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SECRETARIATUS GENERALIS PRO MONIALIBUS O.C.D. - ROMAE

PROYECTO DE REFLEXIÓN TEOLÓGICO ESPIRITUAL
 DE LAS MONJAS CARMELITAS DESCALZAS
 

PALABRA DE DIOS Y REGLA DEL CARMELO

"Toda palabra de Dios os pueble colmadamente los labios y el corazón. Y cuanto hagáis, realizadlo por la palabra del Señor" (c. 16). Esta invitación dirigida a los "ermitaños" del Carmelo queda confirmada y probada por el ejemplo mismo del Legislador, y por el texto de la Regla. En efecto, nuestra Regla es un proyecto de vida concebido y formulado por una persona en la que habitaba abundantemente la Palabra de Dios y, consecuentemente, una persona guiada por el instinto de pensar y expresar todo con el verbo bíblico. Es tal la presencia de la Palabra de Dios en el documento, que le imprime la forma de un discurso bíblico, inteligentemente conducido, aplicado y articulado. Si pensamos que para San Alberto la Palabra de Dios no podía estar alejada de la persona de Cristo y de las Escrituras que nos presentan a Cristo (1), comprendemos el alcance de la citada exhortación: Vivan los hermanos del Carmelo las riquezas de Cristo, realizándolas en sus personas; y formen la inteligencia de las cosas de Dios en la fuente de las Escrituras. Así, la sabiduría de la vida, los estímulos y las certezas espirituales son cosas de Dios que se ajustan a las necesidades de los creyentes llamados a recorrer el camino cristiano de la coherencia y de la fidelidad con radicalismo evangélico.

La invitación declarada de San Alberto es la de fijar un "estilo de vida" que precise el modo (qualiter) en el cual los ermitaños deberán alcanzar el "propositum", para el cual se han reunido en el Monte Carmelo; y, así, "vivir en obsequio de Jesucristo y servirle fielmente" con recta intención y total donación de sus personas (Pról.). Más allá de cualquier posible interpretación justificada o sugerida por factores históricos o ambientales (2), estas palabras denotan lo que conviene reconocer como vocación común de los bautizados.

Revestidos de Cristo y de su Espíritu, los bautizados pertenecen a Cristo (Gal 3, 27. 29; Rm 8, 9.10) como a su Señor (Flp 2, 9-11), en cuyo reino han sido inseridos por Gracia de Dios (Col 1, 13). Su misma unión a Cristo propone a los bautizados este imperativo: "y murió por todos para que los que vivan no vivan ya para sí, sino para aquel que por ellos murió y resucitó" (2 Co 5, 15). Recordemos el lenguaje incisivo de Rm 14, 8-9: "pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, morimos para el Señor. En fin, sea que vivamos, sea que muramos del Señor somos. Que por esto murió Cristo y resucitó, para dominar sobre muertos y vivos."

Ya la fe, que es obediencia de la mente y del corazón a la divina señoría revelada y operante en el evangelio (cf. Rm 1, 5; 10, 6; 15, 18, 16,(3), señala a los bautizados como personas sujetas a Cristo Señor (cf. 2Co 10, 5), y llamadas a servirle con una total y fiel dedicación. "Y vosotros, de Cristo y Cristo de Dios", recuerda Pablo (1Co 3, 23); y lo mismo precisará: "pues el que en esto sirve a Cristo es grato a Dios y acepto a los hombres" (Rm 14, 18).

Es oportuno resaltar desde el inicio este fundamento de la intención albertina como la verdad más cualificante del hecho cristiano (4). En efecto, es ésta la connotación global y primaria que se obtiene de la frecuente y articulada presencia de la Palabra de Dios en el texto de la Regla.

Al mensaje de la Escritura, sin embargo, el Legislador acude con diversa cautela, ya que se inspira sobre todo en ello, para formular la específica modalidad que deberá encarnar en el Monte Carmelo la mencionada vocación cristiana común. Es tanta la abundancia de material que podríamos analizar, que sería contraproducente, por no decir imposible, estudiar en este trabajo cada una de las referencias bíblicas (5). Dejamos no pocos elementos, importantes en sí mismos y bíblicamente relevantes; elementos que confieren a la Regla armonía e integridad, pero que entran dentro del grupo de los valores comunes a cualquier forma de vida religiosa. Pensamos que el mejor método sea el de aislar los temas de fondo que presentan con mayor claridad la estructura de la "fórmula de vida" propuesta y el "espíritu" que la debería modelar, según la intención del Legislador. Con otras palabras: haremos una lectura selectiva, atentos a los aportes bíblicos que con más claridad expresan la originalidad del proyecto albertino.

Anticipando, podemos decir que este proyecto, tal como se puede intuir a la luz del dato escriturístico, aparece como la expresión institucional de un compromiso y de un ideal. Ambos concebidos como búsqueda consciente de una coherencia cristiana radical. El ideal es una vida común que reproduzca el rostro y el alma de la primera comunidad cristiana de Jerusalén. Comunidad ejemplarmente descrita en el libro de los Hechos de los Apóstoles. El compromiso, a que obliga tal ideal, es principalmente un combate vigilante y perseverante. Destinado a creyentes decididos a defender su propia identidad bautismal y a vivir, de una manera renovada en sus personas, la victoria pascual de Cristo Señor.

La simultánea presencia de estas dos tendencias da a la Regla una tensión característica: La primera tendencia encuentra su verificación coherente en un proyecto comunitario, donde la unión fraterna es vehículo y lugar para vivir en "obsequio de Jesucristo", con riqueza y novedad. Y así ser digna de la "futura plenitud de los tiempos". La segunda tendencia, por el contrario, se encauza en una orientación a simple vista divergente: No obstante viviendo en comunidad y buscando la perfección evangélica de la unión fraterna, el carmelita combatirá la batalla de la fidelidad cristiana en el "yermo", apoyado en una soledad vigilante, orante y mesurada. Precisamente, en la relación así vivida radica, a nuestro modo de ver, la propuesta religiosa más original de la Regla al menos esto es lo que sugiere el dato bíblico.

Sin embargo, precisamos que nos dejaremos guiar por una indicación metodológica presente en la estructura literaria del documento. Entre el prólogo y el epílogo es fácil individuar, ateniéndonos a su lenguaje y contenido, dos partes principales: en la primera, que llamaremos "institucional", aparece fijada en sus elementos estructurales, de comunión fraterna, de práctica cultual y ascética, la vida religiosa que los hermanos del Carmelo deberán observar (cc. 1-16); en la segunda parte, que convendría llamar "exhortativa", esta fórmula de vida se explica y puntualiza en su dimensión evangélica y en su finalidad espiritual (cc. 17- 21). Como se ve, las dos partes son complementarias; de manera que el aporte específico de la una se refleja lógicamente en la otra. Sin duda, esta tensión constituye la clave de lectura imprescindible.

A partir de estas premisas y con la certeza de que la palabra bíblica está presente en la Regla como vehículo de privilegiada expresividad, y como fuente de inspiración y garantía de autenticidad cristiana, examinaremos estos tres puntos de una manera progresiva: 1.) Un proyecto de vida común inspirado en el testimonio ejemplar del libro de los Hechos de los Apóstoles. 2.) El diario combate espiritual, pertrechados con la armadura de la soledad propia del ermitaño. 3.) Una fecunda tensión encaminada a la evangelización.

No pensamos que con ello se agoten los tesoros contenidos en la Regla del Carmelo. Nuestro propósito será simplemente hacer emerger algunas orientaciones de fondo, tal como éstas se pueden intuir a la luz del texto bíblico empleado por San Alberto.

"Comunión" y "comunidad"

Escribe Pablo a los Efesios: "Os exhorto... a que viváis de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados" (4, 1). Por una parte, la llamada divina que interpela a los fieles con la voz vitalmente renovadora de la Gracia de Cristo; por otra parte, el imperativo práctico que se deduce: Caminen los fieles con el empeño de la coherencia de vida, y movidos por la misma gracia, en aquella novedad de ser y de vida que los defina como hombres que viven en la presencia de Dios. La realidad de la novedad cristiana suscita el imperativo de un nuevo comportamiento (6). Precisando este comportamiento, el apóstol añade "con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor, poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz" (vv. 2-3). Es la comunión fraterna, concretamente vivida, el camino nuevo que se ofrece a quienes han sido introducidos en la novedad de Cristo. Y para confirmar esta relación, Pablo nos recuerda que esta novedad es objetivamente un misterio de comunión: "Un solo cuerpo, un solo Espíritu, [...] una sola esperanza [...], un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y padre de todos" (vv. 4- 6).

Hemos querido subrayar esta doctrina paulina porque es una temática común y central en la catequesis de Pablo; porque tal temática es utilizada por el autor del libro de los Hechos, allí donde se presenta el rostro ideal de la nueva Iglesia de Cristo; y porque el Legislador del Carmelo se inspira, ciertamente, en la propuesta del evangelista Lucas.

Es necesario reconocer que la comunión fraterna, vivida como la expresión evangélica de la caridad, cualifica profundamente el proyecto religioso formulado en la Regla de Carmelo. El modo en que deberá ser elegido el prior (c. 3); el modo como se asignará a cada uno una celda propia (c. 5); la mesa común, mientras escuchan algún fragmento de la Sagrada Escritura (c. 6); la celebración común de la liturgia de las Horas (c. 9); la comunión de bienes,"teniendo en cuenta la edad y las necesidades de cada uno" (c. 10); la común y cotidiana celebración eucarística (c. 12); la periódica reunión comunitaria y la corrección fraterna "caritate media" (c. 13); la benévola discreción con la que se propone la ascesis corporal (cc. 14 y 15); la figura del prior como humilde servidor de los hermanos (c. 19): son algunos rasgos que, globalmente analizados, definen un proyecto de vida, pensado y propuesto como búsqueda de comunión fraterna madura y generosa, humilde y caritativa. "Vínculo de Perfección" (Col 3, 14) y vitalidad especifica de la familia de Dios, nacida en Jesucristo (Rm 5, 5; 8, 14--17. 29); la caridad es la realidad que "construye" la Iglesia (1Co 8, 2) y da al pueblo de Dios la posibilidad de vivir como comunidad de hermanos. Incluye la paciencia y la humildad, la bondad y la conmiseración, la benignidad y el respeto recíproco, la generosidad y el servicio, la comprensión y el perdón (1Co 13, 4-7; Gal 5, 13-15.22; 6, 1-2; Rm 12, 9-16; Ef 4, 2-3.31-32; 5,1-2; Flp 2,1-4; Col 3, 12-14; 1P 1, 22-23; 3, 8-9; etc) - todos ellos, rasgos propios del semblante comunitario y fraterno de la identidad cristiana. Sin duda, la Regla del Carmelo puede ser leída como una afirmación articulada en torno a la caridad: que mana de las fuentes de la Eucaristía diaria, de la oración perseverante, de la Palabra de Dios meditada asiduamente. La caridad es verdaderamente el vínculo que dará consistencia a la vida común, fijada para los hermanos del Carmelo, y la proyectará como comunidad cristiana sólidamente fundada en la presencia de Dios.

"Un solo corazón y una sola alma"

Esta visión, anclada en el fundamento de la caridad e inspirada en la verdad de que la unión fraterna es la originalidad de una vivencia sincera del hecho cristiano, San Alberto la ve cristalizada en el libro de los Hechos de los Apóstoles; donde aparece como "piedra angular" de las primeras comunidades (7).

"La multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma" (Hch 4, 32a). El intento es el de proponer una novedad antropológica que surge con la Palabra del Señor y con Pentecostés. Y que se nos aparece encarnada en la primera comunidad de Jerusalén. La Nueva Alianza ya realizada: tener "un solo corazón y una sola alma", así lo comprende Lucas; y la perfección de una humanidad capaz de vivir en caridad por la fuerza renovadora de Dios y, de este modo, agradar a Dios. Una comunidad donde cada persona, revestida en su interior por la energía divina del Espíritu, ha recibido un corazón nuevo y un espíritu nuevo (8). Escribe Pablo, el teólogo de la "novedad del Espíritu" (Rm 7, 6) y de la "ley del Espíritu" (8, 2): "y la esperanza no quedará confundida, pues el amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones por virtud del Espíritu Santo, que nos ha sido dado" (5, 5).

