“Dejadme aseguraros -en
nombre de la tradición constante de la Iglesia-
que vuestra vida no solamente puede anunciar el
Absoluto de Dios, sino que posee un maravilloso
y misterioso poder de fecundidad espiritual”.
-
Juan Pablo II. Lisieux, 2 de junio de 1980
Con fecha del 14 de diciembre de 1927 la
Congregación de Ritos publicaba el decreto por
el que, por decisión de Pío XI, se declaraba a
“Santa Teresita patrona especial de los
misioneros, hombres y mujeres, existentes en el
mundo”. Se le confería este nombramiento “al
igual que a San Francisco Javier, con todos los
derechos y privilegios que comporta este título”.
Eran derechos y privilegios del culto litúrgico.
De este modo San Francisco Javier (1506-1552),
el mayor misionero de la Iglesia después de San
Pablo,
compartía su título de protector celeste de las
Misiones con la santa Carmelita de Lisieux. A
sus 15 años y tres meses ingresó en el Carmelo,
del que nunca más salió hasta su muerte. San
Francisco Javier había sido declarado ya en 1748
“patrón de todas las tierras al este del Cabo de
Buena Esperanza”, para ser nombrado en 1904
“patrón de la Obra de la Propagación de la Fe”.
¿No habrá en este hermanamiento patronal una
reflexión a profundizar? Alguien se ha
preguntado: “Ser los dos patronos de las
Misiones conjuntamente. Este hecho mismo, ¿no
tendrá algún mensaje que comunicarnos a nosotros
hoy?”
1.- Primeras consideraciones
Entre los numerosos patronatos que la Iglesia ha
concedido a Santa Teresita, éste de las Misiones
es el más llamativo, más –incluso- que su
doctorado eclesial reciente (1997). Sorprende la
equiparación con el santo jesuita, el mítico
evangelizador de Oriente. Su principio
espiritual había sido: “Amar a las personas a
las que somos enviados y hacernos amar por
ellas”. Teresa del Niño Jesús fue nombrada
Patrona de las Misiones sin haber salido jamás
del convento, sin haber tocado un terreno de
Misión. Pero el lema de su vida claustral fue:
“Amar a Jesús y hacerle amar”.
A esta tarea se consagró con visceral
generosidad: “Como un torrente, arrojándose con
impetuosidad en el océano, arrastra consigo
cuanto encuentra a su paso, de la misma forma, o
Jesús mío, el alma que se sumerge en el océano
sin riberas de vuestro amor arrastra con ella
todos sus tesoros. Señor, tú lo sabes, no tengo
otros tesoros que las almas que te complació
unir a la mía; esos tesoros, tú mismo me los has
dado…”
Es una declaración que refleja la conciencia
misional de Teresita. Esta disposición de
espíritu abarca, orienta y da sentido a toda su
vida.
El mensaje se había percibido bien en el Carmelo
y en la Iglesia. Antes de ser Patrona universal
de las Misiones, cuatro años y medio antes, el
30 de abril de 1923, justamente Beata, había
sido ya declarada Patrona de las Misiones
Carmelitanas. La corriente venía de antes. Las
aguas venían de atrás. Ya en 1921 la revista “Il
Carmelo e le sue Missioni” se pronunciaba en
estos términos: “Siendo de todos conocido el
espíritu eminentemente misionero de nuestra
hermana Sor Teresa del Niño Jesús, es natural
que, después de Nuestra Santa Madre Teresa, sean
confiadas a su ardiente alma todas nuestra obras
misionales. A ti, pues, pequeña Flor
transplantada al Carmelo, […] que has llevado
tantas almas a Jesús, te confiamos las queridas
Misiones, nuestros misioneros, esta revista, sus
colaboradores, sus lectores, todos los que de
cualquier forma quieren aliviar las múltiples
necesidades de tus hermanos, lejanos de la
familia, de la patria querida”.
Un mes después, siempre en 1921, la misma
revista misional del Carmelo italiano insertaba
un artículo sobre “La pequeña patrona de las
Misiones”. Comparándola con Santa Teresa de
Jesús, “afirmamos que su gran corazón [el de
Teresa de Jesús] tenía que exultar al ver de
este modo bien reproducido su celo apostólico en
el espíritu de Teresita de Lisieux, que podría
ser definida como la miniatura de la gran Teresa
de Avila”.
A nivel eclesial el 29 de julio de 1926 el Papa
Pío XI la había declarado Patrona del Clero
Indígena o de la Obra Misional Pontificia de San
Pedro Apóstol.
En esta determinación se manifestaba una
voluntad clara de la Iglesia para recordar a los
fieles un principio firme y evangélico que,
encarnado en la vivencia de una persona,
aparecía más visible y pedagógico o catequético.
Por su fuerte atracción carismática de
extraordinario relieve con el testimonio de su
vida y con el colorido de su lenguaje Teresa del
Niño Jesús de la Santa Faz ofrecía la plasmación
más visual de la consigna evangélica “rogad al
dueño de la mies…” (Mt 9, 38).
