59] Ms A  71 rº.

[60] LT 253.

[61] 3S 7, 2.

[62] MS C 6 rº.

[63] UC, 2-09-1897. Se refería a René Tostain, esposo de Margarita María Maudelonde, sobrina de Celina Guérin.

[64] Ms A, 56 rº.

[65] LT 135.

[66] LT 226.

 

     
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Updated 13 dic 2007  by OCD General House
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