Semblante ejemplar de una humanidad renovada en Cristo por la potencia del Espíritu Santo, que el evangelista Lucas, tomando la realidad de la comunidad de Jerusalén, nos describe en la segunda parte del verso: "nadie llamaba suyos a sus bienes, sino que todo era en común entre ellos" (Hch 4, 32b). Desde la comunión de corazones, hasta la comunión de bienes. La fraternidad evangélica de los nuevos tiempos, vivida en su radicalidad, excluye aquel factor de distinción social, de interés cerrado y de egoísmo divisor, llamado propiedad privada. Y, así, la renuncia personal a los bienes de la tierra toma un sentido profundamente cristiano: vivir la pobreza como conviene a una comunidad que tiene "un solo corazón y una sola alma"; por ello, una comunidad obligada a testimoniar la unidad cristiana en la práctica. Lucas insiste sobre este aspecto de la "Koinonía evangélica" cristiana, que modela la primitiva Iglesia de Jerusalén: "Todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común; vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno" (Hch 2, 44 45); y aún: "No había entre ellos ningún necesitado, porque todos los que poseían campos o casas las vendían, traían el importe de la venta, y lo ponían a los pies de los apóstoles y se repartía a cada uno según su necesidad" (4, 34-35). Es importante denotar que Lucas es también el evangelista que ha pensado con mayor profundidad el problema religioso de la riqueza y ha insistido con mayor radicalismo en la exigencia espiritual de la pobreza (9). En el libro de los Hechos precisa el modo como debe ser vivida esta exigencia en el contexto específico de la Koinonía cristiana: en su dimensión de renuncia, vivida con los ojos puestos en el reino de los cielos y en el seguimiento de Cristo, la pobreza es experimentada como signo de unión fraterna y testimonio de la comunión de corazones. Comunión que distingue al pueblo de la Nueva Alianza.

La perspectiva de la Regla del Carmelo en materia de pobreza va en esta dirección: "Ningún hermano considerará nada como suyo propio. Tenedlo todo en común. El prior, por medio del hermano que haya designado para este oficio, distribuirá a cada uno cuanto le haga falta, atendiendo a la edad y a las necesidades personales" (c. 10): El Legislador, como otros antes de él, entiende la pobreza en el sentido lucano de Koinonía en la caridad vivida evangélicamente, y ve en la renuncia a la propiedad y en la comunión de bienes una expresión específica de aquella perfección que quiere que tengan los que se llaman hermanos en Cristo. Esta perfección es tener "un solo corazón y una sola alma".

En las fuentes de la comunión fraterna

Esta comunión, donde la pobreza es fruto e indicio de la caridad, es primero una gracia de Dios en el corazón y después un comportamiento observado socialmente. Los hermanos en Cristo están unidos en la práctica del amor, porque obra en sus personas un misterio de unidad, un don de lo alto que es acogido y hecho prosperar. Por consiguiente, no es casual esta descripción programática de la comunidad jerosolimitana: "Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones" (Hch 2, 42). Es el bello semblante de una cristiandad, propuesta como acertada encarnación de la Iglesia de Dios. Si los primeros cristianos de Jerusalén estaban unidos fraternalmente, tanto como para tener, como decía Lucas "un solo corazón y una sola alma", es porque enraizaban la caridad en las enseñanzas de los Apóstoles, en la vivencia de la fracción del pan y en la oración. No se trata de valores sustituibles, sino de exigencias connaturales a la novedad cristiana.

¿Cómo no advertir que estos tres valores están enraizados en la misma estructura de la fórmula de vida cristiana albertina, y propuestos en vista de la Koinonía que los hermanos del Carmelo deberán alcanzar? Cierto, son valores presentes en la entera literatura apostólica, y ya en aquel tiempo patrimonio tradicional del Pueblo de Dios; también es claro que ningún proyecto auténtico de vida religiosa los puede ignorar. Pero no es menos cierto, y todo lo que se ha dicho de la pobreza y de la comunidad de vida lo evidencia suficientemente, que el Patriarca de Jerusalén tenía presente el testimonio recogido en el libro de los Hechos de los Apóstoles.

Las enseñanzas de los apóstoles

Obviamente no se trata de la proclamación de la Buena Noticia hecha a los creyentes con vistas a su conversión, sino de la instrucción que los apóstoles, convertidos en maestros de la verdad divina y de la vida cristiana, daban a los nuevos conversos en vista de una fe más madura y de una caridad más comprometida. Las Escrituras se leían a la luz de los acontecimientos pascuales, se explicaba el misterio del Cristo Salvador, palabra plena y obra perfecta de Dios; se proponía un camino nuevo, cuya novedad y sublime expresión se hallaba en aquellos que tenían a Cristo como su Salvador y Señor. Era, en efecto, la enseñanza apostólica la que articulaba la verdad del hecho cristiano, la que educaba a los fieles en su nueva dignidad y los exhortaba a caminar con coherencia de vida. La verdad de Cristo, la gracia vital de Cristo, la ley nueva de Cristo: he aquí la enseñanza que los primeros cristianos de Jerusalén escuchaban asiduamente.

Pensando bien, el contenido global de los libros del Nuevo Testamento consiste en esto; la sustancia del mensaje que los hijos de la Iglesia de todos los tiempos deben interiorizar y profundizar en la celebración y en la meditación de la Palabra de Dios: "Die ac nocte in lege Domini meditantes" (c.8) "communiter aliquam lectionem sacrae scripturae audiendo" (c.6) (10); "Verbum Domini abundanter habitet in ore et in cordibus vestris" (c. 16). Los primeros cristianos se abrían a la Palabra de Dios, escuchando asiduamente las enseñanzas de los apóstoles. Los hermanos del Carmelo escucharán la Palabra de Dios meditándola, dejándose cubrir por sus riquezas. En estas dos cosas, la finalidad perseguida no puede ser más que ésta: crecer en el conocimiento de Dios y en el conocimiento de sí mismos, a la luz del misterio de Cristo, en tal grado de percibir la posesión de la verdad evangélica como un instinto de vida, cada vez más claro y urgente.

Asiduos en la "fracción del pan"

"Todos los días, precisará Lucas, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez" (Hch 2, 46). Debemos subrayar la normalidad de esta alusión a la Eucaristía cotidiana - porque de Eucaristía se trata (11) - en un cuadro donde el ideal cristiano se refleja en el culto comunitario de los hermanos que tenían "un solo corazón y una sola alma". "El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo? Porque el pan es uno, somos muchos un solo cuerpo, pues todos participamos de ese único pan" (1Co 10, 16 17). Esta doctrina paulina, donde la unidad en la caridad se expresa en la "fracción del pan" y mana de la comunión con el cuerpo de Cristo, es ciertamente conocida por el discípulo Lucas: la ejemplar Koinonía de la Iglesia de Jerusalén se hacía presente en tal modo y de tal fuente manaba (12).

Debemos estar agradecidos a San Alberto por haber dado tanto relieve a la Eucaristía en la estructura comunitaria (c. 12). "Cada mañana" los hermanos participarán todos juntos en la celebración eucarística: es el pan que todos los días desciende del cielo, fuente de energía celeste y de unión fraterna (cf. Hch 2, 46; 1Co 10, 16 17; Jn 6, 48ss); es el nuevo maná que, cada mañana, los nutrirá en su éxodo pascual (cf. Ex 16, 8 21); es el cuerpo de Cristo, sede dinámica de todas las riquezas de Dios. Sede que Cristo, enriqueciéndola con su amor, hará vivir y prosperar en sus personas.

La Eucaristía, precisa la Regla, será celebrada en el oratorio construido a tal propósito "in medio cellularum": centralización material entendida como signo de una centralización vital y unificante. Tener el oratorio para el culto divino construido en medio de las celdas significa, con igual verdad, tener las celdas de los hermanos dispuestas en torno al oratorio: un motivo arquitectónico de unidad, símbolo de la búsqueda de unidad, centrada en el cuerpo de Cristo. Si pensamos que el cuerpo de Cristo es el "templo" nuevo del Nuevo Pueblo de Dios (13), la comunidad carmelitana ideada en el proyecto albertino no puede no aparecer como una asamblea de culto, típica de la "plenitud de los tiempos"; una asamblea convocada a la unidad y llamada todos los días a beber en la fuente de la unidad la Koinonía fraterna, que deberá testimoniar en la Presencia de Dios.

Asiduos en la oración

La Iglesia se alimenta, dice el Concilio, "del pan de vida que ofrece la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo" (Dei Verbum, n. 21). Alrededor de esta mesa de la abundancia divina (Sal 23, 5 6) se reunían con asiduidad los primeros creyentes de Jerusalén; a la misma están convocados cotidianamente los hermanos del Monte Carmelo. Lucas añade el ejercicio de la oración como valor que completa y ejemplifica esta perfección primigenia de la comunidad (Hch 2, 42). Exigencia instintiva de un pueblo que reconoce a su Dios y le habla con voz suplicante para obtener su favor.

Estamos seguros de que cuando el Legislador fijó a los hermanos del Carmelo una vida marcada por la oración frecuente (cc. 8 y 9), tenía la idea de proponer una visión parecida. En la soledad orante y en la celebración cotidiana de la salmodia, los hermanos alabarán a Dios por el misterio de su gracia y expresarán, en modo particular a través de la súplica y de la acción de gracias, las riquezas de la vida evangélica y de la comunión fraterna. Tesoros escondidos que los hermanos "habrán descubierto" en la fuente de la Palabra de Dios.

También el Padrenuestro, oración destinada a aquellos hermanos que no saben leer, entra dentro de esta visión: ¿qué es la oración del Señor sino un compendio de misterios celestes vividos por el Hijo de Dios, el mismo evangelio hecho vida en los corazones; y expresado coherente y espontáneamente en forma orante?(14).

"Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones" (Hch 2, 42). "La multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma" (Hch 4, 32a). El rasgo central es seguramente esta unión fraterna de los hermanos en el amor. En efecto, en la Koinonía aparecen juntos el don de Dios y el compromiso comunitario; y por su mediación, Lucas ve surgir en Jerusalén el semblante ideal de la universalidad de la Iglesia de Dios. Posteriormente, la Koinonía se relaciona con su fuente cotidiana e insustituible: la escucha de la Palabra de Dios y el pan eucarístico; y así, se precisa como pobreza evangélica vivida en la fraternidad del amor; para llegar a ser un compromiso vital y una expresión coherente de la piedad orante. Es agradable constatar la presencia incisiva de estos valores en el documento albertino: lo que fija la Regla del Carmelo es un proyecto de vida, donde la comunidad fraterna reproducirá, de una manera concentrada y articulada, la perfección propia del pueblo de Dios reunido en el nombre de Jesús.

Ceñidos con la armadura de Dios

Los ermitaños, a los que se dirige el documento albertino, habían llegado desde el Occidente latino con la intención de participar de manera diversa (unos como peregrinos penitentes, otros como combatientes cruzados) en la restauración de cristianismo de Tierra Santa y en la conquista de la ciudad santa de Jerusalén. Sin embargo, se habían reunido desde hacía tiempo en el Monte Carmelo para buscar una ciudad infinitamente más preciosa y atrayente. De este modo, la denominada "guerra de Dios", combatida contra los infieles con armas terrenas, pierde su primado, dando paso a una empresa más digna: la conquista de la Jerusalén del cielo con las específicas armas de la soledad orante, de la santa penitencia, de la fe - esperanza - caridad. Ya entendían así el obediente servicio a Cristo Señor. San Alberto les ha fijado en su proyecto de vida este ideal: "iuxta propositum vestrum" (Pról.).

Con la seguridad y la sutileza de un religioso intuitivo, propone a aquellos ermitaños, envueltos en la atmósfera típica de las cruzadas, una fórmula de vida humilde y bondadosa, modelada sobre la Koinonía evangélica de la primera comunidad de Jerusalén. En la intención del Legislador se entrecruzan en modo interesante motivos de historia, de geografía y de teología. Los hermanos del Monte Carmelo conquistarán la Jerusalén del futuro, siguiendo el ejemplo de la primera comunidad surgida en la Jerusalén del pasado. Y el ejemplo de esto lo encontramos en una humanidad nueva, partícipe de las riquezas del Cristo Pascual; la cual se compromete a vivir en la coherencia y en la fidelidad. Y, de este modo, tender a la realización completa del misterio celestial.

A este punto aparece en el documento una nueva línea de fondo: el camino actual es lucha y constancia, vigilancia y perseverancia. El motivo que ha reunido a estos "ermitaños" en el Monte Carmelo es una empresa castrense; porque si es cierto que caminarán hacia la Jerusalén celeste movidos por la gracia de Cristo y fieles a su identidad cristiana, no es menos cierto que este itinerario terreno está lleno de obstáculos y de insidias. El tema es bíblico y con un lenguaje bíblico lo propone el Legislador (15).