Se puede examinar con rigor crítico, teniendo en
cuenta las connotaciones teológicas ambientales
del tiempo y de su patria, la idea que Santa
Teresita tenía de las Misiones. Reproduzcamos
una idea de la Misión que pudiera reflejar la
mente teresiana en aquel contexto francés del s.
XIX: “Salvar almas es ser misionero, es ir a
vivir y a trabajar entre las poblaciones que no
conocen la revelación de la salvación que les ha
merecido Jesucristo, conducirles a aprovecharse
de la Sangre redentora, enseñarles las verdades
de la fe, ayudarles a entrar en la Iglesia
universal. Es también unirse simplemente por la
oración a la multitud de los que ignorar a
Cristo y a traerles a Él”.
El Concilio Vaticano II definió la actividad
misionera en estos términos: “El fin propio es
la evangelización e implantación de la Iglesia
en los pueblos o grupos humanos en los que
todavía no está enraizada”.
La consecuencia práctica, general para todos los
cristianos, la encontramos en este planteamiento
e interrogativo de Pablo VI: “No será inútil que
cada cristiano y cada evangelizador examinen en
profundidad, en la oración, este pensamiento:
los hombres podrán salvarse por otros caminos,
gracias a la misericordia de Dios, si nosotros
les anunciamos el Evangelio. Pero, ¿podremos
salvarnos nosotros si por negligencia, por
miedo, por vergüenza –lo que San Pablo llama
avergonzarse del Evangelio (Rm 1, 16)- o
por ideas falsas omitimos de anunciarlo?”
El mismo Papa Montini había descrito la
evangelización en estos términos la tarea de la
evangelización: “Es, ante todo, testimoniar de
modo sencillo y directo al Dios revelado por
Jesucristo en el Espíritu Santo. Testimoniar que
en su Hijo ha amado el mundo: que en su
Verbo Encarnado ha dado el ser a todas las
cosas y ha llamado a los hombres a la vida
eterna”.
En su encíclica misionera “Redemptoris
missio” el Papa Juan Pablo II describe así el
servicio misionero: “Deber ser un ‘contemplativo
en acción’. La respuesta a los problemas él la
encuentra a la luz de la palabra divina y en la
oración personal y comunitaria. El contacto con
las tradiciones espirituales no cristianas,
especialmente de Asia, me ha confirmado que el
futuro de la Misión depende en gran parte de la
contemplación. Si el misionero no es un
contemplativo no puede anunciar a Cristo de un
modo creíble”.
Además de cuanto añade al respecto Juan Pablo
II, los contenidos o modos de evangelización de
la Iglesia se pueden resumir en estos puntos: 1)
La simple presencia y testimonio de la vida
cristiana; 2) la promoción humana; la liturgia y
la oración; 4) el diálogo interreligioso; 5) el
anuncio explícito del Evangelio y del catecismo.
Con esta conciencia Teresita fue misionera de
por vida. Su nombramiento como Patrona
igualándola con San Francisco Javier no fue por
una coincidencia eclesial, frecuente en la
historia, de expresar mejor entre dos, como la
voz y el eco, una situación, una realidad, un
principio. Tenemos el ejemplo de San Pedro y de
San Pablo; el primero encarna la autoridad en la
Iglesia, mientras que el Apóstol de los gentiles
manifiesta su dimensión carismática. En el caso
de San Basilio el Grande y San Gregorio
Nacianceno, obispos y doctores de la Iglesia, el
primero se impuso por sus cualidades de jefe y
espíritu organizador, llegando a ser el
legislador de los monjes de Oriente, mientras el
segundo era un contemplativo y un poeta.
Conocemos el caso de los santos Cirilo y
Metodio.
Tampoco se pueden aludir razones de
complementariedad, como hacemos con San Benito y
con Santa Escolástica, con San Francisco y Santa
Clara, con Santa Teresa y San Juan de la Cruz.
Por razones propias, personales, por la riqueza
de su carisma, porque encarna –ya lo hemos
dicho- el principio de una vida de oración por
los trabajadores de la mies evangélica Santa
Teresa del Niño Jesús es Patrona de las
Misiones.
2.- Vocación y carisma
Su patria francesa conocía una efervescencia
misionera.
A partir de 1850 asistimos a la aparición de un
importante número de Institutos misioneros. En
1890 de tres misioneros en el mundo dos eran
franceses. En Francia habían nacido las Obras
Misionales Pontificias de la Propagación de la
Fe, de la Santa Infancia. Particularmente la
zona de la Normandía se distinguía por su
vinculación con el Oriente.
El protomártir Carmelita B. Dionisio de la
Natividad (1600-1638) era nativo de Honfleur.
Mons. Lambert de la Motte, cofundador de la
Sociedad de las Misioneras Extranjeras de Paris,
había nacido en Lisieux en 1624. Conocemos la
vinculación de Teresita del N.J. a Théophane
Vénard, joven mártir normando en Tonquin (+
1861). El Carmelo de Lisieux se adelantó en 1861
a la primera fundación misionera del monasterio
de Saigón por iniciativa de un vicario
apostólico de Normandía.