"Resistir a las insidias del enemigo "

Llama la atención la secuencia bíblica (Jb 7, 1; 2Tm 3, 12; 1P 5, 8; Ef 6, 11) con la que se abre la parte "exhortativa" de la Regla y se introduce con lógica nitidez el tema del combate cristiano (c. 16). "Tentatio est vita hominis super terram" (cf. Jb 7, 1): la vida terrena es tiempo de prueba y de lucha; el reposo no es del tiempo presente, sino de la plenitud futura. Esta verdad general interpela al cristiano con determinativa urgencia: en efecto se sabe, como dice Pablo, que "todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús, sufrirán persecuciones", (cf. 2Tm 3, 12). Es lo que llama el apóstol "la tribulación del momento presente" (Rm 8, 18; 2Co 4, 17) - una tribulación inevitable (cf. Hch 14, 22), porque la fidelidad cristiana choca con la hostilidad de un mundo seducido por aspiraciones antievangélicas. Esta hostilidad entra en la voluntad maligna del Tentador, que rige la sabiduría de este mundo y busca, con todo tipo de medios, establecer su imperio en la mente y en el corazón de los creyentes: es el "enemigo" invisible que, como león rugiente, ronda buscando a quien devorar (cf. 1P 5, 8). Sean por tanto los hermanos del Carmelo conocedores de esta realidad y recurran a los medios idóneos para poder resistirla. Medios idóneos no hay más que uno, ya indicado por Pablo en su carta a los Efesios. El Legislador recoge las palabras de Pablo para exhortar a los hermanos: "Revestíos de las armas de Dios para poder resistir a las insidias del Diablo" (cf. Ef 6, 11).

Proposición articulada y profundamente pensada. La naturaleza del camino, que desde el bautismo lo debe llevar al "premio de la vida eterna" (cf. c.20), impone al cristiano la adopción de disposiciones y comportamientos propios de un guerrero. El suyo, sin embargo, es un combate particular. "Porque nuestra lucha precisa Pablo no es contra la carne y la sangre, sino contra los Principados, contra las Potestades, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, contra los Espíritus del Mal que están en las alturas" (Ef 6, 12). El cristiano, en efecto, debe "resistir a las insidias del enemigo - diablo"; o sea, para usar una expresión albertina, impedir al Tentador la posibilidad de "insinuarse al alma" (c.17). Esta doble imagen guerrera nos hace pensar en unos combatientes asediados por un enemigo insidioso, que les obliga a estar atentos y a obstaculizar cualquier posibilidad de infiltración. La defensa vigilante del cristiano es en realidad autodefensa de quien quiere permanecer "firme en la fe" contra todo tipo de incitación contraria (16).

Este combate, guiado por la enseña de la fidelidad cristiana y de la coherencia bautismal, necesita de armas apropiadas; y el creyente las encuentra en la "armadura de Dios" que se nos invita a endosar con tenacidad. Pero ¿qué es esta armadura? Es la gracia bautismal de Cristo impresa en los corazones. "Por lo demás, fortalecéos en el Señor y en la fuerza de su poder", especificaba Pablo en este contexto (Ef 6, 10). "La armadura de Dios" es una potencia que proviene de Dios. Esta misma potencia define el evangelio de la salvación (cf. Rm 1, 16) y sostiene el misterio del Cristo muerto y resucitado (1Co 1, 24; Ef 1, 19- 23) - potencia divina convertida en los bautizados en Gracia Vital. Esta visión, según la cual el combate espiritual de la existencia cristiana requiere el uso de un armamento específicamente cristiano, ya daba forma a esta exhortación paulina: "Nosotros, por el contrario, que somos del día, seamos sobrios; revistamos la coraza de la fe y de la caridad, con el yelmo de la esperanza de la salvación" (1 Ts 5, 8). El fiel se comportará como verdadero soldado de Cristo, en la medida en que se defienda con las armas sobrenaturales de la fe esperanza caridad. En un texto similar se dirá: "pertrechémonos con las armas de la luz" y puntualizará: "Revistámonos del Señor Jesús" (Rm 13, 12.14). Con otras palabras: si nos pertrechamos con la "armadura de Dios", viviendo con fidelidad la propia realidad de bautizados, muriendo al "hombre viejo" con sus aspiraciones y acciones, y naciendo al "hombre nuevo" creado por Dios y según Dios (cf. Ef 4, 22-23; Col 3, 9-10).

El apóstol intenta señalar al creyente las armas que deben utilizar en este combate terreno, y que no son sino las riquezas propias de su identidad cristiana amenazada. El combate es áspero y, sin duda, el cristiano lo vencerá de una sola manera: ejercitando, con el coraje prudente y perseverante de un hombre de armas, la vitalidad bautismal que le ha sido donada por la gracia de Dios; testimoniando con su existencia el "hombre nuevo" y permitiendo prosperar en él al heredero de la gloria, que son las imágenes vivas de Jesucristo (17).

"El imperativo de la coherencia cristiana"

Es importante subrayar la especialísima naturaleza del combate cristiano: el fiel, llamado a defenderse de las"insidias del Diablo" y de las "flechas incendiarias del Maligno" (Ef 6, 11.16), luchará con las armas que residen en su interior; y que son las riquezas de su nueva vida; riquezas en las cuales se le hace presente Cristo.

Insistimos sobre este aspecto porque es lo que San Alberto quiere evidenciar.

La precedente imagen paulina de la "armadura de Dios" se desarrolla en el c. 16 de la Regla con una insistencia vistosa, aplicada a los distintos valores que el Legislador quiere ver en los hermanos del Carmelo; valores que deben cultivar en su camino terreno lleno de pruebas. El tema se desarrolla con una calculada libertad, respecto al paralelo paulino de la carta a los Efesios (6, 14 17). Los componentes de la "panoplia", tal como son catalogados por el apóstol, aparecen todos, excepto el denominado "calzado" (18). Por lo que se refiere a la aplicación, el documento sigue en algunos casos el modelo paulino y en otros se aleja, añadiendo nuevas referencias bíblicas. De todos modos, y sin pararse en detalles que podían resultar pesados, indicamos que San Alberto proyecta un combate espiritual, que será una búsqueda comprometida de estos valores: la castidad con los pensamientos santos; la justicia en vista del amor de Dios y del prójimo; la fe, sin la cual es imposible agradar a Dios; la confianza en el único Salvador; la Palabra de Dios, que deberá invertir el corazón de los hermanos y guiar todo su actuar. Como se puede ver, no hay nada que no entre en la catequesis cristiana más normal de todas. Pero, es precisamente en esta normalidad donde reside un mensaje digno de ser subrayado: el Legislador intenta enseñar a los hermanos del Carmelo el único modo de vencer las asechanzas del enemigo. Sólo saldrán victoriosos de la batalla, si usan las armas específicas que recibieron el día de su bautizo. Son soldados empeñados en una batalla sin tregua y, consecuentemente, son personas obligadas a estar preparadas y a ser fuertes en todo momento - como es fuerte y está preparado el soldado pertrechado. Sin duda, su batalla será la cotidiana lucha de la fidelidad cristiana; y la combatirán con la serenidad de quien se reconoce fuerte en el Señor y con la coherencia de quien está decidido a andar de una manera digna de su identidad en Jesucristo (cf. Ef 4, 1; l Ts 2, 12; Col 1, 10; Flp 1, 27) (19).

Una propuesta religiosa diversa

Este c. 16, tan sagazmente pensado, tan denso de doctrina y tan repleto de referencias bíblicas, es suficiente por sí solo para demostrar que el tema del combate cristiano ocupa un puesto de relieve en la intención global del Legislador.

Con tal motivo debemos leer en la misma óptica, también, los capítulos siguientes sobre el trabajo y el silencio (cc. 17 y 18). Los hermanos deberán "emplearse en algún trabajo, para que el diablo os halle siempre ocupados, no sea que por culpa de la ociosidad descubra el Maligno brecha por donde penetrar en vuestras almas" (c.17). Más allá de las enseñanzas y del ejemplo del apóstol Pablo (la larga cita de 2Ts 3, 7 - 12), la llamada al trabajo se encuentra claramente justificada por la necesidad, precedentemente articulada, de "resistir a las insidias del enemigo" (c. 16). San Alberto continúa exhortando a los combatientes a estar preparados siempre.

Por lo que se refiere al silencio (c.18), se citan textos bíblicos como éste: "In silentio et spe erit fortitudo vestra" (Is 30, 15); "In multiloquio peccatum non deerit" (Pr 10, 19); "Qui multis utitur verbis, laedit animam suam" (Si 20, 8). También, se exhorta a los hermanos a la vigilancia y se les pone en guardia contra la facilidad "caer" a causa de la lengua (Si 14, 1; 22, 27; 28, 25- 26). El lenguaje es propio de quien les está advirtiendo para no dejarse coger sin estar preparados, y para no resbalar y caer en la trampa mortal del Tentador (20).

A propósito del trabajo y del silencio se retoma el tema ascético de la autodefensa vigilante y decidida, iniciado en el c.16. El estar ociosos y el hablar mucho son denunciados primariamente como dos defectos que debilitan la solidez de la resistencia, que se debe oponer al adversario en nombre de la fidelidad y de la coherencia.

Surge, así, en el texto albertino una serie de "exhortaciones" unidas temáticamente, donde contemplamos al autor aplicado en definir la naturaleza del combate que los hermanos del Carmelo sostendrán según su "propositum"; precisando, del mismo modo, la modalidad espiritual y ascética. El aspecto más vistoso de esta unidad temática es su extensión material: ocupa más de la tercera parte del texto del documento. No es un dato casual: el combate cristiano es un tema que debe volver a entrar en modo incisivo en una eventual definición de la propuesta religiosa, articulada en la Regla del Carmelo.

Vida "comunitaria" y orientación "ermitaña"

La propuesta albertina está dirigida a una colonia de ermitaños, dispuestos a servir al Señor con la ascesis de la pobreza, de la humildad y de la santa penitencia. Para ello se les fija una fórmula de vida inspirada, en su dimensión comunitaria, en el modelo de la primera Iglesia de Jerusalén. Con todo; esta koinonía (unión fraterna en el amor), no les debe hacer olvidar la orientación originaria de su "propositum". Los ha reunido en el Monte Carmelo una aspiración "ermitaña", la cual no queda oprimida por las nuevas estructuras; al contrario, se encuentra acomodada y conformada, incluida inteligentemente en un proyecto religioso más completo y organizado.

La prueba bíblica del "desierto"

Precisamente la fuerza y la insistencia, con las que es afirmado en la Regla el imperativo del combate cristiano, son una indicación en tal sentido. Encaminados a la conquista de la Jerusalén celeste con el empeño combatiente de la fidelidad cristiana, los hermanos del Carmelo no podrán no comprenderse llamados a perseverar en su ideal ermitaño. De este modo, sabrán que el camino (2Co 5, 7), que es también el suyo, es el de un Israel nuevo; guiado por la promesa de una Pascua Nueva y empeñado en la lucha de un nuevo éxodo - el éxodo de una humanidad que avanza, como un pueblo de peregrinos y de extranjeros, por el duro e inhóspito "desierto" de las pruebas incesantes. "Tentatio est vita hominis super terram" (c. 16) y en la perspectiva de la Regla, este tiempo de prueba se vive y se supera como se vive y se supera la específica "prueba" bíblica del "desierto": perseverando en el camino iniciado, dejándose guiar por la esperanza de la herencia prometida, esperando la salvación del único Salvador; creyendo, contra toda estratagema contraria, en el Dios que promete misericordia y cumple fielmente.

La esperanza celeste, recuerda la Regla a los hermanos del Carmelo, los ha reunido como signo del ideal ermitaño; la misma los compromete a promover el ideal de la Koinonía fraterna con su nueva fórmula de vida.

Esta temática bíblica, convertida en patrimonio tradicional de la espiritualidad cristiana, se hace clara a nivel institucional. No tanto en las cláusulas: "Loca habere poteritis in eremis... " (c.4), como en la insistencia sobre la "celda separada" (c. 5 y 7) y la finalidad asignada a tal orden: "Maneat singuli in cellulis suis, vel iuxta eas, die ac nocte in lege Domini meditantes et orationibus vigilantes, nisi aliis iustis occasionibus occupentur" (c.8).