Los dos hermanos espirituales de la Carmelita
lexoviense, Alphonse Roulland y Maurice
Bellière, eran también normandos.
Los “Anales de la Propagación de la Fe”,
con el suplemento semanal que informaba sobre
“el edificante cuadro de las tristezas y de las
victorias del apostolado católico”, estaban
difundidas en la diócesis. Sabemos que la
familia Martin estaba suscrita y que Teresita
–ella misma- estaba inscrita desde el 12 de
enero de 1885 en la Obra de la Santa Infancia.
La conciencia misionera de la joven Martin se
reveló en la “conversión” de la Navidad de 1886.
Describiendo esta gracia, escribe: “Como sus
apóstoles, yo podía decirle: ‘Señor, he pescado
toda la noche sin conseguir nada’ […] El hizo de
mí un pescador de almas, sentí un gran deseo de
trabajar en la conversión de los pecadores,
deseo que anteriormente nunca lo había sentido
así…”
Meses más tarde, en julio de 1887, se verá
confirmada en su vocación. Sucedió en la
catedral de Lisieux. “Un domingo que contemplaba
una estampa de Nuestro Señor en la Cruz, quedé
impresionada por la sangre que caía de una de
sus manos divinas; experimenté una grande pena
pensando en la sangre que caía en tierra sin que
nadie se apresurara a recogerla; y resolví de
permanecer espiritualmente en pie al pie de la
Cruz para recibir el rocío divino que manaba,
comprendiendo que después tenía que versarla
sobre las almas […] Quería dar de beber a mi
Bien Amado y me sentía yo misma devorada por la
sed de almas […] Todavía no eran las almas de
los sacerdotes que me atraían, sino la de los
grandes pecadores…”
El caso concreto se presentó con la condena a
muerte del homicida Pranzini, su “primer hijo”.
Su comentario muestra la madurez que adquirió
con esta ”gracia única”, porque a partir de aquí
“mi deseo de salvar almas creció de día en día”.
Pranzini será su primero “hijo” de la multitud
que han seguido después en el mundo y en la
historia. Con este ambiente caldeado emprendió
su viaje a Italia. Y de ese momento su hermana
Celina relata el siguiente recuerdo. Tras haber
leído algunas páginas de los Anales de las
Religiosas Misioneras, manifestó Teresita: “No
quiero seguir leyendo. ¡Tengo ya un deseo tan
vehemente de ser misionera! […] Quiero ser
Carmelita“. Celina añade todavía el comentario
de que su santa hermana aspiraba al Carmelo
“para sufrir más y por este medio salvar más
almas”
.
Ya en el Carmelo, entendió su vocación como
misionera desde la contemplación. “Lo que venía
a realizar en el Carmelo, lo declaré a los pies
de Jesús-Hostia, en el examen que precedió a mi
profesión: “He venido al Carmelo para salvar
almas y, sobre todo, para rogar por los
sacerdotes. Cuando se desea un fin, hay que
emplear los medios necesarios para alcanzarlo.
Jesús me hizo comprender que las almas me las
daría por medio de la cruz”.
En el billete que compuso para ese día, 8 de
septiembre de 1890, pidió a Jesús: “Que yo salve
muchas almas…”
Hacia el final de su vida
(19.03.1897) añadirá que quiere salvar almas
“incluso después de mi muerte”.
El principio de su vida carmelitana fue
constante: “Es por la oración y el sacrificio
que se puede ayudar a los misioneros”.
Lo admirable en este caso es que la atracción
misionera no aparece en ella como una
disposición preferencial de su persona, sino en
razón de su vocación carmelitana. “Quiero ser
hija de la Iglesia, como lo fue nuestra Madre
Santa Teresa, y pedir por las intenciones de
nuestro Santo Padre el Papa, sabiendo que sus
intenciones abrazan el universo. He aquí la
finalidad general de mi vida”.
Es una clara referencia a ideas de la Madre
Teresa, manifestadas con tanta vehemencia en sus
Escritos, como V 32, 6; F 1, 7;
C 3, 10. Hasta en la preferencia de poder
salvar una sola alma a permanecer en el
purgatorio se muestra en sintonía cordial con
Teresa de Jesús (cf. C 3, 6).
Celina recordará en sus “Consejos y Recuerdos”
que Teresita quiso ser fotografiada en junio de
1897 con el texto de Santa Teresa de Jesús en
sus manos: “Por librar una sola [alma] pasaría
yo muchas muertes de muy buena gana” (V 32,
6; cfr. también 6M 6, 4).
En nombre de Santa Teresa de Ávila, en nombre de
su mejor tradición, Teresa de Lisieux se siente
misionera como monja Carmelita. La expresión
desciende más de una vez a su pluma. “Una
Carmelita que no fuera apóstol se alejaría de la
finalidad de su vocación y cesaría de ser hija
de la Seráfica Santa Teresa, que deseaba dar mil
vidas para salvar una sola alma”.