Es un programa de vida propuesto a un religioso que, no obstante viviendo en comunidad las exigencias evangélicas de la unión fraterna, debe verse como un "ermitaño- combatiente". La celda es el desierto del camino cristiano, el ambiente que recrea en la comunidad la soledad templante del yermo; el lugar donde el carmelita, abriéndose a la Palabra de Dios y velando en oración, se reviste con la armadura de Dios y resiste como conviene a las insidias del enemigo; dejando que se renueve en él, día a día, la victoria Pascual de Cristo Señor. Retirándose al yermo de su celda, desafía al enemigo poco menos que a un duelo; sabiéndose hombre humilde que encuentra en Cristo la fuerza para derrotarlo. Imita en esto al mismo Jesús; de quien se dice en el evangelio de Mateo que "fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo" (4, 1): y , así, medirse con el adversario y transformar en victoria la potencia divina que obraba en él.

"Velando en oración"

Para probar cuanto estamos diciendo, analizamos ahora la puntualización: "in orationibus vigilantes" (c.8). La expresión es típica de la ascesis neotestamentaria. A este propósito son significativas las palabras dichas por Jesús en el huerto: "Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil" (Mc 14, 38 y Mt 26, 41, cf. también Lc 22, 46). Por el contexto, "velar" significa resistir a las flaquezas de la "carne" que, por su tendencia al sueño, pueden inutilizar la presteza del "Espíritu"; y "orar" significa "fortalecerse en el Señor y en la fuerza de su poder" (cf. Ef 6, 10) para permanecer "firmes en la fe" (cf. l Co 16, 13; 1P 5, 8-9) (21).

El contexto ideal es siempre el del combate cristiano. En particular; cuando se habla de "vigilancia" en el Nuevo Testamento, se refiere a aquella característica de la existencia cristiana que indica una espera dinámica y sufrida de la "bienaventurada esperanza". (Tt 2, 11- 13; cf. Lc 12, 35- 40; 21, 34 - 36, 1P 1, 13; Ap 16, 15; también 1Ts 1, 9 10; 1Co 1, 4-9; Rm 8, 25; Gal 5, 5; Flp 3, 20, 2Tm 4, 8). En realidad, se subraya que la esperanza es incierta y puede prolongarse (1Ts 5, 1- 3; cf. Mt 24, 36- 42; Hch 1, 17; 2P 3, 10; Ap 3, 3); también, que la espera cristiana es una espera en la fe, como de noche (2Co 5, 7; Rm 8, 24). Por ello, es una espera que pone a dura prueba la perseverancia del fiel. El primer peligro es el de dormirse, vencidos por el sueño (cf. Mt 25, 5). Debilidad típica de la "carne" (Mc 14, 38; Lc 22, 46), la cual se convertiría así en inconsciente aliada del Enemigo - Tentador, que acecha la firmeza de la fe. Por esto la necesidad de "velar" y de permanecer "vigilantes" tiene el sentido de estar despiertos, con los ojos abiertos en estado de tensión y de presteza. Así, la admonición de Jesús: "Velad... no sea que llegue de improviso (el Señor) y os encuentre dormidos" (Mc 13, 35.36) ha sido recogida en la exhortación paulina: "Así pues, no durmamos como los demás, sino velemos y seamos sobrios" (1 Ts 5, 6). En el fondo se trata de no dejarse vencer por el peso de una noche que se prolonga, de impedir que el corazón se canse y se convierta en un corazón alérgico a las cosas del cielo, de no permitir que se afloje la tensión de la espera, de no ceder a las estratagemas ligadas, seductoras e insidiosas de la "carne" y del Tentador.

Por esto la vigilancia, que es también sobriedad, control de sí, lucidez y realismo, presteza y salud interior (cf. 1Ts 5, 6 8; Rm 13, 13; 1P 5,8; Lc 12, 35-40.45; 21, 34-36), es propuesta en la catequesis apostólica como un esfuerzo ascético del fiel; llamado a defender su propia dignidad a lo largo del camino "nocturno", obstaculizado y doloroso, que es su "exilio" presente y su "éxodo" pascual. Asimismo, por esto, el imperativo de la vigilancia aparece muchas veces asociado al de la oración (Mt 26,41= Mc 14, 38; Lc 21, 36; 22, 46; Col 4, 2; Ef 6, 18; 1P 4, 7) siendo, precisamente, la oración el ejercicio donde con más lucidez es vivida la espera de la beata esperanza y con más eficacia nutrida la tensión del corazón hacia la Jerusalén del cielo. En esta misma línea podemos citar la exhortación de Pablo: "Vivid alegres con la esperanza, pacientes en la tribulación, perseverantes en la oración" (Rm 12, 12).

En el yermo de su propia celda, restaurado y conscientemente buscado, el hermano del Carmelo meditará la Palabra de Dios y velará en oración (c.8). De este modo, será "fuerte en la tribulación"; "firme en la fe", "alegre en la esperanza", y progresará como fiel combatiente y fiel servidor de Cristo en su caminar hacia el premio de la Vida Eterna. Ya San Pablo había concluido su notoria exposición sobre la "armadura de Dios" (Ef 6, 10ss) con una urgente llamada a la oración perseverante y vigilante (v. 18). San Alberto introduce esta llamada en el punto donde más claramente aparece indicada la orientación ermitaña de su "formula vitae". Una prueba ulterior es la "celda yermo", proyectada para hospitar la realidad cotidiana del combate cristiano.

Conclusión

Estas dos tendencias principales, que el examen del dato bíblico permite advertir en el documento albertino, son la vida comunitaria inspirada en la Koinonía ejemplar de la primera Iglesia de Jerusalén, y el compromiso ermitaño y combatiente de religiosos convocados para la conquista de la Jerusalén del cielo. No es una dicotomía, sino una simultaneidad destinada a ser vivida en armonía profunda, como signo de la coherencia bautismal y del radicalismo evangélico.

En la mesurada soledad de la celda yermo, el religioso pensado por San Alberto se enriquece con la Palabra de Dios y vela en oración con la precisa consciencia de un combatiente llamado a "pertrecharse con la armadura de Dios", a permanecer "firmes en la fe", a mantener encendida en el corazón la llama de la esperanza de la herencia celeste; a hacer suya, todos los días, la victoria de Cristo Señor. Por lo que hace a la relación comunitaria, ante todo vive en ella la perfección eclesial del amor y las exigencias cotidianas de la unión fraterna - y en tal modo testimonia que su compromiso ermitaño es una autentica búsqueda de la fidelidad cristiana.

No es posible separarlos. En la unidad de un proyecto articulado, los valores vividos en una línea se reflejan en el compromiso asumido en la otra. En el fondo se trata de vivir el bautismo cada día en fe, esperanza, caridad, desnudándose progresivamente del hombre viejo y revistiéndose del hombre nuevo - tal llamada, junto con la dignidad personal en Cristo y el camino imperativo en la novedad de Cristo, interpela al bautizado y combatiente que obtiene su fuerza en el Señor y en el bautismo que crece en el amor.

No es posible ni siquiera indicar un orden de prioridades. La problemática relación "contemplación-acción", tant discutida un tiempo, queda desterrada de la perspectiva propia y oriunda de la Regla. Sin embargo, existe en la fórmula de vida albertina una tensión, y es la relación entre ideal comunitario y compromiso ermitaño. Tensión que se ajusta a un proyecto unitario; expresión carismática de la novedad de Cristo. Como ermitaños, comprometidos en el combate de la fidelidad cristiana, y como hermanos, reunidos bajo el signo de la comunión cristiana; los frailes ermitaños del Monte Carmelo encarnarán la Iglesia de Dios, convocada en unidad y orientada hacia la plenitud de su misterio.


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1. Se observe que la exhortación: "Y cuanto hagáis realizadlo por la Palabra del Señor", se lee en el paralelo paulino como sigue: "y todo cuanto hagáis de palabra y de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por su medio a Dios Padre". Habitando la Palabra de Dios en los creyentes, la vida de estos se desarrolla delante de Dios y según Dios, testimoniando la abundante gracia de Cristo para glorificar a Dios mismo (cf. Col 3, 16-17; 1Cor 10, 31; 1P 4, 11).

2. El "obsequium Jesu Christi" y el servicio a Cristo Señor caracterizaban particularmente la religiosidad medieval y la cristiandad de las cruzadas: cf. C. CICCONETTI, La Regola del Carmelo. Origine, natura, significato. Roma 1973.

3. Es notoria la expresión paulina: "La obediencia de la fe" (Rm 1, 5; 16, 26), donde el genitivo es epesegético : la misma fe se define como obediencia. Este concepto de una "fe" que es "obediencia" (Rm 1,8=16,19; 10, 16; 15, 18; 16, 19; 2Ts 1, 8...), es una significativa contribución del pensamiento paulino y de aquí cogió el Concilio Vaticano II el tema para delinear los trazos fundamentales de la fe cristiana: "Cuando Dios revela, el hombre tiene que someterse con la fe" (cf. Rm 16, 26; Rm 1, 5; 2Co 10, 5- 6). Por la fe el hombre se entrega entera y libremente a Dios; le ofrece "el homenaje total de su entendimiento y voluntad, asistiendo libremente a lo que Dios revela..." (Dei Verbum, n. 5).

4. Sin duda podemos reconocer a San Alberto, en líneas generales, la intención de proponer un valor similar a aquel que aparece en la exhortación paulina: "Vivid pues según Cristo Jesús, el Señor, tal como le habéis recibido; enraizados y edificados en él; apoyados en la fe tal como se os enseñó..." (Col 2, 6-7).

5. Ver el estudio de PIETRO DELLA MADRE DI DIO, Le fonti bibliche della Regola carmelitana, en Ephemerides Carmeliticae 2 (1948) 65-97.

6. Agere seguitur esse: En este específico caso, el ser es "creación nueva en Cristo Jesús" y el "obrar es comportarse como corresponde a tal identidad nueva". Es la nota dialéctica del indicativo y del imperativo, característica lógica de la exhortación apostólica y expresión típica de la catequesis cristiana. Ejemplos paulinos: "Vivir de una manera digna" de Dios Salvador, del Señor Jesús, del evangelio, de la llamada bautismal (1Ts 2 , 11-12; Coll, 10; Flp 1 , 27; Ef 4, 1); "No extingáis el Espíritu" (1Ts 5, 19) y no "entristezcáis al Espíritu Santo de Dios" (Ef 4, 30); "no recibáis en vano la gracia de Dios" (2Co 6, 1); "dejarse guiar por el Espíritu" (Gal 5, 8) y "vivid según el Espíritu" (5, 16.25; Rm 8, 44ss); "Alabad a Dios con el propio cuerpo" que es "templo del Espíritu Santo" (1Co 6, 19-20); "Despojarse del hombre viejo" y "revestirse del hombre nuevo" (Ef 4, 22-24; Col 3,9-10); "Revestirse de Jesucristo, el Señor" (Rm 13, 14); "Fortaleceos en el Señor y en la fuerza de su poder" (Ef 6, 10); Cumplir "las obras buenas que Dios ha dispuesto de antemano para que las practicásemos" como "creaturas nuevas en Cristo Jesús" (Ef 2, 10), etc.

7. Ya estaba consolidada entre los institutos religiosos la tradición de inspirarse en la Koinonía fraterna y evangélica, vivida por la primitiva Iglesia de Jerusalén (Hch 2, 42-47; 4, 32-35). Ver también Perfectae Caritatis, 15, y B. SECONDIN, La Regola del Carmelo per una nuova interpretazione. Roma 1982, 33-36.

8. Especialmente Ez 11, 19-20; 36, 26-27; también Jr 24, 7; 31, 31-34; 32, 39-40. La Alianza Nueva predicha por los profetas e instaurada en Cristo Jesús: G. HELEWA, la voz Alianza, en Dizionario di Spiritualità dei Laici, coordinado por E. ANCILLI, ed. O. R., Milano 1981, vol. I, 1-16, con bibliografía esencial (pág. 16).

9. F. M. LOPEZ MELUS, Pobreza y riqueza en los evangelios. San Lucas, el evangelista de la pobreza. Madrid 1963; S. LEGASSE, L'appel du riche (Marc 10, 17 31 et parallèles). Contribution a l'étude des fondements scripturaires de l'état religieux. Paris 1966; también J. DUPONT, Les Béatitudes, coll. "Etudes Bibliques", especialmente el vol. III: Les Evangelistes, Paris 1973.

10. Esta aclaración, junto con la orden de la mesa común, es propia del texto "inocentino" de la Regla carmelitana.

11. La "fracción del pan" (Hch 2, 42. 46; 20, 7.11; 27, 35; cf. Lc 24, 30.35): Expresión que se refiere a una comida judáica donde el que preside dice la bendición y parte el pan que después distribuirá. Sin embargo, en el lenguaje cristiano se entiende el rito eucarístico (1Co 10, 16; 11, 24; Lc 22, 19).

12. El Cuerpo "físico" de Cristo, inmaculado y glorificado; el Cuerpo "eucarístico" de Cristo; el Cuerpo "eclesial" de Cristo: triple dimensión de un único misterio donde la soteriología se manifiesta en eclesiología y donde la eclesiología es afirmación de nueva Koinonía en la caridad. G. HELEWA, La Chiesa, Corpo di Cristo, in AA. VV., La Chiesa, sacramento di Comunione, coordinado por E. ANCILLI, Teresianum, Roma 1979, 76-130 (con bibliografía esencial págs. 76-77).

13. "Pero él hablaba del santuario de su cuerpo" (Jn 2, 21). El Cuerpo inmaculado y glorificado del Hijo de Dios es el centro del nuevo culto, del culto que ya se desarrolla "en espíritu y verdad" (Jn 4, 21- 26); es el lugar donde reside la plenitud de la divinidad para la salvación del mundo (cf. Col 1, 19; 29); y, por tanto, es la fuente de toda "gracia y verdad" (Jn 1, 14.16): es el

templo espiritual en el que brota la fuente de agua viva (Jn 7, 37-39; 19, 34; Ap 21, 22; 22, 1; Ez 47, 1ss).

14. Ha permanecido como tradicional en el pensamiento cristiano la definición de Tertuliano, el más antiguo comentador del Padrenuestro: "Breviarium totius Evangelii", es decir, "Compendio de todo el Evangelio" (De Orationibus, I: CCSL, 1, p. 258). Igualmente de perspicaz es la intuición de San Cipriano, obispo africano del siglo tercero: "¡Cómo son numerosos y grandes los misterios de la oración del Señor! Están recogidos con pocas palabras, pero rica es su eficacia espiritual. Ciertamente, nada de aquello que debe constituir nuestras oraciones y nuestras súplicas ha sido omitido; nada que no esté comprendido en este compendio de la doctrina celeste" (De Oratione Dominica, 9: CSEL, 3, 1, p. 272).

15. Para una visión general del tema bíblico del combate cristiano: C. SPICQ, Theologie morale du Nouveau Testament, 2 vol., coll. "Etudes Bibliques", Paris 1965, vol. II, 165-228 y 292-380. También: H. SCHLIER, Machte und Gewalten nach den Neuen Testamente, coll. "Quaestiones Disputatae" 3, Freiburg 1958 (trad. ital: Principati e Potestà nel Nuovo Testamento, Brescia 1967); G. HELEWA, Il combattimento dell'"uomo nuovo" nel messaggio ascetico di Paolo Apostolo, en AA. VV., Ascesi cristiana, coordinado por E. ANCILLI, Teresianum, Roma 1977, 72-115.

16. "Sed sobrios y velad. Vuestro adversario, el Diablo, ronda como león rugiente, buscando a quién devorar. Resistidle firmes en la fe..." (1P 5, 8-9). También Pablo exhorta a esto: "Velad, menteneos firmes en la fe, sed hombres, sed fuertes" (1Co 10, 13; cf. 1Ts 3, 8; 1Co 15, 58; Flp 4, 1; Col 1, así denominada"asechanza (estratagema-insidia) del Diablo" (Ef 6, 11) está dirigida esencialmente contra la fe del discípulo (cf. Lc 22, 31- 32) y éste se defenderá solamente permaneciendo "firme en la fe". La fe es amenazada y la misma fe es el arma con la que se podrán "apagar todos los encendidos dardos del Maligno" (Ef 6, 16). por esto, la fe es también sinónimo de victoria (1Jn 5, 4- 5; también 2, 14). Del resto, quien cree participa vitalmente en la Pascua del Señor - y el Señor muerto y resucitado ha vencido al mundo y al príncipe de este mundo (cf. Jn 12, 31; 14, 1.30; 16, 11.33...).

17. Al formular su mensaje ascético, todo él centrado en el tema del combate, Pablo privilegiaba el lenguaje deportivo y militar: C. SPICQ, L'image sportive de II Cor. IV, 7-9, en Ephemerides Theologicae Lovanienses, 1937, 209-229; id., Gymnastique et morale, en Revue Biblique 54 (1947) 229-242; J. MOLAGER, Saint Paul et l'idéal chrétien du soldat, Lyon 1955; S. ZEDDA, Le metafore sportive di S Paolo, en Rivista Biblica 6 (1958) 248-251; J. P. LAFUENTE, El cristiano en la metáfora castrense de San Pablo, en Analecta Biblica, 18, Roma 1963, 343-358: V. C. PFITZNER, Paul and the Agon Motif. Traditional Athletic Imagery in the Pauline Literature, Brill, Leiden 1967.

18. Ef 6, 15: "calzados los pies con el celo por el Evangelio de la paz". Ciertamente es una referencia a Is 52, 7 (también 40, 3.9), en donde se habla de "los pies del mensajero que trae buenas noticias" - "buenas noticias" que son precisamente la "paz" y la "salvación". En la Vulgata aparece esta traducción: "et calceati pedes in praeparatione evangelii pacis". No sabemos con seguridad el motivo que ha inducido a San Alberto a omitir este elemento. Tal vez no lo ha encontrado en consonancia con un género de vida - precisamente aquel de los "ermitaños" del Carmelo - que no preveía una actividad evangelizadora propiamente dicha.

19. Aquí queremos precisar algunos puntos. No es el caso de distinguir en la "panoplia" divina entre armas "defensivas" y armas "ofensivas": esto se escapa completamente de la perspectiva del apóstol Pablo y de San Alberto. Ni siquiera es el caso de suponer una relación particular entre cada arma mencionada y el valor religioso que esa representa. Finalmente, la designación de los valores cristianos, con los que el fiel está obligado a combatir, está muy lejos de querer agotar este argumento. Tanto Pablo como San Alberto habrían podido indicar a tal propósito también las otras riquezas de la Gracia de Dios. Solamente aparecen algunas indicaciones, elegidas entre otras muchas posibles, de aquella potencia divina global que obra en los bautizados y asegura su victoria. Esta es la enseñanza fundamental de la prolongada metáfora bélica. Porque está acechado por potencias hostiles y porque exige fidelidad, vigilancia, fortaleza y perseverancia, la existencia cristiana aparece parangonada con un combate sin tregua: y el cristiano resistirá a las insidias de aquellas potencias, en la medida en que se comprometerá a construir su vida en Cristo Jesús.

20. Es necesario evitar el error de pensar aquí una perspectiva ascética preponderantemente " negativa". Al inicio y al final de este c. 18 se precisa que el silencio es "culto de la justicia". Y la "justicia" de quien busca en este preeminente valor: agradar a Dios. Y a Dios debemos estar agradecidos también por el hecho de que vigilamos y resistimos a las insidias del enemigo.

21. Se "entra en tentación" cuando nos dejamos vencer por el Tentador. Parangonada con un engaño o una trampa, la tentación es una insidia, en la cual el creyente puede "entrar"; es decir, "caer" y ser cogido. En efecto, quien "entra en una trampa" es uno que "cae en una trampa", que sucumbe a las insidias del Maligno, dejándose, por así decir, engañar. También es ésta la imagen presupuesta con la pregunta del Padrenuestro: "Haz que no caigamos en tentación" (Mt 6, 13; Lc 11, 4). No se le pide al Padre el no ser tentados, sino el ser protegidos por Él en el momento de la tentación. "No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno" (Jn 17, 15).

"Toda palabra de Dios os pueble colmadamente los labios y el corazón. Y cuanto hagáis, realizadlo por la palabra del Señor" (c. 16). Esta invitación dirigida a los "ermitaños" del Carmelo queda confirmada y probada por el ejemplo mismo del Legislador, y por el texto de la Regla. En efecto, nuestra Regla es un proyecto de vida concebido y formulado por una persona en la que habitaba abundantemente la Palabra de Dios y, consecuentemente, una persona guiada por el instinto de pensar y expresar todo con el verbo bíblico. Es tal la presencia de la Palabra de Dios en el documento, que le imprime la forma de un discurso bíblico, inteligentemente conducido, aplicado y articulado. Si pensamos que para San Alberto la Palabra de Dios no podía estar alejada de la persona de Cristo y de las Escrituras que nos presentan a Cristo (1), comprendemos el alcance de la citada exhortación: Vivan los hermanos del Carmelo las riquezas de Cristo, realizándolas en sus personas; y formen la inteligencia de las cosas de Dios en la fuente de las Escrituras. Así, la sabiduría de la vida, los estímulos y las certezas espirituales son cosas de Dios que se ajustan a las necesidades de los creyentes llamados a recorrer el camino cristiano de la coherencia y de la fidelidad con radicalismo evangélico.

La invitación declarada de San Alberto es la de fijar un "estilo de vida" que precise el modo (qualiter) en el cual los ermitaños deberán alcanzar el "propositum", para el cual se han reunido en el Monte Carmelo; y, así, "vivir en obsequio de Jesucristo y servirle fielmente" con recta intención y total donación de sus personas (Pról.). Más allá de cualquier posible interpretación justificada o sugerida por factores históricos o ambientales (2), estas palabras denotan lo que conviene reconocer como vocación común de los bautizados.

Revestidos de Cristo y de su Espíritu, los bautizados pertenecen a Cristo (Gal 3, 27. 29; Rm 8, 9.10) como a su Señor (Flp 2, 9-11), en cuyo reino han sido inseridos por Gracia de Dios (Col 1, 13). Su misma unión a Cristo propone a los bautizados este imperativo: "y murió por todos para que los que vivan no vivan ya para sí, sino para aquel que por ellos murió y resucitó" (2 Co 5, 15). Recordemos el lenguaje incisivo de Rm 14, 8-9: "pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, morimos para el Señor. En fin, sea que vivamos, sea que muramos del Señor somos. Que por esto murió Cristo y resucitó, para dominar sobre muertos y vivos."

Ya la fe, que es obediencia de la mente y del corazón a la divina señoría revelada y operante en el evangelio (cf. Rm 1, 5; 10, 6; 15, 18, 16,(3), señala a los bautizados como personas sujetas a Cristo Señor (cf. 2Co 10, 5), y llamadas a servirle con una total y fiel dedicación. "Y vosotros, de Cristo y Cristo de Dios", recuerda Pablo (1Co 3, 23); y lo mismo precisará: "pues el que en esto sirve a Cristo es grato a Dios y acepto a los hombres" (Rm 14, 18).

Es oportuno resaltar desde el inicio este fundamento de la intención albertina como la verdad más cualificante del hecho cristiano (4). En efecto, es ésta la connotación global y primaria que se obtiene de la frecuente y articulada presencia de la Palabra de Dios en el texto de la Regla.

Al mensaje de la Escritura, sin embargo, el Legislador acude con diversa cautela, ya que se inspira sobre todo en ello, para formular la específica modalidad que deberá encarnar en el Monte Carmelo la mencionada vocación cristiana común. Es tanta la abundancia de material que podríamos analizar, que sería contraproducente, por no decir imposible, estudiar en este trabajo cada una de las referencias bíblicas (5). Dejamos no pocos elementos, importantes en sí mismos y bíblicamente relevantes; elementos que confieren a la Regla armonía e integridad, pero que entran dentro del grupo de los valores comunes a cualquier forma de vida religiosa. Pensamos que el mejor método sea el de aislar los temas de fondo que presentan con mayor claridad la estructura de la "fórmula de vida" propuesta y el "espíritu" que la debería modelar, según la intención del Legislador. Con otras palabras: haremos una lectura selectiva, atentos a los aportes bíblicos que con más claridad expresan la originalidad del proyecto albertino.

Anticipando, podemos decir que este proyecto, tal como se puede intuir a la luz del dato escriturístico, aparece como la expresión institucional de un compromiso y de un ideal. Ambos concebidos como búsqueda consciente de una coherencia cristiana radical. El ideal es una vida común que reproduzca el rostro y el alma de la primera comunidad cristiana de Jerusalén. Comunidad ejemplarmente descrita en el libro de los Hechos de los Apóstoles. El compromiso, a que obliga tal ideal, es principalmente un combate vigilante y perseverante. Destinado a creyentes decididos a defender su propia identidad bautismal y a vivir, de una manera renovada en sus personas, la victoria pascual de Cristo Señor.