Una tal afirmación es el eco o la resonancia del
espíritu que la Fundadora inculcó a las
Carmelitas. Así Teresita concluye su
pensamiento: “No pudiendo ser misionera por la
acción, he querido serlo por el amor y la
penitencia, como Santa Teresa”.
En perfecta sintonía teresiana, la joven
Carmelita lexoviense se adhiere a la prioridad
de la oración contemplativa para la Misión:
“¡Qué grande es el poder de la oración! Se diría
que es una reina que en todo momento tiene libre
acceso ante el rey, pudiendo obtener cuanto ella
pide”.
Con estos presupuestos se pueden entender mejor
todos sus vigorosos e incendiarios
pronunciamientos misionales. En 1895 el Carmelo
de Saigón había fundado el monasterio de Hanoi.
De allí llega a Lisieux una correspondencia
asidua. M. María de Gonzaga busca voluntarias en
su comunidad. Teresa del Niño Jesús se ofrece en
persona: “He aceptado no sólo el exilio en medio
de un pueblo desconocido, sino que –lo que me
era mucho más amargo- he aceptado el exilio para
mis hermanas […] Madre mía: para vivir en
Carmelos extranjeros hace falta (me lo ha dicho
Usted) una vocación del todo especial. Muchas
almas se creen llamadas sin serlo en realidad.
Usted me ha dicho […] que yo tengo esta
vocación…”
En carta a su hermano espiritual Maurice
Roulland escribe decidida: ”Digo que partiría de
buena gana a Tonkin, si Dios se dignase de
llamarme”. Para evitar cualquier posible
equívoco, recalca: “No, no es un sueño y puedo
aseguraros que si el buen Jesús no viene pronto
a buscarme para el Carmelo del cielo, saldré
para [el Carmelo] de Hanoi”.
Sólo la agravación de la enfermedad truncó este
proyecto. Tras una novena de aclaración al
mártir de Indochina Téophane Vénard se impuso
la evidencia de la renuncia.
Pero permanece la razón de su vocación misionera
y la voluntad de su contribución específica.
Ella explica: “El amor atrae al amor…”
E inspirándose en el Cantar de los Cantares,
escribe y comenta: “Atráeme […] ¿Qué es pedir
ser atraídos, si no es unirnos en el modo más
íntimo al objeto que llega al corazón? […] Madre
amada: he aquí mi oración; pido a Jesús de
atraerme a las llamas de su amor, de unirme tan
estrechamente a El, que El viva y actúe en mí.
Siento que cuanto más el fuego del amor inflame
mi corazón, cuanto más diga: Atráeme, tanto más
las almas que se acercarán a mí (pobre
escoria de hierro inútil, si me alejo del
brasero divino) correrán rápidamente al efluvio
de los perfumes del Amado, porque un alma
inflamada de amor no puede permanecer inactiva…”
Hans Urs von Balthasar ofrece este
enjuiciamiento teológico: “Aquí Teresa muestra
una actitud que no se puede caracterizar más ni
por la noción de contemplación ni de acción. Se
encuentra sobre las dos situaciones en una ley
única del amor, del que proceden tanto la
recepción como la fecundidad, tanto María como
Marta. Este punto que trasciende la unidad es el
supremo descubrimiento que se concedió a Teresa”.
La relación con sus dos hermanos espirituales
acrecentó el espíritu misional por motivaciones
más personalizadas. El trato con Maurice
Bellière en 1895 le vino –de nuevo- de la mano
de Santa Teresa, “como flores que se ofrecen
para la fiesta.
En mayo del año siguiente fue el turno de
Adolphe Roulland, tranquilizada en su turbación
de poder encargarse espiritualmente de un
segundo hermano sacerdote.
La correspondencia epistolar con ellos es todo
un género literario de alto contenido en la
temática misional.
Llegamos así al centro de la originalidad
doctrinal de Santa Teresita, buscando con ardor
los dones más perfectos” (1 Cor 12, 31).
En esta fase de su vida Teresita entra en un
gran desasosiego espiritual. Quiere ser
demasiadas cosas a un tiempo. Por fin, encuentra
la solución sintetizadora: “En el corazón de la
Iglesia, mi Madre, seré el Amor… Así seré todo”.
En este clima se deben interpretar las atrevidas
afirmaciones de las “Ultimas Conversaciones”.
Con el trasfondo de la vida podía bien afirmar
en su última enfermedad: “Siento que estoy para
entrar en el reposo … Pero siento sobre todo que
mi misión está para comenzar, mi misión de hacer
amar a Dios como yo le amo […] Mi Cielo
trascurrirá en la tierra hasta el final del
mundo. Sí, quiero pasar mi Cielo a hacer el bien
en la tierra […] No puedo ser feliz de gozar, no
puedo descansar hasta que se hayan salvado todas
las almas”.
Teresa del Niño Jesús permanece Misionera hasta
el final de los tiempos.