La simultánea presencia de estas dos tendencias da a la Regla una tensión característica: La primera tendencia encuentra su verificación coherente en un proyecto comunitario, donde la unión fraterna es vehículo y lugar para vivir en "obsequio de Jesucristo", con riqueza y novedad. Y así ser digna de la "futura plenitud de los tiempos". La segunda tendencia, por el contrario, se encauza en una orientación a simple vista divergente: No obstante viviendo en comunidad y buscando la perfección evangélica de la unión fraterna, el carmelita combatirá la batalla de la fidelidad cristiana en el "yermo", apoyado en una soledad vigilante, orante y mesurada. Precisamente, en la relación así vivida radica, a nuestro modo de ver, la propuesta religiosa más original de la Regla al menos esto es lo que sugiere el dato bíblico.

Sin embargo, precisamos que nos dejaremos guiar por una indicación metodológica presente en la estructura literaria del documento. Entre el prólogo y el epílogo es fácil individuar, ateniéndonos a su lenguaje y contenido, dos partes principales: en la primera, que llamaremos "institucional", aparece fijada en sus elementos estructurales, de comunión fraterna, de práctica cultual y ascética, la vida religiosa que los hermanos del Carmelo deberán observar (cc. 1-16); en la segunda parte, que convendría llamar "exhortativa", esta fórmula de vida se explica y puntualiza en su dimensión evangélica y en su finalidad espiritual (cc. 17- 21). Como se ve, las dos partes son complementarias; de manera que el aporte específico de la una se refleja lógicamente en la otra. Sin duda, esta tensión constituye la clave de lectura imprescindible.

A partir de estas premisas y con la certeza de que la palabra bíblica está presente en la Regla como vehículo de privilegiada expresividad, y como fuente de inspiración y garantía de autenticidad cristiana, examinaremos estos tres puntos de una manera progresiva: 1.) Un proyecto de vida común inspirado en el testimonio ejemplar del libro de los Hechos de los Apóstoles. 2.) El diario combate espiritual, pertrechados con la armadura de la soledad propia del ermitaño. 3.) Una fecunda tensión encaminada a la evangelización.

No pensamos que con ello se agoten los tesoros contenidos en la Regla del Carmelo. Nuestro propósito será simplemente hacer emerger algunas orientaciones de fondo, tal como éstas se pueden intuir a la luz del texto bíblico empleado por San Alberto.

"Comunión" y "comunidad"

Escribe Pablo a los Efesios: "Os exhorto... a que viváis de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados" (4, 1). Por una parte, la llamada divina que interpela a los fieles con la voz vitalmente renovadora de la Gracia de Cristo; por otra parte, el imperativo práctico que se deduce: Caminen los fieles con el empeño de la coherencia de vida, y movidos por la misma gracia, en aquella novedad de ser y de vida que los defina como hombres que viven en la presencia de Dios. La realidad de la novedad cristiana suscita el imperativo de un nuevo comportamiento (6). Precisando este comportamiento, el apóstol añade "con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor, poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz" (vv. 2-3). Es la comunión fraterna, concretamente vivida, el camino nuevo que se ofrece a quienes han sido introducidos en la novedad de Cristo. Y para confirmar esta relación, Pablo nos recuerda que esta novedad es objetivamente un misterio de comunión: "Un solo cuerpo, un solo Espíritu, [...] una sola esperanza [...], un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y padre de todos" (vv. 4- 6).

Hemos querido subrayar esta doctrina paulina porque es una temática común y central en la catequesis de Pablo; porque tal temática es utilizada por el autor del libro de los Hechos, allí donde se presenta el rostro ideal de la nueva Iglesia de Cristo; y porque el Legislador del Carmelo se inspira, ciertamente, en la propuesta del evangelista Lucas.

Es necesario reconocer que la comunión fraterna, vivida como la expresión evangélica de la caridad, cualifica profundamente el proyecto religioso formulado en la Regla de Carmelo. El modo en que deberá ser elegido el prior (c. 3); el modo como se asignará a cada uno una celda propia (c. 5); la mesa común, mientras escuchan algún fragmento de la Sagrada Escritura (c. 6); la celebración común de la liturgia de las Horas (c. 9); la comunión de bienes,"teniendo en cuenta la edad y las necesidades de cada uno" (c. 10); la común y cotidiana celebración eucarística (c. 12); la periódica reunión comunitaria y la corrección fraterna "caritate media" (c. 13); la benévola discreción con la que se propone la ascesis corporal (cc. 14 y 15); la figura del prior como humilde servidor de los hermanos (c. 19): son algunos rasgos que, globalmente analizados, definen un proyecto de vida, pensado y propuesto como búsqueda de comunión fraterna madura y generosa, humilde y caritativa. "Vínculo de Perfección" (Col 3, 14) y vitalidad especifica de la familia de Dios, nacida en Jesucristo (Rm 5, 5; 8, 14--17. 29); la caridad es la realidad que "construye" la Iglesia (1Co 8, 2) y da al pueblo de Dios la posibilidad de vivir como comunidad de hermanos. Incluye la paciencia y la humildad, la bondad y la conmiseración, la benignidad y el respeto recíproco, la generosidad y el servicio, la comprensión y el perdón (1Co 13, 4-7; Gal 5, 13-15.22; 6, 1-2; Rm 12, 9-16; Ef 4, 2-3.31-32; 5,1-2; Flp 2,1-4; Col 3, 12-14; 1P 1, 22-23; 3, 8-9; etc) - todos ellos, rasgos propios del semblante comunitario y fraterno de la identidad cristiana. Sin duda, la Regla del Carmelo puede ser leída como una afirmación articulada en torno a la caridad: que mana de las fuentes de la Eucaristía diaria, de la oración perseverante, de la Palabra de Dios meditada asiduamente. La caridad es verdaderamente el vínculo que dará consistencia a la vida común, fijada para los hermanos del Carmelo, y la proyectará como comunidad cristiana sólidamente fundada en la presencia de Dios.

"Un solo corazón y una sola alma"

Esta visión, anclada en el fundamento de la caridad e inspirada en la verdad de que la unión fraterna es la originalidad de una vivencia sincera del hecho cristiano, San Alberto la ve cristalizada en el libro de los Hechos de los Apóstoles; donde aparece como "piedra angular" de las primeras comunidades (7).

"La multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma" (Hch 4, 32a). El intento es el de proponer una novedad antropológica que surge con la Palabra del Señor y con Pentecostés. Y que se nos aparece encarnada en la primera comunidad de Jerusalén. La Nueva Alianza ya realizada: tener "un solo corazón y una sola alma", así lo comprende Lucas; y la perfección de una humanidad capaz de vivir en caridad por la fuerza renovadora de Dios y, de este modo, agradar a Dios. Una comunidad donde cada persona, revestida en su interior por la energía divina del Espíritu, ha recibido un corazón nuevo y un espíritu nuevo (8). Escribe Pablo, el teólogo de la "novedad del Espíritu" (Rm 7, 6) y de la "ley del Espíritu" (8, 2): "y la esperanza no quedará confundida, pues el amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones por virtud del Espíritu Santo, que nos ha sido dado" (5, 5).

Semblante ejemplar de una humanidad renovada en Cristo por la potencia del Espíritu Santo, que el evangelista Lucas, tomando la realidad de la comunidad de Jerusalén, nos describe en la segunda parte del verso: "nadie llamaba suyos a sus bienes, sino que todo era en común entre ellos" (Hch 4, 32b). Desde la comunión de corazones, hasta la comunión de bienes. La fraternidad evangélica de los nuevos tiempos, vivida en su radicalidad, excluye aquel factor de distinción social, de interés cerrado y de egoísmo divisor, llamado propiedad privada. Y, así, la renuncia personal a los bienes de la tierra toma un sentido profundamente cristiano: vivir la pobreza como conviene a una comunidad que tiene "un solo corazón y una sola alma"; por ello, una comunidad obligada a testimoniar la unidad cristiana en la práctica. Lucas insiste sobre este aspecto de la "Koinonía evangélica" cristiana, que modela la primitiva Iglesia de Jerusalén: "Todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común; vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno" (Hch 2, 44 45); y aún: "No había entre ellos ningún necesitado, porque todos los que poseían campos o casas las vendían, traían el importe de la venta, y lo ponían a los pies de los apóstoles y se repartía a cada uno según su necesidad" (4, 34-35). Es importante denotar que Lucas es también el evangelista que ha pensado con mayor profundidad el problema religioso de la riqueza y ha insistido con mayor radicalismo en la exigencia espiritual de la pobreza (9). En el libro de los Hechos precisa el modo como debe ser vivida esta exigencia en el contexto específico de la Koinonía cristiana: en su dimensión de renuncia, vivida con los ojos puestos en el reino de los cielos y en el seguimiento de Cristo, la pobreza es experimentada como signo de unión fraterna y testimonio de la comunión de corazones. Comunión que distingue al pueblo de la Nueva Alianza.

La perspectiva de la Regla del Carmelo en materia de pobreza va en esta dirección: "Ningún hermano considerará nada como suyo propio. Tenedlo todo en común. El prior, por medio del hermano que haya designado para este oficio, distribuirá a cada uno cuanto le haga falta, atendiendo a la edad y a las necesidades personales" (c. 10): El Legislador, como otros antes de él, entiende la pobreza en el sentido lucano de Koinonía en la caridad vivida evangélicamente, y ve en la renuncia a la propiedad y en la comunión de bienes una expresión específica de aquella perfección que quiere que tengan los que se llaman hermanos en Cristo. Esta perfección es tener "un solo corazón y una sola alma".

En las fuentes de la comunión fraterna

Esta comunión, donde la pobreza es fruto e indicio de la caridad, es primero una gracia de Dios en el corazón y después un comportamiento observado socialmente. Los hermanos en Cristo están unidos en la práctica del amor, porque obra en sus personas un misterio de unidad, un don de lo alto que es acogido y hecho prosperar. Por consiguiente, no es casual esta descripción programática de la comunidad jerosolimitana: "Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones" (Hch 2, 42). Es el bello semblante de una cristiandad, propuesta como acertada encarnación de la Iglesia de Dios. Si los primeros cristianos de Jerusalén estaban unidos fraternalmente, tanto como para tener, como decía Lucas "un solo corazón y una sola alma", es porque enraizaban la caridad en las enseñanzas de los Apóstoles, en la vivencia de la fracción del pan y en la oración. No se trata de valores sustituibles, sino de exigencias connaturales a la novedad cristiana.

¿Cómo no advertir que estos tres valores están enraizados en la misma estructura de la fórmula de vida cristiana albertina, y propuestos en vista de la Koinonía que los hermanos del Carmelo deberán alcanzar? Cierto, son valores presentes en la entera literatura apostólica, y ya en aquel tiempo patrimonio tradicional del Pueblo de Dios; también es claro que ningún proyecto auténtico de vida religiosa los puede ignorar. Pero no es menos cierto, y todo lo que se ha dicho de la pobreza y de la comunidad de vida lo evidencia suficientemente, que el Patriarca de Jerusalén tenía presente el testimonio recogido en el libro de los Hechos de los Apóstoles.

Las enseñanzas de los apóstoles

Obviamente no se trata de la proclamación de la Buena Noticia hecha a los creyentes con vistas a su conversión, sino de la instrucción que los apóstoles, convertidos en maestros de la verdad divina y de la vida cristiana, daban a los nuevos conversos en vista de una fe más madura y de una caridad más comprometida. Las Escrituras se leían a la luz de los acontecimientos pascuales, se explicaba el misterio del Cristo Salvador, palabra plena y obra perfecta de Dios; se proponía un camino nuevo, cuya novedad y sublime expresión se hallaba en aquellos que tenían a Cristo como su Salvador y Señor. Era, en efecto, la enseñanza apostólica la que articulaba la verdad del hecho cristiano, la que educaba a los fieles en su nueva dignidad y los exhortaba a caminar con coherencia de vida. La verdad de Cristo, la gracia vital de Cristo, la ley nueva de Cristo: he aquí la enseñanza que los primeros cristianos de Jerusalén escuchaban asiduamente.

Pensando bien, el contenido global de los libros del Nuevo Testamento consiste en esto; la sustancia del mensaje que los hijos de la Iglesia de todos los tiempos deben interiorizar y profundizar en la celebración y en la meditación de la Palabra de Dios: "Die ac nocte in lege Domini meditantes" (c.8) "communiter aliquam lectionem sacrae scripturae audiendo" (c.6) (10); "Verbum Domini abundanter habitet in ore et in cordibus vestris" (c. 16). Los primeros cristianos se abrían a la Palabra de Dios, escuchando asiduamente las enseñanzas de los apóstoles. Los hermanos del Carmelo escucharán la Palabra de Dios meditándola, dejándose cubrir por sus riquezas. En estas dos cosas, la finalidad perseguida no puede ser más que ésta: crecer en el conocimiento de Dios y en el conocimiento de sí mismos, a la luz del misterio de Cristo, en tal grado de percibir la posesión de la verdad evangélica como un instinto de vida, cada vez más claro y urgente.

Asiduos en la "fracción del pan"

"Todos los días, precisará Lucas, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez" (Hch 2, 46). Debemos subrayar la normalidad de esta alusión a la Eucaristía cotidiana - porque de Eucaristía se trata (11) - en un cuadro donde el ideal cristiano se refleja en el culto comunitario de los hermanos que tenían "un solo corazón y una sola alma". "El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo? Porque el pan es uno, somos muchos un solo cuerpo, pues todos participamos de ese único pan" (1Co 10, 16 17). Esta doctrina paulina, donde la unidad en la caridad se expresa en la "fracción del pan" y mana de la comunión con el cuerpo de Cristo, es ciertamente conocida por el discípulo Lucas: la ejemplar Koinonía de la Iglesia de Jerusalén se hacía presente en tal modo y de tal fuente manaba (12).

Debemos estar agradecidos a San Alberto por haber dado tanto relieve a la Eucaristía en la estructura comunitaria (c. 12). "Cada mañana" los hermanos participarán todos juntos en la celebración eucarística: es el pan que todos los días desciende del cielo, fuente de energía celeste y de unión fraterna (cf. Hch 2, 46; 1Co 10, 16 17; Jn 6, 48ss); es el nuevo maná que, cada mañana, los nutrirá en su éxodo pascual (cf. Ex 16, 8 21); es el cuerpo de Cristo, sede dinámica de todas las riquezas de Dios. Sede que Cristo, enriqueciéndola con su amor, hará vivir y prosperar en sus personas.

La Eucaristía, precisa la Regla, será celebrada en el oratorio construido a tal propósito "in medio cellularum": centralización material entendida como signo de una centralización vital y unificante. Tener el oratorio para el culto divino construido en medio de las celdas significa, con igual verdad, tener las celdas de los hermanos dispuestas en torno al oratorio: un motivo arquitectónico de unidad, símbolo de la búsqueda de unidad, centrada en el cuerpo de Cristo. Si pensamos que el cuerpo de Cristo es el "templo" nuevo del Nuevo Pueblo de Dios (13), la comunidad carmelitana ideada en el proyecto albertino no puede no aparecer como una asamblea de culto, típica de la "plenitud de los tiempos"; una asamblea convocada a la unidad y llamada todos los días a beber en la fuente de la unidad la Koinonía fraterna, que deberá testimoniar en la Presencia de Dios.

Asiduos en la oración

La Iglesia se alimenta, dice el Concilio, "del pan de vida que ofrece la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo" (Dei Verbum, n. 21). Alrededor de esta mesa de la abundancia divina (Sal 23, 5 6) se reunían con asiduidad los primeros creyentes de Jerusalén; a la misma están convocados cotidianamente los hermanos del Monte Carmelo. Lucas añade el ejercicio de la oración como valor que completa y ejemplifica esta perfección primigenia de la comunidad (Hch 2, 42). Exigencia instintiva de un pueblo que reconoce a su Dios y le habla con voz suplicante para obtener su favor.

Estamos seguros de que cuando el Legislador fijó a los hermanos del Carmelo una vida marcada por la oración frecuente (cc. 8 y 9), tenía la idea de proponer una visión parecida. En la soledad orante y en la celebración cotidiana de la salmodia, los hermanos alabarán a Dios por el misterio de su gracia y expresarán, en modo particular a través de la súplica y de la acción de gracias, las riquezas de la vida evangélica y de la comunión fraterna. Tesoros escondidos que los hermanos "habrán descubierto" en la fuente de la Palabra de Dios.

También el Padrenuestro, oración destinada a aquellos hermanos que no saben leer, entra dentro de esta visión: ¿qué es la oración del Señor sino un compendio de misterios celestes vividos por el Hijo de Dios, el mismo evangelio hecho vida en los corazones; y expresado coherente y espontáneamente en forma orante?(14).

"Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones" (Hch 2, 42). "La multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma" (Hch 4, 32a). El rasgo central es seguramente esta unión fraterna de los hermanos en el amor. En efecto, en la Koinonía aparecen juntos el don de Dios y el compromiso comunitario; y por su mediación, Lucas ve surgir en Jerusalén el semblante ideal de la universalidad de la Iglesia de Dios. Posteriormente, la Koinonía se relaciona con su fuente cotidiana e insustituible: la escucha de la Palabra de Dios y el pan eucarístico; y así, se precisa como pobreza evangélica vivida en la fraternidad del amor; para llegar a ser un compromiso vital y una expresión coherente de la piedad orante. Es agradable constatar la presencia incisiva de estos valores en el documento albertino: lo que fija la Regla del Carmelo es un proyecto de vida, donde la comunidad fraterna reproducirá, de una manera concentrada y articulada, la perfección propia del pueblo de Dios reunido en el nombre de Jesús.

Ceñidos con la armadura de Dios

Los ermitaños, a los que se dirige el documento albertino, habían llegado desde el Occidente latino con la intención de participar de manera diversa (unos como peregrinos penitentes, otros como combatientes cruzados) en la restauración de cristianismo de Tierra Santa y en la conquista de la ciudad santa de Jerusalén. Sin embargo, se habían reunido desde hacía tiempo en el Monte Carmelo para buscar una ciudad infinitamente más preciosa y atrayente. De este modo, la denominada "guerra de Dios", combatida contra los infieles con armas terrenas, pierde su primado, dando paso a una empresa más digna: la conquista de la Jerusalén del cielo con las específicas armas de la soledad orante, de la santa penitencia, de la fe - esperanza - caridad. Ya entendían así el obediente servicio a Cristo Señor. San Alberto les ha fijado en su proyecto de vida este ideal: "iuxta propositum vestrum" (Pról.).

Con la seguridad y la sutileza de un religioso intuitivo, propone a aquellos ermitaños, envueltos en la atmósfera típica de las cruzadas, una fórmula de vida humilde y bondadosa, modelada sobre la Koinonía evangélica de la primera comunidad de Jerusalén. En la intención del Legislador se entrecruzan en modo interesante motivos de historia, de geografía y de teología. Los hermanos del Monte Carmelo conquistarán la Jerusalén del futuro, siguiendo el ejemplo de la primera comunidad surgida en la Jerusalén del pasado. Y el ejemplo de esto lo encontramos en una humanidad nueva, partícipe de las riquezas del Cristo Pascual; la cual se compromete a vivir en la coherencia y en la fidelidad. Y, de este modo, tender a la realización completa del misterio celestial.

A este punto aparece en el documento una nueva línea de fondo: el camino actual es lucha y constancia, vigilancia y perseverancia. El motivo que ha reunido a estos "ermitaños" en el Monte Carmelo es una empresa castrense; porque si es cierto que caminarán hacia la Jerusalén celeste movidos por la gracia de Cristo y fieles a su identidad cristiana, no es menos cierto que este itinerario terreno está lleno de obstáculos y de insidias. El tema es bíblico y con un lenguaje bíblico lo propone el Legislador (15).

"Resistir a las insidias del enemigo "

Llama la atención la secuencia bíblica (Jb 7, 1; 2Tm 3, 12; 1P 5, 8; Ef 6, 11) con la que se abre la parte "exhortativa" de la Regla y se introduce con lógica nitidez el tema del combate cristiano (c. 16). "Tentatio est vita hominis super terram" (cf. Jb 7, 1): la vida terrena es tiempo de prueba y de lucha; el reposo no es del tiempo presente, sino de la plenitud futura. Esta verdad general interpela al cristiano con determinativa urgencia: en efecto se sabe, como dice Pablo, que "todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús, sufrirán persecuciones", (cf. 2Tm 3, 12). Es lo que llama el apóstol "la tribulación del momento presente" (Rm 8, 18; 2Co 4, 17) - una tribulación inevitable (cf. Hch 14, 22), porque la fidelidad cristiana choca con la hostilidad de un mundo seducido por aspiraciones antievangélicas. Esta hostilidad entra en la voluntad maligna del Tentador, que rige la sabiduría de este mundo y busca, con todo tipo de medios, establecer su imperio en la mente y en el corazón de los creyentes: es el "enemigo" invisible que, como león rugiente, ronda buscando a quien devorar (cf. 1P 5, 8). Sean por tanto los hermanos del Carmelo conocedores de esta realidad y recurran a los medios idóneos para poder resistirla. Medios idóneos no hay más que uno, ya indicado por Pablo en su carta a los Efesios. El Legislador recoge las palabras de Pablo para exhortar a los hermanos: "Revestíos de las armas de Dios para poder resistir a las insidias del Diablo" (cf. Ef 6, 11).

Proposición articulada y profundamente pensada. La naturaleza del camino, que desde el bautismo lo debe llevar al "premio de la vida eterna" (cf. c.20), impone al cristiano la adopción de disposiciones y comportamientos propios de un guerrero. El suyo, sin embargo, es un combate particular. "Porque nuestra lucha precisa Pablo no es contra la carne y la sangre, sino contra los Principados, contra las Potestades, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, contra los Espíritus del Mal que están en las alturas" (Ef 6, 12). El cristiano, en efecto, debe "resistir a las insidias del enemigo - diablo"; o sea, para usar una expresión albertina, impedir al Tentador la posibilidad de "insinuarse al alma" (c.17). Esta doble imagen guerrera nos hace pensar en unos combatientes asediados por un enemigo insidioso, que les obliga a estar atentos y a obstaculizar cualquier posibilidad de infiltración. La defensa vigilante del cristiano es en realidad autodefensa de quien quiere permanecer "firme en la fe" contra todo tipo de incitación contraria (16).

Este combate, guiado por la enseña de la fidelidad cristiana y de la coherencia bautismal, necesita de armas apropiadas; y el creyente las encuentra en la "armadura de Dios" que se nos invita a endosar con tenacidad. Pero ¿qué es esta armadura? Es la gracia bautismal de Cristo impresa en los corazones. "Por lo demás, fortalecéos en el Señor y en la fuerza de su poder", especificaba Pablo en este contexto (Ef 6, 10). "La armadura de Dios" es una potencia que proviene de Dios. Esta misma potencia define el evangelio de la salvación (cf. Rm 1, 16) y sostiene el misterio del Cristo muerto y resucitado (1Co 1, 24; Ef 1, 19- 23) - potencia divina convertida en los bautizados en Gracia Vital. Esta visión, según la cual el combate espiritual de la existencia cristiana requiere el uso de un armamento específicamente cristiano, ya daba forma a esta exhortación paulina: "Nosotros, por el contrario, que somos del día, seamos sobrios; revistamos la coraza de la fe y de la caridad, con el yelmo de la esperanza de la salvación" (1 Ts 5, 8). El fiel se comportará como verdadero soldado de Cristo, en la medida en que se defienda con las armas sobrenaturales de la fe esperanza caridad. En un texto similar se dirá: "pertrechémonos con las armas de la luz" y puntualizará: "Revistámonos del Señor Jesús" (Rm 13, 12.14). Con otras palabras: si nos pertrechamos con la "armadura de Dios", viviendo con fidelidad la propia realidad de bautizados, muriendo al "hombre viejo" con sus aspiraciones y acciones, y naciendo al "hombre nuevo" creado por Dios y según Dios (cf. Ef 4, 22-23; Col 3, 9-10).

El apóstol intenta señalar al creyente las armas que deben utilizar en este combate terreno, y que no son sino las riquezas propias de su identidad cristiana amenazada. El combate es áspero y, sin duda, el cristiano lo vencerá de una sola manera: ejercitando, con el coraje prudente y perseverante de un hombre de armas, la vitalidad bautismal que le ha sido donada por la gracia de Dios; testimoniando con su existencia el "hombre nuevo" y permitiendo prosperar en él al heredero de la gloria, que son las imágenes vivas de Jesucristo (17).

"El imperativo de la coherencia cristiana"

Es importante subrayar la especialísima naturaleza del combate cristiano: el fiel, llamado a defenderse de las"insidias del Diablo" y de las "flechas incendiarias del Maligno" (Ef 6, 11.16), luchará con las armas que residen en su interior; y que son las riquezas de su nueva vida; riquezas en las cuales se le hace presente Cristo.