3.- Historia externa.
Circunstancias providenciales
Aparte los méritos propios, para que Santa
Teresita fuera proclamada Patrona de las
Misiones intervinieron providencialmente algunas
personas en un momento oportuno. Antes del
decreto pontificio surgió el movimiento de la
base en el campo misionero. Hablemos primero de
las personas.
a) Misioneros OMI, esquimales y otros devotos del
Canadá
En vida del fundador, San Eugène de Mazenod, los
Oblatos de María Inmaculada fueron requeridos
para prestar su servicio evangelizador en
Canadá. Los primeros seis misioneros llegaron a
Montreal en diciembre de 1841. En 1845 entraron
al servicio de Mons. Provencher, vicario
apostólico de todo el oeste canadiense. Así
comenzó aquella epopeya misional, favorecida
publicitariamente con los tintes de una
literatura romántica, según el gusto de la
época, con los desplazamientos misionales en
trineos y canoas. En 1859 llegaron al Círculo
Polar Ártico, estableciendo el primer contacto
con los esquimales. Atraviesan el territorio de
Labrador en 1866, y en 1912 comienzan la Misión
de la Bahía de Hudson.
En Francia un joven seminarista se entusiasma
por la evangelización de los Esquimales. Es el
normando Arsène Turquetil (1876-1955). A sus 24
años en 1900 se embarca para el vicariato
apostólico de Saskatchewan, Canadá. Atraviesa en
canoa el lago Caribou. Tras una caminata de
siete días, conducido en trineo, llega a
contactar los Esquimales para aprender su
lengua. Es una evangelización difícil. El
pesimismo ha cundido entre los misioneros. “¡Los
Esquimales, los Esquimales!, le dice el
superior. Hace más de 30 años que suplico a Dios
de enviarles un misionero…”
La hora de gracia para ese pueblo de la Bahía de
Hudson había de sonar cuando se creara el
vicariato apostólico de Keewatin. Su prelado
Mons. Ovide Charlebois (1862-1933) confió al P.
Turquetil la tarea de tratar de fundar una
Misión en Chesterfield Inlet, en plena zona de
esquimales “inuits”. Allí llegó con otros dos
compañeros en agosto de 1912. Vivieron una año
de completa soledad en aquel desierto de nieve y
de hielo, incomunicados del resto del mundo.
Tratan de aprender la lengua sin gramática ni
diccionario, por la escucha, por la observación
y preguntas directas a los nativos. Pero la
burla y el sarcasmo son frecuentes en el
auditorio. En noviembre de 1913 sobrecoge a
todos la noticia del martirio de dos misioneros
Oblatos en el vecino vicariato. Mons. Charlebois
se decide a suprimir la Misión, que se
manifiesta estéril y sin futuro.
En ese momento llega el correo anual de Europa,
de la diócesis normanda de Bayeux, concretamente
de Lisieux. El contenido es una vida abreviada
de la Hª Teresa del Niño Jesús y saquitos
de polvo de su ataúd con motivo de la
exhumación de sus restos mortales.
¿Una santa de su Normandía natal, que haya
prometido ayudar a los misioneros y mantiene la
promesa? Se quiere probar una estrategia. Perece
un infantilismo, pero pertenece a la historia.
Es la prueba de que se actuó con fe, y la gran
taumaturga de aquellos tiempos respondió a la
esperanza.
“Mañana por la mañana – dice el P.Turquetil al
Hº Girard- vamos a tentar el golpe. Cuando
los Esquimales estén reunidos en la sala para
escuchar el gramófono, yo les haré una
catequesis en regla. Mientras yo les hable,
Usted invocará a Teresita; abrirá estos saquitos
y discretamente versará su contenido sobre las
cabezas de mis oyentes”. Al día siguiente, sin
más tardanza, llega la sorpresa. El brujo de
Chesterfield, el mayor enemigo de la Misión,
pide el bautismo, añadiendo decidido: “Vendré
aquí todos los días; haré todo lo que me digas,
porque no quiero ir al infierno…”
Su conversión ha arrastrado a tantos otros
esquimales a disponerse al bautismo. El 2 de
julio de 1917 se llega al bautizo de doce
esquimales. Los neófitos muestran una gran
fervor eucarístico. Admirados y agradecidos, los
misioneros reconocen el milagro que ha obrado la
normanda Teresita. En visita a la Misión de
Chesterfield durante el año 1923 Mons. Ovide
Charlebois, que años atrás quiso suprimir la
Misión, decide la creación de otros puestos
misioneros. En Pointe-aux-Esquimaux se levantará
la primera iglesia en honor de la B. Teresa del
Niño Jesús.
El 17 de mayo de 1925 el P. Arsène Turquetil
regresa al Canadá de su visita en Francia. Dos
meses más tarde, el 15 de julio, se le nombra
primer prefecto apostólico de la Bahía de
Hudson. La nueva circunscripción misional
queda consagrada al patrocinio celeste de la
nueva Santa, que amaba la nieve y prometió pasar
su cielo haciendo bien en la tierra. Su estatua
en la capilla es una atracción para los
Esquimales. Bajo la impulsión del nuevo prelado
se abren cuatro nuevas estaciones misioneras.
Mons. Turquetil inaugura el hospital “Santa
Teresita” en Chesterfield, el primero del Grande
Norte, instala la calefacción y otras
comodidades de la civilización. La evolución de
la zona sorprende a la Congregación de
Propaganda Fide, que en julio de 1931 eleva la
Misión a la categoría de Vicariato Apostólico
confiriendo el 23 de febrero de 1932 la
consagración episcopal a Mons. Turquetil. Su
celeste patrona le salva de peligros de
travesías difíciles, le ayuda manifiestamente en
el desarrollo de la Misión.
El relato parece, cuanto menos,
extraordinariamente carismático. Pero queda
atestado por los hechos. Con todo, antes todavía
han de suceder otras cosas de importancia que
nos interesan más directamente.
Un laico canadiense, el Sr. Paul Lionel Bernard
(1889-1965), fue une teresianista entusiasta de
la primera hora.
Ya en 1910 estableció una relación asidua con el
Carmelo de Lisieux, que la mantuvo de por vida
ocupándose en 1957 de la beatificación de los
padres de Santa Teresita. En 1917 se había hecho
portavoz nacional, pidiendo a Benedicto XV la
pronta beatificación de la taumaturga Carmelita.
Consiguió presentar al Papa en 12 volúmenes
varios miles de firmas con esta petición. En
1925 fue el promotor de un informe firmado por
los obispos canadienses sobre la excepcional
“lluvia de rosas” de gracias, de curaciones, de
súplicas escuchadas, de intervenciones celestes
en ese país septentrional de América. Pío XI lo
examinó el informe con complacencia.
Santa Teresa del Niño Jesús, ¿será proclamada
Patrona de las Misiones del Canadá? Interviene
ahora Mons. Charlebois con su fe y con su
experiencia teresiana evidenciadas en el caso
del P. Turquetil. Siempre con la colaboración
del señor Paul Lionel Bernard, el llamado
“obispo polar” en el mes de la canonización “de
la santa más grande de los tiempos modernos”,
mayo de 1925, comunica su idea a algunos
vicarios apostólicos del Canadá, y obtiene doce
firmas de adhesión. En marzo de 1926 se le
presenta al Papa. Surge una pregunta en la curia
romana. El cardenal Van Rossum, prefecto de
Propaganda, se interroga si la súplica
canadiense se refiere sólo a las Misiones de
aquel país o a las Misiones del mundo entero. En
esta segunda hipótesis habría que consultar al
episcopado misionero del mundo.
Puesto a la obra, para marzo de 1927 Mons.
Charlebois había recibido ya 232 respuestas
adhesivas. Algunas cartas contenían relatos
entusiastas, porque también otros vicarios
apostólicos en el mundo habían experimentado
signos patentes de la intercesión de la santa
Carmelita de Lisieux. La publicación “Pluie
de Roses” los relata por centenares.
María de la Redención, ursulina de
Trois-Rivières y grande amiga de la M. Inés de
Jesús, encuaderna el pliego de las adhesiones,
prepara un álbum cuidadoso que el 14 de octubre
de 1927 se entregó a Pío XI. El Papa Ratti lo
examina con admiración. Pero las Congregaciones
de Ritos y de Propaganda Fide se muestran
contrarias al posible título de Patrona de las
Misiones. El Papa insiste en que se considere
bien el asunto. Su observación inclinó a la
Congregación de Ritos a preparar el decreto por
el que el 14 de diciembre de 1927 Santa Teresa
del Niño Jesús venía proclamada Patrona
universal de las Misiones.
En admirable síntesis Mons. Charlebois podía
escribir al Carmelo de Lisieux: “No hay que
atribuirme todo el mérito. Admito haber sugerido
la idea y de haber prestado mi nombre; por el
resto, hay que tener en cuenta a algunos que se
han dedicado de modo admirable a esta cara
causa, y a las oraciones de Ustedes. Pero, sobre
todo, ha sido nuestra buena Santita, que de lo
alto del cielo arrojaba sus rosas de éxito sobre
todos nuestros pasos. Era ella que deseaba de
corazón ser Patrona de los misioneros que tanto
amó y por los que tanto sufrió”.
b) El Papa de las Misiones
Pío XI
Hemos aludido a su intervención. El Papa de las
Misiones asumió el gesto en su tiempo innovador
y atrevido de nombrar como Patrona de las
Misiones a la Santa que había declarado como
“estrella de su pontificado”.
Para evitar cualquier equívoco de que el título
fuese más secundario y modesto se dice en el
decreto que la santa Carmelita de Lisieux es
Patrona “al igual que San Francisco Javier”.