Insistimos sobre este aspecto porque es lo que San Alberto quiere evidenciar.

La precedente imagen paulina de la "armadura de Dios" se desarrolla en el c. 16 de la Regla con una insistencia vistosa, aplicada a los distintos valores que el Legislador quiere ver en los hermanos del Carmelo; valores que deben cultivar en su camino terreno lleno de pruebas. El tema se desarrolla con una calculada libertad, respecto al paralelo paulino de la carta a los Efesios (6, 14 17). Los componentes de la "panoplia", tal como son catalogados por el apóstol, aparecen todos, excepto el denominado "calzado" (18). Por lo que se refiere a la aplicación, el documento sigue en algunos casos el modelo paulino y en otros se aleja, añadiendo nuevas referencias bíblicas. De todos modos, y sin pararse en detalles que podían resultar pesados, indicamos que San Alberto proyecta un combate espiritual, que será una búsqueda comprometida de estos valores: la castidad con los pensamientos santos; la justicia en vista del amor de Dios y del prójimo; la fe, sin la cual es imposible agradar a Dios; la confianza en el único Salvador; la Palabra de Dios, que deberá invertir el corazón de los hermanos y guiar todo su actuar. Como se puede ver, no hay nada que no entre en la catequesis cristiana más normal de todas. Pero, es precisamente en esta normalidad donde reside un mensaje digno de ser subrayado: el Legislador intenta enseñar a los hermanos del Carmelo el único modo de vencer las asechanzas del enemigo. Sólo saldrán victoriosos de la batalla, si usan las armas específicas que recibieron el día de su bautizo. Son soldados empeñados en una batalla sin tregua y, consecuentemente, son personas obligadas a estar preparadas y a ser fuertes en todo momento - como es fuerte y está preparado el soldado pertrechado. Sin duda, su batalla será la cotidiana lucha de la fidelidad cristiana; y la combatirán con la serenidad de quien se reconoce fuerte en el Señor y con la coherencia de quien está decidido a andar de una manera digna de su identidad en Jesucristo (cf. Ef 4, 1; l Ts 2, 12; Col 1, 10; Flp 1, 27) (19).

Una propuesta religiosa diversa

Este c. 16, tan sagazmente pensado, tan denso de doctrina y tan repleto de referencias bíblicas, es suficiente por sí solo para demostrar que el tema del combate cristiano ocupa un puesto de relieve en la intención global del Legislador.

Con tal motivo debemos leer en la misma óptica, también, los capítulos siguientes sobre el trabajo y el silencio (cc. 17 y 18). Los hermanos deberán "emplearse en algún trabajo, para que el diablo os halle siempre ocupados, no sea que por culpa de la ociosidad descubra el Maligno brecha por donde penetrar en vuestras almas" (c.17). Más allá de las enseñanzas y del ejemplo del apóstol Pablo (la larga cita de 2Ts 3, 7 - 12), la llamada al trabajo se encuentra claramente justificada por la necesidad, precedentemente articulada, de "resistir a las insidias del enemigo" (c. 16). San Alberto continúa exhortando a los combatientes a estar preparados siempre.

Por lo que se refiere al silencio (c.18), se citan textos bíblicos como éste: "In silentio et spe erit fortitudo vestra" (Is 30, 15); "In multiloquio peccatum non deerit" (Pr 10, 19); "Qui multis utitur verbis, laedit animam suam" (Si 20, 8). También, se exhorta a los hermanos a la vigilancia y se les pone en guardia contra la facilidad "caer" a causa de la lengua (Si 14, 1; 22, 27; 28, 25- 26). El lenguaje es propio de quien les está advirtiendo para no dejarse coger sin estar preparados, y para no resbalar y caer en la trampa mortal del Tentador (20).

A propósito del trabajo y del silencio se retoma el tema ascético de la autodefensa vigilante y decidida, iniciado en el c.16. El estar ociosos y el hablar mucho son denunciados primariamente como dos defectos que debilitan la solidez de la resistencia, que se debe oponer al adversario en nombre de la fidelidad y de la coherencia.

Surge, así, en el texto albertino una serie de "exhortaciones" unidas temáticamente, donde contemplamos al autor aplicado en definir la naturaleza del combate que los hermanos del Carmelo sostendrán según su "propositum"; precisando, del mismo modo, la modalidad espiritual y ascética. El aspecto más vistoso de esta unidad temática es su extensión material: ocupa más de la tercera parte del texto del documento. No es un dato casual: el combate cristiano es un tema que debe volver a entrar en modo incisivo en una eventual definición de la propuesta religiosa, articulada en la Regla del Carmelo.

Vida "comunitaria" y orientación "ermitaña"

La propuesta albertina está dirigida a una colonia de ermitaños, dispuestos a servir al Señor con la ascesis de la pobreza, de la humildad y de la santa penitencia. Para ello se les fija una fórmula de vida inspirada, en su dimensión comunitaria, en el modelo de la primera Iglesia de Jerusalén. Con todo; esta koinonía (unión fraterna en el amor), no les debe hacer olvidar la orientación originaria de su "propositum". Los ha reunido en el Monte Carmelo una aspiración "ermitaña", la cual no queda oprimida por las nuevas estructuras; al contrario, se encuentra acomodada y conformada, incluida inteligentemente en un proyecto religioso más completo y organizado.

La prueba bíblica del "desierto"

Precisamente la fuerza y la insistencia, con las que es afirmado en la Regla el imperativo del combate cristiano, son una indicación en tal sentido. Encaminados a la conquista de la Jerusalén celeste con el empeño combatiente de la fidelidad cristiana, los hermanos del Carmelo no podrán no comprenderse llamados a perseverar en su ideal ermitaño. De este modo, sabrán que el camino (2Co 5, 7), que es también el suyo, es el de un Israel nuevo; guiado por la promesa de una Pascua Nueva y empeñado en la lucha de un nuevo éxodo - el éxodo de una humanidad que avanza, como un pueblo de peregrinos y de extranjeros, por el duro e inhóspito "desierto" de las pruebas incesantes. "Tentatio est vita hominis super terram" (c. 16) y en la perspectiva de la Regla, este tiempo de prueba se vive y se supera como se vive y se supera la específica "prueba" bíblica del "desierto": perseverando en el camino iniciado, dejándose guiar por la esperanza de la herencia prometida, esperando la salvación del único Salvador; creyendo, contra toda estratagema contraria, en el Dios que promete misericordia y cumple fielmente.

La esperanza celeste, recuerda la Regla a los hermanos del Carmelo, los ha reunido como signo del ideal ermitaño; la misma los compromete a promover el ideal de la Koinonía fraterna con su nueva fórmula de vida.

Esta temática bíblica, convertida en patrimonio tradicional de la espiritualidad cristiana, se hace clara a nivel institucional. No tanto en las cláusulas: "Loca habere poteritis in eremis... " (c.4), como en la insistencia sobre la "celda separada" (c. 5 y 7) y la finalidad asignada a tal orden: "Maneat singuli in cellulis suis, vel iuxta eas, die ac nocte in lege Domini meditantes et orationibus vigilantes, nisi aliis iustis occasionibus occupentur" (c.8).

Es un programa de vida propuesto a un religioso que, no obstante viviendo en comunidad las exigencias evangélicas de la unión fraterna, debe verse como un "ermitaño- combatiente". La celda es el desierto del camino cristiano, el ambiente que recrea en la comunidad la soledad templante del yermo; el lugar donde el carmelita, abriéndose a la Palabra de Dios y velando en oración, se reviste con la armadura de Dios y resiste como conviene a las insidias del enemigo; dejando que se renueve en él, día a día, la victoria Pascual de Cristo Señor. Retirándose al yermo de su celda, desafía al enemigo poco menos que a un duelo; sabiéndose hombre humilde que encuentra en Cristo la fuerza para derrotarlo. Imita en esto al mismo Jesús; de quien se dice en el evangelio de Mateo que "fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo" (4, 1): y , así, medirse con el adversario y transformar en victoria la potencia divina que obraba en él.

"Velando en oración"

Para probar cuanto estamos diciendo, analizamos ahora la puntualización: "in orationibus vigilantes" (c.8). La expresión es típica de la ascesis neotestamentaria. A este propósito son significativas las palabras dichas por Jesús en el huerto: "Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil" (Mc 14, 38 y Mt 26, 41, cf. también Lc 22, 46). Por el contexto, "velar" significa resistir a las flaquezas de la "carne" que, por su tendencia al sueño, pueden inutilizar la presteza del "Espíritu"; y "orar" significa "fortalecerse en el Señor y en la fuerza de su poder" (cf. Ef 6, 10) para permanecer "firmes en la fe" (cf. l Co 16, 13; 1P 5, 8-9) (21).

El contexto ideal es siempre el del combate cristiano. En particular; cuando se habla de "vigilancia" en el Nuevo Testamento, se refiere a aquella característica de la existencia cristiana que indica una espera dinámica y sufrida de la "bienaventurada esperanza". (Tt 2, 11- 13; cf. Lc 12, 35- 40; 21, 34 - 36, 1P 1, 13; Ap 16, 15; también 1Ts 1, 9 10; 1Co 1, 4-9; Rm 8, 25; Gal 5, 5; Flp 3, 20, 2Tm 4, 8). En realidad, se subraya que la esperanza es incierta y puede prolongarse (1Ts 5, 1- 3; cf. Mt 24, 36- 42; Hch 1, 17; 2P 3, 10; Ap 3, 3); también, que la espera cristiana es una espera en la fe, como de noche (2Co 5, 7; Rm 8, 24). Por ello, es una espera que pone a dura prueba la perseverancia del fiel. El primer peligro es el de dormirse, vencidos por el sueño (cf. Mt 25, 5). Debilidad típica de la "carne" (Mc 14, 38; Lc 22, 46), la cual se convertiría así en inconsciente aliada del Enemigo - Tentador, que acecha la firmeza de la fe. Por esto la necesidad de "velar" y de permanecer "vigilantes" tiene el sentido de estar despiertos, con los ojos abiertos en estado de tensión y de presteza. Así, la admonición de Jesús: "Velad... no sea que llegue de improviso (el Señor) y os encuentre dormidos" (Mc 13, 35.36) ha sido recogida en la exhortación paulina: "Así pues, no durmamos como los demás, sino velemos y seamos sobrios" (1 Ts 5, 6). En el fondo se trata de no dejarse vencer por el peso de una noche que se prolonga, de impedir que el corazón se canse y se convierta en un corazón alérgico a las cosas del cielo, de no permitir que se afloje la tensión de la espera, de no ceder a las estratagemas ligadas, seductoras e insidiosas de la "carne" y del Tentador.

Por esto la vigilancia, que es también sobriedad, control de sí, lucidez y realismo, presteza y salud interior (cf. 1Ts 5, 6 8; Rm 13, 13; 1P 5,8; Lc 12, 35-40.45; 21, 34-36), es propuesta en la catequesis apostólica como un esfuerzo ascético del fiel; llamado a defender su propia dignidad a lo largo del camino "nocturno", obstaculizado y doloroso, que es su "exilio" presente y su "éxodo" pascual. Asimismo, por esto, el imperativo de la vigilancia aparece muchas veces asociado al de la oración (Mt 26,41= Mc 14, 38; Lc 21, 36; 22, 46; Col 4, 2; Ef 6, 18; 1P 4, 7) siendo, precisamente, la oración el ejercicio donde con más lucidez es vivida la espera de la beata esperanza y con más eficacia nutrida la tensión del corazón hacia la Jerusalén del cielo. En esta misma línea podemos citar la exhortación de Pablo: "Vivid alegres con la esperanza, pacientes en la tribulación, perseverantes en la oración" (Rm 12, 12).

En el yermo de su propia celda, restaurado y conscientemente buscado, el hermano del Carmelo meditará la Palabra de Dios y velará en oración (c.8). De este modo, será "fuerte en la tribulación"; "firme en la fe", "alegre en la esperanza", y progresará como fiel combatiente y fiel servidor de Cristo en su caminar hacia el premio de la Vida Eterna. Ya San Pablo había concluido su notoria exposición sobre la "armadura de Dios" (Ef 6, 10ss) con una urgente llamada a la oración perseverante y vigilante (v. 18). San Alberto introduce esta llamada en el punto donde más claramente aparece indicada la orientación ermitaña de su "formula vitae". Una prueba ulterior es la "celda yermo", proyectada para hospitar la realidad cotidiana del combate cristiano.

Conclusión

Estas dos tendencias principales, que el examen del d