El nombramiento no fue fruto de un impulso de su
devoción personal. El Papa Ratti consideró la
situación de la Iglesia en aquel momento. En
este contexto Santa Teresa del Niño Jesús
representaba o encarnaba con la mejor proyección
la enseñanza papal. Ella se encontraba en el
ápice de su “huracán de gloria”. Después de la
Biblia, la “Historia de un alma” era la lectura
preferida en los ambientes religiosos. “De la
mano de Teresa –se ha escrito- la vida
contemplativa recibía así una hermosa
confirmación de su carácter apostólico, y ella
misma se convertía en un lugar de referencia
para los misioneros y misioneras”.
El 28 de febrero de 1928 firmó su encíclica
misional “Rerum Ecclesiae”.
El documento papal llegaba todavía como un
fulgor del año santo de 1925, de la exposición
misional vaticana, de la creación del museo
misional, de la canonización de Santa Teresita y
de su nombramiento como patrona de la Obra
Misional Pontificia de San Pedro Apóstol, …
Ampliando este último recuerdo, presenta a la
Santa “como quien, mientras vivía aquí abajo su
vida claustral, tomaba bajo su cuidado y, por
decirlo así, adoptaba uno u otro misionero para
ayudarlo, como lo hacía, con las oraciones, con
las voluntarias o prescritas penitencias y,
sobre todo, ofreciendo al Divino Esposo los
vehementes espasmos de la enfermedad”. Y añade
concluyendo su convicción: “Bajo los auspicios
de la Virgen de Lisieux, esperamos los frutos
más abundantes”.
El trasfondo de Santa Teresita impregna esta
encíclica papal. En ella el Papa había
ratificado la importancia de la oración. Por eso
decía a los misioneros: “La estima en la que
tenemos la vida contemplativa no necesita de
pruebas […], porque hombres viviendo en la
soledad atraerán sobre vosotros y sobre vuestros
trabajos una inestimable abundancia de gracias”.
El Papa de las Misiones proponía un esforzado
impulso misional, basado en la oración y en el
sacrificio. Era el fundamento de la expansión
misionera, que ayudara a la mejora de la calidad
espiritual del clero, que motivara a los
cristianos en el compromiso general por el éxito
de la obra misionera en el mundo.
A la idea de inculcar la creación del clero
indígena, como en la “Maximum illud” de
Benedicto XV, Pío XI añadía ahora la propuesta
de crear institutos religiosos en los
territorios misionales. Desarrollando esta idea,
llega la propuesta: “ Con cuánta estima
apreciamos la vida contemplativa hace fe la
Constitución Apostólica [“Umbratilem”],
con la que aprobamos […] la Regla de los
Cartujos. También Nosotros mismos exhortamos
vivamente a los superiores mayores de
tales Órdenes contemplativas […] a que,
mediante fundaciones de conventos, importen y
difundan la forma austera de vida
contemplativa”. Saliendo al paso de posibles
prejuicios seculares, Pío XI asegura: “No se ha
de temer que estos monjes no encuentren terreno
propicio en vosotros, mientras los habitantes,
especialmente de algunas regiones, aunque
paganos en su mayoría, por naturaleza tienden a
la soledad, a la oración y a la contemplación”.
Es la novedad de la encíclica. El testimonio de
Santa Teresita plasmaba en su persona este ideal
del Papa. En este año y en este clima
eclesial-misionero de 1926 está en elaboración
la propuesta, inicialmente canadiense, de
proponerla como Patrona de las Misiones. En
diciembre del año siguiente se llegó a
formalizar con rescripto pontificio este deseo y
este ideal. Con renovado y concreto vigor el
Papa de las Misiones recordó a la Iglesia la
prioridad de la oración en la tarea de la
evangelización. Santa Teresita era el modelo
encarnado de tal doctrina.
En la misma línea y con los mismos objetivos
Teresa del Niño Jesús fue nombrada todavía bajo
Pío XI Patrona del seminario “Russicum” de Roma
(1928), de la Delegación Apostólica de Méjico
(1929) en un tiempo de especial dificultad, de
la Unión Sacerdotal de Lisieux (1929), de la
Juventud Obrera Cristiana (1932), …
Conclusión
El Concilio Vaticano II nos recuerda: “Todos los
fieles, como miembros de Cristo vivo,
incorporados y asemejados a El por el bautismo,
por la confirmación y por la eucaristía, tienen
el deber de cooperar a la expansión y dilatación
de su Cuerpo, para llevarlo cuanto antes a la
plenitud (cfr. Eph 4, 13).
El deber incumbe a todos. Se comprende
fácilmente la actividad, la prestación social o
caritativa de la Misión. Más sutil de
evidenciar, aunque sea de fundamento bíblico, es
el inculcar la oración. Se requiere más
esfuerzo, más catequesis. En la mente de Pío XI
Santa Teresa de Lisieux ofrece testimonio
plástico y estímulo atrayente en este sentido.
Por eso lo valorizó como ejemplo catalizador.
La vibración misionera de Santa Teresita tiene
intensas connotaciones de originalidad. Está
convencida de que su entrega a las Misiones en
tal grado es obra de Dios. “¡Qué misericordioso
es el camino por el que Dios me ha conducido
siempre. Nunca me hace desear algo sin que me lo
conceda”.
Y en carta del 13 de julio de 1897 a Maurice
Bellière, subraya la convicción: “Siempre me ha
hecho desear lo que El quiere darme…”
En esta dinámica misional Teresa parece
inspirada y sostenida por el principio de San
Juan de la Cruz: “Cuanto más espera el alma,
tanto más alcanza”.
Evoquemos también su comprensión por las
personas alejadas de Señor, sea por ignorancia,
sea por rechazo. Su gran prueba de la fe le
aclaró el problema de la increencia: ” Señor,
vuestra hija ha comprendido vuestra divina
iluminación. Os pido perdón por sus hermanos. Se
resigna a comer, por el tiempo que vos tengáis a
bien, el pan del dolor, y no quiere levantarse
de esta mesa llena de amargura, donde comen los
pobres pecadores, hasta que llegue el día por
vos señalado […] Pero, ¿acaso no puede ella
también decir en su nombre, en nombre de sus
hermanos: ‘Tened piedad de nosotros, Señor,
porque somos unos pobres pecadores? ¡O, Señor,
despedidnos justificados! Que todos esos que no
están iluminados por la antorcha de la fe la
vean, por fin, brillar”.
Conoció un caso entre sus propios
familiares: “He ofrecido mis pruebas interiores
contra la fe, principalmente, por una persona,
ligada a nuestra familia, que no tiene fe”.
Teresa es un alma que trasciende el claustro y
aboga por los incrédulos.
El deseo tan ardiente, como lo hemos recordado,
de partir –si fuera posible- al Carmelo de
Tonkin le ayudó a comprender que Lisieux no la
podía encerrar en un ambiente sin horizonte o,
al menos, con horizontes reducidos. Le ayudó a
“crecer en su alma”, a dilatar la mirada y el
concepto de Misión. Esta preocupación aparece ya
en ella antes de su ingreso en el Carmelo.
Es una de las conclusiones de su viaje a Italia.
En este contexto anota esta reflexión: “¡Qué
hermosa es la vocación que tiene por
finalidad conservar la sal de la tierra! Esta es
la vocación del Carmelo, puesto que la única
finalidad de nuestras oraciones y sacrificios es
la de ser apóstol de apóstoles, orando por ellos
mientras evangelizan las almas con la palabra y,
sobre todo, con su ejemplo”.
Ya en el Carmelo, Teresita explica así la Misión
a su hermana Celina en carta del 15 de agosto de
1892: “Pensaba un día en lo que podría hacer
para salvar amas; un pasaje del Evangelio me dio
una viva luz. En otra ocasión Jesús decía a sus
discípulos, mostrándoles los campos de mieses
maduras: ‘Levantad los ojos y ved cómo los
campos están ya lo bastante blancos como para
ser segados” (Jn 4, 35). Un poco más
tarde añade: “En verdad, la mies es abundante,
pero el número de obreros es reducido; pedid,
pues, al dueño de la mies que envíe obreros’.
¡Qué misterio! ¿No es Jesús omnipotente? ¿No son
las criaturas de quien las ha hecho? ¿Por qué,
pues, Jesús dice: ‘Pedid al dueño que envíe
operarios’? ¿Por qué? ¡Ah! Es que Jesús siente
por nosotras un amor tan incomprensible, que
quiere que tengamos parte con él en la salvación
de las almas, redimidas, como ella, al precio de
toda su sangre”.
Llega a la conclusión: “Nuestra vocación no es
ir a segar en los campos de las mieses maduras;
Jesús no nos dice: ‘Bajad los ojos, mirad los
campos e id a segar’. Nuestra misión es más
sublime todavía. He aquí las palabras de Jesús:
‘Levantad los ojos y ved. Ved cómo en el cielo
hay sitios vacíos, os toca a vosotras llenarlos.
Vosotras sois mi Moisés orante en la montaña;
pedidme obreros, y yo los enviaré. ¡No espero
más que una oración, un suspiro de vuestro
corazón! El apostolado de la oración, ¿no es,
por decirlo así, más elevado que el de la
palabra? Nuestra misión, como Carmelitas, es la
de formar obreros evangélicos que salven
millones de almas, cuyas madres seremos…”
Este es, en conclusión, el pensamiento misional
de Santa Teresita: concreto, atrayente,
evocador. “Millones de almas, de las que seremos
madres…” Esta es también su misión póstuma como
Patrona de las Misiones: difundir el camino de
la infancia espiritual ante Dios-Padre en un
mundo autosuficiente que prescinde del Creador.
Recordemos su propia palabra: “Mi caminito es
todo de confianza y de amor”.
Otra tarea suya es la de ser madre de los
misioneros. Su carteo antológico con los dos
hermanos espirituales es la mejor prueba de su
maternidad misional. Con ellos se mostró hermana
mayor, hermana experimentada, hermana pedagoga:
madre intercesora.